No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 9
59%

Capítulo 9

Encuentros inesperados

La luz del amanecer se colaba entre las cortinas cuando Lindsey abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la realidad, con la agradable sensación de haber descansado como hacía meses que no descansaba.

Sonrió sin abrir siquiera los ojos. No necesitaba pensar demasiado para recordar por qué.

La noche anterior acudía a su memoria en pequeños fragmentos. Los besos. Y después... el resto.

Alargó una mano hacia el otro lado de la cama y se dio cuenta de que estaba sola.

Abrió los ojos de inmediato.

―¿Theo?

Se incorporó despacio, envolviéndose con la sábana mientras recorría la habitación con la mirada. Su ropa seguía esparcida por el suelo, testigo silencioso de una noche que ninguno de los dos olvidaría fácilmente.

Fue entonces cuando reparó en la mesilla. Había una pequeña flor silvestre apoyada sobre un vaso de cristal. A su lado descansaba un papel doblado.

Lindsey sonrió antes incluso de abrirlo.

Reconoció la letra de Theo al instante.

Me encantó lo de anoche.

Te espero en la casa grande.

Theo.

Volvió a leer aquellas tres líneas una segunda vez. Aquellas pocas palabras bastaron para dibujar una sonrisa imposible de borrar de su rostro.

Acercó la flor hasta la nariz y aspiró suavemente su aroma antes de dejarla de nuevo sobre la mesilla.

―Eres un romántico escondido... ―murmuró para sí.

Turquesa apareció entonces en la puerta del dormitorio, observándola con esa expresión de superioridad tan propia de los gatos.

―Sí, ya sé lo que vas a decir. Tú llevas horas despierta.

La gata respondió con un maullido corto antes de entrar en la habitación reclamando su desayuno.

Lindsey soltó una pequeña risa.

―Tú nunca cambias.

Se duchó con calma, disfrutando del agua caliente mientras no dejaba de pensar en las manos de Theo recorriéndola por completo la noche anterior en esa misma ducha, y sintió cómo sus pezones se endurecían. ¿Cómo podía seguir excitada después de lo de anoche? Se dijo a sí misma que lo repetiría.

Cuando terminó, se envolvió en una toalla y regresó a la habitación, y abrió el armario.

Aquella mañana volvió a escoger ropa de trabajo.

Unos vaqueros ajustados, una camisa de cuadros en tonos claros remangada hasta los antebrazos y las inseparables botas camperas que ya empezaban a acumular el polvo del rancho.

Recogió parte de su melena rubia en una coleta baja, dejando que algunos rizos escaparan con total libertad alrededor del rostro.

Se miró un instante en el espejo y notó que había algo distinto en su expresión. Era su forma de sonreír, como una idiota.

Cogió la flor que Theo le había dejado sobre la mesilla y la colocó con cuidado dentro de un pequeño vaso con agua antes de salir de la cabaña.

El aire de la mañana era fresco y limpio. A lo lejos ya se escuchaban motores arrancando, caballos relinchando y las primeras voces de los vaqueros repartiendo el trabajo del día.

Todo seguía igual.

Y, sin embargo, ella sentía que algo había cambiado por completo.

Cuando llegó a la casa grande, el aroma del café recién hecho volvió a darle la bienvenida.

Las voces llegaban desde el comedor.

Empujó suavemente la puerta y entró.

―Buenos días ―saludó con una sonrisa.

Las conversaciones se interrumpieron apenas un instante.

―Buenos días, dormilona ―bromeó Jesse mientras daba otro mordisco a una tostada.

Mery apareció desde la cocina con una cafetera entre las manos.

―Justo a tiempo.

June le dedicó una sonrisa cálida desde la cabecera de la mesa.

―Siéntate, querida.

Fue entonces cuando Theo levantó la vista.

No dijo nada. Simplemente apartó la silla que había a su lado para que pudiera sentarse. El gesto fue tan natural que nadie habría pensado demasiado en él.

Nadie excepto Amaya.

Sus ojos fueron de Theo a Lindsey y de Lindsey a Theo con una sonrisa cada vez más evidente.

Esperó a que ella se acomodara antes de hablar.

―Parece que al final hicisteis las paces.

Lindsey sintió cómo el calor ascendía inmediatamente hasta sus mejillas. Bajó la vista hacia la taza de café que Mery acababa de dejar delante de ella.

Theo fue quien respondió.

―Fui un estúpido.

La naturalidad con la que lo reconoció hizo que todos levantaran la cabeza.

Él no intentó justificarse. Ni buscar excusas. Miró a Lindsey apenas un instante antes de continuar.

―Y no volverá a pasar.

Raimon asintió despacio.

―Eso esperaba escuchar.

El ambiente recuperó enseguida la tranquilidad habitual.

June sonrió discretamente mientras seguía untando mantequilla sobre una tostada, como si aquella conversación hubiera quedado zanjada. Amaya ya le había explicado lo de la noche anterior y pensó que era mejor no decir nada.

Raimon terminó el café antes de dejar la taza sobre la mesa.

―Precisamente quería hablar con vosotros.

Theo levantó la vista.

―¿Qué ocurre?

―Hoy Amaya y yo teníamos previsto acudir a una subasta cerca de Livingston.

―¿La del semental Angus? ―preguntó Theo.

―Sí.

Amaya tomó la palabra.

―Pero esta mañana nos ha surgido una reunión con una planta cárnica interesada en el proyecto. Han adelantado el encuentro y no llegamos a las dos cosas.

Raimon miró directamente a Theo.

―Así que necesito que vayáis vosotros.

Theo no pareció sorprendido.

―De acuerdo.

―Buscamos un buen semental para empezar el programa de reproducción. Quiero un animal que marque el nivel del proyecto desde el principio.

Después, Raimon dirigió la mirada hacia Lindsey.

―Y me interesa especialmente tu opinión. Has estudiado este tipo de ganado.

Ella asintió con serenidad.

―No os preocupéis. Elegiremos bien.

―Eso espero.

Jesse levantó la taza.

―Y, si podéis, no volváis a montar otra pelea por el camino.

Theo negó con una sonrisa.

―Haré todo lo posible.

Las risas relajaron de nuevo el ambiente.

Cuando terminaron de desayunar, Theo recogió las llaves de la camioneta que colgaban junto a la puerta.

―¿Lista?

Lindsey asintió.

―Cuando quieras.

El trayecto comenzó envuelto en una agradable tranquilidad.

Las montañas acompañaban el camino mientras el sol terminaba de elevarse sobre los extensos prados de Montana.

El tráfico era prácticamente inexistente y la carretera parecía perderse entre campos infinitos salpicados de ranchos y cercados de madera.

Ninguno sintió la necesidad de llenar todos los silencios. Había algo profundamente reconfortante en compartirlos.

Theo conducía con una mano apoyada sobre el volante mientras la otra descansaba sobre la palanca de cambios. De vez en cuando intercambiaban alguna observación sobre el paisaje o comentaban algún detalle del ganado que pastaba junto a la carretera.

En un momento dado, sin apartar la vista del asfalto, Theo dejó descansar la mano sobre la pierna de Lindsey.

Fue un gesto sencillo. Natural. Como si llevara haciéndolo toda la vida.

Ella bajó la vista hacia aquella mano y después volvió a mirarlo.

―¿Qué?

Theo sonrió.

―Nada.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

―Solo estaba pensando que estás muy guapa esta mañana.

Lindsey notó cómo la sonrisa aparecía sola.

―¿Más que anoche?

―Eso es imposible de responder sin meterme en otro problema.

Ella soltó una risa.

―Vas aprendiendo.

―Contigo no me queda otra.

Lindsey apoyó entonces su mano sobre la de él, entrelazando suavemente sus dedos.

El resto del trayecto transcurrió entre conversaciones tranquilas, música sonando a bajo volumen y alguna que otra broma que terminaba siempre arrancándoles una sonrisa.

Casi una hora después, la camioneta abandonó la carretera principal y se incorporó al amplio aparcamiento de la feria ganadera.

Decenas de remolques para caballos ocupaban ya buena parte del recinto. El sonido de los mugidos, los relinchos y las voces de compradores y criadores llenaba el aire incluso antes de bajar del vehículo.

Theo apagó el motor.

―Bueno... ―Miró a Lindsey con una media sonrisa―. Vamos a encontrarle a Raimon el mejor semental de Montana.

Ella abrió la puerta.

―Espero que traigas la cartera bien llena. No podemos escatimar en esto.

―Raimon lo ha tenido en cuenta. Nos ha dado carta blanca.

―Bien, me encanta ir de compras.

El recinto ferial era todavía más grande de lo que Lindsey había imaginado.

Naves inmensas de estructura metálica se repartían a ambos lados del aparcamiento, comunicadas por amplios pasillos donde se mezclaban ganaderos, veterinarios, criadores y compradores llegados de distintos puntos del país.

El sonido de los mugidos se confundía con las conversaciones y el incesante ir y venir de remolques que descargaban animales para las distintas subastas del día.

Nada más cruzar la entrada principal, Theo se dirigió al mostrador de acreditaciones.

Una mujer de mediana edad les sonrió desde detrás del ordenador.

―Buenos días.

―Buenos días. Venimos en representación del rancho Vaughan.

La mujer localizó la inscripción en apenas unos segundos.

―Perfecto. Necesitaré los nombres.

―Theo Vaughan.

―Lindsey Clarke.

Ella apenas levantó la vista del teclado.

Tecleó un momento más antes de sacar dos acreditaciones plastificadas y una pequeña pala blanca con el número 148 impreso en negro.

―Con esta podréis participar en la subasta. El catálogo incluye la genealogía, el rendimiento reproductivo y las pruebas genéticas de todos los sementales. Mucha suerte.

Theo recogió la documentación.

―Gracias.

Cuando se apartaron del mostrador, Lindsey abrió inmediatamente el catálogo. Lo hojeó con rapidez mientras caminaban hacia el pabellón principal.

―Hay muy buenos ejemplares.

Theo sonrió.

―Por eso te he traído.

―No, por eso me ha traído Raimon.

―También.

Entraron en el graderío pocos minutos antes del comienzo.

Las gradas ya estaban bastante llenas. Hombres y mujeres con sombreros de ala ancha ocupaban la mayoría de los asientos mientras comentaban en voz baja las virtudes de los animales que iban apareciendo en el catálogo.

En el centro del recinto destacaba una gran pista circular cubierta de arena.

Junto a una de las puertas esperaba el primer semental.

Un locutor comprobó el micrófono.