Capítulo 21 #2
Y ahí, en su cara, vi la cosa más interesante que he visto en mi vida: vi cómo decidía. Fue medio segundo. Un cálculo entero pasándole por detrás de los ojos, y luego el gesto se le suavizó, se le humedecieron los ojos —a voluntad, juraría que a voluntad— y bajó la copa.
—He venido a pedirte perdón.
Me quedé muy quieta.
—Sé lo de las cámaras —dijo—. Hugo me llamó desde Mallorca. Me dijo lo que había visto. —Se le quebró la voz en el sitio exacto en el que hay que quebrarla—. Ali, lo siento. Lo siento muchísimo.
Y ahí estaba. La confesión. Sin pelear, sin negar, sin discutir una sola prueba. Concedió el terreno entero de golpe, y yo, que llevaba toda la travesía preparando un interrogatorio, me quedé sin munición en la primera frase.
Es muy lista. Que conste en acta que es listísima.
—Once veces —dije.
—Sí.
—En tu casa. A doce metros de aquí. Con mi hijo cenando en esta cocina.
—Sí. —Se secó un ojo con el dorso del dedo, sin correrse el rímel, que es un arte—. No te voy a dar excusas. Fue horrible y lo sé.
—¿Y por qué viniste a llorar a mi puerta? —Ahí sí me tembló la voz, y me dio rabia—. ¿Por qué te sentaste ahí, en ese sofá, y me contaste que él te había engañado a ti? ¿Por qué me hiciste eso, Eva?
Y entonces hizo la jugada. La jugada maestra. La que me tuvo una semana entera de la vida hecha polvo.
—Porque era verdad —dijo.
Silencio.
—¿Qué?
—Que era verdad, Ali. —Me miró de frente, con los ojos brillantes y una serenidad tristísima—.
Yo no empecé. Yo terminé. —Dejó la copa—.
¿Tú te crees que una mujer se levanta un martes cualquiera y decide destrozarse la vida?
Yo llevaba dos años sabiendo lo de Hugo.
Dos años. Y callándome, y tragando, y haciéndome la tonta, hasta que un día me cansé de ser la única imbécil de mi propia casa.
—Eso no...
—Lo mío es imperdonable. Lo digo yo la primera.
Lo que hice con Allan fue una guarrada y lo pagaré toda la vida.
—Se inclinó hacia delante—. Pero yo no fui la primera, Ali.
Yo fui la que se dejó pillar. Esa es la única diferencia entre Hugo y yo.
A él no lo pilló nunca nadie. Es mucho más cuidadoso que yo.
Y yo, que soy tonta, o que estaba cansada, o que llevaba dos días con una foto de lencería negra clavada en el pecho como una astilla, hice precisamente lo que ella estaba esperando que hiciera desde que se sentó en mi escalón.
Abrí la boca.
—¿Lo dices por Sofía?
Y vi cómo se le encendía algo detrás de los ojos. Un destello mínimo, de medio segundo, que en aquel momento me pareció dolor y que llevo desde entonces sabiendo lo que era en realidad.
Era alegría. Era una jugadora viendo caer la ficha exacta que necesitaba.
—Ah. —Bajó la mirada a su copa—. Entonces ya lo sabes.
—Eva.
—No, si mejor. Mejor que lo sepas. —Suspiró, con una tristeza perfectamente calibrada—. Sí, Ali. Por Sofía. Entre otras, pero sobre todo por Sofía.
Se me fue el aire. Literal. Noté cómo se me quedaba el pecho vacío, como cuando te caes de espaldas y el cuerpo se olvida de respirar.
—Llevan años —siguió, en voz baja—. Años.
Yo se lo pregunté mil veces y él siempre con lo mismo: «es mi amiga de toda la vida, es como mi hermana, no seas ridícula».
Y a mí me hacía sentir loca, ¿sabes? Esa es la palabra.
Loca. Como si el problema fuera mi cabeza y no lo que yo estaba viendo. —Me miró—. ¿Tú has visto los mensajes?
No contesté. Y no contestar, ahí, fue contestar.
—Ya —dijo ella—. Pues ya sabes cómo escriben.
Me levanté. Fui a la cocina sin ningún motivo, abrí el grifo, lo cerré, me quedé de pie mirando el fregadero. Detrás de mí la oí seguir hablando, con esa voz suave suya que llega a todas partes.
—Yo no he venido a hacerte daño, Ali. Al revés. He venido porque me he enterado de que estáis... de que ha pasado algo entre vosotros este verano. —Una pausa—. Y no podía quedarme callada otra vez. Ya me callé una vez y mira cómo acabó.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Ali, tenéis dos niños que hablan. Y una calle entera con ventanas.
Cerré los ojos.
—Aléjate de él —dijo Eva—. Es lo único que te pido.
Ya está. No te pido que me perdones, ni que volvamos a ser amigas, ni nada.
Solo eso. Aléjate, y corta el contacto, porque yo he estado ahí y sé cómo acaba, y tú acabas de salir de lo de Allan y no te lo mereces otra vez. —Y luego, más bajo—: Y Mateo tampoco.
Y ahí fue donde metió el nombre de mi hijo. Fíjate qué elegante. Al final del todo, casi susurrado, como si se le escapara.
Se fue a las cuatro menos veinte. Se llevó su botella, que apenas habíamos tocado. En la puerta se giró.
—Ali. —Y por primera vez en toda la noche pareció una persona de verdad—. Yo te quería mucho. De verdad. Esa parte no era mentira.
Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella hasta que oí su coche arrancar.
Y después me senté en el suelo del recibidor, con la espalda contra la puerta y las maletas todavía en el maletero, y me di cuenta de que tenía un problema muy serio.
Porque yo sabía que aquella mujer era una mentirosa. Lo sabía con pruebas, con vídeos, con fechas y horas y matrículas. Sabía que me había mentido a la cara en ese mismo sofá en enero, con lágrimas de verdad, durante cuatro días seguidos.
Y aun así.
Aun así, cada cosa que acababa de decirme encajaba perfectamente con lo que yo misma había visto en aquella galería con mis propios ojos, sin que ella me lo contara, sin que ella supiera que yo lo había visto.
Ese es el problema de las mentiras buenas. Que no van solas. Que se apoyan en algo que ya estaba ahí.
Y a las cuatro y cuarto de la mañana, sentada en el suelo de mi recibidor, sin haber deshecho el equipaje, con la sal del mar todavía en el pelo, hice lo que hago siempre.
No pregunté. No llamé. No escribí.
Cogí el móvil, silencié la conversación de Hugo, y me fui a la cama.