No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Tus ojos no pueden mentirme

La puerta del acompañante se abrió lentamente y Lindsey descendió de la pickup con movimientos mecánicos. Apenas había recorrido unos pasos cuando levantó la vista y encontró a Theo al otro lado de la verja. Durante un instante el tiempo pareció detenerse.

Él sintió un alivio tan intenso que estuvo a punto de echar a correr hacia ella, olvidando que una pesada verja de hierro los separaba.

Estaba allí. No presentaba heridas aparentes.

Caminaba por su propio pie. Pero bastó un segundo para comprender que algo iba terriblemente mal.

La expresión de Lindsey era la de una mujer completamente derrotada.

―¡Lindsey! ―exclamó Theo, acercándose a la verja hasta sujetarla con ambas manos.

Ella intentó responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.

Notaba la presencia de su padre a pocos metros de su espalda como si fuera una sombra que no dejaba de vigilar cada uno de sus movimientos.

Respiró profundamente, reunió el poco valor que le quedaba y obligó a su voz a mantenerse firme.

―Theo... quiero que os marchéis.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Nadie habló. Ni siquiera los vaqueros del rancho Clarke, que observaban la escena desde la entrada con un incómodo silencio.

Theo negó despacio, incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar.

―No. Dime qué está pasando.

Lindsey sintió un nudo insoportable en la garganta. Si lo miraba demasiado tiempo terminaría rompiéndose delante de todos. Aun así, levantó la cabeza y sostuvo su mirada.

―No pasa nada. He decidido volver al rancho. Es mi familia y este es mi sitio.

Theo permaneció inmóvil observándola. Había escuchado aquellas palabras, pero no era capaz de creerlas.

Durante las últimas semanas había aprendido a conocerla demasiado bien.

Sabía cuándo estaba enfadada, cuándo estaba cansada, cuándo fingía que todo iba bien para no preocupar a los demás.

Y en aquel instante supo, con la misma certeza con la que sabía respirar, que Lindsey estaba mintiendo.

―No te creo ―respondió con absoluta serenidad.

Ella sintió que el corazón se le rompía al escuchar aquellas tres palabras.

―Tienes que creerme.

―No puedo.

La voz de Theo apenas se alteró, pero sus ojos no dejaban de buscar los de ella, como si intentara atravesar aquella mentira para encontrar a la mujer que conocía.

―Mírame y dime que esto es realmente lo que quieres.

Lindsey obedeció. Levantó la vista muy despacio y dejó que sus ojos se encontraran con los de Theo.

Durante una fracción de segundo estuvo a punto de echar a correr hacia él y contarle toda la verdad.

Después recordó las últimas palabras de su padre, recordó el leve movimiento de cabeza con el que había confirmado lo ocurrido con su abuelo y comprendió que era capaz de cumplir cualquier amenaza que pronunciara.

No podía permitir que les ocurriera nada.

Respiró profundamente antes de responder.

―Sí. Es lo que quiero.

Theo siguió observándola durante unos largos segundos.

Ninguno de los dos apartó la mirada. No hacía falta decir nada más.

Él veía el miedo escondido detrás de aquellas palabras.

Veía el brillo de unas lágrimas que Lindsey se negaba a dejar caer.

Y, sobre todo, veía a una mujer que estaba intentando protegerlos a todos.

Raimon dio un paso al frente, pero fue Jesse quien habló primero.

―Lindsey, si alguien te está obligando a hacer esto, solo tienes que decirlo. Nos da igual quién sea.

Ella sintió cómo las uñas se le clavaban en las palmas de las manos. Sabía que Richard la estaba observando sin perder detalle.

―Nadie me obliga a nada ―respondió con un hilo de voz―. Quiero que os marchéis. Por favor.

La última palabra fue la que terminó de convencer a Theo. No porque creyera una sola sílaba de lo que estaba diciendo, sino porque comprendió que aquella súplica no iba dirigida a que la dejaran allí, sino a evitar que ocurriera algo mucho peor.

Bajó lentamente las manos de la verja y dio un paso atrás sin dejar de mirarla.

―Está bien.

Jesse giró la cabeza hacia él, completamente desconcertado.

―¿Cómo que está bien?

Theo no respondió de inmediato. Continuó sosteniendo la mirada de Lindsey unos segundos más antes de darse media vuelta.

Bajó lentamente las manos de la verja. No porque creyera una sola palabra de lo que Lindsey acababa de decir, sino porque comprendió que detrás de aquella mentira había un miedo mucho mayor del que alcanzaba a imaginar.

Durante unos instantes ninguno de los dos fue capaz de apartar la mirada. El tiempo pareció detenerse.

La verja seguía separándolos apenas unos metros, pero Theo sintió que nunca la había tenido tan lejos.

Lindsey luchaba por contener las lágrimas. Sabía que, si dejaba escapar una sola, todo habría terminado. Su padre no tardaría en cumplir cada una de sus amenazas. Respiró hondo una vez más y, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, endureció el gesto.

―Vete, Theo.

Él negó muy despacio con la cabeza.

No porque pensara discutir con ella, sino porque necesitaba que comprendiera algo.

―No voy a hacerlo.

Ella frunció ligeramente el ceño.

―¿Qué...?

―No voy a creer ni una sola palabra de lo que acabas de decir.

El corazón de Lindsey dio un vuelco.

Theo dio un paso atrás sin apartar los ojos de los suyos.

―Pero también sé que, si me lo estás pidiendo, es porque crees que es la única forma de protegernos.

Sintió que la respiración se le cortaba.

Aquellas palabras estuvieron a punto de derribar las pocas fuerzas que le quedaban.

―Por favor... ―susurró con la voz rota.

Theo asintió muy despacio.

―Me marcharé.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

―Porque confío en ti.

Richard observaba la escena en silencio, incapaz de escuchar aquella conversación pronunciada casi en susurros. Solo veía a Theo retroceder lentamente y a Lindsey permanecer inmóvil frente a la verja.

Para él era suficiente.

Creía haber ganado.

Theo caminó hacia la camioneta sin volver la cabeza.

Cada paso le costaba más que el anterior.

Sentía la necesidad de correr hacia la verja, derribarla con sus propias manos y sacar a Lindsey de allí.

Todo su cuerpo le pedía hacerlo. Pero algo mucho más fuerte que la rabia lo obligó a seguir caminando.

La confianza. Porque conocía a Lindsey, y porque la mujer de la que se había enamorado jamás le habría pedido que se marchara si no creyera que quedarse suponía ponerlos a todos en peligro.

Cuando abrió la puerta de la camioneta, Jesse lo sujetó del brazo.

―¿De verdad vamos a irnos?

Theo miró una última vez hacia la verja.

Lindsey seguía allí. Inmóvil. Observándolo. La distancia impedía distinguir sus lágrimas, pero él sabía que estaban cayendo.

―Sí. ―Su voz sonó tranquila―. Nos vamos.

Raimon lo observó unos segundos antes de subir también al vehículo. No necesitó hacer ninguna pregunta. Bastó una rápida mirada entre ambos para comprender que Theo no se había rendido.

Ni mucho menos.

Los motores volvieron a ponerse en marcha y las dos camionetas comenzaron a alejarse lentamente de la entrada del Clarke Mountain Horse.

Lindsey permaneció inmóvil hasta que las luces rojas de los pilotos desaparecieron al otro lado de la curva.

Solo entonces dejó escapar el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo. Y las lágrimas comenzaron a resbalar, silenciosas, por sus mejillas.

A su espalda, Richard sonrió con la satisfacción de quien cree haber recuperado el control de la partida.

Las dos camionetas recorrieron varios kilómetros sin que nadie pronunciara una sola palabra.

La oscuridad envolvía la carretera y únicamente los faros rompían el silencio de aquella interminable llanura texana.

Theo conducía con la vista fija en el asfalto, pero su cabeza seguía detenida frente a la verja del rancho Clarke, reviviendo una y otra vez la mirada de Lindsey.

De pronto redujo la velocidad y desvió la camioneta hacia el arcén.

Detuvo el motor junto a una vieja cerca de madera y permaneció unos segundos completamente inmóvil, con ambas manos apoyadas sobre el volante.

Detrás de ellos, la segunda camioneta hizo lo mismo.

Mike, Robert y Hank descendieron del vehículo al ver que los hermanos Vaughan no continuaban la marcha y caminaron hasta reunirse con ellos.

Fue Jesse quien rompió finalmente el silencio.

―Espero que alguien me explique qué demonios acaba de pasar ahí, porque sigo sin entender por qué nos hemos marchado.

Theo levantó despacio la cabeza y miró a sus hermanos.

―Porque Lindsey me estaba mintiendo.

Raimon asintió lentamente.

―Yo también lo he visto.

―No quería que permaneciéramos allí ―continuó Theo―. No porque quisiera quedarse. Quería que nos marcháramos cuanto antes.

Mike frunció el ceño.

―¿Y por qué iba a hacer eso?

Theo respiró hondo antes de responder.

―Porque alguien la ha amenazado. No sé con qué ni de qué manera, pero conozco a Lindsey. Jamás me habría mirado de esa forma si estuviera allí por voluntad propia. Nos ha pedido que nos fuéramos porque estaba intentando protegernos.

Nadie respondió.

Todos comprendieron al mismo tiempo que aquello acababa de convertirse en algo mucho más grave que la desaparición de una mujer. Se enfrentaban a un hombre capaz de utilizar a su propia hija para doblegar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

―Voy a volver a por ella ―dijo Theo de pronto―. No pienso dejarla. Entraré ahí como sea y la sacaré.

―Yo también iré ―aseguró Raimon.

―Y yo ―Jesse dio un paso adelante.

Los demás también se adelantaron dándole a entender a Theo que ninguno se marcharía de allí sin Lindsey.

―Bien… ―comenzó Theo―. Esto es lo que haremos…