No te enamores del vecino del 17B Capítulo 21
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Capítulo 21

ALI

El último día amaneció con esa luz melancólica de las últimas mañanas, cuando ya has empezado a irte aunque todavía te queden doce horas.

Hicimos el paripé de aprovecharlo. Bajamos temprano, nos bañamos, dejé que Mateo se comiera un helado a las once de la mañana porque estábamos de vacaciones y porque su cara al pedirlo era la de un abogado que sabe que va a ganar el caso.

Los niños se despidieron de la cala como se despiden los niños, es decir, prometiéndole al mar que volverían.

Y yo estaba en el porche del bungalow de Hugo, a media tarde, mientras él subía a devolver las llaves del kayak.

Ahí es donde empieza todo, si es que las cosas empiezan en algún sitio.

Yo estaba sentada en su hamaca, con el pareo puesto, terminándome una limonada y haciendo lo que llevaba dos días haciendo: existir tranquilamente en el espacio de otra persona. Que es una sensación rarísima cuando llevas medio año siendo la única adulta de tu casa.

Y sonó su móvil. Encima de la mesa. A medio metro.

Se encendió la pantalla, y no busqué mirar. Que quede claro. No lo busqué. Estaba ahí, delante de mis narices, y la pantalla se iluminó sola, como se iluminan las pantallas.

Sofía.

Y una foto. Una miniatura pequeña, la que se ve en la notificación sin abrir nada. Lo justo para distinguir un conjunto de lencería negra. Encaje. Un cuerpo dentro de ese encaje, delante de un espejo.

Y debajo, un texto que no llegué a leer entero porque la notificación se cortaba, algo que empezaba con «¿Qué me dices de este? ? ? ».

La pantalla se apagó.

Y yo me quedé mirando el móvil negro y apagado encima de la mesa, con la limonada en la mano, y noté cómo el suelo del porche, que hasta ese momento era de madera, pasaba a ser de otra cosa mucho menos sólida.

Vale. Tranquila, Ali.

Tiene explicación. Todo tiene explicación. Podía ser una tienda online. Podía ser una hermana. Podía ser una amiga que le pide opinión, que la gente hace esas cosas, que yo misma le he mandado fotos de vestidos a Bárbara mil veces. Podía ser un grupo. Podía ser cualquier cosa.

Podía ser cualquier cosa.

Y con esa frase en la cabeza, repitiéndomela como un mantra de manual de autoayuda barato, me terminé la limonada.

Y me quedé sentada. Y cuando Hugo volvió con las llaves y me dio un beso en el pelo al pasar y me preguntó si quería otra, le dije que sí, gracias, y me salió una voz completamente normal.

No pregunté.

Podría haber preguntado. Estaba a metro y medio de mí, de espaldas, sacando limonada de una nevera, con la camiseta al hombro y esa espalda que yo ya conocía de memoria, y era el hombre que dos noches antes me había hecho prometerle que las cosas se dicen.

Cuatro palabras: «¿Quién es Sofía, Hugo? ». Cuatro.

Y no las dije. Por supuesto que no las dije. Porque lo mío, ya lo había confesado yo misma en la arena riéndome como una imbécil, es no preguntar.

Lo que hice fue peor.

Media hora después, mientras él estaba en la ducha, Mateo entró en el porche pidiendo que le enseñara la foto del pulpo que habíamos visto buceando el día anterior.

Yo la tenía en mi móvil, pero mi móvil estaba en mi bungalow, cargando, y el niño insistía, y yo, sin pensarlo —lo juro, sin pensarlo, es la última vez en toda esta historia que hice algo sin pensarlo— cogí el móvil de Hugo, que también había estado buceando, que también había hecho fotos, y le di al botón.

Y se abrió.

Sin código. Sin huella. Sin nada. Porque dos días antes me había dado el código para que le pusiera música en el kayak, y desde entonces mi cara, o mi torpeza, o lo que sea que reconocen esos cacharros, entraba en aquel teléfono como Pedro por su casa.

Se abrió directamente en la galería, que era la última aplicación que él había usado, con el carrete a la vista.

Y no era una foto de un pulpo.

Eran cuatro. Cinco. Miniaturas en fila, ordenadas por fecha, con esa crueldad geométrica que tienen las galerías de fotos.

Una mujer joven, morena, guapísima, delante de un espejo de cuerpo entero.

Un vestido rojo. Un bikini. Un conjunto de lencería, el mismo del encaje.

Otro conjunto. Otra pose. Una de espaldas, mirando por encima del hombro.

Y guardadas. En su galería. Descargadas, que es distinto de recibidas. Alguien había pulsado un botón para que esas fotos se quedaran ahí.

Mateo dijo algo a mi lado. No lo oí.

Y entonces hice lo que no debía. Toqué una de las fotos. Y en la parte de abajo, donde el teléfono te dice de dónde ha salido cada imagen, ponía el nombre de la conversación de la que se había guardado. Le di. Se abrió el chat. Y vi tres líneas. Solo tres. No hizo falta más.

«Qué buena estás, tía.»

«Te quiero mucho, ¿lo sabes?»

«Nos vemos el jueves. Un beso enorme 💋»

Jueves.

Jueves.

Cerré el móvil. Lo dejé en la mesa exactamente en el mismo sitio y en el mismo ángulo en el que estaba, porque parece ser que eso lo hace una sola, sin que nadie se lo enseñe.

—Mamá, ¿me la enseñas o no?

—Ahora no, cariño. Ve a recoger tus cosas, que nos vamos en una hora.

Y mi voz sonó normal otra vez. Es un talento que tengo. Debería dedicarme al teatro.

Sé lo que estás pensando, quienquiera que seas.

Que hay explicaciones. Que una amiga puede mandarte fotos de lencería si va a comprarse ropa interior y quiere opinión.

Que «te quiero mucho» se lo digo yo a Bárbara doce veces al mes.

Que «qué buena estás, tía» lleva un «tía» al final, un «tía» enorme, un «tía» que debería significar algo.

Ya lo sé. Me lo dije todo. Me lo dije entero, palabra por palabra, en el camino de vuelta al bungalow con la arena quemándome los pies. Me monté la defensa completa, con sus atenuantes.

Y no me convencí.

Porque llevaba un año oyendo explicaciones perfectamente razonables.

Pájaros en los motores de Bilbao. Marisas en urgencias.

Simuladores los martes y los jueves. Un año entero de explicaciones estupendas, todas plausibles, todas verificables si te molestas en verificarlas, y yo nunca me molesté, porque me fiaba, porque era feliz, porque estaba enamorada.

Y luego resultó que cada una de esas explicaciones era un cuchillo.

Así que no. Esta vez no. Esta vez no me iba a comer yo sola la película con palomitas otra vez.

Hicimos las maletas. Nos despedimos en el aparcamiento del resort, delante de los niños, con toda la naturalidad del mundo.

Él volaba a las nueve y media desde Palma; nosotros teníamos el ferry a las siete.

Nora me dio un abrazo que casi me rompe por la mitad.

Mateo le enseñó a Hugo su bolsa de conchas y le dijo que le guardaba la del caracol grande.

—¿Estás bien? —me dijo Hugo, aparte, con la mano en mi codo.

—Cansada. Se me han juntado cosas.

—Ya. —Me apartó el pelo de la cara con esa suavidad suya que no le pega nada—. Oye, cuando lleguemos... hablamos, ¿vale? Con calma. De todo. De cómo hacemos esto.

—Sí.

—Ali.

—Que sí, Hugo. Que estoy cansada.

Me besó. Y yo le devolví el beso, y ese es el detalle que me tuvo peor durante todo el trayecto: que le devolví el beso sabiendo lo que sabía.

El ferry salió a las seis y cuarto de la tarde.

Mateo se quedó otra vez pegado a la barandilla mirando cómo la isla se hacía pequeña, ilusionadísimo, contándome que a la vuelta el mar estaba «más rizado», y yo me pasé el trayecto entero mirando el mismo punto del horizonte con el móvil en la mano y sin escribir a nadie.

Llegamos a casa a las tres de la madrugada. Conduje del puerto a Las Adelfas con el niño dormido detrás y una sensación de irrealidad total, como cuando vuelves de un sitio bonito y tu propia calle te parece una maqueta de tu vida.

Aparqué. Saqué a Mateo en brazos, que ya pesa demasiado para eso. Cogí la bolsa pequeña y dejé el resto en el maletero.

Y cuando levanté la vista hacia mi puerta, había alguien sentado en mi escalón.

Con un vestido de lino sin una sola arruga a las tres de la mañana, las piernas cruzadas y una botella de vino en la mano, como si hubiera quedado conmigo.

—Hola, Ali —dijo Eva—. Te he echado muchísimo de menos.

Lo primero que pensé fue una idiotez: que había tenido que esperar mucho rato. Que llevaba ahí desde no sé cuándo, en mitad de la noche, con una botella de vino, calculando la hora de mi llegada.

Lo segundo que pensé fue que no tenía ni una arruga en el vestido. A las tres de la mañana. Cómo lo hace.

—Eva.

—Estás morenísima. —Se levantó, sonriendo, y dio un paso hacia mí como si fuera a besarme en la mejilla, con la botella colgando de dos dedos—. Te sienta bien el mar.

—Son las tres de la mañana.

—Ya. —Se rio bajito, como quien se disculpa por una travesura encantadora—. Es que necesitaba verte. Y sabía que llegabas hoy.

—¿Cómo sabías que llegaba hoy?

Levantó una ceja, divertida, y no contestó. Maruja. Siempre Maruja. Esta mujer se fue de esta calle en enero y sigue teniendo cobertura total.

—Voy a acostar al niño —dije.

Y lo dije por decir algo, porque tenía a Mateo de veintiocho kilos colgado del cuello y el brazo entumecido, y porque en ese momento todavía no sabía qué iba a hacer. Abrí la puerta con el codo. Ella no entró; se quedó en el umbral, educadísima, esperando a que la invitaran.

Subí a Mateo, le quité las chanclas, lo tapé con la sábana y me quedé diez segundos mirándolo dormir. Diez segundos para pensar.

Podría haber bajado y haberle dicho que se fuera. Podría haberle dicho que sabía lo del 14 de noviembre, y lo de los once martes y jueves, y lo del día de Reyes. Podría haber sido rápido y limpio.

No hice ninguna de las tres cosas. Bajé, cogí dos copas del armario y le abrí la puerta del todo.

Porque quería oírla. Necesitaba oírla. Después de seis meses de teatro, necesitaba ver cómo lo hacía.

Nos sentamos en el sofá donde ella había llorado en enero. Con la manta buena de cuadros doblada en el respaldo, justo donde estaba aquella noche. No sé si lo notó. Yo sí.

Sirvió el vino ella, como si fuera su casa, y levantó la copa.

—Por el verano —dijo.

No brindé. Dejé la copa en la mesa.

—Eva, ¿qué haces aquí?