Capítulo 2
HUGO
Otra vez no. Otra tarde soportando a la metomentodo de mi vecina.
Si no fuera por lo que quiero a mi hija, a Ali no le dirigiría la palabra ni para avisarle de un incendio. Bueno, sí. Le tiraría un cubo de agua, por humanidad. Pero sin hablarle.
No la aguanto. No aguanto su falsedad de vecina cordial, su «Hugo» seco en la puerta como quien saluda a un funcionario, esa forma que tiene de mirarme como al enemigo de su amiga.
No aguanto que, cuando me separé en enero, acogiera a Eva en su casa y se pusiera de su parte sin pestañear.
Que sí, que dar techo a alguien que llora es un buen gesto, no se lo discuto.
Lo que ya no me cuadra es que después de seis años de vecindad, de barbacoas compartidas, de ayudarle yo a montar el somier cuando se mudó y de sujetarle la escalera cada Navidad para colgar las luces, decidiera de un día para otro que el bando de Eva era el suyo y que yo pasaba a ser el enemigo. Sin más. Sin un porqué que se sostenga.
Y ahora la tenía en mi jardín. Porque su hijo no podía venir solo a la piscina, claro, y porque Nora llevaba una semana preguntando por Mateo. Maldita sea mi vida y mi bomba de depuración, que es la mejor de la calle y todo el mundo lo sabe.
Y claro, ha venido con el bikini verde. Ese que le hace juego con los ojos.
Un bikini que, siendo objetivos, no tiene nada de especial.
Es más: es un bikini anodino. Discreto. Casi aburrido.
Pero ella tiene la insoportable habilidad de convertir lo anodino en un problema para mi concentración.
Hay algo en Ali que, desde que ya no hay parejas de por medio, me magnetiza.
Y me revienta. Me revienta porque la odio.
La odio por ponerse del lado de Eva. Por elegirla a ella. Porque la que se fue metiendo en otras camas fue Eva, y no con uno: con varios, a lo largo de catorce meses. Ali lo sabe de sobra. Y, sabiéndolo, se quedó con ella.
Me enteré como se entera un imbécil: de golpe y por casualidad.
Una tablet sincronizada, una notificación que saltó mientras Nora veía dibujos, una foto que me atravesó y un mensaje que no dejaba lugar a dudas, y yo ahí de pie, en mi propio salón, leyendo por encima del hombro de mi hija una conversación que no era para mis ojos.
Recuerdo que le quité la tablet con una sonrisa, le puse los dibujos en la tele y me fui a vomitar al baño de cortesía.
Con la cisterna tirada para que no se oyera.
Ese fue mi gran momento de furia: una arcada en silencio para no asustar a una niña de nueve años.
Nunca supe con quiénes. Nombres a medias, un contacto sin foto, iniciales que no me decían nada. No los busqué. Bastante tenía con saber que existían como para ponerme además a coleccionar caras.
Podría haberlo gritado. Tenía pantallazos para dar y regalar, material de sobra para una novela por entregas.
Pero resulta que Eva, con todos sus defectos, es la madre de mi hija, y resulta que yo prefiero que Nora crezca pensando que sus padres «dejaron de quererse» a que crezca oyendo en el patio del colegio lo que hacía su madre los martes por la tarde.
Así que me callé. Firmé, repartí, me tragué el sapo entero y me quedé la casa.
La misma noche que se fue, Eva cruzó la calle y llamó a la puerta de Ali. Descalza, con la maletita de cabina y llorando a moco tendido. Ese cuadro me lo imagino sin esfuerzo, porque Eva llora como actúa: en el momento justo y con el foco bien puesto. Se quedó allí unos días.
Sabiendo lo que hizo Eva, Ali se puso de su lado.
Ahí es donde se me atraganta todo. No que consolara a una mujer rota, que eso hasta lo respeto.
Es que, sabiendo lo que sabía, decidiera que el enemigo era yo.
La que había roto la casa, dormía en su cama de invitados, calentita, y al que se lo había comido en silencio le retiró el saludo de un día para otro, como quien cambia de acera para no cruzarse con un charco.
Y que nadie me diga que me lo estoy inventando, porque esto no es una deducción mía: es literal.
El último día, mientras metía la última caja en el maletero, se lo pregunté de mala manera, porque a esas alturas ya no me quedaban modales.
Le pregunté si la vecina sabía lo que había hecho.
Y Eva me contestó con una tranquilidad que todavía me quema:
—Ali lo sabe todo. Se lo he contado yo. Y, a diferencia de ti, ella entiende perfectamente por qué hice lo que hice.
Eso fue lo último que me dijo mi mujer antes de irse de esta casa. Ni «lo siento», ni «cuida de la niña». Eso.
—¡Papá, mira lo que hago! —Nora salió disparada del bordillo, encogió las piernas y cayó en plancha, levantando medio metro cúbico de agua.
—¡Diez! —le grité—. ¡La jueza rusa te ha dado un diez!
Se rio con esa risa suya de piñón suelto y volvió a subirse al bordillo.
Mateo aplaudía. Ese crío me cae bien. Es tranquilo, educado, de los que dicen «gracias» sin que se lo recuerden.
No sé a quién habrá salido, porque desde luego a su padre no.
A Allan lo tuve de amigo un tiempo, de esos de barbacoa y cerveza los sábados: piloto de low cost, simpático mientras la conversación girara a su alrededor, con una idea de la fidelidad tan flexible como el cuadrante de vuelos.
Le puso los cuernos a Ali con unas cuantas.
Y por encima de todo hay una cosa que no consigo tragar: que fuera precisamente ella.
Porque a Ali le hicieron lo mismo que a mí.
Allan la engañó sin despeinarse, y ella sabe en el cuerpo cómo se te queda el pecho cuando descubres que tu vida entera era un decorado con muy buena luz.
De toda la gente de esta calle, era la única que había pasado por lo mío.
La única que tenía que haberlo entendido a la primera, sin que yo abriera la boca.
Y fue justo ella la que se puso del otro lado.
Ahí es donde me pierdo. Seis meses llevo, y todavía me pierdo.
Saqué zumo para los niños. Le recoloqué la sombrilla a Mateo, que se estaba poniendo del color de una gamba, y noté los ojos de Ali clavados en mi nuca.
Llevaba toda la tarde así: fingiendo leer un libro que no avanza y vigilándome como si en cualquier momento fuera a robarle el bolso.
Me giré y le sostuve la mirada. Un segundo y medio, cronometrado.
Siempre aguanta un segundo y medio y vuelve a su página.
Es de una previsibilidad que casi enternece.
Le ofrecí agua por educación, me contestó que había traído su botella, con ese retintín de mujer que antes muerta que deberme un vaso de agua, y no pude evitarlo:
—Claro que sí. Autosuficiente hasta para hidratarse.
—¿Perdona?
—Nada. Que hace calor.
Y me tiré a la piscina antes de decir algo peor, porque últimamente me pasa: tengo frases guardadas para Ali como quien tiene cajas sin abrir de una mudanza. Un día se me va a caer una encima y va a ser un espectáculo.
Bajo el agua todo es más fácil. Los niños se me colgaron del cuello, jugamos a que yo era un tiburón con lumbalgia, y durante veinte minutos se me olvidó que en mi propia tumbona había una mujer que, sabiendo perfectamente cómo había ido todo, había decidido que el villano de la película era yo.
Cuando saqué la cabeza, la vi riéndose de algo que había dicho Mateo. La risa de verdad, no la de compromiso: la que le arruga la nariz. Y pensé, con un fastidio infinito, que Eva nunca se rio así en esta piscina. Y acto seguido pensé que a mí qué me importa cómo se ríe la vecina.
A las ocho recogieron. Toallas, crema, el libro con el marcapáginas exactamente donde estaba a las cinco.
En la cancela, Mateo se despidió chocándome la mano y Nora le dio a Ali un abrazo por sorpresa que la pilló con la guardia baja.
Vi cómo se le ablandaba la cara un segundo, cómo le colocaba a mi hija un mechón detrás de la oreja con una ternura automática, de madre en funciones.
Y luego me miró a mí y se le volvió a poner el gesto de acta notarial.
—Gracias por la piscina —dijo.
—De nada. Para eso están los vecinos —contesté.
Y lo dije con toda la mala leche del mundo, y ella lo pilló, porque es de lo poco bueno que tiene: lo pilla todo.
Treinta y dos pasos hasta su puerta. Los conté una vez, un día tonto. Cerré la cancela, recogí los vasos de zumo y pensé que este verano iba a ser muy largo.
No sabía yo cuánto.