No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

La noche oscura

Las dos camionetas abandonaron la carretera principal y continuaron varios cientos de metros por un viejo camino de tierra hasta quedar ocultas entre una arboleda que bordeaba la inmensa finca de los Clarke.

Los motores se apagaron al mismo tiempo.

Theo descendió del vehículo, observó la oscuridad que se extendía frente a ellos y emprendió la marcha. Los demás lo siguieron en silencio.

Avanzaron entre los árboles procurando no hacer el menor ruido hasta alcanzar el cercado que delimitaba la parte trasera del rancho. Al otro lado, cientos de reses descansaban repartidas por un enorme pastizal apenas iluminado por la luna.

Mike y Robert comenzaron a trabajar sobre la alambrada con unos alicates de corte que llevaban en la mochila.

El acero cedió poco a poco hasta abrir un hueco lo bastante amplio para que los primeros animales cruzaran al otro lado.

Hank fue el encargado de espantarlos con un par de silbidos y el movimiento de la linterna.

Las vacas comenzaron a caminar con desgana al principio, pero en cuestión de segundos, decenas de reses siguieron el mismo camino, empujándose unas a otras mientras atravesaban la abertura y se dispersaban hacia los terrenos vecinos.

No tardaron en escucharse los primeros mugidos. Después los ladridos de varios perros. Y finalmente las luces.

Faros de camionetas comenzaron a encenderse en distintos puntos del rancho mientras varias voces rompían el silencio de la noche.

―¡El ganado!

―¡Se está saliendo por el cercado del este!

Los motores rugieron casi al mismo tiempo. Varias camionetas atravesaron el camino principal levantando una nube de polvo mientras los vaqueros corrían hacia los pastos para evitar que las reses siguieran escapando.

Theo esperó unos segundos más.

Cuando comprobó que la mayor parte del movimiento se concentraba al otro lado de la finca, levantó ligeramente la mano.

Los seis echaron a andar.

Aprovecharon la oscuridad para cruzar el patio trasero de las instalaciones sin ser vistos. Pasaron junto a varios almacenes, rodearon los establos principales y registraron las primeras construcciones una tras otra.

Nada. Lindsey no estaba.

Theo comenzaba a perder la esperanza cuando una figura surgió de entre las sombras.

Bill.

El viejo vaquero permanecía inmóvil junto a una nave de aperos, con el sombrero entre las manos y la expresión más cansada que Theo le había visto nunca.

Nadie hizo un solo movimiento.

Bill los observó uno por uno antes de señalar con la cabeza hacia un grupo de construcciones apartadas del resto del rancho.

―Las antiguas cuadras.

Su voz apenas fue un susurro.

―Último box del fondo.

Theo sostuvo su mirada durante unos segundos.

Bill bajó la vista.

―Yo me llevaré a los hombres que quedan hacia el ganado. Nadie os molestará durante un rato.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia las luces que seguían moviéndose en los pastos.

Theo no perdió un segundo. Echó a correr. Los demás fueron tras él.

Las antiguas cuadras aparecieron poco después. Eran unas instalaciones viejas, olvidadas por el tiempo, que apenas conservaban un par de bombillas encendidas sobre el pasillo central.

Theo recorrió aquel corredor de madera casi sin respirar. Al llegar al último box se detuvo.

Lindsey levantó lentamente la cabeza al escuchar los pasos. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil. No podía creer lo que estaba viendo.

Theo abrió el cerrojo de un tirón y empujó la puerta.

Ella ni siquiera esperó a que terminara de abrirse.

Corrió hacia él y se lanzó a sus brazos con tanta fuerza que casi lo hizo perder el equilibrio.

Permaneció abrazada a su pecho mientras las lágrimas, contenidas durante horas, terminaban por abrirse paso sin remedio.

Theo cerró los ojos y la estrechó todavía más contra sí. Solo cuando sintió que su respiración comenzaba a calmarse, apoyó una mano sobre su mejilla y la obligó a mirarlo.

―Vámonos.

Lindsey asintió por inercia, pero apenas dio dos pasos se detuvo. Permaneció unos segundos mirando hacia la casa principal.

―No.

Theo frunció el ceño.

―¿Qué ocurre?

Ella respiró hondo.

―No puedo marcharme todavía. Mi padre dijo algo… Tengo que comprobar una cosa, Theo. Es importante que entre en el antiguo despacho de mi abuelo.

Todos la observaron en silencio.

Theo no dudó. Asintió inmediatamente.

Raimon dio un paso al frente.

―Nosotros volveremos a las camionetas y os esperaremos en la parte trasera de la finca.

Miró primero a Theo y después a Lindsey.

―Tenéis media hora. Si no habéis salido para entonces, llamaré al sheriff y entraré a buscaros.

Theo apretó la mano de Lindsey.

―Volveremos antes.

Lindsey avanzó por el interior de la casa con una seguridad que solo podía tener quien había crecido entre aquellas paredes.

A pesar del tiempo transcurrido, cada pasillo, cada escalón y cada puerta seguían grabados en su memoria.

Caminaba deprisa, pero sin dudar un solo instante del camino.

Theo la seguía muy de cerca, pendiente de cualquier ruido que pudiera delatar su presencia.

La planta baja permanecía en silencio.

Las luces estaban apagadas y solo la claridad que entraba por los ventanales permitía distinguir los muebles y los retratos familiares que decoraban el amplio recibidor. Lindsey pasó frente a ellos sin detenerse. No quería mirar aquellos rostros. No aquella noche.

Subió la escalera de madera con el corazón desbocado. Al llegar al rellano giró a la derecha y recorrió un largo pasillo hasta detenerse frente a una puerta de roble.

Permaneció unos segundos inmóvil.

Su mano acarició el viejo pomo de latón.

―Aquí es.

Empujó la puerta con cuidado.

El despacho permanecía exactamente igual que lo recordaba.

Las estanterías seguían cubiertas de libros de ganadería, veterinaria y administración.

Sobre una de las paredes colgaban varias fotografías antiguas de su abuelo posando junto a sementales premiados y toros campeones.

El enorme escritorio de nogal continuaba ocupando el centro de la estancia, como si el tiempo se hubiera detenido el día en que él dejó de entrar allí por última vez.

Lindsey cerró la puerta tras ellos y recorrió la habitación con la mirada. Una mezcla de nostalgia y dolor le oprimió el pecho.

―¿Qué estamos buscando? ―preguntó Theo en voz baja.

Ella respiró profundamente antes de responder.

―El testamento de mi abuelo.

Theo no hizo más preguntas.

Comenzó a revisar las estanterías, apartando carpetas, libros y archivadores mientras Lindsey vaciaba el escritorio con movimientos cada vez más nerviosos.

El despacho fue convirtiéndose poco a poco en un auténtico caos.

Lindsey abría cajones, vaciaba carpetas sobre el escritorio y revisaba uno por uno los estantes de la biblioteca mientras Theo registraba los armarios y cada archivador que encontraba a su paso.

Los minutos transcurrían demasiado deprisa y, cuanto más buscaban, mayor era la frustración. No había rastro del testamento.

Lindsey apoyó ambas manos sobre el escritorio, intentando ordenar sus pensamientos. La respiración se le había acelerado. No podía haber desaparecido como dijo su padre el día de su entierro. No. Su abuelo jamás habría confiado un documento tan importante a un simple cajón.

Entonces recordó una tarde de hacía muchos años. Tendría apenas doce o trece años. Su abuelo le mostró donde guardaba las cosas importantes y le hizo memorizar una contraseña.

Lindsey levantó la cabeza de golpe.

―La caja fuerte...

Theo la miró sin comprender.

Ella caminó hasta una pintura de gran tamaño que representaba un rebaño atravesando un arroyo al atardecer.

Sin pensárselo dos veces la descolgó.

Detrás apareció una pequeña caja fuerte empotrada en el muro.

Una sonrisa nerviosa asomó a sus labios.

―Oh, Dios, me había olvidado de ella.

Se aproximó al teclado numérico.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

―No creo que mi padre haya dejado la misma combinación...

Apoyó los dedos sobre las teclas. Y pulsó uno a uno todos los números. De pronto, el mecanismo hizo un leve clic .

Lindsey contuvo el aliento. La puerta de la caja fuerte se abrió lentamente. Dentro solo había una carpeta de cuero rojo.

La tomó con manos temblorosas.

―Dios mío...

Se incorporó y caminó hasta una lámpara de pie situada junto al ventanal. La luz iluminó los documentos mientras pasaba las primeras hojas con creciente ansiedad.

Theo permanecía a su lado observándola.

De pronto Lindsey dejó de pasar páginas y se quedó completamente inmóvil. Sus ojos recorrían una y otra vez el mismo párrafo.

No podía creer lo que estaba leyendo.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Theo.

Ella levantó la vista lentamente. Tenía el rostro completamente blanco.

―Me... me lo deja todo a mí.

Su voz apenas era un susurro.

Volvió a mirar el documento.

―El rancho... las tierras... el ganado... todo.

Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.

―Por eso...

Respiró con dificultad.

―Por eso lo mató.

Theo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Lindsey apretó la carpeta contra el pecho.

―Dijo que nunca apareció ningún testamento. Que mi abuelo había muerto sin dejar nada escrito... Era mentira. ―Su respiración comenzó a quebrarse―. Mi padre es un asesino.

―Así es.

La voz sonó a sus espaldas.

Grave.

Fría.

Lentamente, ambos se dieron la vuelta.

Richard Clarke permanecía inmóvil en el umbral de la puerta. Había entrado sin que ninguno de los dos lo advirtiera, y en sus manos sostenía una vieja escopeta de dos cañones, apoyada con absoluta firmeza contra el hombro y apuntando directamente hacia ellos.

Su mirada se detuvo un instante en la carpeta roja que Lindsey sujetaba entre las manos.

Después volvió a clavar los ojos en su hija.

Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.