Capítulo 22
HUGO
Aterricé a las once menos cuarto de la noche con una niña dormida encima del hombro y un humor de imbécil.
Iba pensando tonterías. Cosas de crío. Que en septiembre podríamos organizar algo los cuatro un fin de semana.
Que a lo mejor le proponía a Ali ir juntos a la cena de vecinos de finales de mes, así, tranquilamente, sin dar explicaciones, solo para ver la cara que ponía Maruja.
Que a Nora le vendría bien seguir viendo a Mateo, y que no era mala señal que la niña hubiera pedido una trenza.
Le escribí desde el taxi. «Ya en tierra. Nora KO. ¿Llegasteis bien?»
Nada.
Y me pareció normal, porque su ferry llegaba de madrugada y tenía un buen trecho de coche después. Pobre.
A la mañana siguiente, nada.
Al mediodía le escribí otra vez: «¿Todo bien?». Doble check azul a las 14:12. Sin respuesta.
Y ahí empecé a notar el frío. Ese frío concreto, el de los mensajes leídos, que es una tecnología diseñada específicamente para torturar a la gente que quiere a otra gente.
Por la tarde bajé la basura a una hora que no me tocaba.
Sí, ya sé. Yo, que me había pasado nueve días de julio calculando horarios para no coincidir con ella, ahora bajaba el cubo a las siete y media inventándome una urgencia de reciclaje solo para ver si salía.
No salió. Su coche estaba en la puerta con el maletero abierto y las maletas todavía dentro, cogiendo polvo, y eso me pareció rarísimo, porque Ali es una mujer que deshace el equipaje el mismo día.
Lo sé porque me lo contó en la cala, riéndose de sí misma, diciendo que no puede dormir con una maleta hecha en el cuarto.
El martes por la mañana la vi de lejos, saliendo de casa con Mateo. Levanté la mano.
Ella me devolvió el saludo.
Y ese saludo, Dios mío. Ese saludo era el saludo de una vecina. Un saludo de dos dedos, correcto, breve, exactamente el mismo que me dedicaba en marzo cuando yo era el monstruo del 17B. Metió al niño en el coche y se fue.
Me quedé de pie en mi porche, con el café en la mano, con la misma sensación que si me hubieran quitado el suelo con una grúa.
Le escribí. Ya sin disimulo.
«Ali, ¿qué pasa?»
Nada.
«Si he hecho algo, dímelo y lo arreglamos.»
Nada.
«Prefiero que me digas que te has arrepentido a esto.»
Leído a las 21:03. Nada.
Y entonces, en algún punto entre el martes y el miércoles, me pasó una cosa que no me pasaba desde enero: me volví el Hugo de antes.
Ese que se pone la armadura entera en cuatro segundos y decide que no piensa mendigar.
Que si alguien te quiere fuera, te vas. Que no se va detrás de nadie explicando cosas.
Dejé de escribir.
Y me pasé dos días haciendo lo que mejor se me da, que es aguantar. Trabajar. Nadar. Cincuenta largos el martes y sesenta el miércoles, hasta que el agua me dejaba la cabeza en blanco y los hombros dormidos. Llevar y traer a Nora. Comportarme como un hombre razonable al que no le afecta nada.
Por dentro, mientras tanto, la maquinaria del rencor se ponía en marcha sola, engrasadísima, con la práctica de medio año.
Claro. Cómo no. Se acabaron las vacaciones y se acabó el paréntesis.
Allí, en aquella cala, éramos otras dos personas: dos náufragos que se agarran a lo que sea.
Y ahora, de vuelta en el mundo real, con su casa y su hijo y su vida, le habrá dado la luz del día en la cara y habrá visto lo que hay: un tío seco de cuarenta y un años, con una hija, una exmujer complicada y un historial de ser el malo del barrio.
Muy bien. Perfecto. Adelante.
Lo peor de la armadura es lo cómoda que es. Te la pones y de repente ya no duele nada, porque ya no sientes nada, y además te da la razón. Yo llevo toda la vida dentro de esa armadura. Ahí dentro se está de maravilla y no se respira.
El miércoles vino Rober a tomarse una cerveza y a los diez minutos me estaba mirando raro.
—¿A ti qué te pasa?
—Nada.
—Vienes de una semana en Baleares y tienes peor cara que cuando te fuiste. Eso es técnicamente imposible.
—Cansancio del viaje.
—Ya. —Bebió—. ¿Y la vecina?
—¿Qué pasa con la vecina?
—Que me dijo Nora, cuando la recogí del campamento de la piscina, que en la playa había una cala con dos casas y que en la otra estaba Mateo. —Levantó las cejas hasta el techo—. Coincidencia interesante.
—Nacho nos coló la misma oferta a los dos.
—Ya. Y en una semana en el paraíso, con dos críos y sin público, no pasó absolutamente nada.
Me quedé callado. Y con Rober callarse es hablar.
—Hostia —dijo—. Hostia, Hugo.
—No es asunto tuyo.
—¿Y por qué tienes esa cara entonces?
—Porque no es asunto tuyo, Rober.
Se terminó la cerveza sin ofenderse, que es una de las razones por las que es mi amigo desde hace veinte años, y al levantarse me dio una palmada en el hombro.
—Sea lo que sea, pregúntale.
—No pregunto.
—Ya sé que no preguntas. —Dejó la lata en la mesa—. Por eso te lo digo.
El jueves por la tarde recogí a Nora del campamento y, mientras hacía la cena, la niña soltó la bomba con la naturalidad de siempre, mientras pintaba.
—Papá, ¿por qué ya no vamos a casa de Mateo?
—Porque no nos han invitado, cariño.
—Es que le pregunté si podía ir el sábado y me dijo que su madre había dicho que ahora no. —Se quedó mirando el dibujo, con ese ceño suyo—. Y Mateo estaba raro. No se reía de mis chistes ni con los buenos.
Corté una cebolla con muchísima concentración.
—Habrá tenido lío con la vuelta de las vacaciones.
—Ya. —No pareció muy convencida—. ¿Vosotros os habéis enfadado?
—¿Por qué dices eso?
—Porque en la playa te reías todo el rato. Y ahora tienes cara de cuando te quedas sin agua caliente.
Los niños. Once palabras y te resumen media vida.
No contesté. Terminé la cena, la puse en la mesa, dejé que Nora me contara el resto del campamento con pelos y señales, y me pasé toda la cena dándole vueltas a la misma idea, cada vez más simple y cada vez más molesta: que no hacía falta ningún misterio.
Que no había que buscar culpables ni terceras personas ni conspiraciones.
Que la explicación más sencilla era también la más probable, y la más probable era que Ali, de vuelta en su vida de siempre, se hubiera asustado de lo nuestro y hubiera hecho lo que hace siempre: cerrar la puerta sin dar explicaciones, en vez de decírmelo a la cara.
Y entonces me acordé de la arena. De su mano en la mía.
De aquella promesa tan solemne, tan sincera, dicha con los dos vigilabebés parpadeando en verde: «con nosotros, las cosas se dicen».
Se lo había prometido yo. Y ahí estaba, cuatro días después, tragándome el silencio como un idiota, poniéndome la armadura, dejando que el orgullo hiciera lo que mejor sabe hacer, que es proteger a la gente de tener que arriesgarse a nada.
Fregué el cazo con una violencia que no le correspondía al cazo.
Porque si yo, otra vez, en vez de ir a preguntar, me quedaba en mi casa esperando a que ella viniera a explicarse, iba a perder a esta mujer justo igual que la perdí durante seis meses: por no cruzar treinta y dos pasos y abrir la boca.
Daba igual el motivo de su silencio. Daba igual quién tuviera razón.
Lo único que importaba era que había una promesa hecha en una playa y que yo, como siempre, estaba a punto de no cumplirla por comodidad.
Miré el reloj. Las nueve menos diez. Nora todavía sin cenar del todo.
—Nora. —Le puse el plato delante—. Come rápido, que luego vamos a hacer un recado.
—¿Qué recado?
—Un recado corto. De treinta y dos pasos.