Capítulo 15
De vuelta a casa
Cuando las dos camionetas cruzaron la entrada del rancho Vaughan, el sol llevaba ya varias horas alto sobre las montañas.
La actividad habitual de la finca se había detenido casi por completo desde la noche anterior.
Nadie había sido capaz de continuar con su trabajo mientras Theo, Raimon y los demás permanecían fuera.
El único sonido que rompía el silencio era el de los motores acercándose lentamente a la casa grande.
Apenas tuvieron tiempo de detener los motores.
La puerta de la casa grande se abrió de golpe y Amaya salió corriendo hacia ellos. June permanecía bajo el porche, apoyada en los reposabrazos de su silla de ruedas, mientras Mery esperaba unos pasos más atrás, secándose las manos en el delantal.
Lindsey apenas había puesto un pie en el suelo cuando Amaya la envolvió entre sus brazos.
La abrazó con tanta fuerza que durante unos segundos fue incapaz de pronunciar una sola palabra.
―¿Estás bien? ―preguntó finalmente, separándose lo justo para mirarla a los ojos.
Lindsey asintió despacio.
Tenía el rostro agotado, los ojos hinchados por el llanto y el cuerpo completamente vencido por el cansancio, pero consiguió esbozar una pequeña sonrisa.
―Ahora sí.
Amaya volvió a abrazarla sin decir nada más.
June observaba la escena desde el porche con los ojos visiblemente emocionados. Cuando Lindsey se acercó hasta ella, la mujer tomó una de sus manos entre las suyas.
―Bienvenida a casa, hija.
Aquellas palabras terminaron de romper las pocas defensas que aún le quedaban.
Lindsey se inclinó para abrazarla con cuidado.
―Gracias...
Su voz apenas era un susurro.
June le acarició la mejilla con una ternura que Lindsey no recordaba haber sentido nunca.
―Ya ha pasado.
Mery sonrió desde la puerta.
―Debéis estar hambrientos. ¿Por qué no pasáis y dejáis que os cuide?
―Eso os incluye a vosotros.
June miró a los vaqueros que habían acompañado a sus hijos con agradecimiento.
Mike hizo un gesto con la mano.
―No hace falta, señora June.
―No era una invitación.
El hombre sonrió resignado.
―Pues entonces habrá que obedecer.
Uno tras otro fueron ocupando sus sitios alrededor de la gran mesa del comedor. Mery no tardó en llenarla de platos humeantes: huevos revueltos, beicon, salchichas, pan recién hecho, tortitas, fruta y una enorme cafetera cuyo aroma inundaba toda la estancia.
Durante los primeros minutos apenas se escuchó otra cosa que el tintinear de los cubiertos. El hambre y el cansancio eran demasiado grandes para cualquier conversación.
Fue cuando las tazas de café comenzaron a vaciarse cuando June dirigió una mirada tranquila hacia Lindsey.
―Cuéntanos qué ocurrió.
Toda la mesa quedó en silencio.
Lindsey respiró profundamente antes de comenzar.
Les habló del encuentro con sus padres en la feria, del secuestro, de las horas encerrada en el viejo box y de las amenazas de Richard. Les contó cómo había descubierto el testamento oculto por su abuelo, la confesión de su padre y la llegada del sheriff .
Nadie la interrumpió.
Mike había dejado de comer hacía rato.
Robert permanecía con los codos apoyados sobre la mesa, incapaz de apartar la vista de ella.
Incluso Hank, hombre de pocas palabras y pocas emociones aparentes, apretaba la mandíbula mientras escuchaba el relato.
Cuando terminó, el silencio volvió a apoderarse del comedor.
Amaya fue la primera en reaccionar. Negó lentamente con la cabeza.
―No puedo creer que hayas tenido que pasar por algo así.
Se levantó de la silla y rodeó la mesa para volver a abrazarla.
―Lo siento muchísimo, Lindsey.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
―Yo también.
June esperó unos segundos antes de hablar. Su voz sonó serena, firme, exactamente como siempre.
―Todo eso ya ha terminado.
Lindsey levantó la vista hacia ella.
―A partir de ahora estás donde debes estar, cariño.
Lindsey sintió un nudo en la garganta. No fue capaz de responder. Simplemente asintió mientras una lágrima resbalaba silenciosamente por su mejilla.
La conversación fue apagándose poco a poco. El agotamiento comenzaba a pesar sobre todos y la tensión acumulada durante la noche terminaba por pasar factura.
Cuando la mesa empezó a quedar vacía, Theo se levantó y rodeó la silla de Lindsey.
Le tendió la mano con naturalidad.
―Vamos.
Ella entrelazó sus dedos con los de él sin decir una palabra, y salieron juntos de la casa grande mientras el resto permanecía en silencio, dejándoles aquel pequeño momento para ellos.
El aire fresco de la mañana los recibió en el porche.
Theo caminó despacio a su lado por el sendero que conducía hasta la cabaña, procurando acompasar el paso al de Lindsey. Ninguno de los dos tenía ya fuerzas para hablar.
Llegaron a la cabaña sin apenas cruzar palabra. Los dos caminaban despacio, vencidos por el cansancio y por todo lo que habían vivido durante las últimas horas. Aquel pequeño refugio de madera se había convertido de repente en el único sitio del mundo donde Lindsey realmente deseaba estar.
Nada más entrar, Turquesa apareció maullando desde el salón y corrió hasta frotarse contra las piernas de Lindsey con evidente alivio.
―Hola, pequeña... ―susurró ella, agachándose para acariciarla―. Yo también te he echado de menos.
La gata respondió con un largo ronroneo antes de dirigirse directamente hacia el dormitorio, como si supiera que sus humanos necesitaban descansar.
Theo sonrió.
―Creo que nos está dando órdenes.
―Y me temo que tendremos que obedecerla ―contestó Lindsey.
Entraron en el cuarto de baño y dejaron que el agua caliente arrastrara el polvo, el sudor y el miedo acumulados durante aquella interminable noche.
Permanecieron mucho tiempo bajo la ducha, abrazados, sin necesidad de hablar.
Bastaba con sentir al otro cerca para comprender que todo había terminado.
Cuando salieron, se pusieron ropa cómoda y regresaron al dormitorio.
Turquesa ya ocupaba su lugar habitual sobre la cama. Los observó con expresión solemne, como si esperara alguna protesta.
Lindsey sonrió.
―Por esta vez puedes quedarte.
La gata respondió acomodándose plácidamente a los pies de la cama.
Theo soltó una pequeña risa.
―Creo que acaba de interpretar eso como un permiso permanente.
―Ya discutiremos las condiciones del contrato mañana.
Los dos se deslizaron bajo las sábanas. El colchón nunca les había parecido tan confortable.
Theo se tumbó detrás de Lindsey y la rodeó lentamente con los brazos, acercándola hasta apoyar la espalda contra su pecho.
Ella cerró los ojos en cuanto sintió aquel abrazo.
Theo hacía que se sintiese completamente a salvo.
Theo acercó los labios a su oído.
―Lindsey...
―¿Sí?
Su voz sonó apenas como un susurro.
―Quiero que sepas una cosa.
Ella entrelazó los dedos con los de él antes de responder.
―Dime.
Theo permaneció unos segundos en silencio, como si necesitara encontrar las palabras adecuadas.
―No estoy dispuesto a pasar un solo día más lejos de ti.
Lindsey sintió que el corazón le daba un vuelco.
―Esta noche he comprendido algo que llevaba tiempo negándome a mí mismo. Pensar que podía perderte... creer que quizá no volvería a verte... me rompió por dentro. Nunca había sentido un miedo así.
Respiró profundamente.
―Y entonces he entendido algo.
Apoyó la frente sobre su cabello.
―Te amo, Lindsey.
Ella cerró los ojos con fuerza.
Una lágrima escapó lentamente y recorrió su sien hasta perderse entre la almohada. Se volvió despacio entre sus brazos hasta quedar frente a él.
La persiana permanecía bajada para proteger la habitación de la luz de la mañana, pero entre las lamas se colaban finos haces dorados que iluminaban suavemente sus rostros.
Lindsey llevó una mano hasta la mejilla de Theo y la acarició con una ternura infinita.
―Yo también te amo. ―Su voz tembló ligeramente―. Y tampoco quiero volver a estar lejos de ti.
Sonrió entre lágrimas.
―Gracias por venir a buscarme.
Theo negó despacio.
―Hubiese ido hasta el fin del mundo si fuese necesario.
―Lo sé.
Ella apoyó la frente contra la suya.
―Pero necesitaba decírtelo.
Sus dedos descendieron hasta entrelazarse con los de él.
―Gracias por no rendirte.
Theo sonrió con los ojos humedecidos.
―Nunca voy a rendirme contigo, cielo.
Lindsey dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.
La distancia que los separaba era ya inexistente.
Sus labios se encontraron despacio. Fue un beso largo. Lleno de todo aquello que las palabras ya no eran capaces de expresar.
Cuando terminó, ninguno sintió la necesidad de añadir nada más. Theo volvió a rodearla con los brazos. Lindsey apoyó la cabeza sobre su pecho mientras escuchaba los latidos de su corazón.
Turquesa, satisfecha de que por fin hubiera regresado la tranquilidad, se hizo un ovillo a los pies de la cama y cerró los ojos.
Poco a poco, el cansancio terminó por vencerlos. Y, abrazados el uno al otro, encontraron el descanso que llevaban demasiado tiempo buscando.