No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Nunca te dejaré

El silencio que se había instalado bajo el porche de la casa grande resultaba casi insoportable. Nadie se atrevía a formular la pregunta que todos llevaban varios minutos haciéndose.

Fue June quien terminó rompiéndolo.

Su silla de ruedas avanzó lentamente hasta quedar frente a Theo. Lo observó con atención y no necesitó escuchar una sola palabra para comprender la respuesta. Aun así, preguntó con la esperanza de equivocarse.

―¿La habéis encontrado?

Theo negó despacio con la cabeza.

―No. ―Durante un instante bajó la vista al suelo―. Pero sé dónde está.

Todos lo miraron.

―Estoy convencido de que Richard Clarke se la ha llevado al rancho.

Theo no esperó ninguna respuesta a sus palabras. Se dio media vuelta y entró en la casa grande con paso decidido.

Atravesó el recibidor, cruzó el salón y abrió la puerta del antiguo despacho de su padre.

Hacía meses que apenas entraba allí, pero seguía conociendo cada rincón de aquella habitación.

Se acercó al gran escritorio de nogal, abrió el cajón central y sacó una pequeña llave de latón que permanecía guardada exactamente donde siempre.

Con ella abrió el viejo armero empotrado en la pared.

Permaneció unos segundos contemplando el interior.

Escogió una pistola, comprobó el cargador por pura costumbre y la colocó en la parte trasera de la cintura, oculta bajo la camisa.

Después tomó una escopeta de repetición y cerró de nuevo el armario.

Cuando regresó al porche, todos seguían esperándolo. El simple hecho de verlo con la escopeta entre las manos hizo que el ambiente cambiara por completo.

Theo bajó los escalones sin detenerse.

―Voy a traerla de vuelta.

Raimon descendió tras él y se colocó en mitad de su camino. Los dos hermanos quedaron frente a frente.

―Apártate.

Raimon negó despacio.

―No.

―No pienso discutir contigo.

―Yo tampoco. ―Su voz permanecía tranquila―. Pero no voy a dejar que cruces solo las puertas del Clarke Mountain Horse.

Theo apretó la mandíbula.

―Es asunto mío.

―No. ―Raimon dio un paso más―. Es asunto de esta familia.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Finalmente, Raimon tendió la mano hacia la escopeta.

―Si vas... voy contigo.

Theo lo observó en silencio.

Después asintió una sola vez.

Amaya contemplaba la escena sin terminar de creer lo que estaba ocurriendo.

―¿De verdad pensáis solucionar esto así?

Ninguno respondió.

Fue June quien habló. Su voz sonó serena, pero cargada de firmeza.

―Te equivocas, Amaya. ―Todas las miradas se volvieron hacia ella―. Nadie ha hablado de buscar una pelea. Van a traer de vuelta a una de los nuestros.

June recorrió con la mirada a todos los vaqueros reunidos bajo el porche, incluido a su hijo Jesse, que permanecía a la espera para ver qué sucedía.

―Muchachos…

Jess dio un paso adelante.

―No te preocupes, mamá. La traeremos de vuelta.

Mike fue el primero en asentir.

―No dejaremos que vayan solos.

Robert hizo lo mismo.

Hank se limitó a recoger su sombrero del banco donde lo había dejado unos minutos antes.

Sin necesidad de dar más órdenes, cada uno caminó hacia las camionetas para recoger las armas que utilizaban habitualmente para proteger el ganado de coyotes, lobos o pumas.

Aquello no tenía nada que ver con una demostración de fuerza. Era la manera que tenían los Vaughan de decir que ninguno de los suyos quedaba atrás.

Mientras los hombres se preparaban, Raimon volvió junto a Amaya. Ella le sujetó la mano antes de que pudiera marcharse.

―No quiero que hagas ninguna locura.

Raimon apoyó la frente un instante contra la de ella.

―No voy a buscar problemas.

―Prométemelo.

Él sonrió con una calma que apenas conseguía ocultar la preocupación que llevaba dentro.

―Te prometo que voy a traer a Lindsey de vuelta.

Después la besó con suavidad. Cuando se separaron, ella le acarició la mejilla.

―Ten mucho cuidado.

―Siempre.

Pocos minutos después, los motores de las dos camionetas rompieron el silencio del rancho.

Theo ocupaba la primera, con Raimon sentado a su lado, y Jesse en la parte trasera. Detrás, Mike, Robert y Hank viajaban en la segunda.

Ninguno hablaba. El camino hacia el Clarke Mountain Horse acababa de comenzar. Y todos tenían la misma idea en la cabeza. No regresarían sin Lindsey.

La noche había cubierto ya los campos de Texas con un manto oscuro apenas roto por la luz de una luna creciente.

Los faros iluminaban la estrecha cinta de asfalto que atravesaba interminables praderas salpicadas de encinas y cercados de madera.

A ambos lados del camino, el ganado descansaba ajeno a la tormenta que se estaba gestando a pocos kilómetros de allí.

Dentro de la primera camioneta reinaba un silencio absoluto.

Theo conducía con la mirada fija en la carretera. Apenas había pronunciado una palabra desde que abandonaron el rancho. Tenía las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color, mientras una única idea regresaba una y otra vez a su cabeza.

«No debí dejarla sola».

Apenas habían sido unos minutos.

Diez, quizá quince como mucho.

Tiempo suficiente para que Lindsey desapareciera.

Raimon permanecía sentado a su lado, observándolo de reojo sin saber qué decir. Conocía lo bastante bien a su hermano como para comprender que la culpa empezaba a devorarlo por dentro.

Fue Jesse quien rompió el silencio desde el asiento trasero.

―Cuando lleguemos, deja que hable Raimon primero.

Theo ni siquiera apartó la vista de la carretera.

―No pienso volver sin ella.

―Nadie piensa hacerlo ―respondió Jesse con calma―. Precisamente por eso tenemos que mantener la cabeza fría.

Theo no contestó.

Unos minutos después, el camino describió una ligera curva y, al salir de ella, la enorme entrada del Clarke Mountain Horse apareció iluminada por varios focos instalados sobre dos pilares de piedra.

Una imponente verja de hierro forjado cerraba el acceso a la propiedad, coronada por un arco donde destacaban, recortadas contra la oscuridad, las letras de acero del nombre del rancho.

Más allá de la verja se extendía una recta de casi un kilómetro que conducía hasta las instalaciones principales.

A lo lejos podían distinguirse las luces de la casa, las naves ganaderas, los establos y varios vehículos de trabajo que todavía se movían por el rancho.

A pesar de la hora, la actividad no se había detenido.

Theo redujo la velocidad hasta detener la camioneta frente al portón. El motor apenas había terminado de apagarse cuando varios focos se encendieron sobre la entrada, bañando las dos camionetas con una intensa luz blanca.

Theo fue el primero en bajar de la camioneta.

Cerró la puerta de un golpe y avanzó decidido hacia la verja. Detrás de él descendieron Raimon, Jesse y los tres vaqueros. El silencio de la noche solo se veía interrumpido por el zumbido de los focos y el lejano mugido de alguna res perdida entre los inmensos pastos del rancho.

Tras la verja de hierro se extendía una finca que parecía no tener fin.

Las luces de las naves, los establos y la casa principal brillaban en distintos puntos de la propiedad, unidas por una red de caminos perfectamente iluminados.

Incluso a aquella hora seguían viéndose vehículos de trabajo desplazándose de un lugar a otro.

Era un pequeño pueblo. Un imperio levantado alrededor del ganado. Y, en algún lugar de aquel inmenso rancho, estaba Lindsey.

Dos hombres salieron de la caseta de control al verlos acercarse. Vestían ropa de trabajo, llevaban linternas en el cinturón y una pistola reglamentaria al costado. No hicieron ningún gesto amenazante, pero tampoco parecían dispuestos a abrir la entrada.

―Buenas noches ―saludó el mayor de los dos con evidente cautela―. ¿Puedo ayudarles?

Theo se detuvo frente a la verja.

―Buscamos a Richard Clarke.

El hombre negó despacio.

―El señor Clarke no recibe visitas a estas horas.

―Pues dile que Theo Vaughan está aquí.

El vigilante dudó un instante.

―Lo siento, señor. No puedo hacerlo.

Theo dio un paso más, hasta quedar prácticamente pegado a la verja.

―No te lo estoy pidiendo.

El hombre sostuvo su mirada sin perder la calma.

―Y yo le estoy diciendo que no puedo.

El ambiente comenzó a tensarse.

Jesse dejó escapar el aire con impaciencia y se acercó hasta colocarse junto a su hermano.

―Mira, llevamos dos horas de carretera y no pensamos marcharnos. Así que abre esa maldita puerta.

El vigilante permaneció firme.

―Si no abandonan la entrada tendré que llamar a seguridad.

―Hazlo ―respondió Jesse sin apartar la vista de él―. Así nos ahorras el trabajo.

Raimon apoyó una mano sobre el brazo de su hermano para calmarlo antes de dirigirse de nuevo al vigilante.

―No hemos venido a buscar problemas. Solo queremos hablar con Richard Clarke.

―Lo entiendo, señor Vaughan.

―No, no lo entiendes.

Theo dio otro paso al frente.

Su voz sonaba mucho más contenida que unos segundos antes. Y precisamente por eso resultaba más peligrosa.

―Esta tarde una mujer ha desaparecido después de discutir con Richard Clarke. Esa mujer trabaja para nuestro rancho y sabemos que está aquí.

Los dos vigilantes intercambiaron una rápida mirada.

Fue un gesto mínimo.

Pero Theo lo vio.

Y le bastó.

―Lo sabéis.

El mayor negó inmediatamente.

―No sé de qué me habla.

―Acabas de mirarlo.

El hombre tragó saliva.

―No hay ninguna mujer retenida en este rancho.

Theo sintió cómo la sangre comenzaba a hervirle.

―Mírame a los ojos y repítelo.

El vigilante sostuvo su mirada apenas un par de segundos antes de desviarla. Aquello fue suficiente. Theo agarró la verja con ambas manos.

―¡Lindsey!

Su voz resonó con fuerza en mitad de la noche.

―¡Lindsey!

El eco se perdió entre las naves y los corrales. Nadie respondió.

Volvió a gritar. Más fuerte todavía.

―¡LINDSEY!

Durante unos segundos solo se escuchó el sonido de los insectos y el rumor del viento moviendo los árboles. Hasta que, a lo lejos, comenzó a oírse el motor de un vehículo acercándose por el camino principal.