No te enamores del vecino del 17B Capítulo 3
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Capítulo 3

ALI

Yo llevaba en la cama desde las once, como una señora responsable, porque el domingo a las nueve Mateo tenía torneo de fútbol en un pueblo a cuarenta minutos y me tocaba madrugar, hacer bocadillos y gritar desde la banda con las otras madres.

Y justo cuando estaba en ese duermevela delicioso, empezó: chunda, chunda, chunda.

Risas. Chapuzones. Un corcho de algo. Más risas.

No tiene respeto, menos mal que la habitación de mi hijo queda en la otra parte y no se oye nada.

Doble check. Doble check azul. Escribiendo...

Será. Cretino.

Debajo, la señora Maruja mandó un emoji de carcajada, la muy traidora, y el del 14 preguntó si quedaba hielo. Esta urbanización es Sodoma con setos.

Salí de la cama, me puse las chanclas, cogí la primera rebeca que pillé y crucé mis treinta y dos pasos con la determinación de una mujer dispuesta a llamar a la policía local, al Defensor del Pueblo y a Eurovisión si hacía falta.

Llegué a su cancela con el dedo ya apuntando al timbre y, en ese preciso instante, la música bajó.

De golpe. A volumen de anuncio de colonia.

Y por la puerta del jardín apareció él.

Recién salido de la piscina. Chorreando. Con el bañador azul pegado a sitios donde yo no estaba mirando porque yo no miro. Se apartó el pelo mojado de la cara con una mano y me dedicó la sonrisa de lado, la ilegal, la que debería llevar pegatina de advertencia.

Y el olor. Eso es lo que no te cuentan de las peleas de vecinos a medianoche: que llegan con olor.

Cloro, cerveza fría, carbón apagado de la barbacoa, y por debajo de todo eso el calor de un día de julio saliendo del hormigón, que a las doce y media todavía te sube por las piernas cuando estás en chanclas.

Yo iba a discutir de horarios de descanso y el aire olía a fiesta ajena.

—Vecina. ¿Vienes a la fiesta? Quedaba hielo, aunque el del 14 está haciendo estragos.

—Vengo a decirte que hay gente que madruga.

—Y yo te digo que son las doce y media de un sábado de julio.

—Mi hijo tiene un torneo a las nueve.

—Sabes que en la habitación de tu hijo no se oye nada de esto. Mi casa tiene una fiesta a las doce. Fíjate, los dos con planes.

Detrás de él se oían risas contenidas, de esas de amigos que están escuchando todo y disfrutándolo muchísimo. Me crucé de brazos por encima de la rebeca, consciente de pronto de que iba en pijama de cerezas, y busqué mi tono más glacial:

—Antes eras considerado con los vecinos.

Se le borró la sonrisa. Un segundo nada más, pero se le borró.

—Antes pasaban muchas cosas —dijo—. Buenas noches, Ali. Dormid bien.

Y me cerró la cancela en las narices con una suavidad exquisita, que es la manera más ofensiva que existe de cerrarle a alguien una cancela.

La música ya no volvió a subir, lo cual me dejó sin victoria: no puedes ganar una guerra si el enemigo se rinde antes de que dispares.

Volví a mi cama rabiosa, con el corazón a mil por el enfado.

Por el enfado. Que quede claro y por escrito.

A la mañana siguiente, domingo, el torneo de Mateo se suspendió por un problema con el campo. Me enteré a las 7:40 por el grupo del equipo. Cualquier persona normal habría vuelto a dormirse.

Yo no soy cualquier persona normal.

A las 8:01, hora exacta en que la normativa de la comunidad permite el uso de maquinaria de jardín, saqué la podadora eléctrica.

Mi seto estaba perfecto. Lo había repasado el martes. Pero hay podas que no son de jardinería, sino de justicia, y esa mañana yo impartí justicia rama a rama, con precisión de cirujana psicópata, empezando estratégicamente por el tramo de seto que linda con el dormitorio del 17B.

A las 8:14 se abrió su puerta y salió al porche con una taza de café, unas ojeras de festival y cara de estar eligiendo entre varias formas de asesinato.

—¿De verdad? —dijo.

—¿Perdona? No te oigo —grité por encima del motor—. Estoy ocupada respetando los horarios de la comunidad.

—El seto está perfecto.

—Nunca se está perfecto del todo. Es una filosofía de vida.

—Son las ocho de la mañana de un domingo, Ali.

—Anda, ¿ahora nos importan los domingos? Qué descubrimiento tan bonito para hacerlo justo hoy.

Me miró largo. Le dio un trago al café. Y entonces, en lugar de gritarme, que era lo que yo esperaba y para lo que tenía preparadas al menos cuatro réplicas magníficas, hizo algo mucho peor: se sentó en el escalón del porche, en plan espectador, como el que se acomoda a ver un monólogo.

—No, no, sigue —dijo—. Me relaja. Es como esos vídeos de gente cortando jabón.

Y ahí me quedé, con la podadora en ristre, un seto impecable y toda mi ofensiva desactivada por un hombre en pantalón de pijama que me observaba mientras se bebía su café. Apagué la máquina con la máxima dignidad disponible, que a esas alturas era poca.

—Esto no ha acabado —le informé.

—Lo sé —dijo—. Contigo nunca acaba nada.

—¿Y eso qué quiere decir?

Se levantó del escalón despacio. Se acercó hasta el seto, hasta quedar a un metro de mí, con la valla baja y las ramas recién ejecutadas de por medio. De cerca olía a café y a cloro y tenía los ojos más cansados de lo que parecían de lejos.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? —dijo, en voz baja, sin rastro de la sorna de antes—. Que estás segurísima. Se te nota en la cara desde enero. Me juzgaste y me condenaste en una sola noche, con una tila de por medio.

—Sé lo que sé —contesté, con menos firmeza de la que me habría gustado.

—Sí. Sabes. Ese es justo el problema. —Dio un paso atrás y recogió la taza del escalón—. Elegiste tu bando con toda la información encima de la mesa y aun así elegiste el que te venía bien. La vecina buena, la que acoge, la que consuela. Un papelón, Ali. De Goya.

—¿Y el tuyo cuál es? ¿El de mártir incomprendido?

Me sostuvo la mirada un segundo largo. Cansado. Muy cansado.

—El mío es el del que se calla —dijo—. Pero piensa una cosa, ya que eres tan lista para todo lo demás: los culpables corren a defenderse. Yo llevo seis meses sin dirigirte la palabra. Saca tú las cuentas.

Se metió en su casa sin darme tiempo a réplica, que es su especialidad olímpica, y yo me quedé plantada junto a mi seto perfecto, en pijama de cerezas, con la podadora colgando de la mano y una sensación desconocida y muy incómoda instalándose en algún punto entre el esternón y el orgullo.

Porque yo sé leer a la gente. Es mi único superpoder confirmado. Y aquel hombre, aquel cretino insufrible de la parcela de al lado, no me había hablado como habla un culpable.

Me había hablado como habla alguien que está muy, muy cansado.

Volví a casa, guardé la podadora y puse la cafetera. Mateo bajó en pijama, despeinado, y se sentó en la banqueta de la cocina.

—¿Estabas discutiendo con Hugo?

—Estaba podando el seto.

Mi hijo me miró con esos ojos suyos de viejo de ochenta años atrapado en un cuerpo de ocho.

—Mamá —dijo, mojando una galleta en la leche—, si Hugo fuera tan mala persona, Nora no correría hacia él de esa manera cuando llega del trabajo.

Y se comió la galleta tan tranquilo, ajeno al hecho de que acababa de tirarme una granada dentro de la taza de café.

Los niños no deberían tener permitido ser tan listos antes de las nueve de la mañana.