No te enamores del vecino del 17B Capítulo 19
61%

Capítulo 19

HUGO

Aquel día fue el día más largo y más raro de mi vida.

Porque uno no puede descubrir a las tres de la mañana que su exmujer se acostaba con el marido de su vecina, contárselo a la vecina a las nueve menos veinte, y a las once estar untándole crema solar a dos niños en la orilla como si no pasara nada.

Pero eso fue justo lo que hicimos. Porque los niños existen, y los niños tienen hambre, y quieren playa, y el mundo no se para para que dos adultos digieran que llevan seis meses viviendo dentro de una mentira.

Así que nos pasamos el día actuando. Mal, además.

Nos reíamos a destiempo. Nos quedábamos callados mirando el agua.

En un momento dado, mientras los críos buceaban con las gafas, ella me pasó una botella de agua y nuestras manos se tocaron y ninguno de los dos apartó la mano, y así estuvimos tres o cuatro segundos, con la botella en el aire, hasta que Nora gritó desde el agua que había visto un pez y nos soltamos como si nos hubieran pillado.

A media tarde, Ali desapareció una hora. La vi subir sola por el camino del pinar con el móvil en la mano y volver con los ojos rojos y la mandíbula tensa. No le pregunté. Me limité a acercarle una cerveza cuando se sentó y ella me dijo «gracias» y luego, al rato:

—Le he escrito a mi abogada.

—¿Vas a...?

—Todavía no lo sé. —Miró el mar—. Solo quería que alguien más lo supiera. Que no estuviera solo en mi cabeza.

Aquello me pareció lo más sensato que había oído en mucho tiempo.

Y luego llegó la noche.

Cenamos los cuatro arriba, en el restaurante, y los niños estaban tan reventados de sol que Mateo se durmió con la cabeza apoyada en la mesa antes del postre. Los bajamos a la cala, cada uno con el suyo. Los acostamos. Nora cayó a las diez menos cuarto; Mateo llevaba dormido desde arriba.

Yo estaba en mi porche a las diez y veinte, mirando el mar, cuando la vi salir del suyo.

Traía dos cosas en la mano. Una copa de vino y el vigilabebés blanco de Mateo, ese cacharro que compró cuando el niño era un bebé y que sigue enchufando en los sitios nuevos «porque en las casas raras duerme raro».

Bajó los escalones. Cruzó la arena. Y a mitad de camino, sin decir nada, levantó el vigilabebés y lo agitó un poco en el aire, como quien enseña un pasaporte en una frontera.

Yo entré en casa, cogí el mío —porque yo también tengo uno, y no pienso justificarme— y salí con él en la mano y una copa que no había servido todavía.

Nos encontramos en mitad de la cala. En tierra de nadie. Cada uno con su vigilabebés y su copa, dos adultos de casi cuarenta años, y creo que jamás en la historia de la humanidad ha habido una escena más ridícula ni más excitante.

—Cobertura hasta la roca grande —dijo ella, muy seria, señalando con la copa—. Lo he probado esta tarde.

—¿Lo has probado esta tarde?

—Lo he probado esta tarde. —Y ahí se le escapó la sonrisa, y a mí me subió la temperatura cuatro grados de golpe—. No me mires así.

—Te estoy mirando de una manera perfectamente normal.

—Me estás mirando como me miraste el primer día en el agua.

—Es que es la misma mujer.

Fuimos hasta la roca grande, la del promontorio, que queda a unos veinte metros de los dos bungalows y donde la arena hace una especie de cuenco protegido del viento y de la vista.

Dejamos los dos vigilabebés encima de una piedra plana, uno al lado del otro, con sus dos lucecitas verdes encendidas, como dos centinelas absurdos.

Y luego nos quedamos de pie, mirándonos, sin ninguna excusa.

Ninguna. Ni cerveza, ni apagón, ni malentendido, ni bandos, ni Eva. Seis meses de escombros retirados en una sola mañana y ahí estábamos los dos, en una playa, sin nada que nos protegiera el uno del otro.

—Se me ha olvidado cómo se hace esto —dijo ella en voz baja.

—Y a mí.

—Llevo diez años sin...

—Y yo.

—¿Y si se nos da fatal?

—Ali.

—¿Qué?

—Cállate, por favor.

Y la besé.

Y esta vez no hubo voz de niño que nos parara, ni luz que volviera, ni promesa de que era mala idea. Esta vez fue como cuando revienta una presa: no empieza despacio, empieza con todo.

La besé como llevaba medio año queriendo besarla sin saberlo, con las dos manos en su cara primero y luego en su nuca, y ella se agarró a mi camiseta con un puño y tiró de mí hacia abajo, hacia la arena, y caímos los dos de rodillas otra vez en el mismo sitio donde habíamos caído la primera noche, solo que esta vez sin nada que nos hiciera parar.

Le quité el vestido por la cabeza y ella se rio en mitad del beso porque se me enganchó en el pelo, y esa risa —esa risa suya, la de verdad, la de las juntas de vecinos— me dio en algún sitio que no tiene nada que ver con el cuerpo.

Luego se le acabó la risa. Le desabroché el sujetador, le bajé las bragas por las piernas y la tumbé en la arena, y me quedé un segundo mirándola a la luz de esa luna imbécil, entera, abierta, esperándome.

Le besé el cuello, el hombro, el pecho, mientras ella me desabrochaba el pantalón con una impaciencia que no le había visto nunca. Y dijo mi nombre de una manera que no lo había dicho nunca, no como cuando me lo escupía por encima del seto, sino entero, blando, sin bordes.

Le metí la mano entre las piernas y la encontré ardiendo, y ella se abrió contra mi palma y me mordió el labio inferior, y ese fue el momento exacto en que se me terminó de acabar la paciencia y la de ella también.

Y yo pensé, con la última neurona que me quedaba funcionando: seis meses. Seis meses odiando a esta mujer a treinta y dos pasos de mi cama.

Menudo desperdicio.

ALI

Se me olvidó todo.

Eso fue lo primero que noté, y me di cuenta de ello con una especie de asombro, ahí, en la arena, con las manos de Hugo recorriéndome como si estuviera aprendiéndose un mapa de memoria.

Que se me había olvidado todo. Eva, Allan, el 14 de noviembre, las once veces, la tila, la manta de cuadros.

Seis meses de rabia desaparecidos de mi cabeza como si alguien hubiera desenchufado algo.

Y en el hueco que dejaron solo quedaba esto: un hombre besándome el estómago en una playa a oscuras y yo, que llevaba dos años sintiendo que mi cuerpo era un electrodoméstico viejo que nadie iba a querer, arqueándome contra la arena como una adolescente.

Porque eso es lo que no te cuentan del divorcio.

No te cuentan que lo que más se rompe no es la casa, ni la rutina, ni el proyecto de vida.

Lo que más se rompe es la idea de que alguien podría desearte otra vez.

Después de que un hombre te cambie por catorce azafatas, una empieza a creerse que el problema es el envase.

Yo me había mirado en el espejo esos desde enero con una frialdad de perito tasador: aquí hay caderas de haber parido, aquí hay una cicatriz, aquí hay una mujer de treinta y ocho años que ya no le va a interesar a nadie sin las luces apagadas.

Y aquel hombre me estaba mirando con las luces de la luna encendidas, que es peor que cualquier bombilla, y no parecía estar tasando nada.

—Espera —dije, y le sujeté la cara con las dos manos.

Se paró en seco. Inmediatamente.

—¿Qué pasa? ¿Paro?

—No. —Tragué saliva—. No pares. Solo... mírame un segundo.

Y me miró. En serio, quiero decir. Se quedó ahí, a un palmo, con la respiración desordenada, sin ninguna prisa, dejándome mirarle a mí también.

—¿Qué? —dijo, muy bajo.

—Nada. Es que hacía mucho que nadie me miraba así.

—Llevo mirándote así desde mayo —dijo—. Lo que pasa es que lo hacía cuando no mirabas.

Y ya no hubo más conversación.

Lo empujé de espaldas contra la arena y me senté encima de él, porque llevaba seis meses mirándole desde una ventana y quería mirarle desde arriba por lo menos una vez en la vida.

Le bajé el bañador. Lo cogí con la mano, duro y caliente, y le vi la cara descomponerse entera cuando cerré los dedos y empecé a moverlos despacio.

Nunca le había visto esa cara. Ni en todo este tiempo de guerra, ni en la playa, ni en ninguna parte: la cara de un hombre al que se le está olvidando aguantar.

Me incorporé un poco y me lo metí despacio, bajando con las rodillas clavadas en la arena, notando cómo me llenaba, cómo tenía que parar a mitad de camino para acomodarlo y volver a bajar. Él me sujetó las caderas con las dos manos y soltó el aire entre los dientes.

Me moví encima de él sin prisa al principio, con sus manos subiéndome por la cintura hasta los pechos, y luego cada vez más fuerte, hasta que me cogió por la nuca, nos dio la vuelta en la arena y se puso encima.

Y ahí ya no hubo nada elegante: me abrió las piernas, se hundió entero y empezó a embestir con una fuerza que me sacaba el aire, una y otra vez, con la arena metiéndose por todas partes y su boca en mi cuello y mi nombre roto contra mi pelo.

Me agarré a sus antebrazos, que tenía plantados en la arena a los dos lados de mi cabeza, y me corrí así, mordiéndome el labio para no gritar y despertar media cala, mientras él seguía moviéndose hasta que se corrió también, temblando entero, con la frente apoyada en mi clavícula.

Nos reímos dos veces, eso sí, que también hay que decirlo.

Una por la arena, que se mete absolutamente en todas partes y en algunas que ni te imaginas.

Y otra, a mitad de todo, porque uno de los vigilabebés emitió un ruido y nos quedamos congelados como dos ladrones hasta que comprobamos que era Nora dándose la vuelta en la cama.

Diré que en algún momento me di cuenta de que estaba llorando un poco, sin dramatismo, de esa manera tonta en que a veces sale el agua sola, y que él no me preguntó por qué, solo me besó los ojos y siguió, que fue exactamente lo que necesitaba.

Y diré que hubo un instante, hacia el final, en que Hugo se paró, me apartó el pelo de la cara con las dos manos y me miró desde arriba con una expresión rarísima, casi asustada.

—¿Qué? —dije.

—Nada. —Negó con la cabeza—. Que estás aquí.

—Estoy aquí.

—Llevo seis meses sin poder ni mirarte.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Y me besó otra vez—. No tienes ni idea de lo que ha sido.

Después nos quedamos tumbados boca arriba en la arena, jadeando como dos animales, con las estrellas encima y los dos vigilabebés parpadeando en verde sobre su piedra como dos guardianes discretos.

Estuvimos callados un buen rato.

—Tenemos arena en sitios que ni te imaginas —dije al final.

—Me lo imagino perfectamente.

—Voy a tener que ducharme antes de meterme en la cama con mi hijo.

—Yo también. Con mi hija, digo. Que se despierta y me huele.

—¿Te huele?

—Nora huele el miedo, Ali. Nora es un detector.

Me reí, y me giré de lado para mirarlo. Tenía arena pegada en la mejilla y el pelo hecho un desastre y era, con diferencia, el hombre más guapo que he visto en mi vida, cosa que me pareció profundamente injusta a las once y media de la noche.

—¿Y ahora qué? —dije.

Se quedó pensando. Y luego me cogió la mano, que fue un gesto que me sorprendió más que todo lo anterior, porque lo anterior era cuerpo y aquello era otra cosa.

—Ahora, mañana —dijo—. Y luego pasado. Y luego volvemos a casa y vemos.

—¿Así, sin plan?

—Ali, llevo todo este tiempo con un plan buenísimo que consistía en odiarte. —Me apretó la mano—. Mira cómo ha salido.

Volvimos cada uno a su bungalow por separado, a las doce menos cuarto, como dos adolescentes en casa de sus padres, muertos de risa y sacudiéndonos la arena, cada uno con su vigilabebés y su copa vacía.

Me duché. Me metí en la cama con Mateo, que dormía en diagonal como siempre, y me hizo sitio sin despertarse.

Y me quedé despierta en la oscuridad un rato largo, con el pelo mojado y una sonrisa idiota, pensando que en enero yo tenía un marido y una vecina buenísima que me contaba sus penas, y que ahora, en agosto, resulta que no tenía ninguna de las dos cosas, y que sin embargo estaba más entera que en toda mi vida adulta.

Los escombros, cuando los quitas, dejan sitio.