No te enamores del vecino del 17B Capítulo 8
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Capítulo 8

HUGO

La noche que se fue la luz hacía treinta y ocho grados a las once, y a las dos de la madrugada seguía haciendo los mismos treinta y ocho.

Fue un apagón de los serios. No un plomo de una casa: un corte de compañía, de esos que dejan a oscuras manzanas enteras y que la gente confirma asomándose a la ventana para comprobar que la desgracia es colectiva, que siempre consuela.

Las Adelfas entera se quedó negra en dos segundos: las farolas, las piscinas iluminadas, el zumbido de fondo de cien aparatos de aire acondicionado.

Y el calor, que hasta entonces disimulaba, se dejó caer encima de todo como una manta mojada.

Yo era el único de la calle que tenía luz.

Placas en el tejado y una batería de esas de pared, una Powerwall de trece kilovatios hora que me instalé el invierno pasado, cuando en vez de ir a terapia como una persona sana me dedicaba a llenar la casa de aparatos que me dieran sensación de control.

Nora se ríe de mí. «Papá y su nave espacial.

» Pues aquella noche la nave espacial era la única casa de la manzana con las luces encendidas y el aire funcionando, un búnker iluminado en mitad de un barrio a oscuras.

Podría haber corrido las cortinas y disfrutar del privilegio en silencio. Es lo que habría hecho cualquier noche. Pero cometí el error de asomarme, y al otro lado del seto vi una silueta pequeña en la ventana de arriba, despeinada, pegada al alféizar buscando un aire que no existía.

Mateo. Cociéndose. A las dos de la mañana.

El calor a esas horas ya no era una temperatura, era una textura. Se te pegaba a la nuca, te dejaba la camiseta hecha un trapo en la espalda, convertía el suelo del porche en una plancha que había estado cargándose de sol desde las siete de la mañana y lo devolvía todo de noche, sin ninguna prisa.

Hay cosas que uno no puede dejar de ver una vez las ha visto. Así que me puse una camiseta, cogí la linterna y crucé los treinta y dos pasos de siempre en dirección contraria a la habitual: yo hacia su puerta, por una vez en la vida.

Abrió Ali con una vela en la mano y una cara de sorpresa que en la penumbra se le veía enterita.

—¿Hugo? ¿Pasa algo?

—Que tengo luz. Placas y batería, la casa entera tira de ellas. —Me metí las manos en los bolsillos—. He visto al crío en la ventana. Que se traiga la almohada y duerme con aire, y tú también, si quieres. No es una encerrona. Es un enchufe.

La vi pelear consigo misma en la oscuridad, el orgullo contra el termómetro, que es una pelea con un solo resultado posible cuando de por medio hay un hijo que no duerme.

—Que conste que lo hago por el niño —dijo al fin.

Y al pasarme la vela para coger la mochila del crío me rozó los dedos, un cuarto de segundo, con esa torpeza de la gente que está haciendo un esfuerzo enorme por no tocarse. Los dos apartamos la mano a la vez, como si la cera quemara. No quemaba.

—Faltaría más.

Instalé a Mateo en el cuarto de invitados, con el aire suave y una sábana fina, y el crío se rindió al sueño en cinco minutos, que es una capacidad que los adultos perdemos en algún momento entre la hipoteca y el desengaño.

Cuando volví al salón, Ali estaba de pie en mitad de la habitación, con los brazos cruzados, mirando mis estanterías como el que inspecciona a un sospechoso.

—¿Quieres beber algo? —dije—. Va a ser difícil que te duermas con este calor.

—Un agua.

—De agua ando regular. —Abrí la nevera y la luz fría nos iluminó a los dos el desastre: seis latas altas y nada más—. Tengo cerveza. Y tengo cerveza. Son las dos opciones.

—¿Eso es todo lo que hay en tu nevera?

—Es la nevera de un hombre divorciado, Ali. Es un género literario en sí mismo. —Cogí dos y le tendí una—. Y encima son artesanas de esas que compra Rober, que tienen nueve grados y saben a pan tostado. Una y estás fina.

Dudó. Miró la lata. Miró la ventana, donde su casa era una mancha negra más en una calle negra. Y la cogió.

—Una. Y porque el agua sois vosotros los que no la tenéis.

Nos sentamos en los dos extremos del sofá grande, con toda la tierra de nadie del mundo entre los dos, y bebimos en silencio los primeros tragos, esos que sirven para no tener que hablar todavía.

La primera cerveza la terminamos hablando del apagón. La segunda —porque hubo segunda, esas latas se beben solas y con nueve grados hacen trampas— la empezamos hablando de la reunión de vecinos, y ahí ya no hubo quien nos parara.

Porque resulta que a Ali también le había parecido que Toni y su mazo eran dignos de un documental.

Que ella también había estado a punto de morir cuando Charo soltó lo de los disruptores endocrinos.

Que las dos, la de la cloración salina y la de la madera astillable, se merecían un programa propio en horario de máxima audiencia.

Nos fuimos pasando la pelota, cada uno rematando el chiste del otro, imitando a Toni golpeando el platito de postre, y en algún momento me di cuenta de que me dolía la cara de reírme, y de que hacía seis meses que no me dolía la cara por ese motivo.

—Lo de «como el mar pero sin peces» —dijo ella, secándose una lágrima de risa— lo voy a bordar en un cojín.

—Yo pago cuatro mil euros en un tobogán con forma de pulpo y a ti te da la risa. Solidaridad cero.

—Es que te lo mereces, por ir a esas reuniones. —Me dio un golpe en el hombro con el dorso de la mano, floja, de las de «anda ya»—. Los que van a las reuniones sois cómplices del sistema.

—Ah, ¿pero tú no estabas? Si te vi en primera fila del circo.

—Yo iba de incógnito. Observadora imparcial. —Otro golpe.

—A la observadora imparcial se le veía el plumero cada vez que se mordía el labio para no reírse. —Y le devolví el golpe, igual de flojo, en el brazo.

Y ahí empezó la tontería. Ella me empujó un poco más fuerte, yo le devolví el empujón, ella me dio en el hombro, yo la esquivé y le di yo, y de repente teníamos treinta y ocho y cuarenta y un años y nos estábamos pegando como dos críos en el patio, entre risas ahogadas para no despertar a los niños, cada empujón un poco menos flojo, un poco más cerca, hasta que en uno de esos forcejeos de tontos le sujeté la muñeca para que dejara de darme, y ella se giró para soltarse, y de repente la tenía a un palmo.

A un palmo.

Con la respiración agitada de la risa, el pelo suelto pegado al cuello por el calor, los ojos todavía brillándole de reír. Y se acabó la risa. Se cortó en seco, igual que cuando alguien apaga la música y de repente oyes el silencio.

No sé quién se movió. Juraría que ninguno de los dos y que fue el palmo el que decidió por su cuenta desaparecer.

La besé, o me besó, o nos besamos. Un beso corto, caliente, torpe de puro contenido.

Y ella lo devolvió. Me devolvió el beso medio segundo, un segundo, con una mano en mi camiseta, y ese segundo me duró una semana.

Y luego nos separamos como si el otro quemara.

De golpe, los dos a la vez, echándonos hacia atrás cada uno a su extremo del sofá con la misma cara de haber metido la mano donde no se debe. Como dos imanes que se acercan por el lado que no toca y salen rebotados.

Porque yo, ahí, con los labios todavía calientes, me acordé de golpe de quién era ella.

La mujer que sabía perfectamente lo que había hecho Eva y aun así la había acogido, la había consolado y me había retirado el saludo a mí.

La que eligió el bando de la que rompió mi casa.

Esa. Acababa de besar a esa. Y lo peor no fue acordarme: lo peor fue lo poco que me importó durante el beso, y lo mucho que me asustó que me importara tan poco.

Vi en su cara algo parecido, un espanto simétrico, aunque nunca sabré de qué estaba hecho el suyo.

—Vale —dije, levantándome del sofá como si tuviera un muelle—. Vale. Yo me subo. A mi cuarto. Tú te quedas el sofá.

—Sí. Mejor. —Se recolocó una camiseta que estaba perfectamente colocada—. El sofá. Perfecto.

Subí, saqué del armario unas sábanas limpias y una almohada, bajé y se las dejé en el brazo del sofá sin acercarme más de lo estrictamente necesario, como quien deja comida a un animal del que no se fía.

—Por si refresca —dije, y los dos supimos que no iba a refrescar.

—Gracias.

—De nada. Por el niño.

—Por el niño —repitió ella.

Y me subí a mi cuarto, me tumbé encima de la cama sin desvestirme, con el aire acondicionado zumbando y el corazón haciendo cosas que no le había autorizado, pensando que la batería me había salvado de un apagón y me había metido en otro mucho peor, uno que no arregla ninguna compañía eléctrica.

Abajo, en mi propio sofá, dormía la única persona a la que no me podía permitir besar.

Y la había besado igual.