No te enamores del vecino del 17B Capítulo 1
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No te enamores del vecino del 17B

No te enamores del vecino del 17B

Por Olivia Kiss

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Capítulo 1

ALI

Mierda. Tenía que ir a casa del vecino y deleitarme con sus abdominales, sus hombros marcados y su maldita sonrisa de lado. Joder.

—Pero es que si no vas tú no quiero ir, y tengo muchas ganas de ver a Nora y jugar con ella —dijo Mateo, mi hijo, con esa carita de pena que ensaya delante del espejo, estaba segurísima.

Lo que hay que hacer por ellos. Sacrificio, se llama. Maternidad, capítulo cuarenta mil.

A ver, que quede claro: no es que me den asco los torsos de tíos esculpidos en el gimnasio ni las mandíbulas perfiladas.

El problema es que mi cuerpo va por un lado y mi razón por otro, como dos vecinas que no se saludan.

Porque a Hugo, mi vecino, lo odio. Y, por ende, me odio a mí misma por tener que aguantar la vista fija en el toldo, en la valla, en el cielo, en cualquier sitio que no sea él, cada vez que se le ocurre existir sin camiseta.

Desde su separación, hacía ya seis meses, el señor del 17B se había convertido en mi archienemigo oficial. Así lo llamo yo cuando hablo de él con mi hermana: el 17B. Nunca Hugo. Ponerle número en vez de nombre es una manera muy cómoda de no tener que pensar que es una persona.

—Mamá, ¿te falta mucho?

—Nada, cariño. Estoy eligiendo bañador.

Mentira. Estaba delante del armario decidiendo entre el bikini verde y el bañador negro de señora que va a nadar en serio.

El negro decía «vengo obligada y me iré pronto».

El verde decía otras cosas que no me apetecía analizar.

Me puse el verde. Por comodidad, obviamente.

Porque el negro me apretaba en la espalda. Por eso.

Cogí la bolsa con las toallas, la crema del cincuenta, los manguitos que Mateo ya no usaba pero que llevaba por superstición, y salimos.

De mi puerta a la de Hugo hay precisamente treinta y dos pasos.

Los he contado. Treinta y dos pasos que separan mi vida ordenada de la parcela del enemigo.

La urbanización estaba en modo julio: aspersores a deshora, olor a cloro y a protector solar, la señora Maruja regando los geranios con una mano y recopilando información con la otra.

Nos vio pasar y sonrió como sonríen las que luego lo cuentan todo en el grupo de WhatsApp.

—¡Al agua, familia! —canturreó.

—Vamos un rato, sí —dije yo, con mi mejor voz de mujer que no está en tensión.

Mateo llamó al timbre dando saltitos. Yo respiré hondo.

Una vez. Dos. La cancela se abrió y ahí estaba: metro ochenta y muchos de mala idea, bañador azul marino, torso al aire porque claro, para qué se iba a vestir el hombre en su propia casa, y esa media sonrisa de lado que debería estar regulada por la Unión Europea.

—Mateo, campeón —dijo, chocándole la mano a mi hijo con una calidez que me descolocó, como me descoloca siempre—. Nora está en la piscina. Ve, anda.

Mi hijo salió disparado. Y nos quedamos los dos, frente a frente, en ese medio metro de umbral donde cabían perfectamente seis años de vecindad, dos divorcios y un rencor de los buenos.

—Ali.

—Hugo.

Dos sílabas cada uno. Nuestro récord de conversación del último trimestre.

Me señaló el jardín con un gesto que era mitad invitación, mitad «pasa de una vez, que no muerdo». Yo entré con la barbilla alta y la dignidad por delante, que es como entro yo a los sitios hostiles: a las reuniones de padres, al taller del coche y a la parcela de Hugo.

Me instalé en la tumbona más alejada, saqué mi libro y fingí leer. Llevaba medio año fingiendo leer el mismo libro. La protagonista debe de estar todavía esperándome en la página cuarenta y siete.

Desde allí lo veía moverse. Sacó zumo para los niños, comprobó que Nora llevaba bien puestas las gafas de bucear, le recolocó a Mateo la sombrilla para que no le diera el sol en la nuca.

Todo sin aspavientos, sin mirar el móvil, sin ese aire de padre que hace de padre para la galería.

Y eso era lo peor. Eso era lo que más rabia me daba.

Porque yo a Hugo lo admiré. Dios, cómo lo admiré.

Cuando todavía estaba casada con Allan, lo veía desde la ventana de mi cocina jugando con Nora en el jardín, enseñándole a montar en bici, aguantando estoicamente meriendas de muñecas con una tacita de plástico rosa en su manaza, y pensaba: ojalá.

Ojalá Allan fuera la mitad de presente. Ojalá me hubiera tocado un hombre así y no un piloto de low cost con más escalas emocionales que su aerolínea.

Y entonces, una noche de enero, se me cayó el mito.

Sonó el timbre pasadas las once. Abrí y me encontré a Eva, su mujer, descalza sobre mi felpudo, con el rímel hecho un cuadro y una maleta pequeña, de esas de cabina.

—No sabía adónde ir —me dijo.

La senté en mi sofá, le puse una tila, luego un vino, y me lo contó todo: que Hugo llevaba meses raro, que había encontrado mensajes, que era una compañera de trabajo, que él ni siquiera lo había negado del todo, que se iba de casa con lo puesto porque no soportaba dormir una noche más bajo el mismo techo.

Lloraba de una manera que partía el alma.

Contenida, elegante, como pidiendo perdón por llorar.

Se quedó cuatro días en mi habitación de invitados.

Cuatro días de tés, de silencios y de frases sueltas que fueron componiendo el retrato de un hombre que no era el que yo había admirado desde mi cocina, sino uno de tantos.

Y a mí, que tres meses antes me había explotado en la cara mi propio matrimonio por el mismo motivo exacto, se me juntó todo. El dolor de Eva y el mío. Su infiel y el mío. Así que hice lo que haría cualquier mujer decente: elegí bando. El de ella. El de nosotras.

Desde entonces, a Hugo, ni agua.

—¡Mamá, mira! —gritó Mateo desde la piscina, haciendo el pino debajo del agua con más entusiasmo que técnica.

Levanté el pulgar y aplaudí flojito. Cuando bajé las manos, me di cuenta de que Hugo me estaba mirando desde el otro lado del césped.

No con deseo, tampoco con simpatía. Me miraba como se mira un problema de matemáticas que no sale.

Le sostuve la mirada exactamente un segundo y medio, que es lo máximo que permite mi orgullo, y volví a mi página cuarenta y siete.

—¿Quieres agua? ¿Una cerveza? —preguntó de pronto, a media distancia, con un tono neutro de azafato de tierra.

—No, gracias. He traído mi botella.

—Claro que sí —murmuró—. Autosuficiente hasta para hidratarse.

—¿Perdona?

—Nada. Que hace calor.

Se dio la vuelta y se tiró a la piscina de cabeza, limpio, sin salpicar apenas, porque hasta para eso resultaba insoportable.

Nora y Mateo lo recibieron entre gritos de guerra y se le colgaron del cuello como dos monitos.

Y yo me quedé allí, con el libro bocabajo en el regazo, odiándolo con todas mis fuerzas.

Odiándolo por infiel. Por mentiroso. Por destrozar a una mujer que llegó descalza a mi puerta.

Y odiándolo también, todo hay que decirlo, por ese asqueroso talento suyo para tirarse al agua sin salpicar.