No te enamores del vecino del 17B Capítulo 9
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Capítulo 9

ALI

Me desperté en el sofá de mi enemigo a las siete de la mañana, con una sábana que olía a él —a suavizante de hombre solo, a cloro y a algo más que no supe nombrar y que me tuve tres días intentando nombrar— y una certeza que me cayó encima antes incluso de abrir los ojos: lo besé. Anoche. Besé a Hugo.

O él me besó a mí. Da igual. En el reparto de culpas de un beso no hay atenuantes que valgan, y menos cuando una lo ha devuelto.

Porque lo devolví. Ese es el detalle que no me deja el cuerpo en paz mientras doblo una sábana ajena a las siete de la mañana con la precisión histérica de quien necesita que algo, lo que sea, le quede recto en la vida.

Repasé los hechos igual que repasa la escena de un accidente buscando el punto exacto en el que pudo frenar y no frenó.

La cerveza, claro. Aquellas latas de nueve grados que saben a pan y te desmontan las defensas sin que te enteres.

La risa, que fue peor que la cerveza, porque hacía meses que no me reía así y una está más indefensa cuando ríe que cuando llora.

Los empujones de tontos. Y de repente su cara a un palmo y el mundo entero reducido a la distancia más corta del universo.

Y yo, en lugar de apartarme como haría cualquier mujer con dos dedos de frente y algo de amor propio, cerré esa distancia.

Besé al hombre que le destrozó la vida a Eva.

Lo escribo así, a lo bruto, para que me duela lo justo.

Besé al infiel. Al que se metió en la cama de una compañera de trabajo mientras su mujer se rompía en pedazos y venía a llorar a mi cocina descalza.

A ese. Le puse la mano en la camiseta y le devolví el beso como una adolescente. Si Eva se enterara. Si Eva me viera.

Y sin embargo —porque siempre hay un «sin embargo» conmigo, es mi maldición— no fue el asco lo que sentí al recordarlo.

Y eso es lo que de verdad me tiene revuelta esta mañana.

Que mi cuerpo, el muy traidor, no reaccionó como debía reaccionar el cuerpo de una mujer decente al besar a un canalla.

Reaccionó como si aquello estuviera bien. Como si llevara meses esperándolo.

Estaba doblando la segunda sábana cuando bajó él.

Apareció en el salón en pantalón de chándal y camiseta arrugada, con el pelo de haber dormido regular y dos cafés en las manos, uno de los cuales me tendió sin decir nada, como se le tiende una bandera blanca a un ejército con el que no te apetece seguir en guerra pero tampoco firmar la paz.

Lo cogí. Nos quedamos los dos de pie, a metro y medio de distancia, bebiendo café a las siete de la mañana con la elegancia de dos personas que fingen con todas sus fuerzas que la noche anterior no ha existido.

—Mateo sigue dormido —dijo—. No he querido despertarlo.

—Ya. Gracias. Ahora lo... ahora nos vamos.

—Claro.

—Claro.

Y ese fue todo nuestro tratado de no agresión sobre lo ocurrido: dos «claros» y un café.

Ni una palabra de lo del sofá, del beso, del palmo, de nada.

Lo enterramos ahí mismo, de pie, con la taza caliente, con esa cobardía tan educada que tenemos los adultos para las cosas importantes.

Fui a por Mateo, lo desperté a medias, le calcé las chanclas del revés y lo saqué de aquella casa como quien evacúa una zona de riesgo, sin mirar atrás, con las mejillas ardiendo por algo que no era el calor.

Solo hay una explicación, y me agarro a ella con uñas y dientes camino de casa, arrastrando a Mateo medio dormido de la mano por los treinta y dos pasos que separan la escena del crimen de mi vida ordenada: ese hombre hace algo.

Algún tipo de embrujo. Una brujería doméstica de las que no salen en los libros.

Porque no es normal. No es normal que a una mujer se le apague el juicio a la misma velocidad a la que se le enciende todo lo demás solo porque un vecino la sujeta de la muñeca.

Eso no es química. Eso es magia negra con nueve grados de alcohol. Un sortilegio de urbanización.

Y contra los sortilegios solo hay un remedio conocido: la distancia.

Dejé a Mateo desayunando, me encerré en la cocina y llamé a Nacho antes de que se me pasara la valentía.

—Nacho. Soy Ali. Que sí. Que nos vamos.

—¡Esa es mi vecina favorita! —Oí la palmada al otro lado—. Te juro que ese sitio te va a cambiar el verano.

—No te vengas arriba. Nos vamos una semana, no me caso.

Ultimamos los detalles con una urgencia que a Nacho debió de parecerle entusiasmo y que en realidad era huida.

La segunda semana de agosto. La cala pequeña, de arena blanca, con acceso solo para los dos bungalows de lujo.

Piscina de agua salada. Club de niños. Mar, mucho mar, todo el mar posible entre mi cuerpo traidor y el vecino brujo del 17.

—Dos bungalows por cala nada más —repetí, porque me sonaba a gloria—. Qué maravilla no ver a nadie.

—El lujo de hoy es no ver a nadie —filosofó Nacho—. Ya me lo agradecerás.

Colgué y se lo dije a Mateo, y mi hijo, que es un niño contenido, hizo algo que no le veía hacer desde antes del divorcio: dio saltos.

Saltos de verdad, por la cocina, con los brazos en alto, gritando «¡a la playaaa!

» como si le hubieran dado la mejor noticia de su vida.

Y a lo mejor lo era. Para un niño de ocho años que se ha comido un año de gritos primero y de silencios después, irse una semana con su madre a una playa blanca, sin turnos, sin un padre que siempre está aterrizando en otro sitio, a lo mejor es justo la mejor noticia de su vida.

Se me hizo un nudo en la garganta y fingí que buscaba algo en el bolso.

El resto de la mañana lo pasé haciendo lo único que sé hacer cuando el pecho se me desordena: ordené cosas.

Saqué la maleta de playa. Hice listas. Compré crema solar factor cincuenta como si fuéramos a la guerra en lugar de a una cala.

Y cada vez que la imagen de anoche intentaba colarse —su cara a un palmo, el segundo aquel—, la metía a empujones en el cajón de las cosas que no quiero mirar, junto a la raya de eyeliner de Eva y todas las demás piezas que no encajan en la caja.

Porque de eso no pienso ocuparme ahora. De si Hugo besa como no debería besar un infiel. De si un canalla mira a su hija como la mira él. De si un culpable lleva medio año callado en vez de correr a defenderse. De nada de eso. Ahora toca hacer la maleta y poner mar de por medio.

A media tarde, mientras tendía los bañadores de Mateo al sol, lo vi salir a él a su jardín, a lo lejos, con Nora subida a hombros. No miró hacia mi casa. Yo tampoco miré hacia la suya, o eso me dije mientras lo miraba.

Siete días, pensé. En una semana me voy, me tumbo en esa arena blanca, dejo que el mar me deshaga el sortilegio, y vuelvo curada, inmunizada, con el juicio recolocado en su sitio y a este señor bien clasificado otra vez en la carpeta de los villanos, donde llevaba medio año tan tranquilo hasta que se le ocurrió la mala idea de tener luz la peor noche del verano.

Lo que no me pregunté, mientras estiraba el último bañador y el sol de julio me daba en la cara, fue por qué una mujer que solo quiere olvidar a un hombre necesita irse a trescientos kilómetros para conseguirlo.

Las cosas que de verdad no te importan no hacen falta ponerles el Mediterráneo en medio.