No te enamores del vecino del 17B Capítulo 26
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Capítulo 26

HUGO

El domingo por la mañana estaba cambiando el filtro de la depuradora, que es lo que hago cuando no quiero pensar y no me apetece nadar.

Tenía las manos metidas hasta la muñeca en el cesto de skimmer, sacando hojas del fondo de un cubo que olía a verano acabándose, cuando oí frenar un coche en la calle. No le di importancia. Aquí frenan coches todo el rato: es una urbanización, la gente aparca, la gente vive.

Luego oí una puerta cerrarse muy fuerte. Y unos pasos rápidos por la acera. Y luego el timbre de mi casa, dos veces seguidas, con esa insistencia de la gente que no piensa esperar a que le abran.

Me sequé las manos en el pantalón y fui a abrir.

Y era ella.

Con una camiseta gris de estar en casa, unas chanclas y el pelo recogido de cualquier manera. Sin maquillar. Con dos ojeras que le llegaban al cuello y una bolsa de la compra vacía todavía en la mano, cosa que en aquel momento no entendí y que luego me explicaría muerta de vergüenza.

—Hola —dije, y no fui capaz de decir nada más.

—¿Está Nora?

—En casa de Rober. Se la llevaron con los suyos a la piscina municipal.

—Vale. —Cogió aire, como quien se prepara para tirarse de un trampolín muy alto—. ¿Puedo pasar?

Me aparté. Entró. Se quedó de pie en mitad de mi salón, sin sentarse, con la bolsa colgando de la mano y una tensión en los hombros que se veía desde la calle.

—Ali, si vienes a...

—Espera. Déjame hacerlo o no lo hago.

Cerré la boca.

—Vengo a preguntarte una cosa. —Le temblaba la voz y aun así siguió—. Y necesito preguntártela mirándote a la cara, porque llevo toda la vida sin hacerlo y ya va siendo hora.

—Vale.

—¿Quién es Sofía?

Y ahí me quedé completamente en blanco.

De todas las frases que aquella mujer podía haber dicho al entrar en mi salón un domingo por la mañana, aquella estaba en la posición número novecientas. Me quedé mirándola con el trapo todavía en la mano, sin entender nada.

—¿Sofía?

—Sofía. La mujer de las fotos de tu móvil.

La que te manda mensajes diciendo «qué buena estás» y «te quiero mucho» y una cita para un jueves.

La que anoche entró en esta casa a las ocho y media con dos botellas de vino y cuyo coche seguía ahí a la una y media, porque lo comprobé desde la ventana del cuarto de mi hijo, sí, así de patética soy. —Le falló la voz—. Esa Sofía. Quién es.

Tardé unos segundos en procesarlo. Y luego, poco a poco, como cuando se enciende un fluorescente viejo, empecé a ver la película entera desde el principio, y con ella la mujer que había estado en mi puerta el jueves diciéndome que yo no era para ella.

—Sofía es mi mejor amiga —dije—. Desde los quince años. Está casada con Carla. Llevan seis años juntas.

—Sí. Ya lo sé.

—¿Lo sabes?

—Me la encontré hace media hora en el súper y le monté una escena espantosa delante de los aguacates. —Se tapó la cara con una mano—. Delante de su mujer, Hugo. Le dije que sabía lo vuestro. Y luego Carla la besó y me quise morir.

Y yo, que soy un hombre serio, en el peor momento posible de toda mi vida adulta, me tuve que morder el interior de la mejilla para no reírme.

—Ali...

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Te estás riendo por dentro, que es peor.

—Un poco —admití—. Muy poco.

Se dejó caer en el sofá. En mi sofá. En el mismo donde nos habíamos bebido aquellas cervezas la noche del apagón, y me di cuenta de que ella también lo había pensado, porque miró el sitio antes de sentarse.

Y entonces me lo contó todo. Entero. Sin ahorrarse ni una sola parte fea, que es la cosa más valiente que le he visto hacer a nadie.

Me contó lo del último día en la cala, la notificación con la foto, el móvil que se desbloqueó solo por lo del pulpo, la galería, los tres mensajes.

Me contó cómo se pasó la travesía entera sin escribirle a nadie.

Me contó lo de Eva sentada en su escalón a las tres de la mañana con una botella de vino, esperando a que llegara, calculando la hora. Y lo que le dijo. Todo lo que le dijo.

—Y la creí, Hugo. —Se le rompió la cara—. Otra vez. Con vídeos en la mano, con pruebas, sabiendo que es una mentirosa, la volví a creer. Porque encajaba con lo que yo ya había visto. Porque no vino sola: vino a apoyarse en algo que ya estaba dentro de mí.

Yo me había sentado enfrente, en el brazo del sillón, y no la interrumpí ni una vez.

—Y el jueves viniste a mi puerta y me preguntaste.

—Se secó la cara con el dorso de la mano—.

Cumpliste. Tú cumpliste, Hugo. Cruzaste los treinta y dos pasos y preguntaste, que es lo que me habías prometido en la playa.

Y yo te mentí. Y encima te dije aquello, lo de que no eras para mí, que ni siquiera lo pensaba, que lo dije solo para que te fueras antes de que me viniera abajo.

—Ya.

—Y me monté una justificación preciosa, ¿sabes?

A las cuatro y media de la mañana. Me dije: sí, prometimos hablarlo todo, pero también dimos por hecho que no habría nadie más, y eso no hizo falta decirlo porque era lo importante.

Y si él ha roto la que no hacía falta decir, ¿por qué voy a cumplir yo la que sí dijimos?

—Soltó una risa horrible—. Fíjate qué bien construido.

Qué limpio. Me dormí abrazada a esa idea como una niña con un peluche.

—Ali.

—Y no era justicia, Hugo. Era miedo. Era miedo con abogado. —Levantó la cara y me miró—. Porque si te preguntaba, existía la posibilidad de que me dijeras que sí. Y yo no tenía cuerpo para oírtelo. No podía. Prefería quedarme con la duda, porque la duda te deja respirar mientras te caes.

Nos quedamos callados un rato largo. Se oía la depuradora funcionando fuera, con el filtro a medio poner.

Y yo tenía delante a la mujer de la que estoy enamorado, deshecha en mi sofá, contándome con todo detalle cómo me había fallado, sin excusas, sin adornos, sin pedirme nada.

Podría haberla perdonado ahí mismo. Se lo merecía. Ganas no me faltaban.

Pero había una cosa que yo llevaba cuatro días necesitando decir, y llevo toda la vida callándome las cosas que necesito decir, así que por una vez la dije.

—Ali, mírame. —Esperé a que levantara la cara—. No me dolió que dudaras.

—¿No?

—No. Eso lo entiendo perfectamente. Llevas un año entero recibiendo explicaciones perfectas que resultaron ser mentira.

Cualquiera con tu historial habría dudado, y el que diga lo contrario es que no ha pasado por ahí.

—Cogí aire—. Lo que me duele, lo que me revienta por dentro, es que no necesitaras preguntarme.

Que prefirieras pasarte cuatro noches sola en tu casa comiéndote eso viva antes que cruzar treinta y dos pasos y decirme: Hugo, ¿quién es Sofía?

Cuatro palabras. Y en vez de eso, decidiste tú sola cómo era yo.

Y me dejaste fuera. Igual que en enero. Igual que hizo todo el mundo en enero.

Se le llenaron los ojos.

—Lo sé.

—Yo no soy Allan.

—Lo sé.

—Y estoy hasta la coronilla de pagar facturas de hombres que no soy. Primero la de Eva. Ahora la de tu marido. —Me pasé la mano por la cara—. Estoy cansadísimo, Ali. Llevo un año siendo el malo de historias que no he escrito yo.

Ella asintió despacio, con las lágrimas cayéndole sin ruido, y no dijo nada durante unos segundos.

—Tienes razón en todo —dijo al final—. En todo. Y no te voy a pedir que me perdones hoy, porque sería otra manera de exigirte algo.

Se levantó. Cogió la bolsa vacía. Y entonces hizo la única cosa que podía romperme del todo, que fue no insistir.

—Solo quería que supieras que no fue por ti. Y que lo que te dije el jueves era mentira. —Se dirigió a la puerta—. Ya está. Eso era todo.

Y ahí, viéndola marcharse por mi salón con una bolsa de la compra vacía y las chanclas y el pelo mal recogido, me di cuenta de una cosa muy simple.

Que llevo toda la vida dejando que la gente se vaya para no tener que arriesgarme a pedirle que se quede. Mi madre. Eva. Ella, todo este tiempo, por encima de un seto.

Y que si dejaba que cruzara esa puerta, mi orgullo iba a quedar perfectamente satisfecho, e iba a cenar solo el resto del año.

—Ali.

Se paró. No se giró.

—Cuatro palabras —dije.

—¿Qué?

—Que la próxima vez son cuatro palabras. «¿Quién es esa, Hugo?» Cuatro. —Di dos pasos hacia ella—. Y yo te contesto. Aunque sea incómodo. Aunque tenga que explicarte cosas que no le he explicado a nadie en mi vida. Ese es el trato. Es el único que me interesa.

Se giró despacio.

Tenía la cara empapada y una expresión de no atreverse a creerse lo que estaba oyendo, y era, con diferencia, la mujer más guapa que he visto nunca en mi salón, incluidas las que salen en los anuncios de cocinas.

Y la besé.

ALI

Y yo llevaba cuatro noches convenciéndome de que este hombre no era para mí.

Menuda estupidez. Se me cayó entera en el primer segundo, en cuanto me sujetó la cara con las dos manos y me besó con la boca abierta, sin preguntar nada, igual que recupera algo que le pertenece.

Nos fuimos chocando con todo, porque los besos que importan no se dan quietos.

Con el brazo del sofá. Con el marco de la puerta.

Le metí las manos por debajo de la camiseta y le noté el estómago tenso y caliente y toda la espalda perdida de sudor de haber estado peleándose con la depuradora, y me dio absolutamente igual, más bien lo contrario.

—Nora... —conseguí decir.

—En casa de Rober. Hasta las dos.

—Hugo, en serio.

—Ali, son las once y media de la mañana y tenemos dos horas y media. —Me mordió el cuello justo debajo de la oreja—. Deja de hacer cálculos.

Subimos las escaleras a trompicones, y a mitad del pasillo ya me había sacado la camiseta gris por la cabeza y la había tirado a alguna parte, y yo le había desabrochado el pantalón con un pulso que no tenía desde los veinte años.

Su habitación. La persiana a medias, esa luz rayada de mediodía cayéndonos encima a franjas, sin ninguna piedad. Nada de luna, nada de decorado.