No te enamores del vecino del 17B Capítulo 5
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Capítulo 5

ALI

Todo empezó por una tontería. Una foto.

Estaba en el sofá, martes por la noche, con Mateo ya dormido y una copa de vino que me estaba tomando muy despacio para que durara más que mi paciencia, cuando me dio por bajar por la galería de fotos buscando una del niño en la playa del año pasado.

Y me topé con las de enero. Las de aquellos días.

Ahí estaba Eva. En mi cocina, con mi taza de las margaritas entre las manos, envuelta en la manta buena, la de cuadros, con los ojos rojos y una sonrisa pequeña de agradecimiento que le hice yo con el móvil una mañana, no sé por qué, quizá para que ella se viera y viera que seguía siendo guapa incluso rota.

«Estás preciosa hasta llorando», le dije. Y ella se rio.

Miré la foto un rato. Y luego, sin buscarlo, miré la hora. Las fotos guardan la hora, esa es su manía. 9:14 de la mañana.

Y me acordé de una cosa que Eva me había contado esa misma semana: que aquella madrugada, la de la bomba, se había pasado la noche en el coche llorando en el arcén de la general antes de reunir el valor de venir a mi puerta. Toda la noche. Hasta el amanecer.

Pero en la foto de las 9:14 no había una mujer que hubiera dormido en un coche. Había una mujer con la piel descansada, las cejas hechas y una raya de eyeliner que aguanta muchas cosas menos ocho horas de llanto en un arcén.

Cerré la galería.

No es nada, me dije. La gente se retoca.

La gente se lava la cara. La gente exagera cuando cuenta las penas, porque las penas contadas necesitan un poco de banda sonora para que se entiendan.

Yo misma, cuando cuento lo de Allan, digo «media plantilla» y a lo mejor eran tres. Se redondea hacia arriba, es humano.

Me terminé el vino de un trago, que ya no me duraba nada, y me fui a la cama decidida a no darle importancia.

Y no se la di. Lo que pasa es que hay cosas a las que no les das importancia y aun así se quedan encendidas en un rincón, como el piloto del router, parpadeando en la oscuridad para recordarte que siguen ahí.

Al día siguiente sonó el timbre a media mañana.

Era Nacho, el del 22, el de la agencia. Buen tío, Nacho, de los pocos vecinos que saludan sin segundas. Venía con una carpeta y esa cara de quien trae un regalo y lo sabe.

—Ali, tengo que contarte una cosa y necesito que no digas que no antes de escucharme.

—Ese comienzo nunca ha traído nada barato, Nacho.

—Al revés. Se me ha caído una reserva. Una familia que lo ha cancelado todo a última hora, y el sitio no admite devolución, así que lo tengo que recolocar como sea.

Es un resort en Mallorca, de los buenos.

Bungalows sobre la arena, cala privada, piscina de agua salada, club infantil con monitores que parecen de anuncio.

—Abrió la carpeta y me plantó una foto delante—.

Y te lo puedo dejar a mitad de precio. Menos, si me apuras. Solo pago yo el no-quedarme-el-marrón.

Miré la foto. Miré el precio tachado y el precio nuevo, escrito a boli al lado. Y me dio un pellizco en el pecho, de esos que no sabes si son de ilusión o de vergüenza.

—Nacho, yo no...

—He pensado en ti por Mateo —me cortó, con suavidad—.

El crío se ha comido un año duro. Y estas cabañas tienen su punto: cada cala es solo para dos bungalows, así que no es el típico resort de mil familias haciendo cola para el bufé.

Es tranquilo. Es bonito. Es para respirar.

Piénsalo, pero piénsalo poco, que la fecha es en tres semanas.

Y ahí estaba yo, treinta y ocho años, divorciada, mirando una foto de una cala turquesa y calculando en la cabeza si me lo podía permitir, mientras una voz de mi madre me decía que las cosas buenas no son para las que están rehaciéndose la vida y otra voz, más nueva, más mía, me decía que precisamente por eso.

Porque Allan nunca nos llevó. Ocho años de matrimonio y el hombre siempre tenía un vuelo, una escala, un curso de reciclaje que casualmente caía en agosto.

Mateo conocía más aeropuertos por fuera que playas por dentro.

Y de repente un vecino con una carpeta me ponía delante la posibilidad de darle a mi hijo esas vacaciones tontas de folleto, las de cubo y pala y papá haciendo el muerto, solo que sin papá, que ya iría yo aprendiendo a hacer el muerto por los dos.

—Dime que sí —insistió Nacho, oliéndose la victoria.

—Dame hasta mañana.

—Eso es un sí con retraso.

—Eso es un «dame hasta mañana», Nacho, no te vengas arriba.

Se fue riéndose, dejándome la foto encima de la mesa del recibidor como quien deja una tentación a la vista a propósito.

Esa tarde, mientras hacía la cena, se lo solté a Mateo con toda la naturalidad que pude fingir:

—¿Qué te parecería si tú y yo nos fuéramos unos días a la playa? A una de verdad. Con arena blanca y todo.

Levantó la vista del cuaderno de vacaciones, receloso, porque mi hijo desconfía de la felicidad igual que desconfía de las verduras nuevas.

—¿Los dos solos?

—Los dos solos.

—¿Y hay piscina?

—Hay piscina y hay mar. Los dos.

Lo pensó con esa seriedad de contable que le pone a las cosas importantes, y al final asintió una vez, despacio, como quien firma un contrato.

—Vale. Pero yo elijo la música del coche.

—Ni de broma.

—Entonces me lo pienso.

Negociador, el niño. A quién habrá salido.

Estaba escurriendo la pasta cuando él, ya desde el salón, dijo con esa voz de no querer decir nada:

—Mamá, ven a ver. Nora está haciendo el pino en el agua.

Me asomé a la ventana de la cocina, la que da al seto, secándome las manos en el trapo.

Y ahí estaban los dos, al otro lado, en su piscina, en ese rato dorado en que la tarde de julio se pone perezosa.

Nora intentaba hacer el pino bajo el agua y Hugo la sujetaba por los tobillos, contándole hasta tres, soltándola, celebrando cada intento fallido como si fuera una final olímpica.

La niña salía escupiendo agua y muerta de risa, y él se reía con ella, con esa risa suya que yo no le había oído nunca de cerca porque a mí me reserva otra cosa, y la volvía a colocar, y vuelta a empezar.

Paciencia infinita. Cuerpo de anuncio recortado contra el agua encendida.

Un padre entero, presente, sin móvil, sin prisa, sin escapatoria a ningún cielo a diez mil metros.

Y a mí se me cayó la baba. Literal. Tuve que cerrar la boca a propósito, como una idiota, apoyada en el fregadero, con el trapo en las manos y una sensación calentita y traicionera subiéndome por el pecho.

Y me llegó, además, el olor. Porque el aire de julio a esa hora trae las cosas de un jardín al otro sin pedir permiso: cloro caliente, césped recién regado, carbón de alguna barbacoa dos casas más allá.

El verano entero metido por la ventana de mi cocina, y en medio de todo eso un hombre riéndose con su hija.

Mierda, pensé.

Mierda, mierda, mierda.

Porque una cosa es que un hombre esté bueno, que eso lo asumo, lo gestiono, lo tengo fichado y controlado. Y otra muy distinta es que se te ablande todo por dentro viéndolo sujetar a su hija por los tobillos.

Lo primero es física. Lo segundo ya es otra cosa. Y esa otra cosa no me la puedo permitir con el hombre que le destrozó la vida a la mujer que dormía en mi sofá.

Cerré la persiana en seco, más fuerte de lo necesario.

—¿Por qué cierras? —protestó Mateo—. Se veía bien.

—Entran moscas —mentí.

Y me quedé en la cocina, con la pasta escurriéndose y el piloto del router parpadeándome en algún rincón de la cabeza, pensando que a lo mejor lo del viaje me venía de perlas. Poner mar de por medio. Aunque fueran solo unos días. Aunque el mar no arregle nada.