No te enamores del vecino del 17B Capítulo 12
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Capítulo 12

HUGO

El domingo por la tarde Eva me trajo a Nora.

Aparcó, bajó las gafas de sol lo justo, le dio un beso a la niña en el pelo y la mandó dentro con esa suavidad de directora de colegio caro. Y luego se quedó, que era lo que venía a hacer.

—Está agotada —dijo—. Hemos tenido un finde de mucho plan.

—Ya le doy yo de cenar.

—Eres un cielo. —Sonrisa. Pausa. Y ahí venía—. Oye, me ha dicho un pajarito que el sábado hubo visita en la piscina.

Maruja tiene setenta y cuatro años, una regadera y más red de informadores que la Interpol.

Eva olía distinto. Ese es un detalle que no le he contado nunca a nadie porque suena raro dicho en voz alta, pero es así: mi exmujer cambió de perfume tres meses antes de irse y yo, que soy un hombre que no se entera de nada, me di cuenta y no dije nada.

Ahora huele a una vida en la que yo no estoy.

Y cada quince días esa vida se planta en mi porche a devolverme a mi hija.

—Vino una amiga a bañarse.

—Ah, qué bien. Me alegro muchísimo, en serio. —Se llevó la mano al pecho, por si no había quedado claro lo mucho que se alegraba—. Ya era hora, Hugo. Yo siempre digo que rehacerse es sanísimo.

—Ajá.

—Lo único... —Y aquí bajó medio tono, el tono maternal, el que usa para clavar las cosas sin que se note que las clava—. Lo único es la niña. Que no se entere por terceros, digo. Ya sabe demasiadas cosas por ahí sueltas. Bastante lío tiene la pobre en la cabeza con todo lo nuestro.

Y se fue con su vestido de lino sin una arruga, dejándome en el felpudo un paquete que yo no había pedido: la idea de que le pasa algo a mi hija, y de que si le pasa, es por algo que hago yo.

Tardé justo cuarenta minutos en descubrir que, esta vez, tenía razón. Que es lo que más rabia me da de Eva: que a veces tiene razón.

Nora cenó tres cucharadas y las movió por el plato durante veinte minutos. No contestaba con impertinencias, que es su idioma habitual. Contestaba con monosílabos, que es mucho peor.

—¿Qué tal el finde?

—Bien.

—¿Qué hicisteis?

—Cosas.

—Nora.

—¿Qué?

Y de repente, sin levantar la vista del macarrón que llevaba media hora paseando:

—¿Quién es la señora que vino a bañarse?

Ahí está. El punto exacto. Ahí es donde uno entiende que las carreteras de esta casa las está asfaltando otra persona.

—Una amiga de Rober. Se llama Marta. Vino a darse un baño.

—¿Y va a volver?

—No lo sé. No creo.

—¿Es tu novia?

—No.

—¿Pero va a serlo?

—Nora, cariño, era un baño.

Y entonces mi hija de nueve años, que hasta ese momento había estado torturando un macarrón con una frialdad de cirujana, levantó la cara y la tenía deshecha. Roja. Con esa fealdad guapísima que se les pone a los niños cuando lloran de verdad, sin plan, sin buscar nada, solo porque no les cabe.

—Es que si tú tienes novia ya no me vas a querer tanto —dijo, y se le rompió la voz en el «tanto»—. Porque mamá tiene amigos y ahora está siempre con el móvil, y tú vas a tener novia y vas a estar con ella, y yo voy a estar en el medio como un... como una maleta.

Como una maleta.

Nueve años.

Me levanté, di la vuelta a la mesa, la saqué de la silla y me la senté encima como cuando tenía tres, que ya casi no cabe pero cupo.

Lloró un buen rato. Lloró de verdad, con hipo, empapándome la camiseta, y yo no dije nada durante los primeros minutos porque hay llantos que solo necesitan un sitio donde caerse.

Cuando aflojó, le aparté el pelo de la cara.

—Escúchame. Y esto no lo voy a decir dos veces, así que grábatelo.

—Le levanté la barbilla con un dedo—. Tú no eres una maleta.

Tú eres la razón por la que existe esta casa.

Aquí puede entrar quien entre, dentro de un año o de diez, y no habrá ni una sola persona en este mundo que ocupe tu sitio, porque tu sitio no lo puede ocupar nadie más.

No hay concurso. Está adjudicado desde que naciste.

—Pero si viene otra...

—Si algún día viene alguien, lo sabrás por mí. No por un pajarito, no por la vecina, no por nadie. Por mí, sentados aquí. Te lo prometo.

—Vale. —Un hipo—. ¿Y si no me cae bien?

—Pues me lo dices. Y te escucho. Escuchar no es lo mismo que obedecer, ¿eh? No te vengas arriba.

Se rio con la nariz llena de mocos, que es la mejor risa que existe.

La acosté a las nueve, le leí dos capítulos en vez de uno y me quedé sentado en el borde de su cama hasta que se durmió, mirándole la cara y pensando en la cantidad de gente que le está metiendo cosas en la cabeza a mi hija sin pedirme permiso.

Su madre. Los pajaritos. La calle entera.

Y pensé también, con una claridad incómoda, que la niña había llorado por una mujer que a mí no me importa nada, y que si algún día llora por la que sí, no voy a tener ninguna respuesta preparada.

Bajé, recogí la cocina y saqué la basura.

Y fue entonces, con el contenedor a medio empujar, cuando oí un coche en la calle de al lado y una voz de hombre explicando algo con mucho énfasis.

La farola, la cancela, el señor del retiro de la sierra.

Podría decir que me quedé por educación, o que el contenedor pesaba.

Sería mentira. Me quedé lo que me quise quedar.

Escuché lo que quise escuchar. Y solté lo que solté, que no tenía ninguna gracia y encima me la hizo a mí, porque cuando volví a entrar en casa iba sonriendo como un imbécil y tardé media noche en que se me quitara.

El resto de la semana fue el resto de la semana: trabajo, niña, piscina, largos, silencio.

Nora volvió a estar de buen humor con esa facilidad que tienen los niños para recomponerse cuando alguien les ha puesto los pies en el suelo, y pasó tres tardes al sol de la calle jugando con Mateo a un juego incomprensible que consistía en clasificar piedras y discutir sobre la clasificación.

—Se van de viaje —me informó un miércoles, mientras cenábamos.

—¿Quién?

—Mateo. Y su madre. —Pinchó un tomate—. Se van una semana. Dice que hay un club con monitores y que le van a pintar la cara de tigre.

—Qué bien.

—Yo también quiero que me pinten la cara de tigre.

—Anotado. Nora, nosotros tampoco nos vamos a quedar aquí. Necesito despejarme.

Y ahí quedó la cosa, porque a los nueve años las noticias se sueltan así, sin envolver, y el que las recibe se apaña como puede con el envoltorio.

Y el sábado por la mañana, mientras me tomaba el café en el porche, oí el ruido inconfundible de un maletero peleándose con demasiado equipaje.

Al otro lado del seto, Ali cargaba el coche.

Una maleta grande, una bolsa de playa, un flotador hinchable en forma de flamenco que se negaba a entrar por ninguna ley de la física, una sombrilla, una nevera portátil.

Mateo daba vueltas alrededor con la energía de un niño que lleva tres días sin dormir de la ilusión, estorbando con un entusiasmo maravilloso.

—¡Que no cabe, mamá!

—Cabe.

—¡Que no!

—Cabe porque yo lo digo.

Al final entró, claro. Entró porque lo dijo ella.

Los vi meterse en el coche. La vi ponerse las gafas de sol y ajustar el retrovisor. Y por un segundo, uno solo, giró la cabeza hacia mi porche.

Yo levanté la taza de café dos centímetros. Un saludo minúsculo, ridículo, cobarde.

Ella hizo un gesto con la mano. Mínimo también.

Y el coche arrancó, salió a la avenida, giró y desapareció.

Me quedé en el porche con el café enfriándose, mirando el hueco que había dejado en la acera, y lo primero que sentí fue alivio.

Alivio de verdad. Se acabó el sistema de horarios de basura, se acabó el vigilar ventanas, se acabaron los treinta y dos pasos cargados de electricidad. Unos días de tregua. Aire.

Lo segundo que sentí, unos cuatro segundos después, no fue alivio.

Pero eso no pienso contarlo.