No te enamores del vecino del 17B Capítulo 27
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Capítulo 27

HUGO

A Eva la vi el sábado siguiente, cuando vino a recoger a Nora.

Llevaba toda la semana pensando cómo hacerlo.

Desde que Ali se sentó en mi sofá un domingo por la mañana y me lo contó todo, sin ahorrarse ni una sola parte fea, incluida la imagen que no me quito de la cabeza: mi exmujer sentada en su escalón a las tres de la madrugada, con una botella de vino, esperando a que llegara reventada del viaje para clavarle el cuchillo en el sitio exacto. Había calculado hasta la hora.

Rober me sugirió gritarle. Sofía, que llamó el viernes con una mezcla de indignación y risa que solo ella sabe combinar, me dijo que le enseñara los mensajes y la humillara.

Y durante un par de noches me lo planteé, porque una parte de mí, la que llevaba seis meses tragando, quería exactamente eso: reventarlo todo, contárselo a la calle entera, empapelar el grupo de vecinos con la matrícula del Audi de Allan y las fechas de las once veces.

Pero luego subía a ver dormir a Nora y se me pasaba.

Porque el problema de reventar a Eva es que Eva es la madre de mi hija.

Y todo lo que le tire encima a ella le va a caer a la niña por rebote, tarde o temprano, en un patio, en una cena, en una frase mal oída.

Llevo un año entero comiéndome cosas por ese motivo, y no iba a dejar de hacerlo justo ahora que por fin tengo algo que proteger.

Así que cuando llegó, con su vestido impecable y sus gafas de sol, y Nora subió a por su mochila, me quedé de pie en el porche y le dije, con toda la tranquilidad que fui capaz de reunir:

—Eva. Tenemos que hablar dos minutos.

—Claro. —Sonrió—. ¿Va todo bien?

—Sé que fuiste a casa de Ali. La noche que volvió de Mallorca. A las tres de la mañana.

La sonrisa no se le movió. Ni un milímetro. Es admirable, en el fondo.

—Fui a pedirle perdón, Hugo. Después de lo de las cámaras, me pareció lo mínimo.

—Y de paso le dijiste que yo me acostaba con Sofía. Tú sabías perfectamente que lo que le estabas contando era mentira.

Se quitó las gafas de sol. Y por un segundo, medio segundo, vi debajo del maquillaje a la mujer real, y no era una villana de película: era alguien pequeño, cansado y furioso.

—¿Y qué querías que hiciera? —dijo, en voz baja—.

¿Que me quedara mirando cómo mi exmarido se monta la familia perfecta con la vecina mientras yo soy la mala de la película en toda la urbanización?

Tú tienes la casa, tienes a la niña la mitad del tiempo, todo el mundo te compadece, y ahora encima te toca ser feliz. ¿Y yo qué, Hugo? ¿Yo qué?

—Tú tomaste unas decisiones.

—Ya lo sé. —Le tembló algo en la barbilla—. No hace falta que me lo recuerdes todos los días de mi vida.

Y ahí, mira, sentí algo raro. No lástima, justo. Algo más incómodo: la constatación de que aquella mujer estaba tan atrapada en su propio desastre como lo estuve yo, solo que ella había decidido salir a quemar los jardines de los demás en vez de arreglar el suyo.

—Eva, escúchame bien, porque esto lo voy a decir una sola vez.

—Me acerqué un paso—. Puedes contar de mí lo que quieras.

Me da igual. Llevo medio año siendo el malo del barrio y estoy vacunado.

Pero a Ali no la vuelves a tocar. Ni a ella, ni a su hijo, ni a lo que sea que estemos construyendo.

Si vuelves a presentarte en su puerta a las tres de la mañana con una botella de vino, se acabaron los acuerdos amistosos y todo esto pasa por abogados, con las grabaciones de las cámaras adjuntas. Y créeme que no quiero llegar ahí.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy poniendo un límite. —Solté el aire—. Es distinto, y llevaba seis meses debiéndotelo. Ese es mi error, no el tuyo: dejarte campar a tus anchas por no montar ruido.

Se quedó callada. Nora bajó las escaleras dando saltos con la mochila a la espalda y la conversación se acabó ahí, como se acaban todas las conversaciones importantes cuando hay niños: a medias y en falso.

—El domingo a las ocho —dijo Eva, ya en el coche, con la voz recompuesta y la sonrisa puesta otra vez.

—A las ocho.

Y se fueron. Y yo me quedé en el porche pensando que aquello no era una victoria, ni un final, ni una escena de película. Era solo un hombre poniendo por fin una valla donde llevaba un año habiendo un descampado.

A veces la vida adulta es precisamente eso y nada más.

Esa noche, sin embargo, no dormí bien. Y no por Eva.

Por Nora.

Porque hay una parte de todo esto que no se arregla con límites ni con conversaciones de dos minutos en un porche, y es que mi hija tiene una madre que le va a seguir metiendo cosas en la cabeza durante los próximos diez años.

Frases sueltas en el coche. Comentarios de los que se cuelan por debajo de la puerta.

«Tu padre esto.» «La vecina lo otro.» Y yo no puedo hacer nada al respecto salvo una cosa, que es la única que llevo haciendo bien desde enero: no jugar a lo mismo.

No hablar mal de Eva delante de la niña. Nunca. Ni una vez. Aunque me esté costando la vida, aunque tenga las pruebas en la nube, aunque sea la manera más rápida y más sucia de ganar.

Porque Nora tendrá dieciséis años algún día.

Y luego veinticinco. Y en algún momento de ese camino va a hacer sus propias cuentas, con su propia cabeza, sin que nadie se las haga por ella.

Y el día que las haga, quiero que se acuerde de que su padre nunca le puso a su madre por delante como si fuera un enemigo. Que lo único que hizo fue estar.

Eso es lo que me queda. Es poquísimo y es lentísimo y no da ninguna satisfacción inmediata.

Pero es lo único que no se me va a volver en contra dentro de quince años.

Al día siguiente, cuando Eva me la devolvió el domingo a las ocho, Nora entró en casa, soltó la mochila en mitad del pasillo como siempre y me preguntó, sin más:

—Papá, ¿tú estás enfadado con mamá?

Me lo pensé un segundo. Un segundo entero, que es mucho tiempo en una conversación con un niño.

—A veces —dije—. Pero eso es un asunto de mayores, entre ella y yo. No tiene nada que ver contigo.

—¿Y ella contigo?

—También, a veces. Y también es asunto nuestro.

Nora asintió, muy seria, procesando aquello con esa cabecita que le funciona a mil.

—Vale. —Y después, ya girándose hacia la cocina—: ¿Hay macarrones?

Y ese fue todo el trauma. A veces es así. A veces te preparas para un huracán y lo que llega es una pregunta de tres segundos y una petición de macarrones.