Capítulo 26 #2
Me quitó el sujetador de un tirón limpio —no como la primera vez en la playa, que estuvo peleándose con el cierre hasta que me dio la risa— y se quedó un segundo quieto, mirándome los pechos a plena luz del día, con esa cara suya de hombre serio que no se le va ni así.
—Joder, Ali.
—¿Qué?
Y agachó la cabeza y me metió un pezón en la boca, despacio primero y luego no tan despacio, y yo le agarré la nuca con las dos manos y dejé de tener opiniones sobre la luz, sobre la persiana y sobre absolutamente cualquier otra cosa.
HUGO
La tumbé en mi cama, esa cama que llevaba un año siendo un sitio donde se duerme mal, y le bajé los pantalones cortos y las bragas de una sola vez, sin ceremonias, porque no eran horas de ceremonias.
Y me tomé mi tiempo, que es lo que en la playa no pudimos hacer.
Le besé el estómago. La cadera. La cara interna del muslo, que es donde noté que se le cortaba la respiración por primera vez, y me quedé ahí un rato solo por oírla.
Y luego bajé del todo y la abrí con los dedos y la besé donde llevaba semanas queriendo besarla, y ella soltó un sonido que no le había oído nunca y que me atravesó entero.
Estaba empapada. Me lo dijo el cuerpo antes que ella.
La lamí despacio, sin prisa ninguna, aprendiéndomela: dónde apretaba los muslos contra mis orejas, dónde se le escapaba la cadera hacia arriba, en qué momento exacto dejaba de decir cosas —que es su manera de gritar, ya lo he dicho—.
Le metí dos dedos y noté cómo se cerraba alrededor, cómo se le tensaba todo el vientre bajo mi mano abierta, y ella me agarró del pelo con una violencia que no le pega nada y que me gustó muchísimo.
—Hugo. Hugo, para, que me...
—No.
—Que me voy a...
—Ya lo sé.
Y no paré. Y se corrió así, con mi nombre a medias en la boca y la espalda levantada de la cama y la mano cerrada en mi pelo, temblando entera durante un rato larguísimo mientras yo le sujetaba las caderas para que no se me escapara.
Cuando se quedó floja la miré desde abajo, apoyando la barbilla en su cadera, sin poder disimular una cara de idiota bastante evidente.
—No digas nada —jadeó, tapándose los ojos con el brazo.
—Si no he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Lo estoy pensando muchísimo.
ALI
Le subí por el cuerpo tirándole de los hombros, porque necesitaba tenerlo encima ya, y le bajé yo misma el calzoncillo con los pies, que fue una maniobra ridícula y eficaz.
Lo cogí con la mano. Duro, caliente, pesado, y se le escapó un sonido bajo entre los dientes cuando cerré los dedos y empecé a moverlos, despacio, mirándole la cara.
Ese hombre que no explica nada, que no cuenta nada, que se guarda todo detrás de una mandíbula apretada, tenía toda su vida interior escrita en la cara cuando le tocaba así. Se le desordenaba entero.
Es de las cosas más excitantes que me han pasado nunca: descubrir que a Hugo, en aquella cama, se le caía la persiana metálica.
—Ven —dije.
—Espera, que...
—Que vengas.
Y entró. Despacio al principio, todo lo despacio que puede entrar un hombre que lleva cuatro días convencido de que le habían dejado, apoyado en un codo, mirándome a treinta centímetros.
Noté cómo me llenaba, cómo se me tensaba todo por dentro para acomodarlo, y solté el aire de repente contra su hombro.
—¿Bien? —preguntó, con la voz hecha polvo.
—Muy bien. Muévete.
Y se movió.
Empezó despacio, con esa lentitud que se te clava más que las prisas, entrando entero y saliendo casi del todo, una y otra vez, mientras me sujetaba la nuca con una mano y me miraba sin apartar los ojos ni un segundo.
Y luego cada vez más fuerte, más hondo, hasta que el cabecero empezó a hacer un ruido rítmico contra la pared que en cualquier otro momento me habría dado la risa y que en aquel me pareció una banda sonora estupenda.
Le clavé los talones en la parte baja de la espalda para que fuera más adentro. Le mordí el hombro. Le oí decir mi nombre contra mi pelo, una vez, dos, con la respiración rota.
Y no cerré los ojos.
Esa es la diferencia y es la única que me importa.
Con Allan, al final, yo cerraba los ojos.
Ponía el cuerpo y me iba a otro sitio. Aquella mañana no los cerré ni una vez, ni cuando me habría venido bien cerrarlos, ni cuando ya no podía más y me estaba corriendo otra vez con él dentro y la mano de él abierta en mi garganta sin apretar, solo apoyada, como quien marca algo suyo.
Le vi la cara entera cuando se corrió. Los ojos cerrados, la mandíbula suelta por fin, el gesto de un hombre al que se le rompe algo por dentro y no le importa. Se quedó dentro, quieto, apoyando la frente en la mía, respirando como si acabara de subir seis pisos.
—Madre mía —dijo.
—Ya.
HUGO
Después nos quedamos tumbados boca arriba, sin decir nada, con esa respiración que tarda un rato en volver a su sitio.
Fuera seguía sonando la depuradora, que llevaba dos horas funcionando con el filtro a medio poner y que probablemente se estaba destrozando.
—Se te va a quemar la bomba —dijo ella, con la voz ronca.
—Que se queme.
Se giró de lado, apoyó la cabeza en mi hombro y me puso la mano abierta en el pecho, encima del corazón, para comprobar algo.
—Oye, Hugo.
—Dime.
—Es la primera vez en un año que no tengo ganas de irme a mi casa.
Y no le contesté nada, porque no había nada que contestar y porque tenía la garganta hecha un desastre y no me apetecía que se me notara.
Le besé el pelo. Y nos quedamos así, en aquella cama que por fin servía para algo, hasta que a las dos menos veinte sonó el móvil con un mensaje de Rober diciendo que traía a Nora en diez minutos y que si me pillaba mal.
—Me pilla fatal —dije en voz alta.
—Dile que le pille bien.
—Es que le acabo de escribir «perfecto».
—Muy típico tuyo. No explicar nada.
Y nos levantamos de aquella cama muertos de risa, buscando ropa por el suelo como dos adolescentes en casa de sus padres, con veinte minutos por delante y un filtro de depuradora a medio montar.