No te enamores del vecino del 17B Capítulo 29
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Capítulo 29

ALI

La barbacoa fue el último sábado de septiembre, con esa luz de las siete de la tarde que hace que todo parezca mejor de lo que es.

Vinieron Rober y su mujer. Vinieron Sofía y Carla, que llegaron con dos botellas y una energía que se comió la fiesta entera en veinte minutos, y que a los cinco de estar allí ya me estaban llamando «la del súper», apodo que sospecho que me va a durar toda la vida.

—¿Esta es la que te acusó de rompematrimonios en la sección de fruta? —preguntó Carla, encantada.

—Esta es —dijo Sofía.

—Fue en la de fruta, sí —admití—. Junto a los aguacates.

—Los aguacates lo vieron todo —dijo Carla, y brindamos por los aguacates.

Los niños se pasaron la tarde en el agua.

Mateo ya se tira de cabeza, cosa que en junio no hacía, y Nora ha decidido que le enseña ella, aunque técnicamente no sabe.

Se pelearon dos veces. Se reconciliaron dos veces.

En un momento dado oí a mi hijo decirle a Nora, con toda naturalidad, «se lo digo a Hugo», y a mí se me quedó una cosa rara y buena en el pecho que no supe nombrar en ese momento y que ahora sé que se llama familia, aunque sea una familia de las raras, hecha de piezas de dos cajas distintas.

Maruja se asomó por encima del seto sobre las ocho, con la excusa de devolver una fuente que nadie le había prestado, y estuvo cuatro minutos escaneando el jardín con la eficacia de un satélite espía.

Al día siguiente, la urbanización entera sabía.

Toni escribió en el grupo un mensaje absurdo felicitando genéricamente «a las nuevas convivencias del residencial», que es la manera más Toni posible de decir las cosas.

Charo aprovechó el hilo para recordar que seguía pendiente el estudio técnico sobre la cloración salina.

Alguien preguntó si el pulpo estaba homologado.

Y así, la vida en Las Adelfas siguió justo igual que siempre, que es lo más reconfortante que tienen las urbanizaciones: pase lo que pase en las casas, en el grupo de WhatsApp siempre hay alguien preocupado por el cloro.

Sobre las ocho y media, mientras recogíamos los platos, Sofía me arrinconó junto a la nevera con una copa en la mano.

—Oye. La del súper. —Me señaló con el dedo, muy seria—. Una cosa te voy a decir.

—Ay, madre.

—Que si vuelves a pensar cualquier cosa rara de mí, me llamas. —Sacó el móvil, me lo puso delante y esperó a que le diera mi número, ahí mismo, sin moverse—. Directamente a mí. A cualquier hora. Le montas el pollo a la interesada y nos ahorramos todos una semana de drama.

—Vale.

—Dilo bien.

—Que sí, pesada.

—Es que os conozco a los dos. —Se guardó el móvil—. Él no cuenta nada y tú no preguntas nada. Sois una bomba de relojería con muy buen gusto para las vacaciones.

Y a las nueve, cuando ya se había ido casi todo el mundo y los niños veían una película dentro con el pelo mojado, Hugo salió de la casa con algo en la mano y una cara sospechosa.

Era una podadora.

Mi podadora. La eléctrica. La que saqué aquel sábado a las 8:01 de la mañana con premeditación y alevosía.

—¿De dónde has sacado eso?

—Me la dejó Mateo. —La levantó como quien levanta un trofeo—. Le dije que era para una sorpresa.

—Mi hijo es un traidor.

—Tu hijo es un negociador. Me ha costado dos euros y una promesa de bombas en la piscina.

Y entonces se acercó al seto. A nuestro seto. Ese seto ridículo, de metro y medio, que llevaba medio año siendo la frontera más vigilada de Europa, con sus treinta y dos pasos a un lado y a otro.

—Hugo, no.

—Un trozo. —Sonrió de lado, esa sonrisa suya que sigue teniendo el mismo efecto criminal—. Un metro. Justo por el medio. Para pasar sin dar la vuelta por la calle.

—Los vecinos van a hablar.

—Ali, los vecinos llevan hablando desde julio.

Y cortó. Con esa precisión de hombre metódico, un pasillo de un metro exacto, justo en el punto donde nos habíamos gritado aquella mañana de la podadora, donde él me soltó aquello de que no pensaba estropearme la historia, donde nos evitamos y nos miramos mal durante medio año.

Cuando terminó, apagó la podadora y se quedó ahí, en mitad del hueco, con las ramas cortadas a los pies y la cara de un niño que acaba de hacer algo que no debía.

—Ya está —dijo—. Veintiocho pasos.

—¿Los has contado?

—Claro que los he contado.

Y crucé el hueco. Y allí, en mitad del seto, con olor a hierba cortada y la música de una película de dibujos saliendo por la ventana del salón y la piscina reflejando el último azul de la tarde, me besó.

No fue un beso de película. Fue un beso de dos personas cansadas, de casi cuarenta años, con dos hijos dentro de casa y dos divorcios a la espalda, que han hecho el ridículo, se han equivocado en todo lo que se podía equivocar, se han odiado con muchísimo talento y han acabado aquí de todas formas.

Es decir, el mejor beso de mi vida.

—Oye —dije, con la frente pegada a la suya—. Yo tengo una pregunta.

Se rio.

—Dispara.

—¿De verdad hacías largos por la tarde para picarme?

—Todos los días. Desde mayo. —Me apretó la cintura—. ¿Y tú de verdad no necesitabas podar aquel día?

—El seto estaba perfecto, Hugo. Perfecto.

—Lo sabía. Lo sabía.

Y nos quedamos ahí un rato, riéndonos como dos idiotas en un boquete de un seto, en una urbanización de clase media, en el último sábado de septiembre.

Porque resulta que lo difícil no era volver a enamorarse después de un divorcio. Eso, al final, pasa solo: llega un verano, se va la luz una noche, alguien tiene una batería y unas cervezas de nueve grados, y ya está.

Lo difícil era dejar de mirar a todo el mundo con las heridas abiertas. Dejar de buscarle a cada persona el momento exacto en que te va a fallar. Dejar de necesitar tener razón para sentirte a salvo.

Yo tuve que aprender a preguntar. Él tuvo que aprender a explicarse. Los dos tuvimos que aprender que se puede querer a alguien sin exigirle que sea perfecto, y sobre todo sin exigírselo a una misma.

Seguimos siendo un desastre, ojo. Todavía hay días en que yo me callo cosas y él se encierra en su cueva de hombre serio y nos tiramos una tarde entera midiéndonos. La diferencia es que ahora, tarde o temprano, uno de los dos cruza el hueco del seto y dice: oye, tenemos que hablar.

Veintiocho pasos.

Se hacen enseguida.