No te enamores del vecino del 17B Capítulo 14
45%

Capítulo 14

ALI

El segundo día fue el mejor día que hemos tenido mi hijo y yo desde que su padre se fue de casa. Lo digo así, sin adornos, porque es la verdad y porque quiero acordarme de él cuando sea vieja.

Empezó con Mateo despertándome a las ocho y cuarto pegando saltos en mi cama, cosa que no hacía desde los cinco años, para informarme de que el mar seguía ahí. Lo había comprobado desde el porche. Por si acaso.

Desayunamos arriba, en la terraza, con esa hambre que solo da el mar, y a las diez lo dejé en el club de niños, que era una especie de cabaña grande llena de críos y de monitores de veintipocos con una energía que a mí me pareció sospechosa a esas horas.

—¿Seguro que quieres quedarte?

—Sí.

—¿Seguro seguro?

—Mamá, que me quiero quedar. —Y luego, bajando la voz, muy serio—: Es que dicen que pintan la cara.

Y se fue con la monitora sin mirar atrás.

Sin mirar atrás. Ni una vez.

Y ahí me quedé yo, a las diez de la mañana, plantada en mitad de un pinar con la bolsa de playa colgando del hombro y sin la menor idea de qué hacer con mi vida durante las siguientes tres horas.

Porque resulta que llevaba medio año sin estar sola.

Sola de verdad, digo: no la soledad de cuando el niño duerme y tú friegas, sino la otra, la que te deja sin tareas.

Bajé a la cala, extendí la toalla, abrí el libro y descubrí, con cierto pánico, que no sabía estar.

Miré el mar. Miré la arena. Miré el libro.

Me leí cuatro páginas seguidas —cuatro, un récord del verano— y me di cuenta de que me estaba enterando de lo que leía, y por poco lloro.

A las once y media ya me había bañado dos veces. A las doce me dormí encima de la toalla como un lagarto. A la una me desperté con la boca seca y la marca de la costura en la mejilla y pensé, con una claridad que me sorprendió: hacía años que no me aburría, y qué maravilla es aburrirse.

Y aprendí, ese día, que la piel se entera de las vacaciones antes que la cabeza.

La sal secándose y tirando de los hombros.

La arena caliente en la planta de los pies hasta el borde del agua y luego, de repente, fría y compacta donde la moja la última ola.

El pareo pegándose a los muslos mojados.

Ocho horas al día en contacto con cosas, después de un año entero en el que lo único que tocaba yo eran teclados, pomos y la frente de mi hijo para ver si tenía fiebre.

Recogí a Mateo a las dos. Tenía la cara pintada de tigre.

—Es un tigre de Bengala —me aclaró, muy digno—. No un tigre normal.

—Perdón.

—Y me han dicho que si mañana quiero, me pintan de dragón. Pero yo he dicho que a lo mejor repito de tigre, porque me queda bien.

Comimos. Durmió media siesta bajo la sombrilla. Y por la tarde, cuando el sol empezó a aflojar y la cala se puso dorada, hicimos lo que habíamos venido a hacer sin saberlo.

Le enseñé a hacer el muerto.

Ocho años tiene mi hijo y no sabía flotar. Sabe nadar, eso sí, se lo enseñaron en el colegio, brazada por brazada, con esa técnica de tragar agua que tienen los niños. Pero flotar no. Flotar es otra cosa. Flotar hay que enseñarlo despacio y hay que enseñarlo con las manos.

—Túmbate.

—Me hundo.

—No te hundes. Yo te sujeto.

—¿Me sujetas de verdad?

—Te sujeto de verdad.

Y le puse una mano debajo de la nuca y otra debajo de la espalda, con el agua por la cintura, en esa parte de la cala donde el fondo es de arena y el mar está tan quieto que parece una bañera enorme.

Y le fui diciendo las cosas que hay que decir.

Que llene el pecho de aire y no lo suelte.

Que las orejas se meten, que eso no pasa nada, que es normal oír de repente el ruido del mar por dentro. Que mire al cielo. Que no se agarre.

—Es que si no me agarro, me caigo.

—Cariño, estás en el agua. En el agua no se cae nadie. Solo te tienes que fiar.

Tardó veinte minutos en fiarse.

Y luego, de golpe, se fio. Noté cómo se le soltaba la espalda, cómo dejaba de empujar hacia abajo, cómo el cuerpo entero se le volvía ligero, y le fui quitando las manos poco a poco, primero una y luego la otra, y mi hijo se quedó flotando solo en mitad del Mediterráneo, con la cara de tigre a medio derretir y los ojos abiertos como platos mirando un cielo que se estaba poniendo naranja.

—Mamá.

—Dime.

—Ya no me sujetas.

—Ya no.

—¿Y no me hundo?

—No te hundes.

Se quedó callado un rato larguísimo, flotando, con las orejas dentro del agua, y luego dijo una cosa que me va a durar hasta que me muera:

—Es que pensaba que había que hacer más cosas.

—¿Para qué?

—Para no hundirte. Pensaba que había que hacer muchas cosas. Y resulta que hay que hacer menos.

Yo me quedé de pie a su lado, con el agua por la cintura, mirando a mi hijo flotar en el Mediterráneo, y me alegré muchísimo de estar ya mojada, porque así no se distingue.

Cenamos pronto. Mateo se durmió a las nueve y veinte, en mitad de una frase, con la cara pintada todavía a medias porque le supliqué que se lavara y me dijo que un tigre de Bengala no se lava y que además mañana se lo retocaban.

Y a las once menos cuarto, con mi hijo dormido y la cala en silencio, salí al porche.

La noche estaba parada. No corría ni una gota de aire. El mar hacía ese ruido mínimo de lengüetazo que hace cuando no hay olas, y la luna, que iba casi llena, tenía la cala entera iluminada de un gris plata que daba un poco de miedo de lo bonito que era.

Miré hacia el otro extremo. El bungalow seguía cerrado.

Dos días llevaba cerrado. Ni una luz, ni una contra abierta, ni una hamaca desplegada.

Y a última hora de la tarde me había parecido oír el cochecito eléctrico bajando por el camino, pero cuando volvimos del restaurante seguía todo apagado, así que sería el chico de la limpieza, o de la piscina, o el que trae las toallas.

Nadie. En setenta metros a la redonda, nadie.

Y entonces se me ocurrió la idea.

Porque llevaba dos días con esa agua delante y no me la había metido nunca de noche.

Y porque tenía treinta y ocho años, un divorcio, un beso mal archivado y un cuerpo que llevaba medio año pidiéndome perdón por existir.

Y porque una vez, hace mil, cuando yo tenía veintitantos y el mundo era otra cosa, me bañaba en el mar de noche sin nada y no me parecía un acto de valentía, sino un martes.

Bajé los dos escalones del porche. Crucé la arena, que todavía estaba caliente por debajo. Dejé la toalla en la orilla.

Y me quité la parte de arriba del bikini, y por qué no, la de abajo. Sentí una excitación por estar completamente desnuda y que primero la brisa nocturna y luego el agua me acariciara sin ropa de por medio.

Así, sin más, en mitad de una playa vacía, con la luna de testigo y setenta metros de nada a cada lado. La dejé encima de la toalla, hecha un ovillo verde.

El agua estaba tibia. Entré despacio, notando cómo me subía por las piernas, por la cintura, por las costillas, y cuando me cubrió del todo me tumbé de espaldas e hice lo que le había enseñado a mi hijo por la tarde: no hacer nada.

Ninguna cosa. Llenar el pecho de aire, meter las orejas, mirar el cielo y fiarme.

Y funcionó. Vaya si funcionó.

Flotando ahí, con el mar sonando por dentro y todas las estrellas del universo encima, se me deshizo el nudo del pecho por primera vez desde enero.

Ya está, pensé otra vez, con los ojos cerrados y una sonrisa de idiota.

Curada. Ya está. No hay ningún embrujo. No hay ningún sortilegio.

Solo había un vecino a treinta y dos pasos y un verano muy largo, y mira, se arregla con agua salada y trescientos kilómetros.

Estuve así no sé cuánto. Diez minutos. Quince.

Y vi, andando hacia el mar, en mi dirección, un chico sin camiseta y con un cuerpo escultural que intuía por la luz plateada de la luna. Parecía que él no sabía que estaba yo en el agua.

Mierda, no podía salir. Mi bikini entero estaba en la orilla, encima de la toalla, a diez metros de donde yo estaba y con él justo en medio.

Él se acercaba al agua poco a poco. Frotándose los brazos con agua para atemperarse.

Pensé en sacar solo los ojos y la nariz como hacen los cocodrilos para que no me viera y se fuera, pero al poco escuché su voz.

—Hola, ¿qué tal?

Y tres latidos saltaron sin consentimiento acompañado de un extraño calor que me subió.

Era su voz.

La de Hugo.