Capítulo 7
ALI
Lo echaba de menos. Ya está. Lo he dicho. Que conste en acta, junta de vecinos incluida.
Volví de la reunión con un caramelo de menta imaginario deshaciéndose en la memoria, porque en el momento exacto en que la tal Charo soltó lo de los disruptores endocrinos, mi primer impulso —automático, involuntario, humillante— fue girarme para buscar la cara de Hugo y compartir con él la risa.
Y lo peor es que él estaba haciendo lo mismo.
Nos pillamos a medio camino, como dos adolescentes, y tuve que fingir un interés súbito y apasionado por el acta de la comunidad para que no se me notara que, por un segundo, habíamos vuelto a ser nosotros.
Los de antes.
Porque antes fuimos amigos. Eso es lo que nadie recuerda ahora, ni siquiera yo cuando me conviene odiarlo a gusto.
Antes, cuando Allan volaba y Eva tenía sus mil planes, Hugo y yo éramos los dos raros que se quedaban en las barbacoas fregando los vasos y comentando la jugada.
Me caía bien. Me caía tan bien que a veces, cuando lo veía con Nora, sentía esa punzada fea de comparar, y me obligaba a parar, porque comparar maridos es el primer escalón de una escalera que baja a sitios muy oscuros.
Y ahora resulta que le he pasado a odiarlo y ni siquiera me deja hacerlo tranquila, porque el muy imbécil sigue teniendo la misma ceja de siempre, la que levanta cuando algo le parece absurdo, y esa ceja me conoce. Esa ceja sabe cosas de mí.
Me acosté rara. De esas noches en que das vueltas no porque te preocupe algo concreto, sino porque tienes el pecho desordenado, con los muebles cambiados de sitio.
Y entonces, cómo no, sonó el móvil. Las once y media. Un mensaje.
Era Eva.
«¿Qué tal la juntaaa? Me ha dicho un pajarito que ha habido debate botánico sobre columpios ? ? ? ? Cuéntame, que necesito reírme.»
Un pajarito. Maruja, seguro. Eva se fue de esta calle en enero pero mantiene una red de satélites que ya quisiera la NASA.
Me quedé mirando el mensaje más tiempo del que merecía.
Porque había algo en ese tono —ligero, cómplice, «necesito reírme»— que no terminaba de encajar con la mujer rota de la manta de cuadros.
Y ya sé que la gente se recupera, faltaría más, ojalá se recupere, pero había una distancia rara entre aquellas lágrimas de enero y este emoji de hojita de julio, una distancia que yo no sabía medir pero que notaba, como se nota un escalón en la oscuridad justo antes de tropezar.
Contesté con un «jajaja te cuento mañana, ha sido épico» y dejé el móvil boca abajo.
Pero no le di importancia. Otra vez. Van dos.
Lo que sí hice, ya con la luz apagada, fue algo que no había hecho desde enero: reconstruir la noche de enero entera, minuto a minuto, como quien vuelve a mirar una película sabiendo el final, por si en el fondo había pistas.
Eva había llamado a mi puerta a las once y cuarto de la noche.
Eso lo tengo clavado, porque yo estaba viendo el telediario de la noche y me pilló en pijama.
Llegó descalza, con la maleta pequeña, llorando.
Me contó, entre hipidos, que había pillado a Hugo, que llevaba meses sospechando, que había una compañera de trabajo, que no sabía adónde ir.
La abracé. Le hice una tila. Le monté la cama de invitados.
Y a la mañana siguiente le hice esa foto en la que sale, ahora que lo pienso con los ojos cerrados, sospechosamente entera para venir de donde decía venir.
Pero es que el dolor no siempre se ve, me dije. Hay gente que se derrumba por dentro con la cara intacta. Yo misma firmé el divorcio con carmín puesto.
Me di la vuelta en la cama, molesta conmigo misma por estar haciendo de detective de madrugada con la única prueba de una raya de eyeliner. Menuda estupidez. Menuda deslealtad hacia una amiga que lo pasó fatal.
Y sin embargo.
Sin embargo, cuando por fin me estaba durmiendo, no fue la cara de Eva la que se me apareció.
Fue la frase de mi hijo, la de la galleta mojada en la leche: «Si Hugo fuera tan mala persona, Nora no correría hacia él así».
Y encima de esa, sin permiso, la imagen de esta misma tarde, la de él sujetando a la niña por los tobillos en el agua dorada.
Dos cosas que no encajaban con el monstruo que yo tenía fichado.
Dos piezas de otro puzzle distinto que alguien había mezclado en mi caja.
No pasa nada, pensé, ya medio dormida, agarrándome a lo único firme que me quedaba. Puedo echar de menos al vecino que era mi amigo y seguir odiando al hombre que engañó a Eva. Son dos personas distintas que por casualidad viven en el mismo cuerpo y tienen los mismos hombros.
Puedo con las dos.
A la mañana siguiente me desperté con la sensación resacosa de haber discutido con alguien en sueños. Mateo ya estaba en la cocina, subido a la banqueta, untando de Nutella una tostada con la aplicación de un artista restaurando un fresco.
—Buenos días —dije, y le di un beso en la coronilla, que todavía me deja, aunque intuyo que le quedan dos veranos de dejármelo.
—¿Nos vamos de verdad a la playa? —preguntó, sin levantar la vista de la tostada—. Porque anoche lo soñé y quiero saber si fue un sueño o es verdad.
—Es verdad. Casi. Falta que diga que sí del todo.
—Dilo del todo.
—Lo estoy pensando.
—Piénsalo rápido —dijo, y le pegó un mordisco a la tostada, y en ese gesto tan suyo, tan tranquilo, tan poco parecido al hombre nervioso que fue su padre, me acordé sin querer de otro niño mordiendo una galleta y lanzándome una granada dentro del café.
Aparté la idea. Me serví un café. Me senté enfrente de él.
—Oye, Mateo. Una cosa. —Intenté que sonara a nada—. El otro día, lo que dijiste de Hugo y de Nora. Lo de que si fuera malo, ella no correría hacia él.
—Ajá.
—¿Por qué lo dijiste?
Se lo pensó con la boca llena, que es como piensa las cosas importantes.
—Porque los perros lo saben —dijo al fin—.
En el cole nos lo explicó la seño. Que los animales notan quién es buena persona y quién no, por el olor o por algo.
Y los niños pequeños son un poco como los perros todavía.
Nora es más pequeña que yo. —Tragó—. Y corre hacia él.
No corres hacia una persona que te da miedo, mamá. Corres para el otro lado.
Lógica de ocho años. Es decir, lógica sin trampas, sin bandos, sin tilas de por medio, sin medio año de rencor acumulado enturbiándolo todo. La lógica limpia de quien todavía no ha aprendido a mentirse.
—Ya —dije—. Cómete la tostada.
Pero me quedé un rato mirando mi café, removiéndolo sin necesidad, porque no le había puesto azúcar.
Reconstruí una vez más la noche de enero, ahora a plena luz, con la cabeza más fría.
Y por primera vez desde enero no me pregunté por lo que Eva me había contado.
Me pregunté por lo que Eva no me había contado.
Por los huecos. Por lo que no cuadra cuando una mujer que ha llorado toda la noche en un arcén aparece a la mañana siguiente con el eyeliner intacto.
Por lo que significa que un hombre culpable lleve medio año sin dirigirte la palabra en lugar de correr a defenderse.
Y sin embargo.
Sin embargo, cuando terminé el café sin azúcar, hice lo de siempre: guardé todo aquello en el cajón donde guardo las cosas que no quiero mirar, le eché la llave y me fui a tender la ropa.
Así que, de momento, elegí no desconfiar de nadie y no creer del todo a nadie, que es la manera cobarde y comodísima de no tener que cambiar de opinión.