No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Confesiones dolorosas

Tres horas antes...

Lindsey caminaba despacio hacia el aparcamiento con la mirada perdida en algún punto del suelo.

Ni siquiera era consciente del ruido que la rodeaba. Los mugidos del ganado, las conversaciones de los compradores o el ir y venir constante de remolques parecían llegarle desde muy lejos.

Solo podía escuchar la voz de su padre.

«Si no estás con nosotros... estás contra nosotros».

Había imaginado muchas veces cómo sería el día en que volviera a encontrarse con ellos.

Nunca así desde luego.

Lo que más le dolía no eran las amenazas. Ni siquiera el desprecio. Era comprobar que, pese a todo, seguía esperando encontrar un mínimo gesto de cariño en sus ojos. Un abrazo. Cualquier cosa que le recordara que seguía siendo su hija.

No había encontrado nada.

Respiró profundamente mientras alcanzaba la camioneta. Necesitaba marcharse de allí cuanto antes. Theo no tardaría mucho en regresar. Sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta del copiloto.

Justo cuando apoyaba un pie sobre el estribo, el rugido de un motor hizo que levantara la cabeza. Una camioneta negra apareció entre los remolques a una velocidad completamente impropia para un aparcamiento. Venía directa hacia ella.

Lindsey retrocedió por puro instinto.

El vehículo frenó bruscamente a escasos centímetros de su cuerpo, levantando una nube de polvo y gravilla.

―¡¿Pero qué...?!

Las tres puertas se abrieron casi al mismo tiempo.

Tres hombres bajaron con rapidez.

Lindsey dio un paso atrás.

Y entonces reconoció a uno de ellos.

―¿Bill...?

El hombre bajó la mirada un instante.

Había trabajado durante más de veinte años en el rancho de los Clarke. Prácticamente la había visto crecer.

―Lo siento, señorita.

El estómago de Lindsey se encogió de golpe. No necesitó que nadie le explicara nada.

―No... ―Su voz apenas fue un susurro―. No hagáis esto.

Los otros dos hombres comenzaron a acercarse. Ella retrocedió otro paso.

―¿Mi padre os ha enviado?

Ninguno respondió.

Se dio la vuelta con intención de correr hacia el recinto principal. No llegó a dar tres pasos. Uno de los hombres la sujetó por la cintura mientras otro le inmovilizaba los brazos.

―¡Soltadme!

Se revolvió con todas sus fuerzas. Intentó golpear. Pateó. Consiguió zafarse apenas un segundo antes de que Bill la sujetara de nuevo.

―¡Bill, mírame!

Él evitó hacerlo.

―Por favor... ―La voz de Lindsey comenzó a quebrarse―. Me conoces desde que era una niña. Diles que paren. Por favor.

Bill cerró los ojos apenas un instante.

―Lo siento muchísimo.

Aquellas cuatro palabras terminaron de romperle el alma. Comprendió que ninguno iba a ayudarla.

Entre los tres la levantaron en volandas y la introdujeron en la parte trasera de la camioneta. Intentó sujetarse al marco de la puerta. Las llaves escaparon de su mano y cayeron sobre el asfalto.

―¡Theo!

El grito quedó ahogado cuando uno de los hombres consiguió apartarle los dedos.

La puerta se cerró de un golpe.

El motor rugió de nuevo. Y la camioneta abandonó el aparcamiento mezclándose con el resto del tráfico que salía de la feria.

Durante el trayecto Lindsey no dejó de intentarlo.

―Bill...

Él seguía sentado frente a ella.

Con la mirada fija en el suelo.

―Esto es un secuestro. ¿Os habéis vuelto locos?

Nadie respondió.

―Mi padre no puede hacer esto. No tiene derecho.

Los otros dos hombres permanecían completamente serios. Como si aquella fuera una jornada de trabajo más.

―Si seguís adelante acabaréis en la cárcel.

Bill respiró profundamente.

―Nosotros solo cumplimos órdenes.

―¡Pues decidle que no!

La voz de Lindsey resonó dentro de la camioneta.

―¡No soy una res! ¡No puede encerrarme porque no le guste cómo vivo mi vida!

Bill levantó por fin la cabeza. Sus ojos reflejaban una tristeza sincera.

―Créame, señorita... Ojalá pudiera hacer algo. Pero no puedo.

Lindsey dejó caer la cabeza contra el respaldo.

Por primera vez desde que la habían obligado a subir sintió auténtico miedo.

Casi dos horas después, las puertas del Clarke Mountain Horse se abrieron ante ellos. La camioneta avanzó por el camino principal sin detenerse hasta alcanzar la zona de las antiguas caballerizas.

En cuanto el vehículo se detuvo, Lindsey volvió a intentar escapar. No llegó muy lejos. Los tres hombres la sujetaron antes de que pudiera dar dos pasos.

―¡Soltadme!

Su voz resonó por todo el patio. Nadie acudió. Nadie respondió. Como si todo el mundo hubiera recibido instrucciones de mirar hacia otro lado.

La condujeron hasta una cuadra amplia, utilizada antiguamente para sementales. El box estaba vacío. Solo había un pesebre, un bebedero automático y un montón de paja limpia en un rincón.

Bill abrió la puerta.

―Entre.

―Ni hablar.

Los otros dos hombres la empujaron hacia el interior.

Lindsey se revolvió con todas sus fuerzas e intentó aferrarse al marco de la puerta, pero no sirvió de nada.

Cayó al suelo de rodillas. Se levantó y corrió hacia la salida, pero la pesada hoja de madera se cerró de golpe delante de ella.

Intentó golpear el portón con ambas manos mientras trataba inútilmente de abrirlo.

Entonces escuchó el sonido metálico del cerrojo.

Después, el de una cadena deslizándose por los anclajes.

Y, por último, el seco chasquido del candado al cerrarse.

Luego solo quedó el silencio.

Lindsey permaneció inmóvil durante unos segundos. Después gritó con todas sus fuerzas.

―¡Abrid!

Nadie respondió.

―¡Papá!

Su voz se quebró por primera vez.

―¡Papá, por favor!

Solo obtuvo el eco de sus propios golpes contra la madera.

Fue entonces cuando comprendió que aquello no era una amenaza. Su padre acababa de convertirla, literalmente, en una prisionera dentro del rancho donde había nacido.

La puerta del box volvió a abrirse casi una hora después.

Lindsey, que permanecía sentada en un rincón con la espalda apoyada contra la pared de madera, levantó la cabeza de inmediato.

Su padre entró despacio.

Vestía el mismo traje oscuro con el que había acudido a la subasta. Ni una arruga. Ni un gesto de cansancio. Caminaba con la misma seguridad con la que recorría el rancho desde que ella tenía memoria.

La puerta volvió a cerrarse tras él.

Esta vez permanecieron solos.

Richard observó el interior de la cuadra durante unos segundos antes de fijar la mirada en su hija.

―Nunca imaginé que acabaríamos teniendo esta conversación aquí.

Lindsey se incorporó lentamente.

―¿Sabes qué es lo único que yo nunca imaginé?

Él no respondió.

―Que mi propio padre fuera capaz de secuestrarme.

Richard dejó escapar un leve suspiro.

―No te he secuestrado.

Ella soltó una risa amarga.

―Ah, ¿no?

Se acercó un paso.

―Estoy encerrada contra mi voluntad. Tres de tus hombres me han traído aquí a la fuerza. ¿Cómo llamas tú a eso?

Richard permaneció impasible.

―Lo llamo proteger a mi familia de un error que todavía estamos a tiempo de corregir.

―No necesito que me protejas.

―Claro que lo necesitas. Aunque todavía no seas capaz de verlo.

―¡Estás loco! ―Su voz resonó en toda la cuadra―. Lo único que necesito es que abras esa puerta y me dejes marchar.

Richard negó despacio.

―Todavía no.

―Vendrán a buscarme.

―Lo sé.

―¿Y qué vas a decirles?

Él sostuvo su mirada.

―La verdad.

Lindsey frunció el ceño.

―¿Qué verdad?

―Que mi hija ha vuelto a casa.

Ella dio un paso atrás, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

―Dios, has perdido el juicio por completo.

―No. Simplemente sé lo que es mejor para ti.

―Lo mejor para mí sería no volver a verte jamás.

Aquellas palabras parecieron resbalar sobre Richard. Ni siquiera alteraron su expresión.

―Esos Vaughan te han llenado la cabeza de tonterías.

―No metas a los Vaughan en esto.

―Ya están metidos.

Richard comenzó a caminar lentamente por el interior del box.

―Han decidido entrar en el negocio Angus. Han decidido competir conmigo. Y han decidido llevarse a mi hija. ―Se detuvo frente a ella―. Toda decisión tiene consecuencias.

Lindsey levantó el mentón.

―¿Qué quieres decir?

Richard sonrió. Una sonrisa tan leve que casi resultó más inquietante que cualquier grito.

―¿De verdad me conoces tan poco?

Lindsey sintió un nudo en el estómago.

―No serías capaz.

―¿No?

Richard inclinó ligeramente la cabeza.

―Nunca he permitido que nadie se interponga entre este rancho y aquello que me pertenece.

―Yo no te pertenezco.

―Te equivocas.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Richard observó el techo de madera unos instantes antes de hablar de nuevo.

―¿Recuerdas a tu abuelo?

Aquella pregunta la desconcertó.

―Claro que lo recuerdo.

―Te quería demasiado.

Lindsey sonrió con tristeza.

―Era la única persona que me escuchaba.

Richard desvió la mirada.

―También fue el único que estuvo dispuesto a destruir el futuro de esta familia.

Lindsey frunció el ceño.

―¿De qué estás hablando?

―Quería dejarte el rancho, ¿sabes? Y yo lo impedí.

Ella permaneció inmóvil. No daba crédito a sus palabras. Lindsey sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

―¿Qué quieres decir?

Richard volvió a mirarla.

Sus ojos permanecían completamente fríos.

―Significa que, cuando un hombre pone en peligro todo lo que he construido... ―Hizo una pausa― ...las consecuencias suelen llegar antes de lo que imagina.

Lindsey dejó de respirar por un instante.

―No... Tú no has construido nada. Este Rancho lo construyó mi abuelo. Tan solo estás aquí porque te casaste con mi madre.

Su voz apenas era audible.

―Tu madre habría perdido todo esto si no fuese por mí. Ella y ese vejestorio eran demasiado blandos. Demasiado blandos contigo, y mírate ahora, resulta que yo tenía razón.

Aquella media sonrisa bastó para que todas las piezas comenzaran a encajar en la cabeza de Lindsey.

Recordó la muerte repentina de su abuelo. Lo inesperada que fue. La rapidez con la que todo cambió después.

Sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

―Dios mío... ―Retrocedió hasta chocar con la pared―. ¿Qué hiciste, padre?

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

―Hice lo que tenía que hacer.

Richard dio media vuelta hacia la puerta.

―Piénsalo bien, Lindsey. Tienes dos días. Después de ese tiempo dejaré de pedirte que vuelvas a casa. Y empezaré a ocuparme de los Vaughan. ―Se detuvo con la mano sobre el cerrojo―. Créeme. No me temblará el pulso.

La puerta volvió a cerrarse. El sonido metálico del candado retumbó en toda la cuadra.

Lindsey permaneció inmóvil durante largos segundos, incapaz de reaccionar.

La respiración se le volvió cada vez más irregular mientras intentaba convencerse de que todo aquello no podía ser cierto.

Sin embargo, las palabras de su padre se repetían una y otra vez en su cabeza, mezclándose con recuerdos que creía enterrados.

Vio el rostro de su abuelo sonriéndole desde el porche del rancho, recordó las tardes que habían pasado juntos entre los caballos y la ilusión con la que él hablaba del futuro.

Después aparecieron Theo, Amaya, Raimon, Jesse y June.

Incluso Noah, al que todavía ni siquiera había tenido la oportunidad de conocer.

Si Richard era realmente el hombre que acababa de descubrir, todos ellos corrían un peligro del que ni siquiera eran conscientes.

Se dejó caer lentamente sobre la paja, incapaz de seguir sosteniéndose en pie. Apoyó la espalda contra la pared de madera y llevó las manos al rostro mientras las lágrimas escapaban entre sus dedos.