Capítulo 16
ALI
No dormí. Obviamente.
Me pasé la noche en la cama de matrimonio del bungalow, con Mateo desparramado a mi lado en diagonal, ocupando un espacio imposible para un niño de veintiocho kilos, y yo pegada al borde del colchón con los ojos abiertos en la oscuridad, reviviendo la playa fotograma a fotograma con una mezcla de horror y de otra cosa que no pienso nombrar ni bajo tortura.
Me había acostado —bueno, casi— con Hugo. En una playa. Desnuda. Yo.
Repasémoslo con frialdad forense, que es como me gusta torturarme.
Yo, Ali. La mujer que recogió los pañuelos de Eva del suelo de su cocina.
La que la abrazó mientras lloraba. La única persona en trescientos kilómetros a la redonda que sabe la clase de hombre que es ese: un tío capaz de meterse en la cama de una compañera de trabajo mientras su mujer se derrumba.
La que juró, con una copa de vino y toda la solemnidad de una divorciada reciente, que no volvería a caer.
Esa. Esa misma. Revolcándose en la arena a las once y media de la noche con el susodicho, y agarrándolo de la nuca, además, no vaya a ser que se escapara.
Si me hubiera visto Eva.
El pensamiento me dio un escalofrío. Y sin embargo —porque conmigo siempre hay un «sin embargo», ya lo he dicho, es mi cruz— el escalofrío no fue del todo de culpa.
Hubo culpa, sí. Pero por debajo de la culpa, traicionero, caliente, imposible de apagar, había otra cosa.
El recuerdo de sus manos en mi espalda. De su boca.
De cómo dejó de reírse de golpe cuando me vio salir del agua.
De ese «estás mirando» / «estoy mirando» que me sube la temperatura solo de recordarlo.
Me odié un poco. Bastante. Pero me odié caliente, que es la peor manera de odiarse.
Y encima seguía teniendo arena. Esa es la parte que nadie cuenta de los revolcones en la playa: que a las tres de la mañana sigues encontrándote arena en sitios que no vienen en los mapas, y que cada grano es un recordatorio muy físico y muy concreto de lo que has hecho.
Me había duchado dos veces. Daba igual. La sal me tiraba de la piel de los hombros y yo, cada vez que me movía en la cama, notaba el cuerpo entero como si me lo hubieran estrenado por la noche.
En algún momento de la madrugada, Mateo se removió, abrió un ojo y me encontró despierta mirando el techo.
—¿No duermes? —murmuró, con la voz pastosa.
—Ya me duermo, cariño. Duérmete tú.
—Es que estás muy en el borde. —Se arrastró unos centímetros y me hizo sitio, generoso, en su propia cama de matrimonio robada—. Ven al medio. Que te vas a caer.
Y me dormí, al final, en el medio, con el brazo de mi hijo cruzado sobre mí como un cinturón de seguridad de veintiocho kilos, pensando que la única persona que me cuidaba últimamente era la que menos debería tener que hacerlo.
Amaneció a las siete y pico. Mateo se despertó a las ocho, feliz, ajeno por completo a que su madre había estado a punto de arruinarle la infancia en la arena la noche anterior, y me pidió ir a la playa «antes de todo». Y ahí caí en la cuenta de la magnitud del desastre.
No me podía ir. Quedaban cuatro días. Cuatro.
Y Hugo estaba a setenta metros. En la misma cala.
Con su hija. Con su porche mirando al mismo mar que mi porche.
No había escapatoria, no había avión de vuelta, no había treinta y dos pasos que poner de por medio: había setenta metros de arena blanca y la obligación de compartirlos durante cuatro días con el hombre al que la noche anterior le había arrancado la camiseta.
Bajé a la playa con Mateo agarrándome la mano y el estómago hecho un nudo.
Y ahí estaban. Padre e hija, en la orilla, montando un castillo de arena de una ambición desmedida. Nora levantó la cabeza, vio a Mateo y pegó un grito de alegría que resonó en toda la cala:
—¡MATEO! ¡Estás aquí! ¡Papá, está Mateo!
Y los dos niños, que en la urbanización se veían todos los días, se reencontraron como si llevaran años separados por una guerra, con esa capacidad que tienen las criaturas de encontrar milagroso lo que los adultos encuentran incomodísimo.
—¿Vosotros también estáis aquí? —preguntó Mateo, alucinado—. ¡Qué fuerte! ¡Es el mejor día de mi vida!
Hugo se incorporó despacio, sacudiéndose la arena de las rodillas, y me miró.
Llevaba una camiseta —esta vez sí— y unas gafas de sol que, muy oportunamente, no me dejaban verle los ojos.
Yo llevaba las mías por el mismo motivo.
Dos personas comunicándose a través de dos pantallas oscuras, como corresponde.
—Ali —dijo.
—Hugo.
Volvíamos al idioma de siempre. Dos sílabas y una guerra fría. Solo que ahora la guerra fría tenía arena en sitios donde no debería y un recuerdo compartido de la noche anterior latiéndonos a los dos detrás de las gafas.
—Los niños quieren jugar —dijo, señalando con la barbilla a Mateo y Nora, que ya estaban discutiendo el diseño del ala este del castillo—. Yo… no voy a estropearles esto. Si te parece, hacemos como que somos dos adultos normales que coinciden en una playa. Por ellos.
—Por ellos —acepté.
Y así empezó el día más raro y más largo de mi vida. Un día entero fingiendo, delante de dos niños felices, que el hombre que me había tenido desnuda entre sus brazos ocho horas antes era solo el vecino del 17B con el que coincido en el contenedor de vidrio.
Construimos el castillo. Los cuatro. Hugo cavaba el foso con una concentración excesiva, claramente para no mirarme, y yo decoraba las almenas con conchas con una dedicación igual de sospechosa.
Los niños daban órdenes. En un momento dado, Mateo decretó que el castillo necesitaba un puente, y Nora que necesitaba un dragón, y se montó una discusión diplomática que Hugo y yo tuvimos que mediar, y al mediarla nuestras manos se rozaron en la arena, y los dos apartamos la mano como si quemara, y Nora nos miró con el ceño fruncido, porque los niños lo notan todo aunque no sepan qué es lo que notan.
Comimos juntos. Fue idea de los niños y no hubo forma de negarse sin dar explicaciones que no podíamos dar.
En una mesa del restaurante de arriba, los cuatro, con los críos parloteando sin parar y los dos adultos pasándose el pan con una cortesía de embajada.
Hugo, para mi sorpresa, era divertido cuando se relajaba.
Contaba las cosas con esa sequedad suya que las hacía el doble de graciosas, y en dos ocasiones me reí sin querer, de verdad, y en las dos me corté a la mitad al acordarme de que no tengo permitido reírme con él.
Porque ese es el problema, el problema de fondo, el que me tuvo despierta y me va a tener despierta las cuatro noches que quedan: que si Hugo fuera solo un cuerpo bonito, yo esto lo gestionaría. Los cuerpos bonitos se gestionan. Una mira, suspira y sigue con su vida.
Lo que no se gestiona es que además me caiga bien. Que me haga reír. Que monte castillos con los niños y medie en las disputas del dragón y tenga esa paciencia y esa ceja y ese silencio.
Lo que no se gestiona es sospechar, cada vez con más miedo, que a lo mejor el hombre que tengo delante no es el mismo que me contaron.
Pero de eso no me pienso ocupar en la playa.
Esa noche, cuando acosté a Mateo, no salí al porche.
Me quedé dentro, con la puerta cerrada y las contras echadas, como quien se pone en cuarentena. Porque sabía perfectamente que si salía, y veía la luz de su bungalow encendida al otro lado de la cala, iba a hacer una tontería.
Y ya había hecho la cuota de tonterías del verano.