Capítulo 23
ALI
Aquella noche no dormí. Ni la siguiente, ni la otra.
Y no fue un insomnio dramático, de los de dar vueltas y llorar.
Fue peor: fue un insomnio administrativo.
Me pasé tres noches haciendo cuentas. Ordenando pruebas.
Colocando cada cosa en su sitio con una eficiencia siniestra, como si estuviera preparando el juicio más importante de mi vida y a la vez fuera la única testigo, la fiscal y la acusada.
Empecé por la parte que no tenía vuelta de hoja: la galería.
Porque a Eva podía no creerla. De hecho no la creía: sabía perfectamente que era una mentirosa profesional, tenía vídeos, fechas, matrículas, once martes y jueves documentados. Y aun así.
Aun así, las fotos las había visto yo. Con mis propios ojos. Sin que nadie me las contara, sin que nadie supiera que las estaba viendo, sin intermediarios ni versiones ni lágrimas de nadie encima de mi mesa. Esas fotos no eran un relato: eran un hecho.
Y esos hechos no tenían explicación posible. Le di la vuelta cien veces buscándosela, lo juro. Estuve tres noches buscándole a aquello una salida decente y no la encontré por ningún lado.
Que una amiga te manda una foto de un vestido, vale.
Que te manda dos, vale. Pero cuatro, cinco, seis, en lencería, delante de un espejo, de espaldas, mirando por encima del hombro.
Y guardadas. Descargadas. Alguien había pulsado un botón para que se quedaran ahí, en la memoria de ese teléfono, en la carpeta que se abre sola cuando el hombre desbloquea el móvil.
Y encima el «te quiero mucho». Y el «qué buena estás». Y el jueves.
No. Eso no tiene explicación. Yo llevaba un año escuchando explicaciones plausibles y ninguna había resultado ser verdad, y ahora que por fin tenía algo delante que no admitía explicación ninguna, no iba a ponerme a inventarle una yo misma.
Bastante había hecho eso ya. Bastante me había pasado los últimos ocho años haciéndole a Allan los deberes de la coartada.
Así que la pregunta no era si me habían engañado. La pregunta era otra, mucho más humillante, y me la hice a las cuatro de la mañana del jueves, mirando el techo de mi habitación:
¿Cómo he vuelto a hacerlo?
Eso fue lo que de verdad me destrozó. No él. Yo.
Porque yo soy la mujer que se pasó ocho años creyéndose lista.
La que decía «a mí eso no me lo cuelan».
La que se enteró de lo de Allan y se prometió, con la mano en el pecho, que no volvería a ser tonta nunca más.
Y siete meses después, siete, había repetido el patrón entero con una precisión de manual: un hombre atractivo, un verano, unas cervezas, un poco de atención, cuatro frases bonitas en una playa, y ahí estaba yo otra vez, desnuda en la arena, prometiendo cosas y dejándome prometer cosas como una adolescente de treinta y ocho años.
Y otra vez la última en enterarse. Otra vez.
Eva llevaba años sabiéndolo y yo, cuatro días. Y me lo tuvo que venir a decir ella, sentada en mi escalón, con una botella de vino y esa cara de lástima que era lo único que me faltaba en la vida: que me tuviera lástima Eva.
Me sentí tonta de una manera nueva, que no conocía.
Con Allan me sentí engañada, que es distinto y hasta cierto punto es cómodo, porque el engañado tiene el papel de víctima.
Esta vez no. Esta vez me sentí boba. Fácil.
De esas mujeres a las que un vecino con buena espalda les da conversación y una noche de playa y ya están.
Y a la tercera noche, cuando ya lo tenía todo bien ordenado, me hice la única pregunta que quedaba:
¿Y ahora qué le digo?
Porque nos lo habíamos prometido. Eso lo tenía clarísimo. En aquella arena, con su mano en la mía y los dos vigilabebés parpadeando en verde, quedamos en que las cosas se dicen. Me hizo prometérselo dos veces. «Dilo bien», me dijo. Y lo dije bien.
Y ahí, a las cuatro y media de la mañana, encontré la salida. La encontré yo sola y me pareció perfecta, y no sabes lo bien que me sentó.
Sí, prometimos hablarlo todo. Cierto. Pero también dábamos por hecho otra cosa que no hizo falta pronunciar, porque hay promesas que no se pronuncian precisamente porque son las importantes: que no habría nadie más.
Que aquello era entre nosotros dos. Eso no lo dijimos en voz alta porque no había que decirlo.
Y si él ha roto la que no hacía falta decir, ¿por qué tengo yo que cumplir la que sí dijimos?
Ahí está. Fíjate qué limpio. Qué bien construido.
Yo no le debo una conversación sincera a un hombre que se estaba acostando con otra mientras me hacía prometer sinceridad en una playa.
Eso no es cobardía por mi parte: es justicia.
Es proporcionalidad. Él rompió el pacto grande, así que el pequeño queda anulado automáticamente, como esas cláusulas que se caen solas cuando una de las partes incumple.
Me dormí a las cinco con esa idea abrazada como un peluche.
Que es justo lo que era: un peluche. Una cosa blandita que te dejan en la cuna para que no llores.
Porque la verdad, la de verdad, la que yo no pensaba mirar de frente ni con una linterna, era mucho más simple y mucho más fea: que si le preguntaba, existía la posibilidad de que me lo confirmara.
Y yo no tenía cuerpo para oírlo. No podía.
No podía sentarme delante de ese hombre y oírle decir «sí, Ali, es verdad», porque entonces no me iba a quedar ni el consuelo de la duda, y la duda, aunque no lo parezca, es lo único que te deja seguir respirando mientras te caes.
Así que no era justicia. Era miedo con abogado.
Pero eso lo sé ahora. Aquella noche estaba convencidísima de que era una mujer digna tomando una decisión digna.
Y con esa convicción abrí la puerta el jueves por la noche, a las nueve y veinte, cuando llamaron al timbre.
Era él, claro. Con Nora esperando en la acera, a diez metros, sentada en el bordillo, dándole patadas a una piedra con una paciencia infinita.
Y venía con una cara que no le había visto nunca. Sin armadura. Sin ironía. Con el pelo revuelto y los ojos de no haber dormido y una determinación que se le notaba en la mandíbula.
—Hola —dijo.
—Hola.
—Llevo cuatro días escribiéndote.
—Ya.
—Y sé que dijimos que hablaríamos con calma cuando volviéramos, pero se me ha acabado la calma, Ali.
—Se pasó la mano por el pelo—. Así que aquí estoy.
Cruzando los treinta y dos pasos, mira tú.
Y voy a hacer una cosa que no he hecho en mi vida, que es preguntar.
Te lo prometí en la playa y lo voy a cumplir. ¿Qué ha pasado?
Y yo tenía el discurso preparado. Lo llevaba ensayando tres noches.
Lo que no había calculado era cómo me iba a doler decirlo en voz alta.
—Nada —dije—. No ha pasado nada.
—Ali.
—Es que no ha pasado nada, Hugo. Simplemente he estado pensando. —Me agarré al marco de la puerta, por dentro, donde él no lo veía—. Y creo que lo de Mallorca fue un error.
Se quedó completamente quieto.
—¿Un error?
—Estábamos en una isla. En una cala privada.
Con los niños encantados, sin trabajo, sin rutina, sin nada.
—Me oí hablar con una voz plana, ajena, la voz de una mujer mucho más fría que yo—.
Eso no es la vida real, es un decorado. Y en un decorado te crees cualquier cosa.
Yo me la creí. Tú te la creíste. Pero hemos vuelto, y aquí las cosas son como son.
—Las cosas son como son —repitió, muy despacio.
—Sí.
—¿Y cómo son, según tú?
—Que tenemos dos niños, dos divorcios recientes y treinta y dos pasos de distancia. Que si esto sale mal, y va a salir mal, los que se comen el marrón son ellos. —Tragué saliva—. Y que yo no estoy para esto, Hugo. Me he dado cuenta de que no estoy preparada. Lo siento.
Y ahí fue donde lo hice de verdad. Ahí fue donde me pasé de frenada, porque vi que no se movía, que no se iba, que iba a insistir, y supe que si insistía dos veces más yo me venía abajo y se lo contaba todo, y no podía permitírmelo.
Así que hice lo que hay que hacer para que un hombre orgulloso se marche: le di donde sabía que le dolía.
—Y sinceramente —añadí—, tampoco creo que tú fueras para mí.
Silencio.
Un silencio de tres segundos que a mí me duró un año entero.
Vi cómo le cambiaba la cara. Vi cómo se le cerraba, exactamente igual que aquella tarde en el seto en julio, como una persiana metálica bajando de golpe, un negocio echando el cierre.
Y vi también, un instante antes de que la persiana llegara al suelo, algo pequeño y desprotegido que me va a doler el resto de mi vida.
—Vale —dijo.
—Hugo...
—No, no. Perfecto. —Dio un paso atrás. Metió las manos en los bolsillos—. Está bien saberlo. Mejor ahora que en Navidad.
—Los niños pueden seguir viéndose. Eso no...
—Claro. Los niños. Faltaría más. —Asintió dos veces, mirando al suelo—. Los niños son lo importante.
Y luego levantó la vista y me miró de una manera que no se puede describir sin ponerse a llorar otra vez, y dijo la única frase de toda la conversación que no sonó a orgullo:
—Ali, si hay algo más, dímelo ahora. Lo que sea. Cualquier cosa. Aunque sea horrible.
Cuatro palabras. Solo tenía que decir cuatro palabras: «¿Quién es Sofía?».
Y no las dije.
—No hay nada más —dije.
Asintió otra vez. Se dio la vuelta. Cruzó los treinta y dos pasos en dirección contraria, cogió a su hija de la mano y entró en su casa sin mirar atrás ni una vez.
Cerré la puerta. Me senté en el suelo del recibidor, en el mismo sitio donde me había sentado después de que se fuera Eva, con la espalda contra la madera.
Y ahí, en el suelo, me di cuenta de una cosa horrible: que acababa de hacerle exactamente lo mismo que llevaba todo este tiempo reprochándole al mundo entero.
Lo había juzgado sin escucharlo. Lo había condenado con las pruebas que tenía y sin pedirle su versión.
Otra vez.
Igual que en enero.
Solo que esta vez, encima, yo estaba enamorada de él.