No te enamores del vecino del 17B Capítulo 28
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Capítulo 28

ALI

A los niños se lo dijimos oficialmente el martes siguiente, en mi cocina, comiendo macarrones.

Digo oficialmente porque el domingo Nora ya nos había pillado haciendo la comida juntos y no había preguntado absolutamente nada, cosa que a nosotros nos pareció una tregua y que resultó ser, en realidad, pura condescendencia.

Habíamos decidido decírselo juntos, con un guion pactado y todo, porque los dos habíamos leído lo suficiente sobre divorcios y niños como para saber que estas cosas no se improvisan. Teníamos frases preparadas. Habíamos hablado de ritmos, de no forzar, de dejarles espacio para que reaccionaran mal.

No hizo falta nada de eso.

—Chicos, tenemos que contaros una cosa —empezó Hugo—. Vuestra madre y yo... bueno. Ali y yo hemos decidido...

—Que estáis juntos —dijo Nora, sin levantar la vista del plato.

Silencio.

—Sí —dije yo—. Bueno. Estamos empezando a...

—Ya lo sabíamos. —Mateo pinchó un macarrón—. Desde la playa.

—¿Desde la playa?

—Mamá, os cogíais la mano cuando creíais que estábamos buceando. —Me miró con esa condescendencia infinita de los ocho años—. Y llevábamos gafas. Se ve todo con gafas.

Nora asintió, muy digna, y añadió la puntilla:

—Y una noche os vimos desde la ventana. Estabais en la playa con los vigilabebés. —Se encogió de hombros—. Nos volvimos a la cama porque nos dio vergüenza.

Hugo y yo nos quedamos mirándonos por encima de la mesa, con la boca abierta, sintiéndonos exactamente igual de imbéciles.

—¿Y no dijisteis nada? —conseguí articular.

—Es que estabais muy contentos —dijo Mateo—. No queríamos que os cortarais.

Así que aquella fue toda la gran revelación. Dos adultos de casi cuarenta años con un guion preparado y dos niños que llevaban semanas gestionando la situación con más elegancia que nosotros.

No fue todo tan fácil, que conste. Nora tuvo su semana mala, a los diez días, cuando entendió que aquello iba a durar y que las tardes de su padre ya no eran solo suyas.

Una noche le dijo a Hugo que Ali era «una señora que se ha metido en nuestra casa», con toda la mala baba que se puede reunir a los nueve años.

Y Hugo hizo lo que hace siempre: se sentó con ella, la escuchó entera sin defenderme ni una vez, y le dijo que tenía derecho a estar enfadada, que estar enfadada no era portarse mal, pero que hablar así de la gente sí.

Y luego, esto es lo que a mí me rompió, me lo contó. Entero. Sin ahorrarse la parte fea.

—Me ha dicho que eres una señora que se ha metido en nuestra casa.

—Vaya.

—Sí.

—¿Y por qué me lo cuentas?

—Porque quedamos en que yo explico. —Se encogió de hombros, incómodo, como siempre que hace algo enorme—. Aunque dé vergüenza.

Y yo, que soy una mujer de treinta y ocho años que se ha divorciado de un piloto y ha sobrevivido a un verano entero, me eché a llorar por encima del fregadero por una frase de nada.

Lo de Nora se fue arreglando solo. Mejor dicho: se arregló porque Hugo trabajó con ella todos los días, sin prisa.

Y porque yo aprendí a no invadir, a estar disponible sin estar encima, a dejar que fuera la niña quien decidiera cuánto se acercaba.

Un sábado de septiembre me pidió que le hiciera «la trenza de tres» y estuvimos veinte minutos en el escalón del porche mientras me contaba una serie de dragones.

Otro día me trajo una piedra. La de la pirita, la que parece oro pero es mentira.

—Es un préstamo —me advirtió.

—Naturalmente.

La sigo teniendo en la mesilla.

De Allan, poco que contar. Le enseñé las grabaciones por WhatsApp, un martes, sin ningún mensaje adjunto, porque a veces el silencio es el único lujo que le queda a una.

Tardó cuarenta minutos en contestar y lo que contestó fue una obra maestra del género: tres párrafos explicándome que aquello «venía de una crisis mutua» y que él «también había sufrido mucho».

Ni una disculpa. Ni una pregunta sobre Mateo.

Lo hablé con mi abogada. Ajustamos algunas cosas del convenio. Y decidí, después de darle muchas vueltas, no contarle nunca a mi hijo por qué se rompió su casa. Ese es mi silencio, y ese sí me lo quedo.

Nacho, por cierto, sobrevivió. Fui a su agencia dispuesta a hacerle una reseña de una estrella y a decirle cuatro cosas, y el tío me escuchó con las manos juntas, muy serio, y cuando terminé me dijo:

—Ali, con todo el cariño: ¿te lo pasaste bien?

—No es la cuestión.

—¿Te lo pasaste bien?

—Nacho.

—Cinco estrellas —dijo, y se giró hacia el ordenador—. Y si quieres el año que viene te reservo la misma cala. Tengo contacto directo.

No le hice la reseña. Pero conste que se lo merecía.

Y hubo una cosa más, a mediados de septiembre, que merece contarse porque fue la primera vez que probamos el sistema nuevo.

Hugo llegó un jueves con cara rara. Distante.

Contestando con monosílabos, mirando el móvil, con esa mandíbula apretada que yo ya me sé de memoria.

Y yo noté cómo se me ponía en marcha la maquinaria de siempre, engrasadísima: algo pasa, algo me está ocultando, seguro que es Eva, seguro que es otra, mira cómo mira el teléfono, ya está, ya empieza.

Me duró once minutos. Los conté.

A los once minutos me levanté del sofá, me planté delante de él y dije, con el corazón a mil y una vergüenza espantosa:

—Hugo, llevas toda la tarde raro y yo llevo toda la tarde montándome una película. Así que te lo pregunto: ¿qué pasa?

Levantó la vista del móvil, sorprendido. Y luego soltó el aire y se pasó la mano por la cara.

—Que me han dicho en el trabajo que a lo mejor tengo que irme dos meses a Zaragoza. Y llevo desde las cinco pensando cómo te lo digo, y cómo se lo digo a Nora, y si esto se va a ir a la mierda por dos meses.

—¿Y por qué no lo has dicho?

—Porque estaba buscando la manera perfecta de decirlo. —Me miró—. Que es mi forma elegante de no decir nada.

Nos quedamos callados los dos.

—Once minutos —dije.

—¿Cómo?

—Que he tardado once minutos en preguntarte. Antes habría tardado cuatro días y me habría contestado yo sola.

Se rio. Y me tiró del brazo hasta sentarme encima de él, y nos pasamos el resto de la noche hablando de Zaragoza, que al final fueron tres semanas y no dos meses, y que resultó ser un problema minúsculo comparado con la película que yo me había montado en once minutos.

Once minutos. Nuestro récord. Vamos mejorando.