No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Lindsey acababa de dar el último bocado a su cena cuando un hombre de unos cincuenta años, con barba entrecana y un delantal de cuero, apareció junto a la mesa. Saludó a Theo con la familiaridad de quien llevaba años conociéndolo y apoyó una mano sobre el respaldo de su silla.

―Theo.

Este levantó la cabeza.

―Hola, Jack.

―Tengo un problema.

Theo dejó la jarra sobre la mesa.

―¿Qué ha pasado?

El hombre suspiró resignado.

―El cantante que habíamos contratado para esta noche acaba de llamarme. Dice que ha tenido una avería con la furgoneta y no llegará.

Jesse empezó a sonreír incluso antes de que Jack terminara la frase.

Theo ya sabía por dónde iban los tiros.

―No.

―Todavía no te he pedido nada.

―No hace falta.

Jack soltó una risa.

―Solo serían unas canciones.

―Hace meses que no canto.

―Precisamente por eso.

―Jack, no.

―Me salvarías la noche.

Theo negó despacio.

―Estoy desentrenado.

―Mentira ―intervino Jesse mientras señalaba a Theo con la botella de cerveza―. Lo hemos escuchado cantar más de una vez en el granero.

Robert asintió inmediatamente.

―Y siempre se hace el humilde.

―Porque lo es ―añadió Hank con la tranquilidad que lo caracterizaba―. Pero canta condenadamente bien.

Lindsey miró a Theo con curiosidad.

Después a Amaya.

―Pensaba que estabas de broma cuando me dijiste que cantaba.

Amaya sonrió.

―Ya te dije que no. Tuve el placer de verlo tocar con su guitarra y cantar en un local parecido a este. Pero de eso ya hace mucho tiempo.

Raimon sonrió por encima de su vaso.

―Vamos Theo, no te hagas de rogar. O es que ahora después de tanto tiempo desafinas.

―En absoluto ―respondió Jesse mientras daba otro mordisco a la hamburguesa―. Nuestro hermano pequeño no desafina ni aunque se lo proponga.

Theo lanzó una mirada de advertencia a todos ellos.

―¿Habéis terminado?

―Todavía no.

Mike levantó la mano.

―Sube ahí de una condenada vez o tendremos que obligarte entre todos.

Las risas recorrieron la mesa.

Jack seguía esperando.

―¿Qué me dices?

Theo volvió a negar.

―Busca otro.

―A estas horas es imposible.

Fue entonces cuando Lindsey apoyó los codos sobre la mesa y lo miró con una sonrisa.

―A mí me encantaría escucharte.

Theo desvió la mirada hacia ella y terminó sonriendo con resignación. Por alguna razón no podía negarle nada a aquella mujer que lo miraba con esos ojos azules y enormes.

―No puedo ni salir un viernes por la noche tranquilo. Hasta en mi tiempo libre me tenéis que hacer trabajar.

Jack dio una palmada.

―¿Entonces aceptas?

Theo dejó escapar un suspiro.

―Solo unas cuantas canciones.

―Genial, te debo una, amigo.

Y entonces Jack, satisfecho, se machó por donde había llegado con una sonrisa triunfal en el rostro.

Poco después comenzaron a retirar las mesas situadas frente al pequeño escenario para dejar espacio a la pista de baile. Algunos clientes aprovecharon para pedir otra ronda mientras el técnico terminaba de colocar los micrófonos y ajustar los altavoces.

Theo se levantó.

―Voy a hablar con ellos.

―Mucha suerte, hermanito ―dijo Jesse con una sonrisa demasiado amplia.

Theo negó divertido y caminó hacia el escenario.

Lindsey siguió su figura con la mirada hasta que desapareció entre los músicos.

―Tengo muchísima curiosidad.

―Pues espérate a escucharlo ―respondió Raimon mientras hacía un gesto a la camarera para pedir otra ronda.

Las copas no tardaron en llegar. Mike y Robert pidieron otra ronda de cerveza, Hank se pidió un whisky y Lindsey optó por un gin-tonic . No era de beber mucho, pero aquella noche le apetecía relajarse y disfrutar del ambiente.

Las conversaciones fueron apagándose poco a poco cuando los músicos ocuparon sus posiciones sobre el escenario. Los primeros acordes de la guitarra resonaron por todo el local mientras varios clientes se acercaban con sus bebidas para situarse frente a la banda.

Uno de los guitarristas dio un paso hacia el micrófono.

―Buenas noches, Bozeman.

Un aplauso recorrió el The Rusty Spur.

―Parece que esta noche hemos tenido un pequeño cambio de planes, pero os prometemos que estáis en buenas manos.

Las miradas comenzaron a dirigirse hacia uno de los laterales del escenario.

Theo apareció entre los músicos con la misma tranquilidad con la que caminaba cada mañana por el rancho.

Saludó al guitarrista con un apretón de manos, intercambió unas palabras con el batería y tomó el micrófono mientras comprobaban el sonido por última vez.

No parecía nervioso. Más bien daba la impresión de encontrarse muy cómodo.

Las primeras notas de la guitarra llenaron el local y, durante unos segundos, Theo permaneció inmóvil, esperando el momento justo para entrar. Cuando finalmente comenzó a cantar, el cambio fue tan inesperado que Lindsey dejó de escuchar cualquier otra cosa.

Su voz era profunda, cálida y ligeramente rasgada, con esa imperfección que hacía que cada palabra sonara auténtica.

No necesitaba levantar el tono ni buscar grandes alardes para llenar el local.

Bastaba con la forma en que interpretaba cada verso para que toda la atención terminara concentrándose en él.

Las conversaciones fueron apagándose una tras otra hasta desaparecer por completo. Incluso los camareros parecían moverse con más cuidado para no romper aquel instante.

Lindsey no conseguía apartar la vista del escenario.

Había aprendido a admirar al veterinario que trataba a los caballos con una paciencia infinita, al hombre que conocía cada rincón del rancho y era capaz de resolver cualquier problema sin perder la calma.

Creía conocerlo bastante bien. Pero aquel Theo era completamente distinto.

Sobre el escenario irradiaba una seguridad serena que nunca antes le había visto.

Cantaba con una naturalidad desarmante, como si la música llevara formando parte de él toda la vida, y resultaba difícil creer que el mismo hombre que pasaba horas entre reses y caballos fuera capaz de emocionar a un local entero con solo abrir la boca.

Cuando la primera canción terminó, una ovación recorrió la sala.

Theo sonrió con cierta timidez, agradeció los aplausos con un leve gesto de la cabeza y, tras intercambiar unas palabras con los músicos, comenzó la siguiente canción.

Amaya aprovechó el momento para ponerse en pie y le tendió la mano a Lindsey.

―Vamos.

―¿A dónde?

―A bailar.

―No sé bailar country.

―Pues improvisamos.

Sin darle oportunidad de negarse, la llevó hasta la pista.

Al principio Lindsey se movió con cierta timidez. Después dejó de pensar. La música era contagiosa, y el ambiente también.

Las parejas giraban alrededor de ellas mientras otros grupos marcaban el ritmo con palmas y risas.

Mike ya intentaba enseñar unos pasos imposibles a una camarera que no dejaba de reírse. Robert discutía con Jesse sobre quién le entraba a una chica que les había llamado la atención a los dos. Y Hank sonreía apoyado en la barra con una cerveza en la mano.

La pista de baile estaba prácticamente llena.

Parejas de todas las edades giraban al ritmo de la música, algunos seguían la coreografía con una precisión envidiable y otros improvisaban entre risas, sin importarles demasiado equivocarse.

El sonido de las botas golpeando la madera marcaba el compás junto a las guitarras y los aplausos del público, creando esa mezcla de desorden y alegría que solo se encontraba en lugares como aquel.

Amaya consiguió que hasta Hank abandonara la barra durante unos minutos, mientras Mike se empeñaba en enseñar a Robert unos pasos que ninguno de los dos terminaba de dominar. Las carcajadas estallaban una y otra vez alrededor de ellos y Lindsey acabó riéndose tanto que le dolían las mejillas.

Hacía mucho tiempo que no se sentía así.

Sin el peso constante de las decisiones que había tomado ni el recuerdo permanente de todo lo que había dejado atrás en Texas.

Theo enlazó una tercera canción sin apenas hacer una pausa. Sonreía con naturalidad entre verso y verso, bromeaba con los músicos y conseguía que el público respondiera con palmas desde el primer acorde.

Fue entonces cuando, casi sin darse cuenta, buscó a Lindsey entre la gente. No tardó en encontrarla. Destacaba incluso rodeada de decenas de personas.

Amaya la hizo girar sobre sí misma entre risas y el vestido azul describió un pequeño vuelo alrededor de sus piernas mientras sus rizos se balanceaban con cada movimiento.

La expresión seria con la que solía concentrarse en el trabajo había desaparecido por completo.

Reía sin reservas, completamente ajena a que alguien la observaba desde el escenario.

Theo sintió que una sonrisa se dibujaba en su rostro. Aquella imagen tenía algo peligrosamente hipnótico. No era solo lo guapa que estaba. Era verla feliz. Sin preocupaciones.

La cuarta canción terminó entre aplausos y silbidos. Theo apenas tuvo tiempo de beber un sorbo de agua antes de que la guitarra marcara el comienzo de la siguiente. El ambiente en el The Rusty Spur estaba completamente entregado a la música.

Lindsey había terminado relajándose por completo. Amaya consiguió que aprendiera un par de pasos sencillos y, aunque seguía equivocándose más de la cuenta, ya no le importaba hacer el ridículo. Reía sin preocuparse por nada.

Fue al terminar la canción cuando Amaya le preguntó:

―¿Quieres otra copa?

―Claro.

―Bien, pues espérame aquí, vuelvo enseguida.

Lindsey asintió y permaneció junto a la pista observando a los músicos. No llegó a estar sola ni diez segundos.

―¿Bailas?

La voz la obligó a girarse.

Frente a ella había un hombre de unos treinta y tantos años, alto, con un sombrero negro y el primer botón de la camisa desabrochado. Sonreía con una seguridad que rozaba la arrogancia.

―Lo siento, pero no me apetece.

―Solo es un baile, será divertido.

―De verdad, prefiero quedarme aquí.

El desconocido dio un paso más.

―No muerdo, lo prometo, o al menos por ahora.

Lindsey sonrió con educación.

―Estoy segura de que no. Aun así, gracias.

Intentó apartarse, pero el hombre se interpuso.

―Vamos... no seas aburrida.

Aquello ya no le hizo ninguna gracia.

―He dicho que no. ¿Es que acaso estás sordo?