No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

―El Clarke Mountain Horse tiene muchísimo peso dentro del mercado de Angus. Conocen distribuidores, mataderos, compradores... tienen influencia suficiente para complicaros bastante las cosas.

Volvió a mirar a todos.

―Y entenderé perfectamente que no queráis correr ese riesgo por una persona que lleva aquí apenas dos días.

Tomó aire.

―Si preferís que me marche, prepararé mis cosas esta misma noche.

Nadie respondió.

Durante unos segundos solo se escuchó el leve crepitar de la chimenea.

Fue Jesse quien habló primero.

―¿Has terminado?

Lindsey asintió.

―Bien. ―Se recostó ligeramente en la silla―. Pues ahora hablo yo.

Se cruzó de brazos.

―Me caían mal tus padres hace cinco minutos. Ahora directamente me parecen idiotas.

Una sonrisa asomó en los labios de Mery desde la cocina.

June negó con la cabeza.

―Jesse...

―¿Qué? Es la verdad.

Theo bajó la vista para ocultar la sonrisa que amenazaba con escapársele.

Raimon fue mucho más serio.

―¿De verdad crees que alguien de esta familia va a echarte por algo que han hecho tus padres?

Lindsey no respondió.

No podía.

―Porque si lo crees... todavía no nos conoces.

June tomó entonces la palabra.

Su voz fue tranquila.

Serena.

Pero firme.

―Escúchame bien, Lindsey. ―Esperó a que la joven levantara la vista―. Esta casa siempre ha sido un refugio para las personas que lo necesitaban. Lo fue cuando Amaya llegó. Lo ha sido para muchos trabajadores durante años. Y seguirá siéndolo mientras yo viva.

Hizo una breve pausa.

―Quien entra en este rancho pasa a formar parte de él. No importa si lleva veinte años aquí... o dos días.

Las palabras encontraron un lugar muy profundo dentro de Lindsey. Sintió un nudo en la garganta.

Raimon asintió.

―El proyecto Angus seguirá adelante. Y si alguien intenta ponernos las cosas difíciles, ya nos ocuparemos de resolverlo. No eres tú quien tiene que cargar con esa preocupación.

―Exacto ―añadió Jesse―. Además, me muero de ganas de conocer al imbécil que piense que puede venir a decirnos cómo llevar nuestro rancho.

Entonces todas las miradas terminaron posándose sobre Theo, que se había mantenido en silencio.

―Solo voy a decir una cosa… Eres mi veterinaria. Y vas a seguir siéndolo. El resto... ya lo resolveremos cuando llegue. Estamos suponiendo algo que todavía no ha pasado. Puede que tus padres ni siquiera lleguen tan lejos.

―A estas alturas ya no lo sé ―contestó sincera―. Pero quería ser honesta con vosotros, que me habéis abierto las puertas de vuestra casa.

―Y eso dice mucho a tu favor ―dijo June.

―Aquí todos cuidamos de todos, y tú ahora eres de los nuestros ―aseguró Theo.

Fue una frase sencilla. Pero, por alguna razón, fue la que terminó de romper las defensas que Lindsey llevaba días levantando.

Bajó la cabeza un instante para disimular la humedad que empezaba a acumularse en sus ojos. Nunca habría imaginado que un grupo de personas al que apenas conocía pudiera hacerla sentir más protegida que la familia con la que había crecido.

Y en ese momento comprendió que, quizá, el hogar nunca había sido un lugar. Sino las personas que decidían quedarse a tu lado cuando más las necesitabas.

Theo acompañó a Lindsey hasta la cabaña cuando la cena terminó.

Los demás se quedaron en la casa grande mientras ellos abandonaban el porche y tomaban el sendero de tierra que serpenteaba entre los árboles.

La noche había caído por completo sobre el valle y el aire descendía de las montañas con ese frío seco que obligaba a esconder las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Durante los primeros minutos caminaron en silencio.

A su alrededor, el rancho seguía respirando. Algún caballo relinchó en la distancia, una puerta golpeó suavemente por culpa del viento y, muy por encima de ellos, el cielo aparecía cubierto por miles de estrellas que parecían más cercanas que en cualquier otro lugar.

Cuando llegaron frente a la cabaña, Lindsey subió los dos escalones de madera del porche y, antes de abrir la puerta, se volvió hacia él.

―Gracias por acompañarme.

Theo negó despacio con la cabeza.

―No tienes que darme las gracias por eso.

Ella sostuvo su mirada unos segundos.

―No me refería solo a eso.

Theo entendió inmediatamente a qué se refería.

―Has hecho lo correcto contando la verdad.

Lindsey dejó escapar una pequeña sonrisa que desapareció casi al instante.

―No estaba segura de como reaccionarías. ―Ella miró hacia la oscuridad del rancho antes de continuar. ―Ahora creo que he tenido mucha suerte al encontraros.

Aquellas palabras le nacieron desde un lugar muy profundo. Tan profundo que, al pronunciarlas, notó cómo toda la fortaleza que había mantenido durante el día comenzaba a resquebrajarse.

Intentó contenerse.

De verdad que lo intentó.

Pero el peso de los últimos días era demasiado grande. Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas sin hacer ruido.

Lindsey giró ligeramente el rostro, avergonzada.

―Perdona... No sé qué me pasa.

Lindsey se apresuró a secarse las lágrimas con el dorso de la mano, avergonzada por haberse derrumbado delante de él.

Theo no dijo nada. Acortó la distancia que los separaba con paso tranquilo y permaneció unos segundos frente a ella, como si buscara las palabras adecuadas sin llegar a encontrarlas.

Al final renunció a ellas. Con una delicadeza que sorprendió incluso al propio Theo, alzó la mano y rozó apenas su mejilla con la yema de los dedos, secando una de las lágrimas que aún resbalaba por su piel.

―No tienes que disculparte por llorar.

Aquellas palabras terminaron por derrumbar la última barrera que Lindsey había conseguido mantener en pie durante todo el día. Theo no necesitó preguntarle nada más. Dio un paso al frente y la envolvió entre sus brazos con una naturalidad que sorprendió a ambos.

Al principio, Lindsey permaneció tensa. Como si hubiera olvidado lo que se sentía al dejar de resistirse. Poco a poco, sin embargo, la rigidez de sus hombros fue desapareciendo y terminó apoyando la frente sobre el pecho de Theo.

Cerró los ojos mientras el sonido acompasado de los latidos de su corazón llegaba hasta ella, constante, tranquilo, casi reconfortante.

Theo tampoco se movió. Se limitó a sostenerla con delicadeza, sintiendo cómo el frío de la noche desaparecía entre la cercanía de ambos.

No sabía cuánto tiempo permanecieron así. Quizá unos segundos, o puede que minutos. El tiempo había dejado de importar.

Poco a poco, Lindsey fue apartándose apenas unos centímetros de su pecho. Lo justo para poder mirarlo.

Theo no había dejado de observarla. Había preocupación en sus ojos, pero también una dulzura serena que ella no esperaba encontrar. La manera en que la miraba hacía que todo su interior se desestabilizara.

Ninguno de los dos habló. El silencio parecía envolverlos igual que la oscuridad de aquella noche de Montana.

Estaban demasiado cerca. Tan cerca que Lindsey podía distinguir el leve reflejo de la luz del porche en los ojos azules de Theo, notar el calor de su respiración mezclándose con la suya y percibir el aroma limpio de su colonia, todavía impregnado en la chaqueta que llevaba puesta.

Fue entonces cuando dejó de pensar.

No hubo una decisión consciente ni un instante en el que se dijera que aquello era una buena idea. Solo existió ese impulso inesperado que nace cuando el corazón se adelanta a la razón.

Se incorporó apenas unos centímetros y rozó sus labios con los de Theo. Fue un beso tan breve que casi pudo confundirse con una caricia. Como si ella misma estuviera preguntándole, sin palabras, si estaba permitido sentirse a salvo entre sus brazos.

Theo no respondió. Pero tampoco retrocedió. Permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos que acababan de romper todas las distancias que había intentado mantener desde que Lindsey llegó al rancho.

Algo se agitó con fuerza en su interior. Una emoción inesperada. Intensa. Y fue precisamente eso lo que hizo que Lindsey reaccionara.

Abrió los ojos de golpe, como si acabara de despertar de un sueño. El color desapareció de su rostro y dio un paso hacia atrás con tanta rapidez que el abrazo se deshizo entre los dos.

Se llevó los dedos hasta los labios, todavía incapaz de creer lo que acababa de hacer.

―Dios mío...

El arrepentimiento apareció antes incluso que las palabras.

―Lo siento... Dios... lo siento mucho. ―Negó varias veces con la cabeza―. No debería haber pasado. Estoy muy sensible por todo lo que está ocurriendo y... tú eres mi jefe. No debí hacerlo.

Theo tardó unos segundos en encontrar las palabras.

―No tienes por qué disculparte. Si hubiera mantenido las distancias, nada de esto habría pasado.

Los dos sabían que aquello no era del todo cierto.

Había ocurrido porque los dos lo habían permitido. Porque durante aquellos segundos ninguno había querido romper la cercanía que se había creado entre ellos. Y eso era precisamente lo que más los asustaba.

Theo respiró hondo.

―Será mejor que descanses.

Lindsey asintió despacio.

―Sí... será lo mejor.

Sus miradas volvieron a encontrarse una última vez.

Ninguno de los dos supo qué decir.

―Buenas noches, Theo.

―Buenas noches, Lindsey.

Ella entró en la cabaña y cerró la puerta con suavidad.

Theo permaneció unos instantes inmóviles frente al porche.

Con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en la madera de aquella puerta.

Después giró sobre sus pasos y emprendió el camino de regreso hacia la casa grande.

El frío seguía siendo intenso. Pero ya no era lo único que llevaba consigo aquella noche.