No te enamores del vecino del 17B Capítulo 11
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Capítulo 11

ALI

Una compañera de trabajo.

Se llamaba así el gran drama de mi vecina Eva.

Una compañera de trabajo. Y allí estaba, en mi ventana, el sábado a las seis y media de la tarde: una tía espectacular, en bañador, tomándose un vino blanco en el porche de Hugo mientras el sol le hacía a los dos ese numerito dorado que solo pasa en los anuncios y en las casas ajenas.

Se reían. Ella le tocó el brazo al reírse. Él ni se apartó.

Y yo, con un trapo de cocina en la mano y la boca abierta como una idiota, me quedé cinco segundos más de los que puede permitirse una mujer con dignidad. Cinco segundos suficientes para que él levantara la vista y me pillara.

Bajé la persiana como si de esa persiana dependiera mi salud pública.

Y entonces empecé a hervir.

Y por debajo del hervor, muy al fondo, había otra cosa peor que no pensaba mirar de frente: que aquella mujer llevaba un bañador negro de una pieza y estaba estupenda, y que yo llevaba tres meses sin ponerme nada que no tuviera cintura elástica.

No es que quisiera ser ella. Es que hacía un año que no me acordaba de que yo también soy un cuerpo, y no solo un servicio de transporte escolar con brazos.

No de celos, ojo. Que quede claro: no de celos.

De indignación moral. De rabia justiciera.

Porque aquello era la confirmación de todo, ¿o no?

Ahí tenía yo el resumen del caso en imagen fija: el señor del 17B, medio año después de destrozarle la vida a su mujer con una compañera de trabajo, riéndose en su porche con otra compañera de trabajo, con la piscina, el vino blanco y la sonrisita de lado.

Tal cual. Con la misma naturalidad con la que otros riegan los geranios.

Y yo. Yo. Que hacía nueve días le había metido la lengua en la boca a ese hombre.

Ahí es donde me hervía de verdad. Porque la que había caído era yo.

La única mujer de esta calle que sabía lo que sabía, que había recogido los pañuelos de Eva del suelo de mi cocina, la única que tenía todos los motivos del mundo para blindarse, se dejó ablandar por tres cervezas y una tontería de empujones y acabó besándolo en su propio sofá como una adolescente.

Y él, nueve días después, tan pancho, sirviéndole vino a la siguiente.

Menuda tonta. Menuda tonta redomada.

Me pasé el resto de la tarde haciendo cosas con violencia.

Fregué una sartén que ya estaba limpia. Ordené el cajón de los cables, que es el corazón de las tinieblas de cualquier casa.

Puse una lavadora de tres prendas. Y cada veinte minutos, con una disciplina digna de mejor causa, volvía a la ventana de la cocina y levantaba dos dedos la persiana para comprobar que seguían allí.

Seguían allí. A las siete y media seguían allí. A las ocho menos cuarto ella se rio de algo y yo dejé caer la persiana con tanta rabia que casi me llevo por delante la mano.

Y en ese momento, con los dedos doloridos y la dignidad por el suelo, me oí a mí misma decir en voz alta, sola, en mi cocina:

—Pero a ti qué te importa.

Y no me contesté, porque hay preguntas que una no se contesta ni estando sola.

Así que hice lo que hace una mujer herida en su amor propio, es decir, lo más estúpido posible: cogí el móvil y le dije que sí a Dani.

Dani era un amigo de mi amiga Bárbara, que llevaba meses insistiendo. «Es majísimo. Tiene su vida resuelta. Es guapo.» Y sobre el papel lo era. Cuarenta y tres años, en forma, buena camisa, un restaurante bien elegido. Llegó puntual. Me abrió la puerta del coche. Empezó todo estupendamente.

El desastre no fue inmediato. Los desastres buenos nunca lo son. El desastre empezó a insinuarse en el minuto siete, cuando le pregunté a qué se dedicaba.

Y me lo contó.

Me lo contó entero. Me contó su empresa, su modelo de negocio, su facturación del año pasado y su previsión para el que viene.

Me contó su divorcio, que fue culpa de ella, y su segundo divorcio, que también fue culpa de ella, cosa que él consideraba una casualidad estadística y no un patrón.

Me contó su transformación personal, su proceso de crecimiento, su coach, su rutina de las cinco de la mañana y su suplementación.

Me contó que se había reencontrado consigo mismo en un retiro de hombres en la sierra donde, textualmente, «lloraron todos».

Me contó lo que había llorado él. Con detalle.

Me contó su relación con su padre, su relación con el dinero y su relación con su relación con el dinero.

Al llegar el segundo plato hice el experimento: dejé de hablar. Del todo. Me limité a asentir y a decir «ajá» cada minuto y medio.

No lo notó. No lo notó, Bárbara. Estuvo cincuenta minutos exactos sin necesitar que yo existiera. Podría haberme levantado, haberme ido a casa, haber puesto una lavadora y haber vuelto, y él habría seguido explicándole a mi silla lo que le dijo su terapeuta sobre su niño interior.

En el minuto cincuenta y tres —lo sé porque miré el móvil debajo de la mesa, ese gesto que las mujeres perfeccionamos como un arte marcial— me hizo por fin una pregunta.

—¿Y tú tienes hijos?

—Uno. Mateo, de ocho.

—Ah, qué bien. —Y respiró hondo, con la satisfacción de quien ha cumplido con el trámite—. Yo con mis hijos he trabajado mucho el vínculo consciente. Verás, cuando yo era pequeño, mi padre...

Y volvió a irse. Se fue por su padre, subió por su adolescencia, hizo escala en su primer coche y aterrizó otra vez en el retiro de la sierra.

En algún momento del postre, mientras me explicaba que él ya no busca «relaciones desde la carencia sino desde la abundancia», me pillé pensando en un hombre que dice tres frases en una tarde y que en una junta de vecinos levanta una ceja y con eso te cuenta una novela entera.

Y ahí supe que estaba perdida del todo. Porque no hay nada más humillante que estar en una cita con un hombre razonablemente guapo y descubrir que estás comparándolo. Y que pierde. Pierde por goleada. Pierde contra alguien que ni siquiera está en el restaurante.

Pedí la cuenta yo. La pagué a medias, faltaría más, y él me dejó pagarla a medias mientras me explicaba lo importante que es para él la igualdad.

Y llegó lo peor, que fue el final.

Me acompañó a casa en el coche, aparcó, se bajó a abrirme la puerta —cosa que estaría muy bien si no la acompañara de un discurso sobre su educación— y me escoltó hasta mi cancela.

Y allí, bajo la farola, a las doce menos cuarto de la noche, en mitad de mi urbanización, Dani decidió que aquella velada había ido fenomenal e hizo su movimiento.

Se me vino encima como quien cierra una operación.

Le puse la mano en el pecho.

—Dani. No.

—¿No? —Y lo dijo con un asombro tan sincero, tan genuinamente sorprendido, que casi me da pena. Casi.

—No.

—Pero si ha ido genial.

—Ha ido genial para uno de los dos.

Y en ese momento exacto —porque el universo, cuando decide humillarte, no escatima en recursos— oí a mi izquierda el sonido inconfundible de un contenedor de ruedas rodando sobre el asfalto.

Ahí estaba. A quince metros. En chanclas, con una camiseta vieja y su bolsa de basura, mirándome con la cara más neutra del mundo, que en él es la cara más elocuente del mundo.

Dani, que no se enteraba de nada ni siquiera cuando lo tenía delante, se giró hacia él tan campante.

—Buenas noches —dijo, muy señorial.

—Buenas noches —contestó Hugo.

Y luego, mientras encajaba su contenedor en la fila con una parsimonia criminal, sin mirarme del todo, añadió a media voz:

—Yo que tú le contaría lo del retiro de la sierra. No se lo has contado a todo el mundo todavía.

Nos había oído.

Dani se fue confuso, sin entender bien qué había pasado, probablemente convencido de que yo me lo perdía. Yo me metí en casa sin dar las buenas noches a nadie, subí las escaleras de dos en dos y me tiré en la cama con las mejillas ardiendo.

Y lo peor, lo peor de todo, lo que me tuvo despierta hasta las dos, no fue la vergüenza de que me hubiera visto rechazar a un tipo en mi propia cancela.

Fue darme cuenta de que la vergüenza no era por Dani.