No te enamores del vecino del 17B Capítulo 10
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Capítulo 10

HUGO

Nueve días. Nueve días estuvimos sin cruzar una palabra, lo cual, teniendo en cuenta que nos separan treinta y dos pasos y un seto, requiere una logística que ya quisieran algunos servicios secretos.

Desarrollamos un sistema. Yo sacaba la basura a las diez y media; ella, que siempre la sacaba a las diez y media, empezó a sacarla a las once.

Si yo estaba regando y oía su cancela, me metía dentro con una excusa que no necesitaba dar porque no había nadie a quien dársela.

Si ella salía al jardín y yo estaba en el porche, se acordaba de repente de que tenía algo urgentísimo que hacer en la cocina.

Coincidimos una vez en el contenedor de vidrio, cada uno con su bolsa de botellas tintineando como una confesión, y nos dijimos «hola» con la garganta cerrada y sin mirarnos, y aquello fue el gran acontecimiento diplomático de la semana.

Nueve días. Y yo, en esos nueve días, hice lo que hace un hombre adulto, sereno y con las ideas claras: analizar el asunto con rigor científico.

Porque el problema no era el beso. El problema era el segundo.

Ese segundo en que ella me lo devolvió, con la mano en mi camiseta, antes de que saliéramos rebotados cada uno a su esquina.

Ese segundo se me había instalado en la cabeza como un okupa.

Aparecía cuando nadaba, entre el largo veinte y el veintiuno.

Aparecía en el súper, delante de los yogures.

Aparecía a las tres de la mañana, con todo lujo de detalles, y a las tres de la mañana los detalles son mucho peores.

La hipótesis era sencilla. Aquel beso fue una anomalía de laboratorio.

Calor extremo, cerveza de nueve grados, tres horas de apagón, dos personas cansadas y un sofá.

Cualquier combinación así produce un accidente.

No significaba nada. Y para demostrarlo solo hacía falta replicar el experimento con otra variable, comprobar que el resultado era el mismo y archivar el expediente.

Lo malo de las hipótesis es que a veces la realidad se pone chula.

Ayudaba poco, además, el uniforme de verano de mi vecina.

Ali tiene una camiseta gris de estar en casa, vieja, con el cuello dado de sí, que se pone para regar a las nueve de la noche cuando cree que no la ve nadie.

No es una prenda bonita. No pretende serlo.

Y sin embargo llevo desde junio siendo capaz de decir, con los ojos cerrados, en qué punto exacto de la espalda se le pega cuando ha estado fregando, y cómo se recoge el pelo con una mano y una goma que lleva siempre en la muñeca, y cómo se le queda un mechón fuera que no se recoloca nunca.

Un hombre que se fija en eso no está haciendo ciencia. Está haciendo el idiota con formato de laboratorio.

El sábado Nora se fue con Eva y la casa se me quedó con ese silencio raro de las casas sin niños, ese que suena a hueco. Apareció Rober a media mañana, con dos cafés y su cara de haber tenido una idea, que es la peor de sus caras.

—Te he estado observando y estás gilipollas —diagnosticó, sentándose en mi cocina sin que nadie lo invitara—. Llevas nueve días con cara de hombre que ha perdido algo en un aeropuerto.

—Estoy perfectamente.

—Ayer me contestaste un mensaje con «vale» y un punto. Un punto, Hugo. Los puntos son un grito de socorro. —Le dio un sorbo al café—. Marta.

—¿Qué Marta?

—Marta. Del trabajo. La conociste en la cena de Navidad, la que se rio de tu chiste del ascensor, que fue el único ser humano que se rio. Está separada, es maja, es lista, y ha dicho que sí a un baño en tu piscina esta tarde.

—¿Ha dicho que sí a qué?

—A un baño. En tu piscina. Esta tarde. —Se levantó, satisfecho—. A las seis. De nada.

Y así fue como a las seis de la tarde de un sábado de agosto tuve a Marta en mi jardín, con un vestido de verano y una botella de vino blanco que había traído ella porque, dijo, «he oído que en esta casa solo hay cerveza», y a mí se me atragantó un poco el aire, aunque eso no fue culpa suya.

Marta era estupenda. Lo digo sin ironía, que en mí es un esfuerzo.

Guapa, con esa clase de belleza tranquila que no pide permiso.

Divertida. Lista. Se reía de las cosas en el momento en que hay que reírse.

Tenía una conversación fácil, sin baches, y una manera de escuchar que hacía que uno tuviera ganas de contarle cosas.

Nos bañamos. Nos sentamos en el porche con el vino.

Me contó lo de su divorcio con una ligereza envidiable, sin rencor, como quien cuenta una obra que le hicieron en casa.

Yo le conté lo justo, que es lo único que sé contar.

Hablamos de trabajo, de Rober, de si merecía la pena poner toldo.

Todo bien. Todo correcto. Todo perfectamente agradable.

Y yo no sentía absolutamente nada.

Nada. Cero. Como cuando pruebas un vino que dicen que es buenísimo y a ti te sabe a vino. La miraba y pensaba, con toda la objetividad del mundo: esta mujer es guapísima. Y era una observación, no un latido. Era como mirar la fachada de un edificio bonito.

En un momento dado contó un chiste. Bueno, además.

Y me reí. Me reí con la boca, con el ruido correcto, con la duración correcta.

Y a mitad de la risa me di cuenta de que era una risa educada, de esas que se fabrican, y me acordé sin querer de una mujer descojonándose en mi sofá a las tres de la mañana, tapándose la boca con las dos manos para no despertar a los niños, con la cara roja y sin poder respirar por culpa de un chiste malísimo sobre el mazo de Toni.

Y entendí, ahí, con la copa en la mano, que el problema no tenía arreglo por esta vía. Que uno no se cura de una risa con otra risa mejor educada.

Estábamos en esas —Marta contándome no sé qué de una reforma— cuando levanté la vista y la vi.

A Ali.

En la ventana de su cocina, la que da a mi parcela. Un segundo, dos. Con un trapo en la mano y toda la cara quieta.

Y hay que ser muy imbécil, muy imbécil, para que lo primero que sientas al ver a tu vecina espiando por la ventana sea esa cosa caliente y sucia que sentí yo. Que me viera. Que estaba viéndolo. Que por una vez fuera ella la que se quedaba del otro lado del cristal.

Duró medio segundo. Medio segundo de triunfo miserable, de decirle sin decirle: ¿ves?

, yo también tengo vida, yo también me río, yo también me tomo un vino con alguien un sábado.

Y luego vino lo que viene siempre después de las venganzas idiotas, que es la resaca inmediata.

Me sentí un cretino. Un cretino de manual, además, de los que se hacen fotos con la vida nueva a ver si la vida vieja las ve.

Porque además, ¿de qué venganza estamos hablando?

¿Qué le importa a ella? Es la mujer que sabía perfectamente lo que había pasado en mi casa y aun así le abrió la puerta a Eva, le calentó la tila y me borró a mí del mapa.

Esa. A esa le estaba yo enseñando mi vino y mi risa como un pavo real de segunda mano.

La persiana de su cocina bajó en seco. No a medias. De golpe.

—¿Esa es la vecina? —dijo Marta, que no era tonta.

—Esa es la vecina.

—Ajá. —Y bebió, y no dijo nada más, y en ese «ajá» cabía un informe pericial completo.

Estuvimos otro rato. Nos reímos otro poco. Cuando el sol empezó a caer, Marta dejó la copa en la mesa, se recogió el pelo y me miró con una amabilidad que me hizo sentir todavía peor.

—Hugo, eres majo. En serio. Pero llevas toda la tarde aquí sentado sin estar.

—Perdona. No es por ti, es que...

—No te disculpes, que no me has hecho nada. —Se puso el vestido por encima del bañador con dos movimientos—. Te lo digo con cariño: cuando resuelvas eso, avisa. Pero resuélvelo tú. No lo resuelvas conmigo, que yo no tengo por qué pagar el pato.

Se fue tan tranquila como había venido, y yo me quedé solo en un porche con dos copas, media botella de vino blanco caro y el experimento hecho.

Los resultados, para que conste en el registro de laboratorio: hipótesis descartada.

No fue la cerveza.