No te enamores del vecino del 17B Capítulo 13
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Capítulo 13

ALI

Salimos a las siete de la mañana de un sábado de agosto, con el maletero cerrado a base de fe y un flamenco hinchable ocupando el asiento del copiloto como un pasajero más, porque no cupo en ningún otro sitio y porque mi hijo negoció su presencia con la tenacidad de un sindicalista.

—El flamenco va delante.

—El flamenco va en el maletero.

—El flamenco no cabe en el maletero.

—Entonces el flamenco se queda.

—Mamá. —Y me puso esa cara—. El flamenco es de la familia.

Así que el flamenco fue delante, con su cinturón puesto, mirando la autovía con esa expresión de gilipollas satisfecho que tienen todos los flamencos hinchables del mundo.

Y no fuimos en avión. Eso fue decisión mía y no la consulté con nadie.

Podríamos. Había vuelos, había ofertas, había cuarenta y cinco minutos de nada.

Pero mi hijo lleva ocho años conociendo los aeropuertos por dentro y las playas por fotos.

Ocho años de terminales, de zonas de embarque, de despedidas en el control de seguridad, de un padre que siempre estaba saliendo hacia algún sitio o volviendo de otro y que tenía el aeropuerto por segunda casa y la casa por escala técnica.

Los aviones, en mi familia, no significan vacaciones. Significan que alguien se va.

Así que le dije a Nacho que barco.

—¿Barco? Ali, son cinco horas de coche más el ferry. En avión estáis allí a media mañana.

—Barco, Nacho.

—Tú mandas.

Y sí, fueron cinco horas de coche. Con la música que eligió Mateo, además, porque las promesas son las promesas y yo me comí una lista de reproducción que combinaba, sin ningún criterio estético, éxitos del verano, la banda sonora de una película de dragones y, por motivos que nunca me explicó, tres canciones de Rocío Jurado.

Y luego llegó el puerto. Y el barco.

Y ahí, señoras y señores, es donde a mí se me rompió algo por dentro.

Porque mi hijo no había subido nunca a un barco.

Nunca. Y cuando el ferry despegó del muelle y la ciudad empezó a hacerse pequeña, Mateo se agarró a la barandilla de la cubierta con las dos manos, se puso de puntillas y se quedó así, quieto, callado, con el pelo hacia atrás y la boca entreabierta, mirando el agua abrirse en dos como si estuviera asistiendo a un milagro privado.

Estuvo veinte minutos sin decir nada. Mi hijo, que habla por los codos. Veinte minutos.

—Mamá —dijo por fin, sin girarse—. Esto es mejor que volar.

—¿Tú crees?

—Volando no ves nada. Solo nubes. —Se lo pensó—. Y encima llegas enseguida.

Y me tuve que poner las gafas de sol a las diez y media de la mañana en la cubierta de un ferry, porque hay cosas que una no puede llorar delante de un niño de ocho años que acaba de descubrir que el mundo es grande.

Llegamos al resort a las cinco y media, y ahí me dio el bajón.

Porque el sitio era una barbaridad. Una recepción abierta al mar, sin paredes, con ventiladores de aspas y suelo de piedra fresca.

Familias guapísimas en tonos beige. Niños rubios con nombres de tres sílabas.

Una señora con un caftán que costaba más que mi coche.

Y yo, con la camiseta arrugada de cinco horas de autovía, el pelo hecho un desastre por el aire de la cubierta y un flamenco hinchable bajo el brazo, porque no lo pude dejar en el coche sin que se produjera un conflicto diplomático.

Y me oí la voz. Esa voz. La que llevo dentro desde niña, que tiene el acento de mi madre y que dice siempre lo mismo: que esto no es para ti, Ali, que tú aquí estás de prestado, que a ti te han hecho un favor, que como se enteren te sacan.

—Buenas tardes —dije, poniendo mi voz de mujer que no está de prestado—. Tenemos una reserva. Bungalow de la cala.

La chica miró la pantalla. Tardó unos segundos que a mí me parecieron un juicio.

—Ah, sí. Los del bungalow B. —Sonrió—. Qué suerte tienen. Es el mejor sitio de todo esto.

Y me dio la llave. Sin más. Sin preguntarme cuánto había pagado, ni por qué, ni con quién me había divorciado, ni si me lo merecía.

Mateo, que iba a mi lado leyendo un folleto con el ceño fruncido, levantó la vista.

—Mamá, ¿por qué pones esa cara?

—¿Qué cara?

—La de cuando vas al banco.

Ocho años. Ocho.

—Ninguna cara, cariño.

—Vale. —Volvió al folleto. Y luego, sin levantar la vista, con esa naturalidad devastadora—: Es que estamos de vacaciones, ¿eh? Por si se te ha olvidado.

Y se me pasó. Así, de golpe. Se me pasó porque me lo dijo un niño con la mochila del colegio reconvertida en equipaje de playa, y porque tenía toda la razón: estábamos de vacaciones. Nosotros. Por una vez. Y no había ningún comité evaluando si nos correspondía.

Bajamos a la cala a las seis de la tarde.

Y no tengo palabras suficientes, aunque me pagan por tenerlas.

Un camino de piedra bajaba entre pinos, con ese olor a resina caliente que solo existe en las islas en agosto, y de repente se abría abajo, encajada entre dos brazos de roca, una lengua de arena blanca.

Blanca de verdad. No de folleto: blanca.

El agua tenía tres colores distintos según la profundidad, como si alguien la hubiera pintado por capas, y estaba tan quieta que se oía el ruido que hace el mar cuando no hace ruido.

Y en toda esa cala, dos casas. Dos.

Dos bungalows de madera clara, uno en cada extremo, separados por unos setenta metros de arena y por un promontorio bajo de roca que los hacía sentirse todavía más solos. Con su porche, sus hamacas, sus dos escalones que bajaban directamente a la playa. Sin cola de bufé. Sin música. Sin nadie.

Mateo se quedó parado en mitad del camino con la mochila puesta.

—¿Es esta?

—Es esta.

—¿Toda?

—Toda no, cariño. La casa esa de ahí. La playa es de todos.

Miró la cala vacía, calculó, y llegó a la conclusión correcta:

—Pues hoy la playa es nuestra.

El chico del resort, que nos había bajado las maletas en un cochecito eléctrico, nos abrió y nos explicó las cuatro cosas: el club de niños allí arriba, la piscina de agua salada al otro lado del pinar, el restaurante hasta las once, y que si necesitábamos algo, había un teléfono en la pared.

—¿Y los vecinos? —pregunté, señalando con la barbilla el otro bungalow, cerrado a cal y canto, con las contras echadas y las hamacas todavía plegadas.

—De momento, nadie. —Se encogió de hombros—. Puede que entre alguien estos días, pero ahora mismo está libre. Están ustedes solos en la cala.

Y yo, que soy una mujer horrible, sentí una alegría desproporcionada.

Solos. Una semana entera sin música ajena a las once de la noche, sin setos, sin contenedores, sin coreografías de basura, sin nadie al otro lado de una ventana. Una semana sin tener que decidir a qué hora salgo yo para no coincidir con nadie.

—Perfecto —dije—. Cuanto menos vecino, mejor.

Y hasta me reí sola de mi propio chiste, ahí de pie en la puerta, con la llave en la mano.

Aquella tarde nos bañamos hasta que se nos arrugaron los dedos.

Cenamos en el restaurante de arriba, con Mateo pidiendo cosas que no sabía pronunciar y comiéndoselas enteras.

Volvimos a la cabaña con las chanclas en la mano y la arena todavía caliente.

Y a las diez menos cuarto, mi hijo estaba dormido con la sal seca en el pelo y una sonrisa que no se le quitó ni durmiendo.

Yo salí al porche con una copa de vino blanco y me senté en un escalón.

La cala estaba en silencio. Un silencio que no era el de mi urbanización, que es un silencio lleno de gente callada; este era otro, de los que se oyen por dentro. La luna hacía en el agua ese camino tonto que hace siempre. El otro bungalow seguía cerrado, oscuro, muerto, con las contras echadas.

Y yo respiré hondo por primera vez desde enero.

Ya está, pensé. Ya está, Ali. Trescientos kilómetros. El mar entero de por medio. Una semana para que se te pase el sofoco, para que se te recoloque la cabeza, para volver curada y con ese señor otra vez en su carpeta, donde estaba tan tranquilo.

Porque eso era todo, ¿no? Proximidad. Verano. Un apagón. Tres cervezas de nueve grados. Un hombre en bañador a treinta y dos pasos de tu ventana, todos los días, durante todo este tiempo. Cualquiera. Le pasa a cualquiera.

Con distancia se cura.

Me terminé el vino mirando el agua negra y me fui a la cama convencidísima, que es como se va una a la cama las noches antes de que le pase algo.