Epílogo
Un mes después…
La casa grande de los Vaughan olía a canela, pino y galletas recién horneadas.
Desde primera hora de la mañana, la actividad había sido un auténtico caos.
Cajas llenas de adornos navideños permanecían abiertas por todo el salón mientras varias guirnaldas de luces recorrían las vigas de madera del techo.
Un enorme abeto presidía la estancia, cargado de bolas rojas, cintas doradas y pequeños adornos que June había ido coleccionando durante toda una vida.
Mery llevaba horas encerrada en la cocina. El horno no había dejado de funcionar ni un solo minuto. Sobre la encimera se acumulaban fuentes de carne asada, tartas, galletas, pan recién hecho y varias cazuelas que desprendían un aroma capaz de abrir el apetito a cualquiera.
―¡Como alguien vuelva a entrar a picar antes de tiempo, juro que la cena se convierte en sopa! ―gritó desde la cocina.
Jesse, que acababa de aparecer con la clara intención de «probar» un trozo de pavo, levantó inmediatamente las manos.
―Yo solo venía a saludar.
―Pues ya puedes ir despidiéndote.
Las carcajadas resonaron por toda la casa.
Lindsey sonrió mientras colocaba las últimas velas sobre la mesa del comedor. A su lado, Theo desenredaba una larga guirnalda de luces con bastante menos éxito del que le habría gustado.
―Creo que esto tiene vida propia.
Ella soltó una pequeña risa.
―Déjame.
Le quitó la guirnalda de las manos y, en apenas unos segundos, consiguió dejarla completamente estirada.
Theo la observó divertido.
―Cada día me impresionas un poco más.
―Es un talento que solo aparece en Navidad.
Cogió uno de los pequeños canapés que Mery acababa de sacar de la cocina y lo acercó hasta los labios de Theo.
―Prueba.
Él obedeció sin rechistar.
Masticó despacio.
Después levantó el pulgar.
―Si esto sabe así ahora, no quiero imaginar la cena.
―No pienso darte ninguno más, o Mery me matará.
―Entonces tendré que robarlos a escondidas.
Ella negó divertida mientras le daba un pequeño golpe en el brazo.
Al otro lado del salón, Raimon colocaba la estrella sobre el árbol subido a una escalera mientras Amaya sostenía la base para evitar que perdiera el equilibrio.
―Como me caiga, será culpa tuya.
―No, será porque eres muy cabezota.
―También puede ser.
Cuando terminó de colocar la estrella, Raimon bajó el último peldaño y aprovechó que nadie parecía mirarlos para dejar un rápido beso sobre los labios de Amaya.
―Te he visto.
La voz de Mery llegó inmediatamente desde la cocina.
Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Mery sonreía desde la puerta con los brazos cruzados.
―Y me parece muy bien, pero dejaos de besitos y venid a poner la mesa.
Las risas volvieron a llenar la estancia.
June contemplaba la escena desde su sillón favorito, junto a la chimenea. No decía nada. Simplemente observaba.
A Theo y Lindsey riéndose mientras discutían por unas luces. A Raimon y Amaya incapaces de ocultar lo enamorados que estaban. Y a Jesse ayudando a Mery mientras fingía que cocinar era un castigo insoportable.
Aquella casa volvía a estar llena de vida.
Sin darse cuenta, levantó la vista hacia una vieja fotografía colocada sobre la repisa de la chimenea. En ella aparecía su marido sonriendo, muchos años atrás, con los tres niños todavía pequeños.
June sintió que los ojos comenzaban a humedecérsele.
―Estarías tan orgulloso de ellos...
Susurró aquellas palabras únicamente para ella. Y sonrió.
Lindsey se había instalado definitivamente en el rancho Vaughan.
Aunque varios días a la semana cruzaba hasta el Clarke Mountain Horse, donde dedicaba el día entero a reorganizar el trabajo que su padre había dejado destrozado.
Bill dirigía las operaciones sobre el terreno con la misma honestidad con la que había trabajado junto a su abuelo durante tantos años, mientras Eleanor comenzaba, poco a poco, a implicarse en la administración del rancho.
La relación entre madre e hija había comenzado a reconstruirse.
Aún quedaban muchas heridas por cerrar. Pero, por primera vez en mucho tiempo, ambas caminaban en la misma dirección.
Theo, por supuesto, no la dejaba sola ni un solo día. Entre los dos habían conseguido poner en marcha un nuevo sistema veterinario para ambos ranchos y, aunque el trabajo parecía no terminar nunca, ninguno habría querido estar en otro lugar.
Fue entonces cuando sonó el timbre.
Jesse dejó el paño de cocina sobre la encimera.
―Ya voy yo.
Abrió la puerta. Y una enorme sonrisa apareció en su rostro.
―¡Noah!
El más pequeño de los Vaughan apenas tuvo tiempo de dejar la mochila en el suelo cuando toda la familia salió a recibirlo.
Noah acababa de cumplir veintiún años y conservaba esa mezcla de juventud y seguridad propia de quien aún vive con un pie en la universidad y el otro en el rancho.
Era alto, de hombros anchos y complexión atlética, moldeada por años jugando al fútbol americano con el equipo de la universidad.
El cabello, de un rubio oscuro ligeramente despeinado, caía sobre una frente que enmarcaba unos ojos azules tan intensos que resultaba difícil apartar la vista de ellos.
Cuando sonreía, unos marcados hoyuelos aparecían en sus mejillas, dándole un aire cercano que contrastaba con el físico imponente que había heredado de los Vaughan.
Se parecía a sus hermanos, aunque todavía conservaba algo más juvenil en el rostro. Aún no tenía la serenidad de Raimon, ni la presencia silenciosa de Theo, ni el descaro de Jesse. Noah irradiaba una energía distinta, contagiosa, la de quien todavía cree que cualquier cosa es posible.
June fue la primera en abrazarlo.
―Mi niño...
Después llegaron Raimon, Theo y Jesse, que lo recibió revolviéndole el pelo como hacía desde que era un crío.
―Sigues siendo igual de pesado ―protestó Noah entre risas.
―¿Pero a qué me has echado de menos? ―Jesse volvió a revolverle el pelo.
Amaya fue la siguiente en abrazarlo, feliz de volver a verlo después de las dos visitas que ella y Raimon le habían hecho a la universidad durante el semestre.
Las risas y las preguntas comenzaron a cruzarse unas con otras mientras Noah saludaba a todos después de varios meses en la universidad.
Amaya terminó llevándolo hasta Lindsey.
―Noah, por fin vas a conocer a Lindsey.
Él sonrió nada más verla.
―¿Así que tú eres la mujer que ha conseguido domar a mi hermano?
Theo soltó una risa por lo bajo.
―Noah, no seas impertinente.
―Es broma. Raimon y Amaya llevan semanas hablándome de ti. Entre ellos dos y las llamadas de Theo, siento que ya te conocía antes de llegar.
Lindsey no pudo evitar sonrojarse.
―Espero que no hayan contado demasiadas cosas.
Noah miró a sus hermanos con fingida seriedad.
―Solo las buenas. Las comprometedoras me las guardaré para cuando tengamos más confianza.
Theo le dio un suave golpe en el hombro.
Las risas volvieron a llenar la casa.
Entonces volvieron a llamar a la puerta.
Las conversaciones se detuvieron apenas un instante.
Todos se miraron con cierta extrañeza.
―¿Esperamos a alguien más? ―preguntó Mery.
Nadie respondió.
Amaya fue quien terminó acercándose. Abrió la puerta. Y se quedó completamente inmóvil.
Frente a ella había una mujer de unos veinticinco años. Era alta, de cabello negro, largo y brillante, y unos intensos ojos verdes que transmitían una mezcla de belleza y agotamiento. Vestía un abrigo oscuro y llevaba una pequeña bolsa de viaje colgada del hombro.
Sonrió con timidez.
Amaya la reconoció al instante.
Había visto aquel rostro demasiadas veces.
En los cuadros que Jesse guardaba en su estudio. En los bocetos escondidos entre sus cuadernos. En los retratos que nunca quiso enseñar a nadie.
Era ella.
La mujer que le había roto el corazón.
―Hola... ―dijo con voz cansada―. ¿Está Jesse?
Amaya dio un paso hacia un lado sin apartar la mirada de ella.
―Jesse...
Él apareció desde el pasillo limpiándose las manos con un trapo.
Al verla, se quedó completamente inmóvil. Toda la sangre desapareció de su rostro. Durante unos segundos ninguno de los dos fue capaz de pronunciar una sola palabra.
Fue ella quien rompió el silencio.
―Hola, Jesse.
Él tragó saliva.
―¿Qué... qué haces aquí?
La mujer bajó la vista un instante.
Cuando volvió a levantarla, el miedo había sustituido a la tímida sonrisa con la que había llegado.
―Necesito tu ayuda.
Amaya comprendió inmediatamente que aquella conversación no le pertenecía. Sin decir una palabra, regresó junto al resto de la familia y cerró suavemente la puerta, dejándolos solos en el porche.
Jesse continuaba sin moverse.
―¿Mi ayuda?
Ella asintió muy despacio.
―No te he vuelto a ver desde el entierro de mi padre.
Él dejó escapar una risa amarga.
―Lo recuerdo perfectamente. ―Ella bajó la cabeza―. Lo siento.
Jesse la observó durante unos largos segundos.
―¿Lo sientes?
Su voz sonó serena.
Demasiado serena.
―Después de todos estos años... ¿eso es todo lo que tienes que decirme?
La mujer respiró hondo.
Miró nerviosa hacia el camino que conducía al rancho, como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento. Cuando volvió a hablar, su voz apenas era un susurro.
―¿Vas a ayudarme o no?
Jesse permaneció inmóvil.
―¿Qué necesitas?
Ella apretó con fuerza la correa de la bolsa que llevaba al hombro.
―Un sitio donde pasar la noche.
Volvió a mirar hacia la oscuridad que rodeaba la casa. Esta vez el miedo en sus ojos era imposible de ocultar.
―Te lo pido por favor, no tengo a nadie más a quien acudir.
Jesse suspiró antes de contestar y comprendió que los problemas acababan de llamar a la puerta del rancho Vaughan una vez más.
―Anda, pasa.
Continuará……