No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

A veces es mejor no pensar

Las semanas fueron sucediéndose con la rapidez que solo conocen quienes viven entregados al trabajo.

Los días comenzaban antes de que amaneciera y terminaban cuando el sol ya se había escondido tras las montañas.

Entre revisiones veterinarias, ganado, caballos y nuevas responsabilidades, el tiempo parecía escaparse sin que ninguno de los dos pudiera detenerlo.

Ni Theo ni Lindsey volvieron a hablar de lo ocurrido aquella noche junto a la cabaña.

El silencio se convirtió en un pacto tácito entre ambos.

Ninguno dio un paso más. Ninguno buscó explicaciones.

Se limitaron a seguir compartiendo jornadas interminables de trabajo, conversaciones sobre animales y decisiones del rancho, como si aquel instante hubiera quedado suspendido en algún lugar al que ninguno se atrevía a regresar.

La futura llegada del nuevo ganado Angus había cambiado por completo el ritmo de los Vaughan.

Durante aquellos días apenas existían momentos de descanso.

Los vaqueros reparaban cercas, reforzaban portones y acondicionaban nuevos pastos para repartir los animales una vez llegaran al rancho.

Otros limpiaban los corrales de manejo y preparaban las instalaciones donde pasarían los primeros días de adaptación.

Incluso habían construido nuevos cercados de cuarentena y revisado uno por uno los bebederos automáticos para asegurarse de que todo funcionara a la perfección.

Raimon también había contratado a cuatro vaqueros más. El proyecto crecía más deprisa de lo que cualquiera había imaginado y, por primera vez en mucho tiempo, el rancho Vaughan empezaba a quedarse pequeño.

Para Lindsey aquellas semanas habían sido un regalo.

La montaña de trabajo que encontró al llegar había desaparecido poco a poco.

Junto a Theo consiguieron poner al día todas las revisiones veterinarias pendientes, organizar los historiales clínicos del ganado y establecer un sistema de seguimiento que les permitía detectar cualquier problema con mucha más rapidez. Trabajaban codo con codo cada día.

Aquel viernes, sin embargo, el ambiente era distinto. El trabajo previsto para la semana estaba terminado y, por primera vez en muchos días, el sol comenzaba a esconderse sin que nadie tuviera una lista interminable de tareas pendientes.

Junto a las habitaciones de los vaqueros, varios de ellos habían improvisado el final de la jornada sentados sobre unos fardos de heno y un viejo remolque.

Las cervezas pasaban de unas manos a otras mientras Mike relataba, probablemente por décima vez, cómo había conseguido escapar de una vaca especialmente malhumorada.

―Esa historia cambia cada vez que la cuentas ―protestó Robert.

―Porque voy recordando detalles.

―Te los vas inventando.

―Eso también requiere talento.

Las risas se mezclaron con el tintineo de los botellines.

Theo dio un largo trago a la cerveza antes de mirar alrededor.

Hacía semanas que nadie salía del rancho.

―Creo que nos hemos ganado una noche libre.

Los vaqueros levantaron la cabeza casi al mismo tiempo.

―¿Qué propones, jefe? ―preguntó Mike.

―Hace demasiado que no pisamos The Rusty Spur.

Robert dejó escapar un silbido.

―Eso sí que suena bien.

―Una cerveza no hace daño a nadie ―añadió Jesse, que acababa de unirse al grupo.

Theo sonrió.

―Entonces está decidido. Esta noche nos vamos al pueblo.

Lindsey intercambió una mirada con Amaya.

Hacía semanas que no salían de aquellas tierras. Y sintió unas ganas enormes de ponerse un vestido, olvidarse durante unas horas del barro y las botas de trabajo y comportarse, simplemente, como una mujer de veintiséis años.

Amaya se volvió entonces hacia Lindsey.

―¿Subimos a cambiarnos?

―Creo que es una buena idea.

―Perfecto. Dame media hora y paso a buscarte.

Lindsey no pudo evitar sonreír mientras seguía a Amaya hacia las cabañas.

Lindsey se observó por última vez frente al pequeño espejo del dormitorio antes de apagar la luz.

Habían pasado semanas desde la última vez que se había vestido para algo que no fuera trabajar, así que volver a ponerse un vestido le resultaba extraño.

Había elegido uno sencillo, de color azul marino, que le llegaba unos centímetros por encima de las rodillas y se ajustaba con suavidad a su figura sin resultar excesivo.

Lo combinó con unas botas camperas de cuero marrón claro, las únicas que había traído que no estaban cubiertas de barro, y dejó el cabello rubio completamente suelto.

Los rizos caían sobre sus hombros con la naturalidad de siempre, enmarcando un rostro en el que apenas había utilizado maquillaje.

Un poco de máscara de pestañas, un brillo de labios casi imperceptible y nada más.

Sonrió para sí, cogió la chaqueta vaquera del armario y salió de la cabaña.

La camioneta ya esperaba junto al camino principal.

Raimon ocupaba el asiento del conductor mientras Amaya hablaba con él apoyada en la puerta.

Theo permanecía unos metros más atrás, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros, contemplando distraídamente el cielo que comenzaba a teñirse de tonos anaranjados.

Fue el primero en levantar la vista cuando escuchó abrirse la puerta de la cabaña. Y durante un instante olvidó incluso respirar.

La había visto despeinada al amanecer, cubierta de barro después de una jornada entera entre reses y con la ropa manchada de polvo prácticamente todos los días desde que llegó al rancho.

Aquella noche estaba muy distinta. Seguía siendo Lindsey. La misma mujer que discutía con él por un diagnóstico o que era capaz de pasar horas vacunando ganado sin quejarse una sola vez. Pero había algo en ella que resultaba imposible dejar de mirar.

El vestido realzaba la sencillez con la que siempre se movía y el cabello, completamente suelto, parecía reflejar la última luz del atardecer.

Lindsey llegó hasta ellos con una sonrisa.

―¿Qué pasa? ¿Llevo algo raro?

Amaya negó enseguida.

―Estás guapísima.

―Muchísimo ―añadió Raimon.

Theo tardó un segundo más de la cuenta en reaccionar.

―Sí... estás muy bien.

Ella agradeció el cumplido con una sonrisa discreta.

―Gracias.

Intentó que aquella respuesta sonara natural, aunque por alguna razón el comentario de Theo había conseguido ponerla mucho más nerviosa que los de Amaya y Raimon.

―Bien, y ahora que ya estamos todos, podemos ponernos en marcha ―dijo Raimon con una sonrisa en el rostro.

El trayecto hasta Bozeman transcurrió entre bromas y conversaciones sin importancia. Lindsey ocupó el asiento trasero junto a Theo mientras Amaya iba delante con Raimon.

Hablaron del nuevo ganado que llegaría la semana siguiente, de las primeras nevadas que no tardarían en aparecer y de viejas anécdotas.

A medida que se acercaban al pueblo comenzaron a aparecer las primeras luces. Las calles estaban más animadas de lo habitual para ser viernes.

Cuando aparcaron frente a The Rusty Spur, los vaqueros del rancho ya los esperaban en la entrada junto a Jesse.

Mike levantó los brazos nada más verlos.

―¡Por fin! Pensábamos que os habíais arrepentido.

Lindsey negó divertida mientras seguían al grupo hasta el interior.

El local estaba lleno. Las paredes de madera estaban cubiertas de fotografías antiguas de rodeos, monturas desgastadas, viejas herraduras y sombreros firmados por clientes habituales.

Sobre el pequeño escenario del fondo, un grupo de música country afinaba guitarras mientras el murmullo de las conversaciones llenaba el ambiente.

Olía a carne a la parrilla, cerveza y madera envejecida. Era exactamente el tipo de sitio que Lindsey siempre había imaginado cuando pensaba en Montana.

Jesse había conseguido reservar una mesa enorme junto al escenario. Apenas se sentaron apareció una camarera con varias jarras de cerveza.

―Las hamburguesas de aquí son las mejores del estado ―aseguró Robert.

―Bueno, eso tendré que comprobarlo ―se jactó Lindsey.

Theo la miró.

―Me temo que esta vez es cierto. Son las mejores hamburguesas de toda Montana.

Ella sonrió.

―Entonces no pienso perdérmela. Una hamburguesa completa, por favor ―le dijo a la camarera.

La música comenzó pocos minutos después.

Dos guitarras, un violín y una voz grave llenaron el local mientras algunos clientes se levantaban para bailar cerca del escenario. Las conversaciones se mezclaban con las risas y el sonido de los vasos chocando una y otra vez.

Cuando la camarera regresó con las hamburguesas y las puso sobre la mesa, Mike comenzó a comer como si llevara tres días sin probar bocado. Aquello le causó gracia a Lindsey, que no entendía cómo Mike podía comer de aquella forma. Ella negó divertida y dio un mordisco a la suya.

La hamburguesa era espectacular. Jugosa. Con queso fundido y una salsa ligeramente picante. Sin darse cuenta, una pequeña gota de mostaza quedó junto a la comisura de sus labios.

Theo la observó unos segundos, y dudó. Después tomó una servilleta de la mesa.

―Espera.

Lindsey lo miró sin comprender.

―¿Qué ocurre?

Él señaló discretamente la comisura de su boca.

―Te has manchado.

Antes de que ella pudiera reaccionar, acercó la mano y, con una delicadeza casi impropia de él, limpió la pequeña mancha de mostaza con la servilleta.

Fue un gesto insignificante. Pero que a Lindsey la hizo poner nerviosa. Sintió cómo el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.

―Gracias...

murmuró, sin apartar la mirada de él.

―De nada.

Theo volvió a dejar la servilleta sobre la mesa como si aquello no hubiera tenido la menor importancia.

Pero la había tenido. Y no solo para ellos.

Al otro lado de la mesa, Amaya levantó lentamente la vista hacia Raimon. Él ya la estaba mirando, y ninguno dijo nada al respecto, pero sus miradas cómplices lo decían todo. Y Jesse levantó las cejas divertido mientras le hincaba el diente a su hamburguesa.