No te enamores del vecino del 17B Capítulo 4
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Capítulo 4

HUGO

El domingo por la noche me di cuenta de que tenía resaca. No de alcohol, que de la fiesta apenas quedaban dos cervezas y un cubo de hielo derretido. De palabras.

Seis meses llevaba callado. Seis meses de silencio impecable, hermético, profesional.

Ni una explicación, ni una queja, ni una grieta.

Y en una sola mañana de domingo, por culpa de una podadora y un pijama de cerezas, había abierto la boca más que en todo el semestre.

«Los culpables corren a defenderse. Saca tú las cuentas.

» ¿A quién se le ocurre? A un idiota con déficit de sueño, se le ocurre.

El silencio es como una dieta: no vale de nada si te la saltas un domingo.

Y lo peor no era haber hablado. Lo peor era la cara que se le quedó a ella.

Esa media confusión, ese parpadeo de recálculo, como un navegador buscando ruta alternativa.

Llevaba medio año convencido de que Ali tenía toda la información y había elegido bando con ella delante, y de repente aquella cara no me cuadraba con nada.

La aparté de la cabeza como se apartan los mosquitos: con manotazos y sin ningún éxito.

A las siete y media sonó el timbre. Eva.

Venía a devolverme a Nora después del fin de semana, y venía como viene siempre: impecable. Vestido de lino sin una arruga, la melena de anuncio, ese perfume que ya no reconozco y que huele a una vida en la que no estoy.

—Está agotada —dijo, mientras Nora pasaba por debajo de su brazo y me abrazaba la cintura—. Hemos tenido un finde intenso. Piscina en casa de Sonia, cumpleaños de no sé quién del cole... Ah, y no ha cenado. No le apetecía nada de lo que había.

Traducción simultánea del idioma Eva: la niña llega reventada, sin cenar y con los deberes sin abrir, pero enunciado de manera que parezca una agenda social envidiable.

Mi ex no miente justo. Redecora. Coge la realidad, le cambia la luz, le pone dos cojines y te la vende como si el desorden fuera parte del encanto.

—Ya le preparo yo algo —dije.

—Eres un cielo. —Sonrió, y por un segundo fue la sonrisa de hace diez años, y por eso mismo la aparté rápido—. Oye, me ha contado Maruja que el sábado hubo fiesta en casa.

Ahí estaba. Maruja. Mi exmujer se fue de esta calle en enero, pero mantiene corresponsales.

—Vinieron Rober y los de siempre.

—Me alegro. En serio, me alegro de que hagas vida. —Pausa pequeña, medida, de las suyas—. Aunque, no sé, con los vecinos tan cerca... Nora me cuenta que la de al lado os mira raro. No quiero que la niña respire tensiones, Hugo. Bastante ha pasado ya.

Tuve que admirarlo, en el fondo. En tres frases había conseguido preocuparse por su hija, apuntarse el tanto de madre atenta y dejar caer que la tensión con Ali era cosa mía. Un triple. Desde media pista y sin despeinarse.

—Ali y yo nos llevamos como siempre —dije.

—Ali es un encanto —contestó, ya girándose hacia el coche—. Conmigo fue un cielo cuando lo nuestro. Un cielo, de verdad. Cuídamela.

Y se fue, dejándome esa frase en el felpudo como quien deja un paquete que no has pedido.

«Conmigo fue un cielo cuando lo nuestro.

» Ya lo sabía. Vaya si lo sabía. Le abrió su casa, le calentó las tilas, le sostuvo la mano mientras Eva le contaba su versión del incendio, y a mí me retiró el saludo.

La confirmación no me hizo falta, pero Eva es así: te clava el alfiler que ya tenías puesto, por si acaso se estaba saliendo.

Nora cenó tortilla francesa viendo dibujos, con el pelo oliendo a cloro ajeno, y a la segunda cucharada de yogur soltó la primera carga de profundidad de la semana:

—Mamá dice que la madre de Mateo va de buena y no lo es.

Mastiqué despacio. Contar hasta tres. Es la regla número uno del manual que me he escrito solo: no muerdas los anzuelos que vienen en boca de tu hija.

—¿Y tú qué piensas?

—Que no sé. —Se encogió de hombros—. A mí me dio un abrazo el otro día y olía bien. Pero a lo mejor es mentira.

—¿El abrazo o el olor?

—Papá.

—Los abrazos no suelen ser mentira, Nora. Es de las pocas cosas que no se pueden falsificar del todo.

Me miró con esa suspicacia nueva que le ha salido este año, esa que no tenía a los siete y que no le corresponde a los nueve, y siguió con el yogur. La acosté a las nueve y media, le leí un capítulo del libro de la academia de dragones, y cuando ya apagaba la luz me agarró la manga:

—¿Tú y mamá os vais a volver a querer?

Hay preguntas que son como pisar un lego descalzo y a oscuras.

—No, cariño. Pero los dos te queremos a ti, y eso no se toca.

—Eso lo dicen todos los padres separados. Viene hasta en los cuentos.

—Será porque es verdad.

—O porque os pasan los mismos guiones —murmuró, y se dio la vuelta hacia la pared, y yo me quedé un rato en el pasillo, a oscuras, pensando que mi hija está creciendo en un idioma que yo no le enseñé.

El lunes por la tarde, después del trabajo, hice lo que hago todos los lunes, y los martes, y casi todos los días desde enero: largos.

Cincuenta, sin música, hasta que el agua me deja la cabeza en blanco.

La piscina es lo más parecido que tengo a un psicólogo, y encima no me pregunta cómo me siento.

Iba por el largo treinta y dos cuando algo cayó al agua a medio metro de mi cara.

Un balón de fútbol. Con las barras del Barça despintadas de tanto patio.

Me quedé de pie en la parte que no cubre y miré hacia el seto. Silencio. Un silencio culpable, de esos con respiración dentro. Y luego, por encima de las ramas que su madre había ejecutado el domingo, apareció media cabeza despeinada.

—Perdón —dijo Mateo—. Se me ha ido el efecto.

—¿El efecto?

—Estaba tirando faltas. Como Lamine.

—Lamine no manda el balón a la parcela de al lado.

—Porque tiene estadio —contestó, con una lógica tan redonda que no supe rebatirla.

Salí de la piscina, cogí el balón y me acerqué al seto. El crío esperaba con las manos en la valla baja, educado, un poco en guardia, como quien no sabe si el perro muerde. Le pasé el balón por encima de las ramas.

—Gracias. —Lo abrazó contra el pecho y no se fue. Se quedó ahí, mirándome con los ojos de su madre, que es una faena que hace la genética sin preguntar—. Hugo, ¿puedo decirte una cosa?

—Tú dirás.

—El sábado yo no oí tu música. Mi cuarto da al otro lado. —Bajó un poco la voz—. Pero mi madre la oyó. Y cuando mi madre no duerme, al día siguiente poda cosas.

—Lo he notado.

—No está enfadada contigo por la música —dijo entonces, muy serio, con esa manera suya de hablar despacio, como si las palabras las sacara de una caja frágil—.

Está enfadada contigo por otra cosa. Pero yo creo que ya no se acuerda bien de por qué, porque cuando le pregunto no me lo explica.

Solo me dice que soy muy pequeño. Y yo pienso que cuando los mayores dicen «eres muy pequeño» es que la explicación es muy pequeña.

Ocho años. El niño tiene ocho años.

Antes de que me diera tiempo a componer una respuesta de adulto solvente, se oyó la puerta de su casa y la voz de Ali llamándolo para la ducha.

Mateo se despidió con la mano y echó a correr, y ella se quedó un segundo en el umbral, a contraluz, mirando hacia el seto.

Nos separaban quince metros, una valla baja y una historia mal contada.

Ninguno dijo nada. Yo levanté un poco la barbilla, ella cerró la puerta, y ese fue todo el parte de guerra del lunes.

Volví al agua y me hice dieciocho largos más de lo previsto.

Porque la frase del crío se me había quedado enganchada en algún sitio entre la nuca y el orgullo.

«Yo creo que ya no se acuerda bien de por qué.

» Y yo, que llevo desde enero sabiendo precisamente por qué, que me lo sé de memoria, con fechas y con maleta de cabina incluida, descubrí que había empezado a hacer una cosa rarísima, una cosa que no me podía permitir de ninguna manera.

Había empezado a repasar las cuentas.