No te enamores del vecino del 17B Capítulo 18
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Capítulo 18

ALI

Eran las nueve menos veinte de la mañana y yo estaba haciendo café en el porche cuando lo vi venir por la arena.

Y supe que pasaba algo antes de que llegara.

Lo supe por cómo andaba. Hugo camina siempre igual, con esa parsimonia de tío que nunca tiene prisa por llegar a ningún sitio, y aquella mañana venía cruzando los setenta metros de cala con una zancada distinta, más larga, más recta, sin mirar el mar ni una sola vez.

Traía el móvil en la mano. Y traía una cara que no le había visto nunca, ni en seis meses de guerra, ni en la reunión de vecinos, ni siquiera la noche del apagón. Una cara pálida debajo del moreno, con los ojos rojos de no haber dormido y la mandíbula tan apretada que se le marcaba el músculo.

—Hugo. —Dejé la cafetera—. ¿Qué pasa? ¿Le pasa algo a Nora?

—Nora está bien. Está dormida. —Se paró al pie de los escalones del porche. Miró hacia dentro de mi bungalow—. ¿Mateo?

—Duerme. Se acostó tardísimo. —El corazón se me había puesto a hacer cosas raras—. Me estás asustando.

—Ali. —Y ahí se le rompió un poco la voz, y ese hombre no se le rompe la voz nunca—. Necesito enseñarte una cosa. Y no sé cómo hacerlo sin hacerte daño, así que lo voy a hacer mal. Voy a hacerlo fatal, seguramente. Perdóname de antemano.

—Hugo, me estás...

—Siéntate. Por favor.

Y me senté. Me senté en el escalón del porche, en camiseta de dormir y con el pelo hecho un desastre, a las nueve menos veinte de una mañana de agosto, sin tener ni idea de que aquella iba a ser la última media hora de mi vida en la que yo era la persona que era hasta entonces.

Se sentó a mi lado. Dejó el móvil sobre la madera, entre los dos, boca abajo. Se pasó las manos por la cara.

—Tengo cámaras en casa —dijo—. Dos. Una en la puerta y otra en el garaje. Las puse hace tres años por unos paquetes que se perdían.

—Vale.

—Guardan todo en la nube. Dos años.

—Vale.

—Anoche no podía dormir. Y me puse a mirar. —Tragó saliva—. Empecé por noviembre del año pasado. Un martes.

—¿Por qué un martes?

Se quedó callado un segundo. Y luego dijo:

—Porque ayer me contaste que Allan tenía simulador los martes y los jueves.

Y el mundo hizo un ruido raro. Como cuando en un avión cambia la presión y de repente te oyes por dentro.

—No entiendo —dije, aunque una parte de mí, en algún sótano muy hondo, había empezado a entender ya.

—Ali. —Me miró. Y en esos ojos no había ni rastro del hombre irónico y seco que llevaba desde enero tratándome como a una desconocida—. Eva también tenía martes y jueves. Ella lo llamaba pilates.

Silencio.

Un silencio de esos que no se llenan con nada, que se quedan ahí ocupando toda la cala, todo el mar, toda la mañana.

—No —dije.

—Ali...

—No. —Me levanté. Me volví a sentar. Me temblaban las manos y las escondí debajo de los muslos como una cría—. No. Eso es una casualidad. Eso es... mucha gente hace cosas los martes. Los martes son días normales. La gente tiene planes los martes.

—Sí.

—Es una coincidencia estúpida y tú llevas sin dormir toda la noche y te has montado una película.

—Sí. Eso pensé yo. —Y entonces cogió el móvil, lo desbloqueó y me lo puso delante—. Y entonces miré.

Lo primero que vi fue una imagen fija en blanco y negro, granulada, con la calidad regular de las cámaras de seguridad. Nuestra calle. La acera. Un trozo de mi seto por la izquierda. La fecha en una esquina: 14 de noviembre. La hora: 20:47.

Y un coche aparcando delante del chalet de Hugo. Un Audi gris.

Se me heló la sangre antes incluso de que la puerta se abriera. Porque yo conozco ese coche. Lo he limpiado. He discutido dentro de ese coche. He puesto una sillita de bebé en la parte de atrás de ese coche.

Allan bajó del Audi. Miró a un lado y a otro de la calle con esa naturalidad chulesca que tiene para todo, se acercó a la puerta del 17B y la puerta se abrió antes de que llamara.

Y en el umbral, con un vestido que le conocía y descalza, estaba Eva.

Y no se dieron la mano.

Vi cómo mi marido —mi marido, el padre de mi hijo, el hombre con el que llevaba ocho años casada aquel 14 de noviembre— agarraba por la cintura a mi vecina y la besaba en la puerta de su propia casa como si llevara toda la semana esperando ese momento.

Vi cómo ella le pasaba los brazos por el cuello.

Vi cómo se metían dentro. Vi cómo la puerta se cerraba.

Y vi el contador de la grabación seguir corriendo en una calle vacía, con mi propio seto asomando por la esquina de la imagen, a doce metros escasos de donde yo estaría en ese momento, en mi cocina, haciendo la cena, poniéndole los deberes a Mateo, siendo idiota.

—Para —dije.

Hugo paró el vídeo.

Me levanté. Bajé los dos escalones. Di tres pasos por la arena y me quedé ahí de pie, de espaldas a él, mirando un mar que de repente me parecía una decoración de mierda, con las dos manos en la boca.

—¿Cuántas veces? —dije, sin girarme.

—Ali, no...

—¿CUÁNTAS VECES?

Bajé la voz enseguida, por los niños. Pero ya lo había gritado.

Hugo tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo hizo con una voz muy plana, de hombre que lleva toda la noche haciendo cuentas y no quiere volver a hacerlas.

—He mirado hasta las cinco de la mañana. Noviembre, diciembre y las dos primeras semanas de enero. —Una pausa—. Once veces. Que se vean en cámara, once. Siempre martes o jueves. Siempre entre las ocho y media y las nueve.

Once veces.

Once martes y jueves en los que yo estuve al otro lado de un seto, a doce metros, dándole la cena a mi hijo mientras mi marido se acostaba con mi vecina en la casa de enfrente. Once veces que subí a dormir sola porque él tenía simulador. Once.

Y entonces me acordé de una cosa y se me revolvió el estómago de verdad, físicamente, tuve que tragar saliva dos veces.

—El seis de enero —dije—. Mira el seis de enero.

—Ali...

—Mira el seis de enero, Hugo.

Lo buscó. Ahí estaba. 6 de enero, 20:52, el Audi gris aparcando.

El día de Reyes. Allan había salido de casa a las ocho y media diciendo que iba a llevarle el regalo a su madre porque se le había olvidado, y volvió a las once y pico y le dio un beso a Mateo en la frente mientras el niño dormía rodeado de juguetes.

Me senté en la arena. Directamente en la arena, ahí donde estaba, porque las piernas dijeron hasta aquí.

Hugo se sentó a mi lado, a un metro, sin tocarme, que fue justo lo que había que hacer.

Estuvimos así un rato largo. El mar hacía su ruido de siempre, ajeno del todo, y arriba, en el pinar, se oían ya las voces de los primeros críos yendo hacia el club.

—Yo la acogí —dije al final, con la voz rara—. Vino a mi puerta llorando y yo le hice una tila.

—Lo sé.

—Le di mi cama de invitados. Le presté ropa. Le dejé mi manta buena. —Me reí, y fue una risa horrible—. Le hice una foto y le dije que estaba preciosa. Le dije: «Estás preciosa hasta llorando, Eva».

Y entonces caí. Caí de golpe, como se cae uno por una escalera.

Me giré hacia él. Y por primera vez en toda la mañana, por primera vez en seis meses, lo miré de verdad. A él. A Hugo. Al hombre que llevaba medio año a treinta y dos pasos de mi puerta.

—Hugo. —Se me cerró la garganta—. Ella me dijo que fuiste tú.

Y vi cómo le cambiaba la cara. Despacio. Como cuando el agua cambia de color al pasar una nube.

—¿Qué?

—Eva. Esa noche. En mi cocina. —Estaba temblando—. Me dijo que la habías engañado tú. Con una compañera de trabajo. Que llevabas meses. Que había visto mensajes. Me lo contó todo con detalles, Hugo, con nombres, con fechas, llorando encima de mi mesa, y yo...

—Espera.

—Yo me lo creí.

—Espera, espera. —Se había puesto de pie. Se llevó las dos manos a la cabeza y se quedó así, mirándome desde arriba con una expresión que no se puede describir—. ¿Tú...? ¿Tú creías que yo...?

—Claro que lo creía. —Y ahí ya se me saltaron las lágrimas, de rabia, de vergüenza, de todo—. ¿Qué te crees que llevo pensando todo este tiempo? ¿Por qué crees que no te dirigía la palabra? ¡Yo creía que le habías destrozado la vida a esa mujer!

—Yo pensaba que lo sabías. —Lo dijo muy bajo. Casi para él—. Ali, yo pensaba que ella te lo había contado. Que te lo había contado todo, en esos días en tu casa, y que aun sabiéndolo tú habías decidido ponerte de su lado.

Nos quedamos mirándonos como dos personas que acaban de descubrir que llevaban seis meses hablando idiomas distintos y creyendo que se entendían.

—¿Por eso me odiabas? —dije.

—Por eso te odiaba.

—¿Porque creías que yo sabía que ella era la infiel y aun así...?

—Y aun así le calentabas la tila y a mí me retirabas el saludo. —Soltó el aire de repente, como si le hubieran dado un puñetazo—. Joder. Joder, Ali.

Se sentó otra vez en la arena. Y ahí, delante de mí, aquel hombre de piedra, aquel armario cerrado que no da explicaciones ni bajo tortura, se pasó la mano por los ojos y no me dejó ver si se los estaba secando.

—Seis meses —dijo—. Seis meses tratándote como a una basura. Poniéndote caras. Ese día del seto, lo que te dije...

—Yo te llamé cosas peores por dentro.

—No es lo mismo. Tú actuabas con la información que tenías. Yo también, pero mi información era mentira y ni se me pasó por la cabeza comprobarla. —Negó con la cabeza—. Ni una vez. Ni una sola vez se me ocurrió preguntarte. Preferí odiarte. Era más cómodo.

—Yo tampoco pregunté nunca. —Me sequé la cara con el dorso de la mano—. Ni una vez, Hugo. Seis meses viviendo a treinta y dos pasos y ni una sola vez se me ocurrió llamar a tu puerta y decirte: oye, ¿esto es verdad?

—Ya.

Será que el cuerpo tiene una manera muy suya de sobrevivir a las cosas, pero ahí, en mitad de aquel desastre, con los ojos hinchados y el mundo del revés, me entró la risa. Una risa horrible, sin ninguna gracia, de esas que están al lado del llanto y comparten pared con él.

—¿De qué te ríes? —dijo.

—De que lleváramos todo este tiempo odiándonos por lo mismo. —Me tapé la cara—. Por lo mismo, Hugo. Los dos éramos los cornudos. Los dos. Y en vez de juntarnos, nos declaramos la guerra.

Y él también se rio. Bajito. Como quien tose.

—Somos idiotas.

—Somos idiotas de manual.

Y luego se acabó la risa, como se acaban esas risas, dejando un silencio que pesaba una tonelada.

—Ali. —Se giró hacia mí—. Lo siento. Lo siento muchísimo.

—Y yo. Yo lo siento más, porque yo...

—No. —Me cortó, con esa firmeza suya—. Tú acogiste a una mujer que llegó llorando a tu puerta a las once de la noche. Eso es lo que hiciste. Eso está bien hecho, Ali. Eso lo volverías a hacer y harías bien.

Y ahí me rompí del todo. Ahí, en la arena, delante de él.

Porque llevaba seis meses siendo, sin saberlo, el arma de otra persona. Y el único que podía haberme odiado por ello acababa de decirme que hice bien.

No me tocó. No me abrazó. Se quedó a un metro, dejándome llorar con dignidad, que es la cosa más elegante que ha hecho un hombre por mí en toda mi vida.

Y cuando levanté la cabeza y le vi ahí, esperándome, con los ojos rojos de no dormir y la camiseta del revés, entendí una cosa con una claridad que asustaba.

Que llevaba medio año odiando al único hombre en trescientos kilómetros a la redonda que estaba clavado igual de roto que yo.

Y que aquella noche, cuando los niños se durmieran, iba a pasar lo que llevaba pasando desde la primera cerveza en su sofá, solo que ya sin ninguna excusa a la que agarrarme.

Porque ya no había nada en medio.

Ni una sola cosa.