No te enamores del vecino del 17B Capítulo 25
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Capítulo 25

ALI

Saqué la basura el sábado a las ocho y media de la tarde, y esa es la última cosa normal que hice en cuarenta y ocho horas.

Iba con el cubo por el camino de mi jardín, en chanclas y con la camiseta gris de estar en casa, pensando en nada, cuando oí un coche aparcar. Y levanté la vista.

Un coche pequeño, blanco, que no era de la calle. Se bajó una mujer.

Morena. Alta. Con una melena que le caía como en un anuncio, un vestido de verano y dos botellas de vino en una mano. En la otra llevaba una bolsa de papel de esas de comida para llevar.

Cruzó la acera. Subió los escalones del 17B. Llamó al timbre.

Yo me quedé quieta en mitad de mi jardín, con el cubo a medio empujar y una sensación muy rara en el estómago, como cuando bajas un escalón que no estaba.

Se abrió la puerta. Vi a Hugo en el umbral, con el trapo de cocina todavía en la mano. Vi cómo cambiaba la cara. Y aunque no oí lo que decían, vi perfectamente lo que pasó después: ella dijo algo, él se apartó, y ella entró en aquella casa con la naturalidad de quien ha entrado mil veces.

La puerta se cerró.

Y yo me quedé ahí de pie, en la oscuridad de mi jardín, con la basura en la mano, mirando la luz encendida de una cocina en la que hacía unas semanas yo me había bebido una cerveza sentada en la encimera.

Volví a casa sin sacar el cubo. Al día siguiente me acordé y ya era tarde: se habían llevado la basura y me tocó aguantarla otra semana, cosa que me pareció, dadas las circunstancias, una metáfora bastante ajustada de mi vida.

Esa noche no dormí nada. Cero. Ni una hora.

Y lo peor, lo verdaderamente enfermo, es que a las once y media me pillé haciendo una cosa que no le he contado a nadie hasta hoy: me pillé subiendo al cuarto de Mateo, que da a su parcela, para mirar por la ventana desde detrás de la cortina y ver si el coche blanco seguía aparcado.

Seguía.

A la una y media me volví a levantar. Seguía.

A las tres ya no me levanté, porque me daba demasiada vergüenza, pero estuve despierta calculando. Que si la cena se puede alargar. Que si a lo mejor había bebido y no podía conducir. Que si, que si, que si.

Y por debajo de todos esos «que si», como una nota grave de fondo, sonaba una sola frase con la voz de Eva: «Llevan años, Ali. Yo se lo pregunté mil veces y él siempre con lo mismo: es mi amiga de toda la vida».

Su amiga de toda la vida. Con vino. Un sábado. En su casa. Cuatro días después de que yo le dijera que no era para mí.

Cuatro días, Hugo. Cuatro.

Y yo, que soy justa hasta cuando me destrozan, tuve la honestidad de reconocer, ahí en la oscuridad, que aquello me lo había buscado yo solita.

Que le cerré la puerta en las narices. Que le dije que no era para mí.

Que un hombre al que dejas tirado tiene todo el derecho del mundo a cenar con quien le dé la gana, y que si aquella mujer entraba en su casa era, en parte, porque yo lo había echado de la mía.

Y sin embargo.

Sin embargo, cuatro días. Cuatro días es muy poco tiempo para una cena con vino y comida para llevar y un coche que sigue aparcado a la una y media de la madrugada.

A no ser, claro, que eso ya estuviera ahí antes.

A no ser que lo que yo había interrumpido en Mallorca fuera una cosa que simplemente se reanuda cuando la vecina se aparta.

Al final me dormí a las cinco, y a las siete y media me despertó Mateo pidiendo desayuno, y a las diez de la mañana del domingo yo era una mujer con dos noches de sueño en la última semana, la basura sin sacar y un incendio dentro del pecho.

Y no había pan. Otra vez. Nunca hay pan.

Así que me metí en el coche y bajé al súper.

Y ahí es donde el destino, o la casualidad, o esa cosa que tiene esta historia de ponerme siempre delante lo que no quiero ver, decidió rematar la faena.

Estaba en la sección de fruta, apretando aguacates con esa concentración forense con la que se aprietan los aguacates, cuando la vi.

La reconocí antes de pensar en reconocerla, que es como funcionan estas cosas.

La melena. El perfil. La misma mujer del espejo, del vestido rojo, del conjunto de encaje.

La misma que había entrado con dos botellas de vino en casa de Hugo doce horas antes y cuyo coche seguía aparcado a la una y media.

Sofía.

Empujaba un carro con dos yogures y una bolsa de naranjas, tan tranquila, mirando las etiquetas de unos cereales como si aquello fuera un domingo normal, como si no llevara semanas siendo la protagonista silenciosa de mis peores pensamientos.

Y a mí se me subió algo por dentro que no controlé.

No lo pensé. Si lo hubiera pensado no lo habría hecho, porque yo no soy de esto, yo soy de la escuela de no preguntar, de archivar y callar.

Pero llevaba dos noches sin dormir, una semana de silencio propio acumulado y una mentira enorme atragantada desde el jueves, y todo eso tenía que reventar por algún sitio.

Reventó junto a los aguacates.

Dejé la fruta. Crucé el pasillo.

—Perdona. —Mi voz sonó más dura de lo que la tenía pensada—. ¿Tú eres Sofía?

Se giró, sorprendida, con una sonrisa automática de las que se les pone a los desconocidos.

—Sí. ¿Nos conocemos?

—No. Pero yo a ti te he visto un montón.

—Y ahí ya no pude parar, salió todo junto, atropellado, con una voz que no reconocía como mía—.

En el móvil de Hugo. En su galería. Fotos, muchas fotos, en ropa interior, y mensajes de «qué buena estás» y «te quiero mucho» y una cita para un jueves.

Y anoche te vi entrar en su casa con dos botellas de vino a las ocho y media.

Y tu coche seguía ahí a la una y media, porque lo miré, porque llevo dos noches sin dormir.

Así que no, no nos conocemos, pero sé perfectamente quién eres.

Sofía se quedó con la boca entreabierta, el carro parado en mitad del pasillo, mirándome como el que mira a alguien que se ha vuelto loco en directo delante de sus narices, cosa que, ahora que lo pienso con unos días de distancia, es bastante parecido a lo que estaba pasando.

—Perdona, ¿pero tú quién eres?

—Soy Ali. La vecina. La del 17A. —Se me quebró algo en la garganta y odié que se me quebrara—. Da igual quién soy. Solo quería decírtelo a la cara. Que lo sé. Que sé lo vuestro.

Y entonces, mientras yo terminaba de decir aquella frase absurda en mitad de la sección de fruta, con dos señoras fingiendo mirar los plátanos a dos metros, apareció otra mujer por detrás de Sofía. Rubia, con gafas de sol subidas en el pelo, empujando el resto de la compra en otro carro.

—Cariño, ¿cogemos el tinto o el que te gustó en casa de mi hermana?

Y le dio un beso. En la boca. Corto, natural, del tipo de beso que se da alguien que lleva años dándolo, sin ningún efecto especial, sin drama, el beso más aburrido y más devastador que he presenciado en mi vida.

Sofía se giró hacia ella con una familiaridad absoluta.

—El de tu hermana, que el otro sabe a corcho. —Y luego, volviéndose hacia mí, ya sin la sonrisa de cortesía, con una cara mucho más seria—. Esta es Carla. Mi mujer. Llevamos seis años juntas y dos casadas.

Silencio.

Un silencio de esos que ocupan un pasillo entero, con la megafonía anunciando una oferta en detergentes de fondo, como una banda sonora completamente inadecuada para el momento exacto en que a una se le cae el mundo encima en la sección de fruta.

—Ah —dije. Fue lo único que me salió.

—Sí. Ah. —Sofía cruzó los brazos, y en su cara ya no había sorpresa, había algo mucho más parecido a la indignación—. ¿Se puede saber de qué me estás acusando precisamente?

—Yo... —Las palabras se me habían ido a algún sitio y no encontraba el camino de vuelta—. Vi las fotos. En su móvil. En... en ropa interior.

—¿Fotos mías probándome vestidos para las bodas del verano me estás llamando ropa interior?

—Había uno de encaje.

—¡Es un body, tía, no lencería, hay una diferencia y se llama contexto!

—Se llevó las manos a la cabeza—. Se lo mandé porque me lo iba a poner debajo de una chaqueta de esmoquin en la boda de mi prima y quería saber si transparentaba.

Me dijo que se me marcaba todo. Por eso me lo compré en negro y no en beige.

—Bufó—. Y las guarda porque el tío es incapaz de vaciar la galería del móvil, tiene dos mil fotos de facturas y de tornillos del Leroy Merlin.

Carla, a su lado, había cruzado los brazos también, y las dos me miraban con una simetría que en cualquier otro momento me habría hecho gracia.

—Es mi mejor amigo desde los quince años —siguió Sofía, ya sin ningún cuidado en el tono—.

Quince. Nos conocimos en un instituto de mierda donde yo era la rara y él era el callado, y llevamos veinticinco años siendo la familia que ninguno de los dos eligió.

Le mando las fotos del probador porque tiene mejor ojo que cualquiera de mis amigas y porque me dice la verdad sin piedad, cosa que a mi mujer, que la quiero con toda mi alma, le importa lo mismo que a un pato el paraguas.

—El «te quiero mucho»... —dije, muy pequeñita.

—Se lo digo yo a él y él me lo dice a mí, porque nos queremos.

Es la única persona en el mundo delante de la que ese hombre llora.

Y sí, el sábado estuve en su casa, ya que lo mencionas.

Llegué a las ocho y media con dos botellas de vino y me fui a las dos de la mañana.

—Vi cómo se le descomponía la cara y disfruté un segundo, lo confieso, antes de rematar—: Porque me llamó Rober diciéndome que llevaba una semana contestando a los mensajes con puntos y que le habían roto el corazón.

Y me quedé hasta las dos escuchando a un tío de cuarenta y un años intentando entender qué había hecho mal con la vecina del 17A.

Me quedé plantada en mitad del pasillo, con la bolsa de la compra vacía colgando de la mano, sintiéndome del tamaño de un aguacate mal apretado.

—¿Y sabes qué es lo peor? —añadió—. Que cuando volvió de Mallorca me escribió. Y me dijo, textualmente: «Creo que me he enamorado de la vecina, y estoy acojonado». Eso fue hace una semana. Y ahora resulta que la vecina lleva días sin hablarle y él no sabe por qué.

—Lo siento —dije—. Lo siento muchísimo. Me he equivocado. Me he equivocado en todo.

—Ya lo creo que te has equivocado. —Carla habló por primera vez, sin acritud, casi con curiosidad clínica—. ¿Y por qué no le preguntaste a él directamente, en vez de venir a montarle un pollo a una desconocida en el súper?

Y ahí estaba. La pregunta. Mi pregunta, la de siempre, la que llevaba toda la vida esquivando, formulada por una mujer a la que acababa de conocer y que en dos frases había entendido mejor mi problema que yo en treinta y ocho años.

—Porque no pregunto —dije, y me salió la voz rota de verdad—. Nunca. Es lo que hago. Miro, saco conclusiones y me quedo con ellas. Así nadie me puede mentir a la cara.

—Pues vaya sistema de mierda —dijo Sofía, con una media sonrisa que ya no era hostil, solo cansada.

—Ya me lo han dicho.

Se hizo un silencio distinto, más blando. Sofía suspiró, se pasó la mano por la melena y dejó el carro quieto.

—Mira. No te conozco de nada. Pero por lo que me contó anoche y por la cara que traes ahora mismo, no eres tonta.

Estás muerta de miedo, que es otra cosa.

—Se encogió de hombros—. Habla con él. De verdad.

No con capturas de pantalla sin contexto ni con lo que te haya contado su ex, que ya sé yo de dónde sale esto, no soy idiota. Con él. A la cara.

Salí del súper sin el pan, sin la lechuga, sin nada, con la compra a medio hacer y las piernas flojas.

Y en el aparcamiento, apoyada en mi coche, con el sol de agosto dándome en la cara, hice cuentas por última vez.

Eva me mintió en enero y la creí.

Eva me mintió en agosto y volví a creerla.

Y en medio de las dos mentiras, la única persona que me había dicho la verdad desde el primer día —desde aquella tarde en el seto, desde el apagón, desde la playa— era un hombre al que yo le había dicho, cuatro noches antes y mirándole a los ojos, que no era para mí.

Metí las llaves en el contacto. Y por primera vez en toda esta historia, en vez de irme a casa a rumiarlo sola, arranqué y conduje hacia Las Adelfas sabiendo perfectamente lo que iba a hacer.

Iba a preguntar.