No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

La verdad siempre sale a la luz

Lindsey permanecía abrazada a Theo mientras dos agentes colocaban las esposas a Richard Clarke.

Él no opuso resistencia.

Caminó hacia el vehículo del sheriff con la misma arrogancia con la que había gobernado el rancho durante tantos años, aunque ni siquiera las esposas parecían restarle autoridad. Antes de subir al coche patrulla volvió la cabeza hacia Lindsey.

―Esto no ha terminado.

El sheriff lo empujó suavemente hacia el asiento trasero.

―Ya tendrás tiempo de seguir hablando delante del juez.

Richard soltó una risa cargada de desprecio.

―Todo esto ha sido culpa de ellas. Las mujeres siempre acaban destruyendo lo que los hombres construimos.

Nadie respondió.

El sheriff cerró la puerta de un golpe y el vehículo arrancó lentamente mientras otro agente permanecía custodiando la entrada del despacho.

Durante casi una hora, los agentes inspeccionaron la vivienda, fotografiaron el despacho, recogieron la escopeta, la carpeta roja y el testamento como pruebas y tomaron una primera declaración a Lindsey, Theo y Eleanor.

El sheriff apenas les hizo unas cuantas preguntas para reconstruir lo sucedido y, antes de marcharse, les explicó que durante los próximos días tendrían que comparecer formalmente para ampliar sus declaraciones ante los investigadores y el fiscal del condado.

―Por hoy es suficiente ―dijo mientras guardaba la libreta en el bolsillo de la chaqueta―. Han pasado una noche demasiado larga. Descansen todo lo que puedan. Ya habrá tiempo de continuar con esto.

Lindsey asintió en silencio.

Cuando el último coche patrulla abandonó el patio principal del Clarke Mountain Horse, el amanecer comenzaba a teñir el horizonte de un tenue color anaranjado.

El rancho permanecía extrañamente silencioso.

Los trabajadores seguían reunidos frente a la casa principal, observando a Lindsey sin saber muy bien qué decir. Al otro lado del patio esperaban también los Vaughan. Theo no se había separado de ella ni un solo instante.

Fue Eleanor quien terminó acercándose.

Se detuvo frente a su hija con los ojos todavía hinchados por el llanto.

―Lindsey...

Ella levantó la vista.

Su madre respiró hondo antes de continuar.

―No voy a pedirte que vuelvas a vivir aquí si no quieres.

Después de todo lo que ha pasado, no tendría derecho a hacerlo.

―Hizo una breve pausa―. Pero este rancho es tuyo.

Tu abuelo quiso que fuera así y, ahora que la verdad ha salido a la luz, necesitaremos administrarlo. Yo sola no sabría hacerlo.

Lindsey contempló durante unos segundos la casa en la que había crecido. Hacía apenas unas horas deseaba no volver a poner un pie allí jamás. Ahora, de repente, todo le pertenecía.

Suspiró lentamente.

―Hablaremos de eso mañana. ―Su voz sonó cansada―. Ahora solo quiero descansar.

Eleanor asintió.

―Claro.

No insistió. Comprendía perfectamente que aquella noche había cambiado la vida de ambas para siempre.

Lindsey se volvió entonces hacia los trabajadores del rancho. Buscó a Bill entre todos ellos y caminó hasta quedar frente al viejo vaquero.

El hombre mantenía la cabeza baja.

―Bill.

Él levantó la vista con timidez.

―Señorita, Lindsey.

―Theo me ha contado lo que has hecho esta noche.

Bill negó despacio.

―Solo intenté hacer lo correcto. Su padre…

Lindsey esbozó una pequeña sonrisa.

―Mi abuelo confiaba en ti. Y, después de lo que has hecho por mí, yo también.

El viejo vaquero sintió que se le humedecían los ojos.

―Quiero que te quedes al frente del rancho hasta que todo vuelva a la normalidad.

Bill abrió mucho los ojos.

―¿Yo?

―Sí. Quiero que vuelvas a dirigirlo como se hacía cuando mi abuelo estaba vivo. Con honestidad y respeto por la gente que trabaja aquí.

Miró después al resto de los empleados.

―Despide a cualquiera que no sea de tu confianza. Si alguien estaba dispuesto a seguir las órdenes de mi padre para hacer daño a otras personas, no tiene sitio en este rancho. Después contrata a los hombres y mujeres que consideres necesarios para empezar de nuevo.

Bill se quitó lentamente el sombrero.

―No le fallaré, señorita.

―Lo sé.

Lindsey le estrechó la mano y, en ese mismo instante, sintió que el legado de su abuelo volvía a quedar en las manos adecuadas.

Cuando se dio la vuelta, Theo seguía esperándola a pocos metros. No necesitó preguntarle cómo estaba. Bastó con mirarla para comprender que había llegado al límite de sus fuerzas.

Ella caminó hasta él despacio, y le tomó la mano.

―Quiero irme de aquí.

Theo entrelazó sus dedos con los de ella.

―Entonces vámonos a casa.

Y, por primera vez desde que todo había comenzado, Lindsey sintió que aquella palabra dejaba de referirse al rancho donde había nacido.

Su hogar la esperaba junto a los Vaughan.