Capítulo 8
¡Esto no puede estar pasando!
Raimon mantenía las manos firmes sobre el volante mientras las luces del pueblo desaparecían poco a poco por el retrovisor.
Amaya iba sentada a su lado, todavía con la respiración algo acelerada por lo ocurrido en el bar.
Detrás, Lindsey miraba por la ventanilla sin decir una palabra.
Theo permanecía a su lado, con los nudillos enrojecidos apoyados sobre las piernas.
Fue Amaya quien rompió el silencio.
―¿Se puede saber qué demonios os ha pasado por la cabeza?
Nadie respondió.
―¿De verdad era necesario terminar la noche así?
Theo soltó el aire despacio.
―Todo iba bien hasta que Lindsey empezó a discutir con ese tipo.
Ella giró la cabeza lentamente.
―¿Perdona?
―No estoy diciendo que...
―No, dilo. Ya que has empezado, termina la frase.
Theo pasó una mano por la nuca.
―Solo digo que podrías haberte apartado antes.
Lindsey lo miró como si no acabara de creer lo que estaba escuchando.
―Increíble.
―Lindsey... ―Theo intentó hablar, pero Lindsey lo interrumpió.
―No. Explícamelo. Porque debo de ser muy lenta y todavía no he entendido por qué la culpa es mía.
Theo respiró hondo.
―Estabas sola en mitad de la pista.
―Estaba bailando.
―Con ese vestido...
Ella abrió mucho los ojos.
―¿Con este vestido?
―Joder, Lindsey... Esto es un bar de vaqueros. Ven a una mujer guapa y se lanzan sobre ella como coyotes.
El silencio que siguió fue inmediato.
Raimon desvió un instante la mirada de la carretera.
―Theo... creo que te estás pasando.
―No, déjalo ―respondió Lindsey con una calma que resultaba mucho más peligrosa que cualquier grito―. Resulta que ahora la responsable soy yo por ponerme un vestido.
―No era eso.
―Es exactamente lo que has dicho.
Amaya se volvió hacia ellos.
―Theo, creo que deberías explicarte mejor.
―Para el coche.
La voz de Lindsey fue firme.
Raimon dudó apenas un segundo.
―Lindsey, todavía queda un poco para llegar al rancho.
―He dicho que pares.
La camioneta terminó deteniéndose junto al arcén.
Ella abrió la puerta y bajó sin mirar a nadie.
El portazo resonó en mitad de la noche.
Theo maldijo entre dientes.
―¡Joder...!
Abrió la puerta y salió tras ella.
Raimon observó cómo ambos comenzaban a alejarse por el borde de la carretera.
―¿Vamos detrás?
Amaya negó despacio.
Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
―No.
―¿No? ―preguntó Raimon confundido.
―Necesitan terminar esa discusión. Aquí hay demasiada tensión no resuelta.
Raimon la miró y no pudo evitar reírse.
―Bien. Regresamos al rancho entonces. ―Puso su mano sobre la pierna de Amaya―. Que aquí también hay tensión por resolver.
―¡Lindsey! ―La llamó Theo.
Ella siguió caminando.
―¡Lindsey, espera!
―Déjame en paz.
Theo aceleró el paso hasta colocarse delante de ella.
―No pienso dejar que vuelvas sola andando al rancho.
―Pues no puedes hacer nada. No eres mi padre.
Intentó rodearlo.
Él volvió a interponerse.
―Escúchame.
―¿Para qué? ¿Para decirme otra vez cómo debo vestir o dónde puedo bailar?
Aquellas palabras le golpearon mucho más de lo que esperaba.
―No he querido decir eso.
―Pues lo has dicho.
El viento movía suavemente el cabello de Lindsey.
Theo bajó la cabeza unos segundos antes de volver a levantarla.
―Lo que quise decir... es que cuando ese tipo te agarró sentí una rabia que no supe controlar.
Ella no respondió.
―Lo vi tocarte... y dejé de pensar.
Su voz había perdido toda la dureza.
―Cuando bajé del escenario no estaba enfadado contigo.
Se pasó una mano por el pelo con frustración.
―Estaba muerto de miedo.
Lindsey notó cómo toda la rabia comenzaba a resquebrajarse.
―¿Miedo?
―Sí.
Él dio un paso hacia ella.
―Porque la idea de que pudiera hacerte daño... ―Calló un instante―. Me volvió completamente loco.
Los dos permanecieron inmóviles.
Ya no discutían.
Solo se miraban.
Lindsey tragó saliva antes de hablar.
―Podrías haber dicho eso desde el principio. En vez de sonar como un machista sin sentido.
Theo dejó escapar una sonrisa cansada.
―Ya te he dicho que soy mucho mejor con los caballos que con las personas.
Ella negó con la cabeza.
―Ya lo veo, aun así. Tu reacción fue desmedida.
―Lo sé. No sé que me pasa contigo, Lindsey. Siento… me siento. Yo… ―Theo no encontraba las palabras―. Me gustas mucho, Lindsey.
Soltó de pronto.
Lindsey se quedó de piedra. Aquello no lo esperaba. O al menos de una forma tan directa. Sintió que se enrojecía. Que un calor sofocante le subía a las mejillas y que una sensación de vértigo se le anidaba en la boca del estómago.
―¿No vas a decir nada? ―Theo se pasó una mano por la nuca, nervioso.
―Perdona, por lo visto yo también soy mejor hablando con los animales que con las personas.
Aquella respuesta consiguió arrancarle una risa breve.
Lindsey también sonrió. Estaba hermosa.
No supo cuál de los dos dio el primer paso. Solo supo que, un instante después, Lindsey estaba entre sus brazos.
El beso llegó con una intensidad que ninguno esperaba. No tenía la timidez del primero. Era un beso ardiente. Lleno de tensión acumulada.
―Sigues siendo un idiota ―susurró ella.
―Lo siento, he estado fuera de lugar ―confesó sintiéndose ridículo.
Lindsey, no esperaba aquello. No sabía cómo sentirse al respecto. Theo en pocas palabras estaba demostrando lo mucho que le importaba, pero no le gustaban los hombres celosos.
―No vuelvas a decir esas cosas.
―No lo haré. Pero no respondo de mis puños si vuelvo a verte en peligro.
Volvieron a besarse.
Esta vez fue Lindsey quien lo atrajo de nuevo hacia ella.
El camino hasta el rancho transcurrió entre besos robados y sonrisas que ninguno conseguía disimular. Cuando llegaron a la cabaña, Theo apenas esperó a que Lindsey abriera la puerta. Entraron sin dejar de buscarse, riendo entre un beso y otro mientras la puerta se cerraba lentamente a su espalda.
Sus respiraciones estaban agitadas. No podían dejar de tocarse. De besarse. La ropa fue cayendo mientras subían las escaleras hacia la habitación. Una vez allí Turquesa había ocupado su cama.
―Ah, no. Señorita. Vas a tener que darnos un espacio.
Lindsey la agarró con cuidado y la sacó de la habitación, después tiró de las colchas y abrió la cama por completo. Mientras lo hacía, Theo se quitaba las botas apresurado, el pantalón, y después la camisa.
Ella lo miró con atención. Estaba tan bueno que no pudo evitar relamer su labio inferior. Theo desnudo parecía un Dios griego. Un actor de esos que salen en películas de gladiadores.
Ella se quitó las botas, pues el vestido había quedado en alguno de los escalones que conducían a aquella planta. Después caminó lento y de forma seductora hasta Theo, que la miraba con lujuria.
Lindsey era hermosa, y el conjunto de ropa interior de encaje azul cielo que llevaba solo hacía que resaltar sus curvas y sus pechos repletos.
―Voy a arrancarte todo eso con la boca, Lindsey.
Ella sonrió, y se dejó atrapar entre los brazos del veterinario.
Theo la besó, y acarició sus pechos por encima del sujetador.
Luego sacó uno de ellos y comenzó a lamerlo despacio.
Saboreando aquel botón rosado con paciencia.
Lindsey jugó con su pelo mientras sentía que un calor sofocante la atravesaba por completo.
Theo estaba en llamas. Su miembro se lo hacía saber empujando con dureza contra su ropa interior, deseoso por ser liberado.
Sujetó a Lindsey por la cintura, y la levantó sin problemas para tumbarla en la cama sin delicadezas.
Besó su abdomen y después descendió entre sus piernas.
Apartó la ropa interior hacia un lado y lamió el sexo de Lindsey.
Ella se abrió para él y se retorció de placer. Sentir la lengua de Theo en su sexo, cálida y húmeda era maravilloso.
―Así, eso es. ¡No pares, por favor!
Y Theo no lo hizo. Lamió y mordisqueó aquel manjar como si se le fuese la vida en ello.
Sentirla tan caliente en su boca lo iba a hacer estallar.
Verla retorcerse y jadear de aquel modo lo excitaba demasiado.
Metió un dedo en su interior y comenzó a moverlo intensamente mientras no dejaba de lamerla.
Sintió como su sexo se contraía alrededor de él y supo que estaba cerca.
―¡Oh, Dios, Theo! ¡Me encanta!
Theo continuó con aquella tortura, y la sintió estremecerse. Sintió las palpitaciones de su vagina en su boca y no se detuvo hasta haberla complacido.
Ella se quedó unos segundos boca arriba y con la respiración entrecortada, tratando de recuperar el aliento. Cuando las pulsaciones de su corazón bajaron se colocó de lado y miró a Theo que acababa de tumbarse a su lado, a los ojos.
―Todavía sigo muy excitada.
Deslizó la mano por su abdomen marcado y la coló dentro de su ropa interior. Su miembro erecto estaba tan duro que sintió como su vagina se contraía de nuevo al pensar que todo aquello en breve estaría en su interior.
―Voy a montarte, vaquero. Voy a montarte como nunca lo han hecho.
Y no dejó que Theo contestase a aquello. Se quitó la ropa interior, cogió un preservativo de su bolso y tras colocárselo, se montó a horcajadas sobre él para clavarse en su miembro de una forma lenta y casi tortuosa.
Lindsey comenzó a moverse despacio y Theo supo que estaba perdido.
Desde aquella posición podía verla bien.
Observar cómo su pelo rozaba sus pechos con cada movimiento, como sus labios se entreabrían cada vez que suspiraba o jadeaba y cómo su piel perlada por el sudor brillaba a causa de la luz de la luna llena que entraba por la ventana.
Sus pechos eran hipnóticos, se movían como flanes ante su rostro.
No pudo evitar medio incorporarse para lamerlos.
Sujetó su cintura con firmeza, y aumentó los movimientos de ella.
Estaba cardíaco. La tenía tan dura que hasta dolía.
Pronto Lindsey comenzó a arquearse y Theo supo que estaba al borde del abismo.
Respiró profundo y trató de acompasarse a su cuerpo.
Y cuando la sintió contraerse y gritar de puro placer, se dejó ir con ella.
Fue brutal.
Lindsey se dejó caer sobre el pecho del vaquero, todavía abrumada por el placer tan intenso que le había provocado. Escuchó los latidos de su corazón y comprobó que estaban igual de desatados que los suyos.
No pudo evitar pensar que después de aquello nada sería igual.
―¿Y ahora qué? ―preguntó en un hilo de voz.
Theo, que intuyó sus pensamientos, contestó con sinceridad:
―Ahora, nada, Lindsey. Dejaremos que todo fluya. No es necesario ponerle una etiqueta a esto que ha pasado. Solo nos dejaremos llevar, si te parece bien.
Theo cogió su mano con ternura y besó su dorso.
―¿Te parece bien? ―volvió a preguntar al ver que ella no contestaba.
Lindsey lo miró y después sonrió.
―Me parece bien.
―Bueno, pues ahora que todo está claro, ¿porque no nos vamos a la ducha?
Theo se levantó, se quitó el preservativo, se limpió con unas toallitas de papel que estaban sobre el escritorio de Lindsey, lo tiró a la papelera y se acercó hasta ella para tenderle la mano.
―¿Quieres que me duche contigo?
―Sí, quiero que te duches conmigo. Y quiero volver a…
Lindsey miró su miembro. Seguía erecto como si allí no hubiese pasado nada. Y eso la excitó. Agarró su mano y se dejó llevar hasta el cuarto de baño que estaba al final del pasillo.
Una vez allí, Theo encendió en agua caliente y, cuando estuvo a una temperatura adecuada, ambos entraron juntos. La ducha era algo pequeña, pero no importaba porque lo que ambos deseaban era estar pegados uno contra el otro.
Theo cogió el gel, y enjabonó a Lindsey. Sentir su cuerpo resbalar bajo su tacto le pareció de lo más sensual. Ella hizo lo mismo, y en segundos ya se estaban besando mientras sus cuerpos resbaladizos se rozaban.
―Joder, Lindsey. No sabes lo mucho que he pensado en esto. En tu cuerpo.
―¿De verdad?
―¿Es que acaso no te has dado cuenta de cómo te miraba?
―Pensaba que me evaluabas. Como veterinaria.
―Es cierto que te evaluaba, pero mi idea de evaluar y la tuya distan mucho.
Theo mordisqueó su cuello y después estrujó uno de sus pechos resbaladizos. Lindsey jadeó, y agarró su redondo y fuerte trasero para pegarlo más a su cuerpo. Su miembro erecto chocó directamente contra su pubis.
Theo completamente excitado, bajó una mano por su cadera hasta llegar a su muslo, y tiró de su pierna hasta que su rodilla quedó pegada a su cadera. Con la otra mano sujetó su miembro y lo restregó por la abertura de ella.
― Ummm… ―jadeó Lindsey―. Estoy deseando sentirlo dentro.
Theo la besó y jugó con su lengua, mientras no dejaba de mover su miembro y rozar su glande contra el clítoris hinchado de Lindsey. Ambos estaban muy excitados.
― Ummmm, vamos, Theo. Quiero que me folles duro.
―Mierda, Lindsey. Si sigues hablándome así, esto será rápido. Demasiado rápido.
―No me importa. Hazlo, fóllame ahora.
Theo tuvo que hacer fuerza de toda voluntad para separarse un poco.
―Me temo que no hemos traído preservativo aquí. Tendremos que regresar al cuarto.
―Tomo la pastilla. Y tú… confío en ti.
Aquellas palabras fueron la clave. Theo le abrió más las piernas, y sin dejar de mirarla a los ojos la penetró sin piedad.
Ella gritó de placer y se aferró a su cuello, mientras se acompasaba a sus movimientos. Su espalda rebotaba contra la pared y sus pechos contra los pectorales de él. El sonido de sus cuerpos chocando inundó aquellas paredes, solo interrumpido por sus jadeos.
Theo pensó en aquel momento que no existía nada mejor que estar dentro de ella. De sentir cómo su cuerpo se estremecía entre sus brazos y el sabor dulce de sus labios. Tuvo que concentrarse mucho para no correrse antes que ella.
―Oh, Theo, sigue así. ―Se contrajo―. Me estoy corriendo.
Theo aumentó sus movimientos. Verla así volvió a enardecerlo, y no le costó nada acompasar su orgasmo al de ella. Se corrieron juntos de nuevo y fue casi celestial. Tan intenso como el anterior. Ambos se abrazaron y se besaron esta vez con más calma. Saboreándose de otra forma más íntima y cercana.
Terminaron de ducharse y regresaron a la habitación, y una vez allí se tumbaron en la cama, abrazados, hasta que se quedaron dormidos.