Capítulo 20
HUGO
Los dos últimos días fueron los mejores de mi vida, y lo digo sabiendo perfectamente lo que digo y quién lo lee.
Mejores que el día de mi boda, que me pasé preocupado por el catering.
Mejores que casi todos los días que recuerdo de mi matrimonio, que ahora, vistos desde aquí, se me aparecen como una larguísima sala de espera.
Solo hay dos días que les ganan, y son el día que nació Nora y otro que no viene al caso.
Y lo increíble es que no hicimos nada. Absolutamente nada del otro mundo.
Desayunamos los cuatro. Bajamos a la playa los cuatro.
Los niños montaron un negocio de venta de conchas cuyo modelo de precios era, según Mateo, «depende de lo bonita que sea y de si me caes bien», lo cual me pareció más honesto que la mayoría de las empresas en las que he trabajado.
Alquilamos un kayak doble y volcamos a los tres metros.
Volcamos otra vez. A la tercera nos dejamos de tonterías y nos quedamos flotando, y Ali me dijo desde el agua que remaba yo como un señor con prisa por llegar a una reunión, y no le faltaba razón.
Comimos arriba. Dormimos siesta los cuatro en el porche, con las hamacas juntas y los críos haciendo el cabra alrededor.
Nada. No hicimos nada. Y sin embargo yo me pasé dos días con una cosa rara en el pecho que tardé un rato en identificar, hasta que caí en que era eso, simplemente eso: estar contento. Un músculo que llevaba tanto tiempo sin usar que había que volver a aprender a moverlo.
Hubo un momento, el penúltimo mediodía, que se me quedó grabado.
Estábamos los cuatro comiendo arriba, en la terraza, y los niños se habían enzarzado en una discusión metafísica sobre si un pulpo tiene ocho brazos u ocho piernas.
Mateo defendía las piernas con argumentos zoológicos; Nora defendía los brazos por motivos que solo ella entendía y que tenían que ver con que «los brazos abrazan y las piernas no».
Ali me miró por encima de la mesa, con esa ceja suya, y yo le devolví la mirada, y no hicimos nada más.
Ni un gesto. Ni un pie debajo de la mesa. Nada.
Y aun así fue lo más íntimo que me ha pasado en años. Porque era precisamente la misma mirada de la junta de vecinos, la de «¿estás oyendo esto?», solo que ahora, por primera vez en seis meses, no tenía que apartarla.
Nora, además, estaba distinta. Se lo noté el segundo día, cuando le pidió a Ali que le hiciera una trenza porque a mí me salen «trenzas de padre», que es una categoría que existe y que consiste en un churro con una goma al final.
Y Ali le hizo una trenza de esas complicadas, de las que llevan tres partes, sentadas las dos en el escalón del porche mientras la niña le contaba con pelos y señales el argumento de una serie que no le interesaba a nadie, y Ali la escuchó entera.
Entera. Sin mirar el móvil ni una vez. Ocho minutos de resumen de una serie de dragones adolescentes.
—Papá —me dijo Nora luego, tocándose la trenza cada dos por tres como quien comprueba que sigue ahí—. La madre de Mateo es maja.
—Es maja, sí.
—Pero antes decías que no.
Los niños. Tienen memoria de elefante y ninguna piedad.
—Antes me equivocaba —dije.
Se lo pensó, mirando el mar, con esa seriedad de juez que le sale a veces.
—Vale —concluyó. Y se fue corriendo a la orilla.
Y ahí me quedé yo, aprendiendo la lección más barata de mi vida: que a un niño le puedes decir «me equivocaba» y no se te cae nada encima. Que dos palabras arreglan lo que medio año de orgullo no habían arreglado. Que a lo mejor por eso los niños se recuperan y los adultos no.
La conversación importante fue la segunda noche, otra vez en la arena, otra vez con los dos vigilabebés haciendo guardia sobre su piedra.
Empezó con humor negro, como empiezan las cosas importantes entre gente que no sabe hablar de las cosas importantes. Nos pusimos a comparar. Y comparar cornamentas, resulta, tiene un punto terapéutico que no viene en ningún manual.
—Vale, va: la excusa más ridícula —dijo ella, con la copa apoyada en la rodilla—. Empiezo yo. «Se ha retrasado el vuelo por un pájaro.»
—¿Un pájaro?
—Un pájaro, Hugo. Un pájaro se metió en un motor en Bilbao y por eso mi marido tuvo que dormir en Bilbao. Y yo dije: «ay, qué mala suerte». —Dio un trago—. Te toca.
—«He tenido que llevar a Marisa a urgencias.»
—Eso es plausible.
—Marisa no existe.
—Ah.
—Estuve dos años preguntando por Marisa. «¿Qué tal está Marisa?» «Mejor, mejor, pobrecilla.» —Me reí, y era una risa rara, de esas que salen de un sitio que todavía duele—. Sigo sin saber a quién le pregunté por su salud durante dos años.
Nos reímos los dos como idiotas, en voz baja por los niños. Y luego la risa fue bajando, como baja siempre, y nos quedamos mirando el agua negra.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo ella al rato—. No es el engaño. Es lo tonta que te sientes después.
—Ya.
—Ocho años, Hugo. Ocho años creyéndome lista. Yo era de las que decían «a mí eso no me lo cuelan». —Negó con la cabeza—. Y resulta que llevaba un año entero haciéndole la cena a un tío que venía de acostarse con la vecina de enfrente. A doce metros. Con mi hijo haciendo los deberes en la cocina.
—Eso no te hace tonta.
—Me hace no fiarme. —Se giró hacia mí—. Y ese es mi problema ahora, ¿sabes?
Que no me fío. Ni de la gente ni de mí. Sobre todo de mí.
Antes yo miraba a alguien y pensaba «este es buena gente» y me quedaba tan ancha.
Ahora miro a alguien y pienso «esto es lo que me está enseñando» y ya no sé qué hacer con eso.
—¿Y qué haces?
—No preguntar. —Lo dijo tan rápido que se notaba que lo tenía pensado de antes—. Es mi sistema. Si no pregunto, no me pueden mentir a la cara. Miro, saco mis conclusiones, y me las guardo. Y así nadie me vuelve a hacer sentir imbécil.
Y yo, que soy un hombre inteligente, en lugar de saltar de la arena y gritar «Ali, eso es lo peor que he oído en mi vida, eso es precisamente lo que nos va a matar», hice lo siguiente: me reí.
—Menudo sistema de mierda.
—¿Ah, sí? —Me dio con el hombro—. ¿Y el tuyo cuál es, listo?
—El mío es peor.
—A ver.
—El mío es no explicar nada. —Me terminé la copa—. Nunca. A nadie. Si alguien piensa mal de mí, allá él. Yo no voy detrás de la gente aclarando cosas. Lo llevo haciendo desde crío.
—Sí, eso ya lo he sufrido.
—Seis meses te podría haber ahorrado con dos frases, Ali. Dos. «Fue ella. Mira esto.» —Solté el aire—. Y preferí pasarme medio año poniéndote caras por encima de un seto.
—Somos perfectos el uno para el otro —dijo—. Tú no cuentas nada y yo no pregunto nada. Vamos a llegar lejísimos.
—Como mínimo a otros seis meses de silencio.
—Como mínimo.
Nos reímos otra vez. Y luego ella se puso seria, o algo parecido a seria, y me buscó la mano en la arena.
—Oye. En serio. —Me apretó los dedos—. Con nosotros no. ¿Vale? Con nosotros, las cosas se dicen. Aunque sean incómodas. Aunque den vergüenza. Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Dilo bien.
—Con nosotros, las cosas se dicen. —Le besé los nudillos—. Prometido.
Y lo dije de verdad. Que conste. Aquella noche, en aquella playa, con su mano en la mía y los dos vigilabebés parpadeando en verde, yo estaba diciendo la verdad más grande que he dicho nunca.
Lo que pasa es que las promesas que se hacen en una playa a las doce de la noche están hechas de un material que no aguanta bien el traslado.
Se estropean con el viaje. Llegan a casa distintas, como esas conchas que los niños recogen brillantes y luego, en el salpicadero del coche, son solo piedras grises.
Pero eso yo entonces no lo sabía.
Aquella noche yo era el hombre más idiota y más feliz de las Islas Baleares.