No te enamores del vecino del 17B Capítulo 17
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Capítulo 17

HUGO

Resulta que compartir una cala de dos casas con la mujer que no te puedes quitar de la cabeza es una forma muy sofisticada de tortura. Los antiguos, que eran gente creativa para el sufrimiento, no llegaron a inventarla, y mira que le echaron horas.

El segundo día lo pasamos igual que el primero: fingiendo.

Los niños se habían vuelto inseparables —Nora había adoptado a Mateo con esa intensidad absoluta que le pone mi hija a todo, que en ella las cosas nunca van a medias— y eso nos condenaba a Ali y a mí a una convivencia constante y educadísima que era mucho peor que la guerra abierta.

Porque en la guerra, al menos, uno sabe dónde está.

Esto era otra cosa. Esto era pasarme un plato rozándole los dedos.

Era verla salir del agua con el bañador puesto, esta vez, y que la imagen del bañador me remitiera directamente a la imagen sin bañador, gracias, cerebro, muy útil.

Era sentarme en la arena a metro y medio de ella durante horas, hablando de tonterías, con los cuerpos gritándose cosas que las bocas tenían prohibidas.

Hubo un momento, a media mañana, que estuvo a punto de acabar conmigo.

Mateo había perdido un manguito y Ali se agachó a buscarlo debajo de la hamaca, y yo, que soy un caballero, aparté la vista, y al apartarla me la encontré a ella apartándola también, porque me había pillado a mí en el mismo delito de intentar no delinquir.

Nos sostuvimos la mirada medio segundo, culpables los dos, y luego los dos nos pusimos a buscar el manguito con un entusiasmo desproporcionado, cada uno por su lado de la playa, como si en aquel manguito naranja estuviera la salvación de nuestras almas.

Lo encontró Nora, por cierto. Estaba puesto. En el pie de Mateo. Llevaba puesto todo el rato. Los niños tienen estas cosas.

A media mañana, mientras los niños se peleaban felizmente con las palas, me sonó el teléfono encima de la toalla. Lo tenía boca arriba, entre los dos, en ese metro de arena de nadie donde acabábamos dejando las cosas de todos: la crema, las gafas, las llaves.

Se encendió la pantalla. Y desde donde estaba, Ali la vio antes que yo.

Sofía. Un mensaje con un corazón al final y algo sobre echarme de menos, de esos que escribe ella con la efusividad de quien nunca ha sabido decir las cosas a medias.

Alargué la mano y le di la vuelta al móvil, no por esconder nada, sino por ese acto reflejo de no dejar mensajes ajenos a la vista de nadie. Y al levantar la cabeza me la encontré mirando la arena con una fijeza sospechosa, como si acabara de descubrir algo fascinante en un grano de cuarzo.

No preguntó.

Podría haber preguntado. Cualquiera habría preguntado, con menos confianza de la que teníamos nosotros a esas alturas, después de lo de la playa. «¿Quién es Sofía?» Cuatro palabras. No le habrían costado nada.

Pero Ali no pregunta. Nunca pregunta. Esa es su especialidad de la casa, aunque yo entonces todavía no lo sabía formulado así: mira, saca su conclusión, la archiva, y sigue como si nada, con la sonrisa un grado más fría de lo que estaba un minuto antes.

Y yo tampoco expliqué nada, claro, porque yo tampoco explico nunca nada, que es mi propia especialidad y la razón por la que llevo medio año siendo el villano de un cuento que no escribí. No se me pasó por la cabeza que hubiera algo que explicar.

Volví a lo mío, que era fingir que no la miraba.

Por la tarde bajó una nube de esas de agosto, de las que no llueven pero refrescan, y la cala se quedó gris y perlada y preciosa.

Los niños se empeñaron en bañarse igual, y nosotros los dejamos, vigilándolos desde la orilla con esa alerta compartida de dos padres que, sin decírselo, se han repartido la vigilancia: tú miras al tuyo, yo al mío, y los dos miramos a los dos.

—Nora está feliz —dije, mirando a mi hija enseñarle a Mateo a hacer el pino en el agua, esta vez ella de profesora—. No la veía así desde… no sé desde cuándo.

—Mateo tampoco. —Ali se abrazó las rodillas—. Es la primera vez en un año que no me pregunta por su padre. Ni una vez. En cinco días, ni una vez.

—Se están haciendo bien el uno al otro.

—Sí. —Un silencio—. Los niños siempre van por delante.

Y ahí, en esa frase, en ese «los niños siempre van por delante», había una puerta entreabierta que ninguno de los dos cruzó, porque cruzarla significaba hablar de nosotros, y de nosotros no se puede hablar.

Cenamos en los porches, cada mochuelo en su olivo, por acuerdo tácito. Yo acosté a Nora, le leí lo de los dragones, y cuando se durmió salí al porche con una cerveza, sin nueve grados esta vez, y me senté en el escalón a mirar la cala.

Y su luz estaba encendida.

Al otro lado, a setenta metros, la ventana del bungalow B tenía luz. Una luz cálida, de lámpara, de alguien que tampoco dormía. Y yo me quedé mirándola como un imbécil, con la cerveza calentándose en la mano, calculando setenta metros de arena y un montón de razones para no cruzarlos.

No debía. Lo tenía clarísimo. Esa mujer era la que me borró del mapa, la que eligió a Eva, la que me condenó sin juicio. Todos los motivos seguían ahí, intactos, ordenados, con su etiqueta.

El problema es que llevaban dos días compitiendo con otra cosa.

Con una mujer que le enseña a su hijo a hacer el muerto.

Que decora almenas con conchas con una seriedad de arquitecta.

Que sale del agua bajo la luna y te mira con la barbilla alta aunque no lleve nada puesto.

Que se corta la risa a la mitad, igual que yo, cada vez que se le olvida que se supone que me odia.

Y por primera vez en seis meses, sentado en aquel porche con la cerveza calentándose, con su luz encendida a setenta metros llamándome sin llamarme, pensé una cosa que no me había permitido pensar jamás.

Pensé: ¿y si me equivoco yo también en algo?

No supe en qué. No tenía ni idea de en qué podía equivocarme, con las pruebas que tenía, con lo que sabía.

Pero por primera vez la certeza de medio año hizo un ruido raro, un crujido pequeño, como el de una viga que lleva mucho tiempo aguantando un peso y empieza, muy despacio, a plantearse que no puede.

No crucé la cala. Me terminé la cerveza y me metí en casa.

Pero apagué la luz mucho después de que se apagara la suya. Y no fue casualidad. Estuve esperando a ver cuál se apagaba primero, como un crío.

Se apagó la suya. Gané yo.

No gané nada.

Y a las tres y veinte de la mañana seguía despierto, mirando el techo de madera del bungalow, con una frase suya dándome vueltas en la cabeza.

La había dicho por la tarde, sin darle importancia, mientras los niños se peleaban por una pala. Habíamos acabado hablando de nuestros ex, de refilón, sin entrar en lo que no se puede entrar, y ella se había reído con esa risa suya que no tiene nada de risa y había soltado:

—Lo bueno de Allan es que al menos era previsible. Los martes y los jueves «tenía simulador». Toda la vida. Simulador los martes y los jueves.

Martes y jueves.

Me di la vuelta en la cama. Me la volví a dar.

Porque hay una cosa que no le conté a Ali, ni pienso contársela nunca a nadie, y es que yo sé perfectamente qué días de la semana me destrozaron la vida. Lo sé porque los leí en una tablet, en mi propio salón, por encima del hombro de mi hija. Y no eran unos días cualesquiera.

Eva también tenía sus martes y sus jueves. Pilates, decía. Pilates y luego unas cañas con las chicas del pilates. Cuatro horas de pilates, que ya me dirás tú qué clase de suelo pélvico requiere ese nivel de sacrificio.

Y los martes y los jueves, ¿dónde estaba yo?

Fácil: fuera. Toda la vida igual. Natación de Nora a las siete, en el polideportivo del pueblo de al lado, veinte minutos de coche cada trayecto; y como ya que estábamos allí no íbamos a volver a casa a cenar solos, subíamos a casa de mis padres, que viven a diez minutos, y cenábamos con ellos.

Todos los martes y todos los jueves desde que la niña tenía cinco años.

Salíamos a las seis y media y no volvíamos antes de las once.

Cuatro horas y media de casa vacía. Dos veces por semana. Con una regularidad de reloj suizo que cualquiera de esta calle podría recitar de memoria, porque en una urbanización así todo el mundo sabe a qué hora sale el coche de cada cual.

Y yo, que soy el hombre de la nave espacial, el de las placas y la batería y las dos cámaras, nunca até esos dos cabos. Ni una vez. Porque hay una cosa que no te enseñan de niño y es que el cerebro no busca lo que no quiere encontrar.

Y una idea empezó a montarse sola en mi cabeza, sin pedirme permiso, con esa lógica sucia y clarísima de las tres de la mañana. Una idea tan absurda, tan gorda, tan improbable, que me senté en la cama en seco con el corazón haciendo algo raro.

No, pensé. No, hombre, no. Eso es imposible. Eso no pasa en la vida real. Eso pasa en las novelas malas.

Pero ya no había manera de dormir.

Me levanté. Fui al salón del bungalow descalzo, comprobé de paso que Nora seguía despatarrada en su cama, y me senté en el sofá con el móvil en las manos y el corazón golpeándome en las costillas.

Abrí la aplicación de las cámaras de casa.

Porque yo, como bien se ríe mi hija, soy el hombre de la nave espacial: placas, batería, riego por el móvil y dos cámaras en el exterior del chalet.

Una en la puerta, otra en el lateral del garaje.

Las puse hace tres años por un tema de paquetes que desaparecían, y desde entonces están ahí, grabando la calle más aburrida del mundo, guardando todo en la nube porque en su día contraté el plan de almacenamiento largo, el caro, el de dos años de histórico, y nunca me acordé de bajarlo al básico.

Cuarenta euros al año por conservar imágenes de una calle en la que no pasa nada.

Hasta este verano, en que resultó ser la mejor inversión de mi vida.

Dos años de grabaciones. Enteritas.

La app tardó una eternidad en cargar con el wifi cutre del resort. Y cuando por fin se abrió el calendario, con todos esos meses ahí, en fila, esperando, me quedé mirando la pantalla un buen rato sin tocar nada.

Porque una vez que mires, ya no se puede dejar de mirar.

Puse el dedo encima de un martes de noviembre del año pasado. Y le di.