No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

―Buenos días a todos. Gracias por acompañarnos un año más en la Subasta Nacional Angus de Montana.

Los aplausos resonaron por todo el pabellón.

―Comenzamos con el lote número uno.

Las puertas se abrieron.

Un impresionante toro Angus negro avanzó con paso tranquilo hasta el centro de la pista, guiado por un cuidador.

El subastador comenzó a hablar a una velocidad endiablada mientras repasaba su pedigrí, sus índices de fertilidad y la calidad genética de su descendencia.

Las primeras palas comenzaron a levantarse.

―Ciento veinte mil...

―Ciento treinta...

―Ciento cuarenta...

Lindsey observaba sin perder detalle.

Negó despacio con la cabeza.

―No.

Theo la miró.

―¿No?

―Mira la línea dorsal.

Theo dirigió la vista hacia el animal.

―Tiene una ligera caída.

―Exacto. Además, las patas traseras no terminan de convencerme. Puede dar problemas con el tiempo.

El martillo cayó pocos segundos después.

―Vendido.

El segundo semental resultó incluso más espectacular físicamente. Pero Lindsey volvió a negar.

―Demasiado pesado para el tipo de explotación que quiere Raimon.

El tercero tampoco.

―Tiene una genética extraordinaria, pero yo buscaría algo con mejores índices de fertilidad.

Theo apenas discutía.

Escuchaba.

Cada explicación reforzaba la decisión que había tomado meses atrás al contratarla. Ella no hablaba por intuición. Sabía exactamente de qué estaba hablando.

Los animales fueron sucediéndose uno tras otro. Hasta que las puertas volvieron a abrirse. El silencio se hizo casi de inmediato. Incluso el subastador sonrió antes de presentar el siguiente lote.

―Señoras y señores... lote número dieciséis.

El semental apareció caminando con una elegancia casi imposible para un animal de aquel tamaño.

Su capa negra brillaba bajo los focos.

La musculatura era potente, perfectamente proporcionada, y avanzaba con una seguridad que llamaba la atención incluso entre quienes llevaban toda la vida dedicándose al ganado.

Lindsey se incorporó ligeramente sobre el asiento. No apartaba la vista del animal. Esperó a verlo caminar unos metros más. Observó cómo apoyaba cada extremidad. La anchura del pecho. La profundidad del costillar. La línea de la espalda.

Después sonrió.

Se inclinó hacia Theo.

―Es ese.

Theo volvió a mirar al toro.

―Por supuesto que es ese, cielo. Mucho mejor de lo que esperaba encontrar.

Lindsey sonrió por cómo se había dirigido a ella.

El subastador comenzó la puja.

Las primeras ofertas se sucedieron con rapidez.

―Ciento cincuenta mil.

―Ciento sesenta.

―Ciento setenta.

Las palas se levantaban una detrás de otra.

Theo permanecía inmóvil.

Esperando.

―¿No pujamos? ―preguntó Lindsey.

―Todavía no.

Las ofertas comenzaron a espaciarse.

Quedaban menos compradores.

―Doscientos diez mil.

―Doscientos veinte.

―Doscientos treinta.

Theo levantó por primera vez la pala.

―Doscientos cuarenta mil.

El subastador señaló inmediatamente hacia ellos.

―¡Tenemos doscientos cuarenta!

Otro comprador respondió desde el extremo opuesto del graderío.

―Doscientos cincuenta.

Theo volvió a levantar la pala.

―Doscientos sesenta.

La batalla acababa de comenzar.

Durante varios minutos las cifras continuaron subiendo.

Cada vez quedaban menos participantes. Al final solo permanecían dos. Y alguien situado al otro lado del pabellón.

Lindsey se inclinó hacia delante intentando descubrir quién seguía pujando. La distancia, los sombreros y la cantidad de gente se lo impedían.

―Maldita sea...

Theo seguía pendiente del subastador.

―¿Qué ocurre?

―Quienquiera que sea... lo quiere tanto como nosotros.

―Pues tendrá que quedarse con las ganas.

El precio volvió a subir. Theo no dudó. Levantó otra vez la pala.

El silencio se extendió por todo el graderío.

El otro comprador tardó varios segundos en responder.

Finalmente...

No levantó la suya.

El martillo golpeó la madera.

―¡Vendido!

Los aplausos estallaron alrededor de ellos.

Lindsey dejó escapar el aire que llevaba varios minutos conteniendo.

―Lo hemos conseguido.

Theo sonrió.

―Sí.

Se levantaron de sus asientos mientras el siguiente lote comenzaba a entrar en la pista.

Fue entonces cuando Lindsey miró por fin hacia el extremo opuesto del pabellón. Quería saber quién había estado a punto de arrebatarles el semental. Y lo vio.

Primero distinguió la silueta. Después el sombrero, y finalmente el rostro. La sonrisa desapareció lentamente de sus labios. El color abandonó su cara.

Theo dejó de caminar.

―¿Lindsey?

Ella no respondió.

Seguía mirando en la misma dirección. Como si todo el ruido del pabellón hubiera dejado de existir.

―Lindsey...

Él siguió la dirección de su mirada.

Dos personas, elegantemente vestidas, avanzaban entre la gente acompañadas por varios representantes de una importante ganadería.

―¿Qué ocurre?

La voz de Lindsey apenas fue un susurro.

―Son ellos.

―¿Quiénes?

Los ojos comenzaron a humedecerse sin que pudiera evitarlo.

―Mis padres.

Theo sintió que un nudo se formaba en su estómago.

―No puede ser...

―Sí.

Respiró con dificultad.

―Y me han visto.

Sin esperar un segundo más, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.

Theo fue inmediatamente tras ella.

Cuando alcanzaron el exterior, la sujetó con suavidad por el brazo.

―Lindsey...

Ella se volvió hacia él. Estaba pálida.

―No sé qué hacer.

Y antes de que Theo pudiera responder, una voz firme resonó a pocos metros de ellos.

―Vaya... así que era cierto.

La voz de Richard Clarke hizo que Lindsey sintiera un vacío en el estómago.

Permaneció inmóvil. No necesitó girarse para saber quién acababa de hablar. Aquel tono grave, sereno y autoritario la había acompañado durante toda su vida.

Respiró hondo antes de darse la vuelta.

Richard Clarke avanzaba hacia ellos con las manos en los bolsillos de un abrigo de paño oscuro. A su lado caminaba Eleanor, impecablemente vestida, con la misma elegancia que Lindsey recordaba desde niña.

Ninguno de los dos sonreía.

―No esperaba encontrarte aquí ―continuó Richard mientras su mirada recorría a Lindsey de arriba abajo―. Aunque debo reconocer que me decepciona saber que los rumores eran ciertos.

Lindsey intentó sostenerle la mirada.

―Hola, papá.

Richard dirigió entonces la vista hacia el interior del recinto.

―Así que no solo has decidido abandonar el Clarke Mountain Horse. Ahora también ayudas a nuestra competencia a crecer.

Su voz seguía siendo tranquila. Precisamente por eso resultaba más incómoda.

―No son vuestra competencia ―respondió Lindsey.

―¿Ah, no?

Richard dejó escapar una sonrisa breve.

―Van a entrar en el mercado Angus. Exactamente el mismo mercado que dominamos desde hace generaciones.

Hizo una pausa.

―Eso los convierte en competencia.

Lindsey notó que la mandíbula se le tensaba.

―No todo gira alrededor de vosotros.

―Claro que no.

Richard la miró con una mezcla de decepción y superioridad.

―Pero el negocio sí.

Hasta ese momento Theo había permanecido en silencio.

Dio un paso adelante.

―Creo que ya ha quedado claro que Lindsey ha tomado su decisión.

Richard desvió lentamente la mirada hacia él.

Lo observó de arriba abajo sin el menor disimulo.

―¿Y tú quién eres?

―Theo Vaughan.

Richard pareció reconocer el apellido.

―Vaughan...

Asintió despacio.

―Los del rancho de caballos.

Theo sostuvo su mirada.

―Hace tiempo que dejamos de dedicarnos solo a los caballos.

―Ya lo veo.

Los ojos de Richard se endurecieron ligeramente.

―Ahora también queréis entrar en nuestro negocio.

―No pretendemos quitarle nada a nadie.

―Eso está por ver.

Durante unos segundos ninguno de los dos apartó la vista.

Fue Eleanor quien rompió el silencio. Se acercó un paso a Lindsey. Su voz era mucho más suave que la de Richard. Casi cariñosa. Y precisamente por eso dolía más.

―Todavía estás a tiempo de volver a casa.

Lindsey sintió que algo se encogía dentro de ella.

―Mamá...

―Esto puede arreglarse.

―No.

Eleanor bajó la mirada unos instantes.

―Eres nuestra hija.

―Precisamente por eso no entiendo nada de lo que está pasando.

Por primera vez la voz de Lindsey se quebró ligeramente.

―¿De verdad todo esto merece la pena? ―preguntó a su madre mirándola a los ojos.

Eleanor no respondió.

Fue Richard quien lo hizo.

―Las decisiones tienen consecuencias.

―¿Incluso destruir a vuestra propia hija?

―No te estamos destruyendo.

―Me habéis dejado sin dinero. Sin coche. Sin casa.

Richard permaneció impasible.

―Te hemos dado la oportunidad de recapacitar.

Theo dio otro paso al frente.

―Creo que ya es suficiente.

Richard volvió a mirarlo.

―No estaba hablando contigo.

―Pues ahora sí.

Theo no levantó la voz. Pero tampoco retrocedió.

―Lindsey trabaja con nosotros porque es una gran veterinaria. Es una pena que ustedes no lo vieran.

Richard sonrió con una frialdad absoluta. Después volvió a fijarse en Lindsey.

―Escúchame bien.

Su tono ya no admitía interpretaciones.

―Mientras permanezcas con ellos, dejarás de ser una Clarke.

Lindsey respiró hondo.

―Hace tiempo que dejé de sentirme una Clarke.

Aquella respuesta hizo que Richard endureciera la mandíbula.

Asintió una sola vez.

―Entonces nos queda clara una cosa. ―Miró alternativamente a Theo y a Lindsey𔃔―. Si no estás con nosotros... Estás contra nosotros.

Theo dio un paso más, colocándose ligeramente delante de Lindsey.

―¿Eso es una amenaza?

Richard sostuvo su mirada sin pestañear.

―Llámalo como quieras.

Después señaló con un leve gesto de la cabeza el catálogo que Theo todavía llevaba bajo el brazo.

―Disfrutad del semental. De momento.

Lindsey sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Richard dio media vuelta con absoluta tranquilidad. Eleanor permaneció unos segundos más. Miró a su hija. En sus ojos había tristeza. Pero no dio un solo paso hacia ella. Simplemente siguió a su marido.

Theo permaneció inmóvil hasta que ambos desaparecieron entre la gente. Solo entonces volvió la cabeza hacia Lindsey. Ella seguía mirando el lugar por el que sus padres acababan de marcharse. Tenía el rostro completamente pálido.

Theo tomó su mano con suavidad.

―¿Estás bien?

Lindsey tardó unos segundos en reaccionar.

Finalmente negó con la cabeza.

―Necesito un momento. Te espero en el coche, ¿de acuerdo?