No te enamores del vecino del 17B Capítulo 24
81%

Capítulo 24

HUGO

No pasa nada. Se acabó y no pasa nada.

Eso es lo que me repetí durante los dos días siguientes, con una disciplina que en otras áreas de mi vida me habría hecho millonario.

No pasa nada. Fue una semana en una isla.

Siete días, Hugo. La gente se enamora en los viajes porque en los viajes uno no es uno mismo; es la versión de vacaciones, la que duerme bien y no tiene que madrugar y no tiene la cabeza en una factura.

Y esa versión no existe. Se disuelve en la primera lavadora.

No pasa nada.

Lo que pasa es que estoy destrozado, pero eso es información clasificada.

Porque hay una cosa que aprendí de crío, cuando mi madre se fue y mi padre se pasó dos años sin hablar del asunto: que el dolor de un hombre adulto tiene que caber dentro de una casa sin molestar a nadie.

Se recoge, se dobla, se guarda en el armario y se sigue haciendo cenas.

Nora tenía campamento por las mañanas y clase de natación los martes y necesitaba a un padre funcional, no a un tío tirado en el sofá mirando una pared.

Así que hice cenas. Llevé y traje. Firmé un permiso del colegio. Puse dos lavadoras.

Y por dentro me puse la armadura entera, pieza por pieza, con esa eficiencia que solo se consigue con práctica.

Es humillante lo rápido que se pone.

Al segundo día ya me había construido el relato completo, redondito, blindado.

Que en el fondo lo veía venir. Que estaba clarísimo desde el principio.

Que una mujer que es capaz de retirarte el saludo seis meses por una historia que le contó otra persona es una mujer que decide las cosas sola y no las revisa.

Que yo estaba tan roto que confundí un rato de compañía con algo grande.

Que me lo tengo merecido por bajar la guardia a los cuarenta y un años, que es una edad en la que ya deberías tener eso resuelto.

«Tampoco creo que tú fueras para mí.»

Esa frase, por cierto, es de las que se quedan. Me la repetí unas cuatrocientas veces en cuarenta y ocho horas, con distintas entonaciones, buscándole segundas intenciones que no encontré. Es una frase limpia. Es una frase de las que cierran una puerta y le echan la llave desde el otro lado.

Y lo más gracioso: yo, que llevo toda la vida sin dar explicaciones, me pasé esos dos días queriendo dar una.

Queriendo llamar a esa puerta otra vez y decir: oye, dame algo más, no me dejes con esto, algo pasó entre el aparcamiento de aquel resort y tu casa, porque la mujer que me besó en aquel aparcamiento no era la mujer que me habló en aquella puerta.

Pero no llamé. Claro que no llamé. Uno no va detrás de nadie mendigando. Lo aprendí de mi padre y funciona fenomenal: te deja intacto, digno, entero y absolutamente solo.

El viernes vino Rober, que tiene un radar para las desgracias ajenas, y estuvo veinte minutos hablando de fútbol antes de soltarlo.

—O sea que se acabó.

—No había empezado.

—Ya. —Bebió—. Cinco días en una cala y no había empezado.

—Rober.

—¿Le has preguntado qué le pasa?

—Se lo pregunté. —Y lo dije con cierto orgullo, fíjate, porque por una vez lo había hecho—. Fui a su casa. Se lo pregunté a la cara. Me dijo que fue un error y que yo no era para ella.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que vale.

Rober se quedó mirándome con la lata a medio camino.

—¿Que vale?

—¿Qué querías que dijera?

—No sé, Hugo, algo. «¿Por qué?» «¿Qué ha cambiado?» «El domingo me besaste en un aparcamiento y el jueves no soy para ti, ayúdame con la aritmética.» —Dejó la lata—. Algo.

—No pienso mendigar.

—No es mendigar, tío. Es preguntar. —Se levantó a por otra cerveza como si estuviera en su casa, que a estas alturas casi—.

Lo que pasa es que tú, en cuanto alguien te da la más mínima excusa para retirarte, te retiras a la velocidad de la luz y encima te quedas tan a gusto porque lo llamas dignidad.

—Vete a la mierda.

—Cuando quieras. —Volvió a sentarse—. Pero piénsalo. Es justo lo mismo que hiciste con Eva. Y con la vecina en enero. Y con tu padre.

Y ahí ya no le contesté, porque lo peor de tener un amigo de veinte años es que se sabe el mapa entero.

Lo que no había calculado era a Nora.

—¿Ya no somos amigos de Mateo? —me preguntó el sábado, mientras desayunábamos.

—Sí, cariño. Claro que sí.

—Entonces por qué no viene.

—Porque los mayores... —Y ahí me atasqué, porque llevaba una semana prometiéndome no mentir a mi hija—. Porque su madre y yo hemos decidido que es mejor no vernos tanto. Pero eso es cosa nuestra, no vuestra. Si quieres ver a Mateo, lo vemos.

Se quedó mirando el bol de cereales.

—Pero en la playa te reías.

—Ya.

—Y a mí me hizo la trenza.

—Ya lo sé.

—¿Y qué ha pasado?

Y ahí, delante de mi hija de nueve años, con una cuchara en la mano, me oí decir la verdad más grande de la semana:

—No lo sé, Nora. De verdad que no lo sé.

Aquella tarde fui a nadar. Sesenta largos, que son diez más de mi máximo, hasta que se me quedaron los hombros muertos y la cabeza por fin en blanco, que es todo lo que le pido al agua. Y al salir de la piscina, mientras me secaba, la vi.

A Ali. En su jardín, tendiendo ropa.

Y me hizo una cosa el pecho que no me hacía desde marzo.

Un puñetazo seco. Porque estaba a treinta y dos pasos, a la vista, tan cerca que le veía la camiseta gris que se pone para estar en casa, y era la persona más lejana del planeta.

Le veía las manos coger las pinzas. Le veía apartarse el pelo con el antebrazo.

Y no podía cruzar. Volvíamos a ser dos vecinos con un seto en medio, exactamente igual que en junio, solo que ahora yo sabía cómo se ríe cuando se le olvida que no debe, y sabía cómo suena mi nombre dicho de otra manera, y esas dos cosas no se desaprenden.

Me metí en casa antes de que levantara la vista.

Y ahí, fregando una sartén que ya estaba limpia, se me ocurrió por primera vez en dos días que a lo mejor no tenía por qué pasar la noche solo.

Porque hay una manera de gestionar esto.

La conozco. Es antigua y funciona: cuando algo se te rompe por dentro y no puedes decírselo a nadie, buscas a la persona con la que no hace falta explicar nada.

La llamas. Aparece. Y durante unas horas dejas de ser un tío de cuarenta y un años al que acaban de dejar tirado en su propia acera.

Y yo tengo esa persona. La tengo desde siempre.

Es la única que me ha visto llorar, la única delante de la que no me pongo la armadura, la única que sabe entrar en esta casa sin llamar y servirse ella el vino.

Con ella no tengo que fingir que estoy bien, ni que soy sereno, ni que soy un padre funcional.

Con ella puedo ser exactamente el desastre que soy esta semana.

Hay noches en que uno necesita que le digan que no está solo. Y hay noches, como esta, en que uno necesita algo más que eso.

Nora llevaba ya un rato dormida. Eran casi las ocho y media de un sábado. Cogí el móvil, miré la pantalla un buen rato con las manos todavía mojadas, sabiendo perfectamente lo que iba a hacer y sabiendo también que una llamada a esas horas, un sábado, no es una llamada cualquiera.

Y entonces, antes de que llegara a pulsar nada, llamaron a la puerta.

Y por un segundo —un segundo entero, y esto es lo más patético que voy a confesar en toda esta historia— el corazón me dio un salto absurdo, ridículo, de crío de quince años. Un salto que decía: es ella. Ha venido. Ha cambiado de opinión.

Me limpié las manos en el trapo. Fui al recibidor. Abrí.

Y en mi porche, con dos botellas de vino en una mano, una bolsa de comida tailandesa en la otra.

—Hola, Sofía.