Capítulo 2
Le sudaban las manos de manera sutil, unos dedos por los que habían pasado los músculos de los futbolistas más caros del mundo; esa responsabilidad nunca le había hecho titubear.
Vivía solo para su profesión y sus masajes eran firmes y precisos, sus yemas sentían cada fibra, cada pequeña rotura.
Ejercía una presión que estaba reñida con la empatía; sabía que procuraba dolor pero sanaba, permitía que se recuperaran antes de lo previsto.
Y de eso se trataba, de que continuara el espectáculo, se ganaran trofeos y se generaran enormes cantidades de dinero, como sucedería en cualquier otro club deportivo del mundo.
Juan Ariztimuño, un hombre de pequeño tamaño pero gran fuerza, vestido con un chándal oscuro del Real Madrid, portaba un maletín mientras atravesaba los pasillos del estadio Bernabéu, que tantas veces había recorrido.
En esta ocasión la llamada lo había desconcertado; lo convocaban al final de la tarde y solo le habían dicho que acudiera para dar un masaje, sin contarle a qué jugador debía tratar.
No era el procedimiento habitual. Por lo visto, el director de la sección de fisioterapia estaba de viaje, y le habían contactado en el último momento.
A esas horas de un festivo era más lógico ir a las mansiones particulares, aunque resultase más íntimo.
Él no se fijaba en cómo eran de lujosas, solo en el tratamiento.
Había estado en la de Cristiano, en la de Bale tras cada jornada clandestina de golf, en las de Courtois o Militão para la recuperación de las rodillas, cientos de veces.
Llevaba años en el club, era un empleado fiable.
Saludó a dos personas del equipo de seguridad de la entidad.
Ese día había un evento importante que le inquietaba y los alrededores del campo estaban alborotados con multitud de chicas jóvenes y controles policiales.
Lo acompañaron por los pasillos que llevaban hacia el vestuario del equipo de casa.
Bajaron las escaleras hasta la puerta en la que esperaba una mujer de mediana edad a la que no conocía.
Le resultó estrafalaria, pero no lo acusó.
La mujer intercambió una mirada con los vigilantes y le franquearon el paso al fisioterapeuta. El resto se quedó fuera.
Al entrar, observó la enorme sala semicircular adornada con las camisetas de los jugadores en las puertas de las taquillas.
Estaba diferente, la luz era tenue y los leds con las imágenes del estadio permanecían apagados.
Había unas mesas con manteles negros repletas de frutas de diversos colores, refrescos, botellines de agua y cientos de golosinas.
Y una única camilla en el centro. Aquello no era frecuente, ya que había una habitación contigua para tratamientos de fisioterapia, recuperación y piscinas frías.
No acostumbraba a pensar así, pero resultaba mágico el ambiente del vestuario que tantas veces había visitado tras los partidos, mientras algunos futbolistas devoraban pizzas y él y sus compañeros se encargaban de relajarles los músculos para que se recuperaran pronto y durmieran bien.
En el centro, sobre la camilla de masaje y tapada por una toalla, había una figura.
Juan Ariztimuño masculló un «buenas tardes» casi inaudible.
No le contestaron. Entendió que debía proceder, se quitó la parte superior del chándal y se quedó con el polo de la entidad, depositó el maletín sobre una mesita adyacente, lo abrió y buscó entre las cremas.
Cogió una de eucalipto, su preferida por cómo se deslizaba en la piel y el efecto desinflamador que producía.
Se arremangó, dispensó una generosa cantidad en las manos y se las frotó para templarlas.
Se aproximó a la camilla y retiró la toalla.
Se trataba de una mujer joven y no un futbolista de la primera plantilla.
Tuvo un mal presagio, y se tensó al contemplarla desnuda.
Ella ni se inmutó. Como iluminada por Caravaggio por un solo foco cenital, los claroscuros aumentaban su voluptuosidad.
Había dado masajes a muchas mujeres y a chicas jóvenes.
Siempre había sido un buen profesional, no se fijaba en las casas, ni en quiénes eran los pacientes, ni en si tenían un cuerpo bonito o eran mayores y dejados.
Sentía una conexión especial con los músculos y eso le daba la vida, ese tacto de la piel y esa percepción de cada fibra a la que ayudaba a relajarse.
La joven, que permanecía boca abajo, habló en inglés antes de que él le preguntara cómo estaba.
—My back is fucking killing me —afirmó al tiempo que se llevaba la mano a las lumbares.
Juan Ariztimuño estaba acostumbrado a jugadores de multitud de nacionalidades y se defendía en varios idiomas.
A pesar de lo peculiar de la situación, no la iba a cuestionar, nunca lo hacía, ni siquiera cuando detectaba que la lesión se debía a una velada de juerga y no a un partido.
Acomodó de nuevo la toalla sobre las piernas; tapó la desnudez en la medida en la que fue capaz, pero no le quedó más remedio que dejar parte de los glúteos al descubierto. Se alegró de que la luz estuviese baja.
Su mente trataba de alejar la realidad.
Se colocó delante de la cabeza de la paciente, que estaba hundida en la camilla, y comenzó a manipular la espalda, entre sombras, desde los trapecios hasta alcanzar los dorsales, con un movimiento firme.
Las yemas de los dedos se hundieron en la piel y percibieron una gran tensión y el dolor de la joven, que dio un respingo.
Aflojó, una vez que hubiese calentado la zona intensificaría la presión.
—No importa el dolor —afirmó ella con aplomo, esta vez en español con acento estadounidense—. I like it.
Juan Ariztimuño incrementó el vigor de los movimientos; con cada repetición bajaba más, hasta alcanzar los glúteos.
La chica no tenía un gramo de grasa, la espalda era tersa, fibrosa y llena de tatuajes desordenados; un cuerpo trabajado en el gimnasio.
Transmitía una gran cantidad de sensaciones: tristeza, rebeldía, dulzura también.
Y lujuria. Por primera vez en su vida, un masaje lo excitaba. Le incomodó.
En ese momento, la joven levantó la cabeza y un destello de luz le iluminó el semblante .
—Más fuerte —dijo.
Al verla, Juan Ariztimuño entendió quién era y qué hacía él en aquel vestuario. Confirmó sus peores augurios.
Por un instante, sintió pánico por lo que iba a ocurrir.