Capítulo 6
HUGO
La reunión de vecinos de finales de julio es, para mí, lo más parecido que existe al purgatorio con sillas de plástico.
Se convocó «con carácter urgente» para tratar tres puntos del orden del día, y yo fui por una única razón: porque en el punto dos se hablaba de la derrama de la piscina comunitaria y no me apetecía que decidieran por mí gastarse cuatro mil euros en un tobogán con forma de pulpo.
Aparqué a Nora en casa de Rober, cogí una cerveza para el trayecto de treinta metros hasta el local social y me senté en la última fila, que es la fila de los que hemos venido a defender la cartera y salir corriendo.
Ali llegó cinco minutos tarde, con esa entrada suya de mujer que no quería venir, pero tampoco se fiaba de no asistir.
Buscó sitio con la mirada, vio la sala casi llena y acabó sentándose dos sillas a mi derecha, con una silla vacía de tierra de nadie entre los dos, como una frontera desmilitarizada con reposabrazos.
—Vecino —dijo, mirando al frente.
—Vecina —dije yo, mirando al frente también.
Y ya. Ese era todo nuestro tratado de paz para la velada.
En el acta figuramos como «17B» y «17A». Somos eso para la comunidad: dos puertas con un seto en medio. Y aquella noche, por primera vez en medio año, los dos números estaban sentados a una silla de distancia.
El local social olía a lo que huelen los locales sociales en julio: a sillas de plástico calientes, a ambientador de pino y a cuarenta vecinos que han venido andando. El aire acondicionado llevaba roto desde la Semana Santa, cosa que Toni anunció con la solemnidad de un parte de guerra.
Y al sentarse, Ali dejó el bolso en la silla vacía de en medio y su brazo me rozó el mío un segundo.
Piel con piel, en un local a treinta grados.
Se apartó tan rápido que casi hace ruido, y yo me quedé mirando muy fijamente el orden del día, que era un folio con tres puntos y ninguna respuesta a nada de lo que me estaba pasando.
El presidente, Toni, arrancó con el punto uno, y ahí empezó el espectáculo.
Toni es un hombre que se toma la presidencia de la comunidad con la solemnidad de quien dirige la ONU.
Tiene un mazo. Un mazo de verdad, de madera, que se compró él por su cuenta y que golpea contra un platito de postre para pedir silencio, y cada vez que lo hace se le nota que es el momento más importante de su semana.
Dio dos mazazos, carraspeó, y cedió la palabra al «turno de propuestas vecinales», que es la parte de la reunión donde la urbanización demuestra de lo que es capaz.
Porque resulta que una señora del bloque de los adosados, una tal Charo que yo no ubicaba, pidió la palabra para proponer, muy seria, que se retiraran los columpios de plástico del parque infantil y se sustituyeran por columpios de madera.
Motivo: el plástico, dijo, «suelta disruptores endocrinos con el calor».
Lo dijo así, disruptores endocrinos, dos palabras que llevaba claramente ensayando delante del espejo, y se quedó mirando a la sala esperando el aplauso.
Noté, sin girar la cabeza, que a mi derecha Ali se ponía muy recta.
—Yo solo digo —insistió Charo— que no sabemos qué respiran nuestros hijos mientras se columpian.
Toni tomó nota con el ceño de un hombre de Estado.
Alguien preguntó cuánto costaba la madera.
Otro dijo que la madera se astilla y que entonces tendríamos un problema de astillas, que también son un peligro para los niños, no nos engañemos.
Charo replicó que las astillas son naturales y los disruptores no.
Y en ese punto del debate, cuando ya se hablaba de la naturaleza moral de la astilla, del otro lado de la sala se levantó otra vecina, que no quería ser menos, para añadir que ya que estábamos con la salud de los niños, habría que plantearse algo con la piscina, porque «el olor a cloro perjudica gravemente los pulmones» y lo suyo sería que toda la urbanización pasara a cloración salina, «que es como el mar, pero sin peces».
Como el mar pero sin peces.
Fue ahí. Fue exactamente ahí cuando cometí el error de girar un milímetro la cabeza.
Y me encontré con que Ali había cometido el mismo error en el mismo instante, y nos pillamos.
Los dos. A mitad de camino. Con la misma ceja levantada, la misma comisura tirante aguantando la risa, la misma cara de «¿estás oyendo esto o me lo estoy inventando yo? ».
Fue medio segundo. Menos. Pero fue un idioma entero.
Ali apartó la vista la primera, se mordió el labio y se puso a mirar fijamente el acta como si allí estuviera la solución a todo.
Yo bajé los ojos a mi cerveza. Pero el mal ya estaba hecho, porque en ese medio segundo me había acordado de golpe, con una nitidez que dolía, de todas las juntas anteriores. De cuando aún éramos los de antes.
Porque a estas reuniones, hace un año, yo venía encantado.
No por los columpios ni por las derramas: venía porque me sentaba al lado de Ali.
Éramos los dos gamberros del fondo. Ella traía caramelos de menta y me pasaba uno sin mirarme, y nos dedicábamos a apostar en voz bajísima cuánto tardaría alguien en sacar el tema del ruido de las motos, o en llamar «okupas» a los adolescentes que se sientan en el murete.
Ali tenía un comentario para cada intervención, mordaz, exacto, y me los soltaba al oído para que solo los oyera yo, y yo me pasaba media junta con la mano en la boca disimulando la risa mientras su marido y mi mujer, dos filas más allá, hablaban de sus cosas de adultos funcionales.
Éramos muy amigos. Eso es lo que se me había olvidado.
No vecinos correctos: amigos. De los de reírse de lo mismo, que es la única amistad que va en serio.
Me acordé de una junta, la del invierno pasado, en la que se debatió durante cuarenta minutos si el belén comunitario podía llevar Reyes Magos o si eso «excluía a otras confesiones», y de cómo Ali me escribió en una servilleta «propongo un Olentzero para no mojarnos» y me la pasó por debajo de la silla, y yo tuve que salir al baño a reírme para no montar un escándalo.
Aquella servilleta la guardé. No sé por qué la guardé.
La tiré en enero, junto con otras cosas que ya no significaban lo que significaban.
Y ahora había una silla vacía entre nosotros y un caramelo de menta que ya no me iba a pasar nadie.
El resto de la reunión lo pasé sin enterarme.
Votaron no sé qué de los columpios, aplazaron lo del cloro para un estudio técnico que no encargará nadie, y la derrama del pulpo salió adelante por mayoría, así que voy a pagar cuatro mil euros en un tobogán, pero ni siquiera eso conseguí que me indignara.
Toni dio el mazazo de clausura con una satisfacción que daba ternura.
Porque yo estaba ocupado en otra cosa mucho más idiota y mucho más peligrosa.
Estaba echándola de menos.
No a la mujer que me retiró el saludo. No a la que eligió el bando de Eva.
A esa la tengo bien clasificada, en su carpeta, con su etiqueta.
A la que echaba de menos era a la otra. A la de los caramelos de menta.
A la de la servilleta del Olentzero. A la que me hacía llorar de risa en un salón lleno de gente aburrida. A mi amiga.
Se levantó todo el mundo a la vez, con ese arrastrar de sillas de plástico que suena a fin de misa, y por un momento Ali y yo quedamos de pie, uno frente al otro, con la silla de tierra de nadie ya vacía entre los dos.
Hubo un segundo en que pareció que iba a decir algo.
Abrió un poco la boca. Y yo, idiota de mí, esperé.
Esperé como no me había permitido esperar nada en todo este tiempo.
—Que descanses, vecino —dijo al final.
—Igualmente.
Y no era eso lo que ninguno de los dos quería decir, pero era lo único que teníamos permiso para pronunciar.
Salí antes de los ruegos y preguntas, para no tener que cruzar la puerta a la vez que ella.
Me fui a por Nora dando un rodeo absurdo por la calle larga, con la cerveza ya caliente en la mano, y pensé, con un fastidio que me salía de muy adentro, que se puede odiar a una persona y echarla de menos al mismo tiempo.
Nadie te avisa de eso cuando te separas. Nadie te dice que a veces la ausencia que más pesa no es la de tu matrimonio, sino la de la persona con la que te reías de él.