No te fíes de ellos Capítulo 3
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Capítulo 3

Había dedicado años de su vida al estudio de Goya para escribir la tesis doctoral.

Conocía la leyenda de que existían otros dos lienzos sobre la misma temática, desmentida en numerosas ocasiones por los investigadores más ortodoxos.

Ella misma lo había negado en algún congreso internacional.

Pero si fuera auténtico, sería como desenterrar una nueva pirámide en Egipto, más grande y mejor construida; una pintura desconocida del Bosco o una escultura de Miguel Ángel: una locura, un sueño.

Su cabeza repetía que no podía ser verdad. El trazo era reconocible pero más suelto, más arriesgado. Más expresionista. Una técnica que adelantaba en decenios la historia del arte. Y la protagonista era una mujer: «Clara del Rey», dijo para sí.

—¿Qué piensas? —preguntó el director rasgando el silencio.

Se habían quedado solos en el departamento tras la visita de la misteriosa comitiva.

La tarde avanzaba y la luz que teñía la ciudad era más anaranjada.

Irene evitó responder con lo primero que le vino a la mente, había analizado demasiadas falsificaciones que anticuarios sin escrúpulos pretendían pasar por auténticas.

En el mercado del arte se movían grandes cantidades de dinero y las casas de subastas conocían a millonarios deseosos de tener una obra única en las paredes de sus palacios árabes o lujosos apartamentos de la Quinta Avenida.

No se atrevía a decir si era del pintor aragonés o no, pero le impactaba la fuerza que transmitía y la osadía de que el protagonismo fuera femenino: en el centro, una mujer de mediana edad caía herida.

A su lado, luchaban un hombre y tres jóvenes rodeados por otros combatientes.

Sin duda, se trataba de la familia de Clara del Rey, que murió en la defensa del Parque de Artillería de Monteleón.

Absorta, se atrevió a rozar con los dedos el semblante de la heroína para sentir la vigorosa pincelada.

—Tiene deformaciones y pérdidas de pintura —dijo por fin, e iluminó el lienzo con una linterna desde el lateral—. Se ve que ha estado enrollado.

—Me refiero a la autoría.

Irene sabía que esa era la pregunta clave. Y la respuesta más incierta.

—Tenemos que hacerle radiografías y una reflectografía infrarroja para ver el dibujo subyacente y contrastarlo con el de las otras obras que tenemos en el museo, comprobar si tiene algún sello…

—explicó a la vez que contemplaba el reverso— y, quizá lo más determinante, si los pigmentos se corresponden con la época y si son los habituales que utilizaba Goya.

—Lo sé, lo sé —la cortó el director, ansioso—. Pero ¿cuál es tu primera impresión?

Irene contuvo su entusiasmo, cogió aire y percibió el tenue olor que escapaba del lienzo, a pesar del supuesto paso de los años.

—El protagonismo es femenino. Tal vez la autora sea Rosario Weiss, se dice que fue una estupenda falsificadora, y tenía acceso al taller de Goya.

La cara del director, que era especialista en pintura española del XVIII , indicaba que no estaba conforme con la respuesta.

—Es de un gran artista, de eso no hay duda. Estaría a la altura de La carga de los mamelucos y de Los fusilamientos. Incluso es más original por el tema y la composición —se aventuró a añadir la restauradora.

Había tratado de ocultar su opinión, sin conseguirlo. Una vez pasado el susto por la parafernalia de la entrega, estaba fascinada.

—¿Dónde lo han encontrado?, ¿quién lo tenía? ¿Lo sabe Patrimonio?

—Supongo que nos darán explicaciones —contestó el director.

—Y lo traen justo hoy, 2 de mayo.

Se quedaron callados; demasiadas dudas se agolpaban en la mente de Irene Llamas, mientras que Francisco Altares solo quería respuestas. La restauradora se levantó, se quitó las gafas y caminó sin dirección por la sala.

—¿Cómo iba a pintar Goya un cuadro así sin que nadie lo supiera? —preguntó al aire.

El director se encogió de hombros.

—A veces, se descubren obras relevantes que no conocíamos —explicó—, como el Rembrandt de 2011 o el Caravaggio que vamos a colgar el día veintiocho en el museo.

—Ya… Un durmiente. La esperanza de cualquier coleccionista.

Pero son más pequeños, y no tan representativos de los artistas, podrían haber pasado por una obra de la época o del taller.

Sin embargo, un lienzo con un tema tan reconocible, no sé…

—explicó al señalarlo—. Los demás de la serie están muy documentados.

Creo recordar que hay facturas de los pagos que se hicieron.

—Yo te tutoricé la tesis sobre Goya. Existe la teoría de que le encargaron cuatro cuadros.

Era lo mismo que había pensado ella, pero no quería entusiasmarse.

—Nunca se ha demostrado, ni hay documentación fiable. Si se hubieran pintado, se sabría.

—No lo descartemos tan rápido. Podría ser Clara del Rey; Benito Pérez Galdós, años después, hizo alusión a ese mismo incidente en los Episodios nacionales. También lo pintó Sorolla. Y la composición tiene elementos similares, quizá lo llegó a conocer y le sirvió de inspiración .

—Eso solo justificaría la antigüedad del cuadro —replicó Irene, que, confusa, se aproximó al lienzo y quedó envuelta en sus formas trágicas y colores ocres—. Es imposible esconder algo así. De este tamaño.

La cara del director indicaba que no compartía sus dudas. Eso presionaba a Irene, y ambos eran conscientes.

—Sabes que nosotros no expertizamos —dijo la restauradora.

—Yo he sido el conservador de Goya muchos años. Podemos emitir un informe técnico donde quede clara nuestra opinión.

—Tenemos que estar seguros. Nos jugamos el prestigio de la institución. Necesitaremos algunas semanas para hacer las pruebas —concluyó para ganar tiempo.

—Muy bien.

El «nos encantaría que fuese auténtico» del director sonó como una amenaza.