No te enamores del vecino del 17B Capítulo 15
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Capítulo 15

HUGO

Una semana. Le había pedido a Rober siete días de su vida y una excusa que darle a nadie, porque cuando le dije que me iba con Nora a una playa que no había pisado nunca, reservada a última hora a través de un conocido que tenía una plaza suelta, me miró como se mira a un hombre que ha decidido cambiar de vida por la vía rápida.

—¿Y con quién vas?

—Con Nora.

—¿Solo con Nora?

—Solo con Nora, Rober. Ese es el plan entero.

Y era ese el plan, en efecto: una semana de no ser el vecino sospechoso de nadie, ni el exmarido de nadie, solo el padre de una niña de nueve años en una playa que se me había vendido con la palabra «silencio» subrayada tres veces, cosa que a un hombre que lleva medio año durmiendo mal se la cuelan sin necesidad de folleto.

El sitio me lo había colocado un conocido. «Se me ha caído una reserva, te la dejo tirada, es una cala con dos casas y nada más, vas a flipar.» No pregunté mucho.

Y flipé, en efecto. La cala era de las que no se pueden describir sin quedar como un cursi, así que no lo voy a intentar.

Dos bungalows, uno en cada punta, separados por un promontorio de roca.

El mío era el A. En el B había gente —una toalla tendida, un cubo de playa infantil en los escalones, un flamenco hinchable de un tamaño obsceno atado al porche—, pero no coincidí con ellos al llegar, porque llegamos a media tarde, deshicimos las maletas, cenamos algo arriba y a las nueve y media Nora ya dormía como un tronco, agotada del viaje y de la novedad, con esa capacidad que tienen los niños para gastarse toda la energía del mundo en una sola tarde y apagarse en seco.

Y yo, con la niña dormida y la puerta de su cuarto entreabierta, hice lo que hace un padre responsable en una casa nueva junto al mar: asomarme cada diez minutos a comprobar que seguía ahí, y a las once menos cuarto, viendo que no se movía ni con el ruido de las olas, bajé descalzo a la playa a darme un baño rápido, sin alejarme del porche más de lo prudente.

Dejé la toalla y la camiseta en una roca y fui hacia la orilla frotándome los brazos con agua para no entrar de golpe, que ya no tengo edad de entrar de repente.

Y entonces vi que había alguien en el agua.

Una cabeza. Una silueta flotando a unos metros, quieta, de espaldas, que al oírme se enderezó de golpe.

Perfecto. Justo lo que necesitaba mi retiro de silencio: un vecino.

Pensé en dar media vuelta, pero ya me había visto, así que hice lo que hace la gente educada en la playa, que es fingir naturalidad.

—Hola, ¿qué tal? —dije, hacia la sombra del agua.

Silencio. Un silencio raro, tenso, de más.

—¿Ali?

—...No.

—¿Cómo que no?

—Que no. Que te has equivocado. —Una pausa—. Vale, sí. Soy yo. Pero como si no.

Y ahí, señoras y señores, se me descolgó la mandíbula hasta la arena.

Porque era ella. En aquella cala. En aquel mar.

A setenta metros de mi bungalow. Ali. Mi vecina.

La mujer de la que había cruzado media España para descansar, flotando en el mismo trozo de Mediterráneo que yo, a las once de la noche, mirándome con una cara de horror que debía de ser el espejo exacto de la mía.

—Pero ¿qué...? —Me reí, sin ganas, del puro pasmo—. ¿Esto es una broma? ¿Es una cámara oculta? ¿Me estás siguiendo?

—¿Que si te estoy siguiendo YO a TI? —Su voz subió una octava—. ¡Perdona! ¡He venido a trescientos kilómetros exactamente para NO verte! ¡He venido en barco, Hugo! ¡Cinco horas! ¡Para no verte!

—¡Pues anda que yo! ¡Yo he venido a un sitio que me ha colocado un...

! —Y ahí me paré en seco, porque acababa de entender el mecanismo entero en seco.

El conocido. La reserva caída. Los dos bungalows.

La misma persona nos había mandado al mismo sitio—.

No me lo puedo creer. Nacho. Nos ha metido a los dos en la misma cala.

—¿Nacho? ¿A ti también te la ha vendido Nacho?

—Con lo de «se me ha caído una reserva».

—¡Con lo de «se me ha caído una reserva»! —Ali hundió la cara en el agua un segundo, de pura desesperación, y volvió a salir—. Lo voy a matar. Voy a volver y lo voy a matar. A ese hombre le voy a hacer una reseña de una estrella que se va a acordar.

Me habría reído más rato, la verdad, si no fuera porque en ese momento caí en un detalle. Ella no se movía. Llevábamos dos minutos discutiendo y no había dado un paso hacia la orilla. Seguía ahí plantada, con el agua por los hombros, muy quieta.

—¿Y tú por qué no sales? —dije—. Sal del agua y lo hablamos como personas, en vez de a gritos como dos tontos en un anuncio.

—No.

—¿No?

—No puedo salir.

—¿Cómo que no puedes salir?

Hubo una pausa larga. Y luego, con una voz pequeñita, distinta, una voz que no le había oído nunca a Ali en toda la guerra:

—Porque no llevo nada, Hugo.

—¿Nada de qué?

—Nada de nada. —Un silencio mortal—. Que me he bañado sin bikini. Que está ahí tirado, en la orilla, debajo de tu pie casi. Que estoy en pelotas. ¿Lo pillas ya o te lo deletreo?

Y a mí, que soy un hombre serio, un hombre que lleva medio año sin encontrarle la gracia a casi nada, me entró una risa por dentro que no había manera de parar.

No de burla. De incredulidad pura. Del absurdo cósmico de la situación: dos divorciados que se odian, mandados por un vecino celestino a la misma cala, encontrándose de noche en el mismo mar, uno de ellos desnudo.

—No te rías —dijo ella—. Te juro que no te rías o entro y te ahogo, me da igual quedarme viuda de un hombre que no es mi marido.

—No me río.

—Te estás riendo. Lo oigo.

—Me estoy conteniendo, que es distinto y tiene mérito.

Al final hice lo único que podía hacer un caballero, o lo más parecido a un caballero que quedaba en mí a esas horas.

Fui hasta la orilla, cogí su toalla —estaba donde la había dejado, en la arena, hecha un gurruño— y me acerqué al agua sosteniéndola abierta con los dos brazos estirados, como un torero, girando la cabeza hacia el otro lado con toda la solemnidad de la que fui capaz.

—Venga. Sal. No miro.

—¿Seguro que no miras?

—Ali, te he visto llegar cargando un flamenco hinchable del tamaño de una vaca. El misterio ya está roto. Sal.

La oí acercarse. La oí salir del agua, ese sonido del mar soltando un cuerpo. Y aguanté. Aguanté con la cara girada hacia el promontorio, mirando fijamente una roca como si fuera lo más interesante del universo, portándome mejor de lo que me he portado en toda mi vida adulta.

Casi.

Porque a un metro de mí, justo cuando alargaba la mano para coger la toalla, se me escapó. Medio segundo. Un vistazo lateral, traidor, involuntario, de esos que hace el ojo por su cuenta sin pedirle permiso al cerebro. Y la vi. Plata de luna, agua resbalándole, el pelo pegado y oscuro. Entera.

Y aparté la vista a la velocidad del rayo, con el corazón haciéndome cosas que no le tocaba hacer a estas alturas de mi vida y de mi rencor, y le puse la toalla por delante como el que apaga un fuego.

—Ya. Toma. Tápate.

Se enrolló la toalla debajo de los brazos a toda prisa.

Y nos quedamos los dos ahí, de pie en la orilla, a un palmo, ella envuelta y goteando, yo sin camiseta y sin saber dónde meter las manos ni los ojos, con setenta metros de playa vacía a cada lado y esa luna imbécil iluminándolo todo como un foco de teatro.

—Gracias —dijo, muy bajo.

—De nada.

—Ha sido un detalle. No mirar.

—Ya.

Y no dije que había mirado. Pero debió de vérmelo, porque siempre me lo ve todo, y en vez de indignarse, en vez de soltarme uno de sus zascas de manual, hizo una cosa rarísima: se le escapó la risa.

Una risa nerviosa, entrecortada, que le tembló en los hombros y le contagió a la toalla.

Y yo me reí también. Y de repente estábamos los dos muertos de risa en mitad de una playa a medianoche, ella desnuda debajo de una toalla, yo empapado, sin acordarnos por un momento de que se suponía que nos odiábamos.

Y ese fue el problema. Que se nos olvidó.

Porque cuando la risa se apagó —y se apagó de golpe, como se apagan las cosas importantes— seguíamos a un palmo.

Y ella tenía una gota bajándole por el cuello que yo seguí con los ojos sin ningún derecho a hacerlo.

Y levantó la cara. Y me miró de una manera que no era de guerra fría, que no era de vecina, que era de otra cosa mucho más antigua y mucho más peligrosa.

—Hugo —dijo. Solo eso. Mi nombre.

Y no sé quién se movió, otra vez no lo sé, pero esta vez no volvió la luz para separarnos, no hubo apagón que terminara, no hubo Marta ni Dani ni sofá ni excusa.

Esta vez la besé, y no fue un beso corto ni torpe ni de accidente.

La agarré por la cintura por encima de la toalla y ella me pasó los brazos por el cuello y se pegó a mí, mojada y caliente y temblando, y nos besamos como se besa cuando llevas seis meses fingiendo que no quieres, que es la peor manera y la mejor.

La toalla resbaló. Ninguno de los dos la recogió.

Caímos de rodillas en la arena todavía tibia, sin dejar de besarnos.

Ella me pasó las manos por el pecho, por los hombros, con una avidez que no le conocía, y yo la tenía delante desnuda entera, mojada, con la piel de gallina por el contraste del aire y la luna dándole en los hombros, y no había ni una sola parte de mi cerebro trabajando en ese momento.

Le puse las manos en la cintura y subí. Le cubrí los pechos con las palmas y noté los pezones endurecidos contra la piel, y ella soltó el aire de repente contra mi boca.

Agaché la cabeza y le lamí uno, despacio, luego el otro, y ella me hundió los dedos en el pelo y me apretó contra sí, y ese fue el momento exacto en que se me borraron de un plumazo los últimos seis meses.

Me besaba el cuello, la clavícula, con esa urgencia de quien lleva mucho tiempo aguantando. Me bajó la mano por el estómago, me metió la mano por debajo del bañador mojado y me la cogió entera, y al notar lo duro que estaba se le escapó un sonido bajo contra mi hombro que casi me termina ahí mismo.

—Joder, Hugo.

—Ya te digo.

Le eché la cabeza atrás con la mano en la nuca y le besé la garganta mientras bajaba la otra mano por su vientre, y ella abrió las piernas antes de que llegara, ayudándome, y cuando la toqué estaba empapada y caliente y no era del mar.

—Espera —jadeó, sin dejar de besarme—. Espera, esto es una locura.

—Lo es.

—Es malísima idea.

—Malísima —dije, y le besé el hombro.

—Fatal. —Me buscó la boca otra vez—. Es lo peor que podríamos...

Y entonces, desde el bungalow, lejano pero clarísimo en el silencio de la cala, sonó una vocecita medio dormida arrastrando las vocales:

—¿Mamáaa?

Nos quedamos de piedra. Los dos. Congelados a mitad de un beso, con la respiración disparada, en mitad de una playa, medio desnudos.

Mateo.

Ali cerró los ojos un segundo, volviendo de muy lejos, y luego se separó de mí con una lentitud dolorosa, recogiendo la toalla de la arena, tapándose, recomponiéndose a toda prisa mientras el corazón se le veía latir en el cuello.

—Tengo que... —dijo, señalando el bungalow, sin terminar la frase.

—Ve.

—Hugo.

—Ve, Ali. Está despierto.

Se levantó, se enrolló la toalla, dio dos pasos hacia su casa y se paró.

Se giró. Abrió la boca para decir algo —no sé qué, nunca lo sabré— y al final no dijo nada.

Solo negó un poco con la cabeza, como quien no se cree lo que acaba de pasar, y echó a andar hacia el bungalow B con la toalla apretada y la espalda muy recta.

Yo me quedé de rodillas en la arena, solo, con la marea subiéndome ya por las piernas y una certeza clavada en mitad del pecho.

Que no era la cerveza. Nunca había sido la cerveza. Y que estaba metido en un lío que no arreglaba ninguna compañía eléctrica, ni trescientos kilómetros, ni el mar entero de por medio.