No te fíes de ellos Capítulo 1
1%
No te fíes de ellos

No te fíes de ellos

Por Manuel Rios San Martin

© inepub.com

Capítulo 1

El sol iluminaba la estatua de Velázquez y proyectaba su alargada sombra sobre la fachada neoclásica del Museo del Prado.

El edificio del siglo XIX contenía la mejor selección de pintores de la historia del arte, por encima de otras pinacotecas como el Louvre o el Hermitage: casi cinco mil cuadros entre los que se encontraban los más prestigiosos, desde tablas del siglo XII a Fra Angelico, el Bosco, Tiziano, Rubens, Velázquez o Francisco de Goya.

Un coleccionismo pasional originado en la monarquía española de los siglos XVI y XVII .

Pasada la hora del cierre, los cientos de visitantes que caminaban por el paseo del Prado se toparon con el dispositivo policial que, ajeno a la belleza del momento, mantenía cortado el tráfico.

Se había formado un atasco sonoro y los conductores, impacientes por llegar a su destino, tocaban el claxon.

Quedaba habilitado el carril derecho, por el que se aproximaba una comitiva de coches oscuros de seguridad privada.

Avanzaban deprisa para escoltar a un camión blindado, aún más negro.

El rotor del helicóptero que sobrevolaba la zona contribuía a aumentar la conmoción de los turistas, que se preguntaban, atemorizados, qué podían custodiar con tantos medios.

El séquito al completo giró por la calle de Felipe IV a gran velocidad y dejaron atrás la escultura de Goya ejecutada con maestría por Benlliure.

Michel Barray, un hombre pelirrojo de ojos verdes que recordaba a Alberto Durero, elegante, con el pelo recogido en una coleta y una edad indefinida pero que no llegaba a los cincuenta años, le dedicó una mirada desde el interior del furgón de cristales tintados; admiraba el trabajo del pintor, su técnica, pero sobre todo la expresividad y la pasión, que ningún otro había igualado. Y con un carácter del diablo.

El portón metálico del muelle de carga del Museo del Prado se abrió sincronizado con la llegada del furgón, que se introdujo seguido por dos de los vehículos.

El resto del convoy se quedó fuera para vigilar la entrada.

En la semioscuridad del garaje, el conductor del camión se bajó y, con un chasquido seco y desagradable, abrió la trasera del blindado, de donde saltaron dos tipos pertrechados con fusiles de asalto.

El conserje encargado de recibirlos dio un paso atrás y su espalda topó con la pared de la dársena.

Barray, vestido con un elegante traje sin corbata y en apariencia desarmado, dirigía el operativo.

Le hizo una seña para tranquilizarlo. El conserje se quedó paralizado en una esquina del hangar.

Estaba acostumbrado a que las obras llevaran seguridad, pero jamás había visto un despliegue como aquel.

Del furgón se bajaron otras cinco personas vestidas de negro con las manos enguantadas.

Con sumo cuidado y una notable precisión, sacaron una caja estrecha pero de tamaño considerable y la depositaron con esfuerzo y habilidad en un carro grande preparado para transportarla.

Los movimientos armónicos demostraban que lo habían practicado antes.

Una vez que tuvieron asegurado el embalaje, miraron al conserje y este, a su pesar, los condujo hasta el montacuadros.

—¿Piso? —preguntó el jefe del operativo con acento francés.

—El cuarto —balbuceó el bedel .

El grupo formado por los dos guardaespaldas, los cinco transportistas y el propio Michel Barray entró en el ascensor.

—No hace falta que suba con nosotros, monsieur.

El conserje hizo una mueca que se aproximaba a la felicidad; no le apetecía encerrarse en el montacuadros, por muy amplio que fuera, con unos tipos armados.

En cuanto llegaron al piso correspondiente salieron como si fueran un comando. Allí los esperaba el conserje mayor, que casi se desmaya al verlos.

—¿El departamento de restauración? —preguntó el jefe del operativo, cordial pero intimidatorio.

—Es… por aquí —respondió el funcionario notando que las piernas no le respondían.

Se podía escuchar el temblequeo de sus rodillas.

Nadie lo acusó, y lo siguieron acompañados por la fricción de las ruedas del transporte sobre el suelo de resina y el eco de los pasos de la amenazadora comitiva—.

Ahí los esperan —se apresuró a decir el conserje mayor, y señaló la sala principal del departamento de restauración; amplia, con arcos de medio punto, situada en la parte nueva del museo diseñada por el arquitecto Rafael Moneo.

Por los ventanales se contemplaba el edificio original de Villanueva.

El taller estaba abarrotado de obras de arte depositadas en caballetes: un Velázquez, varios primitivos flamencos que incluían un Bosco, y un Rembrandt quedaban a la vista.

Entre ellos, andamios metálicos con escaleras, extractores y focos que colgaban del techo.

En la mesa central se veían multitud de aparatos: microscopios, linternas de luz ultravioleta, espátulas calientes.

En las esquinas, bastidores y marcos sin lienzo iluminados por la luz natural del atardecer.

Irene, morena y cercana a los cuarenta años, con un aire a Maria Conyngham pintada por Thomas Lawrence, se giró hacia el grupo.

Su belleza se adivinaba tras la profesionalidad de la bata negra que vestía, las gafas y el nerviosismo.

El director del museo, Francisco Altares, estaba transido, y sus sesenta años aparentaban, por momentos, ochenta.

La corbata le estrangulaba el cuello y sus movimientos eran inseguros .

Los dos hombres con fusiles de asalto caminaron hacia ellos.

El director se ocultó detrás de un lienzo de Pradilla de gran formato, como si le protegiera.

Irene, aunque intimidada, les hizo frente.

Había supervisado traslados de cuadros para exposiciones en otros museos y estaba acostumbrada a que la Guardia Civil fuera armada, pero aquello le resultaba desproporcionado.

—Señores…

—¿Irene Llamas?

—Soy yo —dijo avanzando hacia su interlocutor. Pensó que no se había vestido de manera correcta para la ocasión, una camiseta demasiado informal, unos vaqueros blancos ajustados y zapatillas de diseño.

El jefe del operativo se adelantó y le tendió la mano sin fijarse en su aspecto.

—Michel Barray. No se asuste, están a mis órdenes.

—No sé si eso me tranquiliza —respondió manteniendo el tipo. Su lealtad al museo hacía que contuviese el temor.

—Debería. La necesitamos —explicó con amabilidad; la mirada era profunda y atractiva, como si hubiera vivido muchas vidas en una.

Eso pensó Irene al apretarle la fría mano de dedos alargados. Le recordaron a las pinturas del Greco.

—Los estábamos esperando, pero no contábamos con este despliegue —dijo al fin el director del museo tras salir de su escondite.

Michel Barray no le devolvió el saludo, era como si no existiese, e hizo un gesto a los transportistas para que depositaran la enorme caja en el suelo y la abrieran.

—Me gustaría que no vieran el contenido hasta que yo se lo permita.

Irene, sorprendida, comprobó que Francisco Altares aceptaba ese juego infantil que chocaba con el resto de la parafernalia.

O tal vez no. Ella misma se volvió hacia el ventanal que daba al reconstruido claustro de los Jerónimos, preocupada por perder de vista al comando.

Se escucharon varios chasquidos secos producidos por los cierres de seguridad de la caja de transporte especial, unas bisagras que cedían y el roce de unas manos enguantadas sobre madera.

Los transportistas debieron de dar unos pasos hasta colocar de nuevo la obra en el carro y solo entonces les permitieron girarse.

—Señorita —dijo de nuevo Michel Barray. Se dirigía a ella y obviaba que también estaba el director—. Por favor…

La restauradora se colocó frente al caballete todavía con los ojos cerrados.

No podía explicar el motivo de la emoción que sentía, tal vez fuera por la críptica llamada que había recibido unos días atrás al móvil personal y las instrucciones tan precisas sobre cómo debía desarrollarse aquel encuentro: en el día 2 de mayo, al atardecer, con el museo ya cerrado y solo ellos dos como representantes de la institución.

Les aseguraron desde el Ministerio de Cultura que estaban al tanto y que aprobaban lo que allí fuera a suceder.

Pero no les habían explicado más, ni una llamada de la secretaria del ministro, solo les pedían discreción.

Irene cogió aire antes de abrir los ojos para mantener el misterio, como le pidió el guía que la llevó al templo de Ramsés II en Abu Simbel.

Estaban en la explanada frente a las cuatro estatuas que protegían la enorme fachada, con la presa de Asuán a la espalda: «Tómese su tiempo, señorita, tiene que estar preparada», le había dicho.

Parpadeó y el primer rayo del amanecer penetró por la puerta como una lanza, atravesó el pronaos, el vestíbulo y la sala de las ofrendas y fue a clavarse en las tres figuras del santuario que representaban al faraón Ramsés y a los dioses Ra y Amón; quedó en penumbra la figura que encarna a Ptah, el dios de la oscuridad.

Nunca olvidaría ese instante, como tampoco el que estaba a punto de vivir.

Justo antes de mirar, oyó el suspiro del director.

Levantó los párpados con decisión y, frente a ella, bañado por un rayo anaranjado que irrumpía por el ventanal, vio una pintura dramática de gran tamaño, sobrecogedora, no muy bien conservada: unas improvisadas barricadas tras las que se apreciaba una batalla campal en la que hombres, mujeres y casi niños combatían a la desesperada contra un grupo de militares franceses bien organizado y cruel.

Se asombró por la belleza que irradiaba, a pesar de tener pérdidas de pintura en algunos puntos y de que el barniz, tal vez por el paso de los años, opacara los colores. Aun así, resultaba maravilloso, único .

Violento.

Cuando salió del asombro inicial, creyó entender lo que veía.

No era posible.

—¿No cree usted que es…? —Barray dejó la pregunta en el aire.

—Un Goya… desconocido.