Capítulo 6
Ser una Clarke es complicado
Amaya cruzó el pequeño salón, pero al no encontrar a Lindsey en la planta baja dirigió la mirada hacia la escalera de madera.
Subió despacio.
La puerta del dormitorio estaba entornada, y llamó con los nudillos.
―¿Lindsey? ¿Puedo pasar?
―Adelante.
Cuando entró, la encontró tumbada sobre la cama, todavía vestida con la ropa del rancho. Turquesa dormía hecha un ovillo junto a ella mientras Lindsey le acariciaba distraídamente el lomo.
La habitación permanecía casi en penumbra. Solo entraba la luz anaranjada del atardecer por la ventana.
Amaya cerró la puerta tras de sí.
―¿Estás bien?
Lindsey tardó unos segundos en responder.
―Sí.
Amaya sonrió con tristeza.
―No me mientas.
Lindsey levantó la vista.
―¿Tan evidente es?
―Te conozco desde hace años. Sé perfectamente la cara que pones cuando intentas convencer al resto de que todo está bajo control.
Turquesa ronroneaba ajena a la conversación.
―Es complicado, Amaya.
―¿Tiene que ver con tus padres?
Lindsey asintió muy despacio.
―Sí.
Apoyó la espalda contra el cabecero de la cama antes de continuar.
―Creo que esta vez no hay vuelta atrás.
Amaya frunció ligeramente los labios.
―¿Habéis vuelto a discutir?
Lindsey dejó escapar una risa breve, pero sin humor.
―Ojalá hubiera sido solo una discusión.
Bajó la mirada hacia sus manos.
―Mi padre ha bloqueado todas mis tarjetas. También mis cuentas. Me pidió que devolviera el coche y ha dejado de pagar el apartamento donde vivía. Mis padres han decidido que, si no trabajo para ellos, tengo que aprender lo que cuesta desobedecerles.
Amaya permaneció inmóvil.
No esperaba algo así.
―¿Desde cuándo?
―Desde que rechacé incorporarme a su rancho.
―¿Y no me has dicho nada?
―Porque necesitaba asumirlo yo primero.
Su voz seguía siendo tranquila.
―Toda mi vida he pensado que, pasara lo que pasara, mi familia acabaría apoyándome. Aunque se enfadaran. Aunque discutieran conmigo. ―Negó despacio―. Pero me he equivocado.
Amaya se acercó sin decir una palabra y se sentó a su lado. Después la abrazó.
―Lo siento muchísimo.
―Yo también. Creo que mi dolor es tan grande porque me cuesta creer que le hagan esto a su propia hija.
Amaya la abrazó más fuerte en cuanto sintió que se derrumbaba entre sus brazos. Permanecieron así en silencio unos segundos, hasta que Lindsey volvió a hablar.
―Hay otra cosa que nunca te he contado.
Amaya se separó lo justo para mirarla.
―¿Qué ocurre?
―¿Conoces el rancho Clarke Mountain Horse?
―Claro. Es uno de los ranchos más importantes de Texas. Llevan generaciones criando ganado y son una referencia en carne Angus.
Lindsey respiró hondo.
―Es el rancho de mis padres.
La expresión de Amaya cambió por completo.
Durante unos segundos no encontró palabras.
Miró a Lindsey.
Después volvió a mirarla.
―Espera...
―Sí.
―¿Tú eres...?
―La hija de Richard Clarke.
El silencio volvió a llenar la habitación.
―¿Por qué nunca me lo contaste?
―No quería que me tratases distinto. No deseaba que nadie lo hiciera. Inventé una familia normal para todo el mundo.
―Mierda, Lindsey. No te hubiese tratado distinto. Siento si has pensado eso de mí. Ahora entiendo por qué te has quedado tan seria cuando Raimon ha hablado del proyecto Angus.
Lindsey asintió.
―Eso es precisamente lo que me preocupa. ―Se incorporó un poco―. No tengo miedo por mí. Tengo miedo por vosotros.
Amaya frunció el ceño.
―¿Por nosotros?
―Mis padres controlan una parte enorme del mercado de Angus. Tienen dinero, influencia y relaciones comerciales por todo el país. Si descubren que estoy trabajando aquí... no sé hasta dónde serían capaces de llegar.
Amaya permanecía escuchando en silencio.
―Quizá no puedan impedir que empecéis el proyecto... pero sí hacerlo mucho más difícil. Presionar distribuidores. Romper acuerdos. Cerrar puertas.
Lindsey bajó la vista.
―Hace unos meses habría pensado que jamás harían algo así, pero después de lo que me han hecho... Ya no estoy tan segura. ―Respiró profundamente―. Por eso creo que lo mejor sería marcharme antes de convertirme en un problema para vosotros.
Amaya negó con firmeza.
―Ni se te ocurra volver a decir eso.
―Amaya...
―No.
La interrumpió con una serenidad que apenas admitía discusión.
―Has llegado hace dos días y ya formas parte de este rancho. Has demostrado quién eres trabajando, no por el apellido que llevas. Hablaré con Raimon. Y también con June. Tienen derecho a conocer la situación. Pero también tienen derecho a decidir por sí mismos.
Le tomó una mano.
―Y si crees que esta familia va a echarte por culpa de los errores de tus padres... todavía no conoces a los Vaughan.
Lindsey sintió cómo algo se aflojaba lentamente dentro de su pecho.
―Se lo diré durante la cena ―aseguró―. Les explicaré todo, y que sean ellos quienes decidan.
―Será lo mejor ―confirmó Amaya cogiendo su mano.
Cuando Lindsey cruzó el umbral de la casa grande, el aroma de la cena ya inundaba el recibidor.
Desde el comedor llegaban las voces de Jesse y Theo, que discutían sobre quién había dejado abierta una de las puertas del granero aquella mañana.
Mery iba y venía entre la cocina y la mesa con la tranquilidad de quien conocía aquella rutina de memoria, mientras June supervisaba la escena desde su silla de ruedas con una sonrisa que parecía formar parte de la propia casa.
Todo parecía exactamente igual que la noche anterior. Las mismas voces, el mismo aroma a comida casera, la misma calidez que desprendía aquella casa. Sin embargo, para Lindsey nada era igual.
Se detuvo un instante antes de entrar en el comedor y respiró hondo.
Aún estaba a tiempo de aplazar aquella conversación, de esperar un día más o de inventar cualquier excusa que le permitiera seguir ocultando la verdad.
Pero sabía que solo conseguiría empeorar las cosas.
Cuanto más tardara en contar quién era realmente y de dónde venía, más difícil sería ganarse la confianza de las personas que tan bien la habían recibido.
―¿Te vas a quedar ahí toda la noche? ―preguntó Jesse al verla aparecer en la puerta―. Mery se va a pensar que no te gusta su estofado.
Aquella ocurrencia arrancó algunas sonrisas alrededor de la mesa.
Lindsey hizo un esfuerzo por corresponderlas.
―Sería incapaz de rechazar la comida de Mery.
―Respuesta correcta ―dijo la cocinera desde la cocina, señalándola con la cuchara de madera―. Puedes sentarte.
Lindsey ocupó su sitio habitual, entre Amaya y Theo.
Este último levantó la vista apenas un segundo cuando ella se acomodó en la silla. Había algo distinto. No sabría decir qué. Era una impresión demasiado sutil para explicarla con palabras.
Pero desde que había regresado del trabajo aquella tarde, Lindsey parecía cargar con un peso invisible sobre los hombros.
Sonreía cuando alguien le hablaba, respondía con educación y participaba en la conversación, pero el brillo que había visto aquella mañana mientras cabalgaban entre el ganado había desaparecido.
Y aquello le resultaba extrañamente difícil de ignorar.
Fue entonces cuando Amaya levantó la vista y buscó los ojos de Lindsey al otro lado de la mesa.
No necesitó decir nada. Bastó aquella mirada para recordarle la conversación que habían tenido apenas una hora antes.
Lindsey entendió el mensaje. Inspiró despacio, dejó los cubiertos sobre el plato con un leve tintineo y el sonido fue suficiente para que las conversaciones se apagaran casi sin que nadie fuera consciente de ello.
June fue la primera en percibir que algo ocurría.
Alzó la vista hacia ella y la observó con la atención tranquila de quien lleva toda una vida aprendiendo a leer a las personas.
―¿Ocurre algo, cariño?
Lindsey entrelazó las manos sobre su regazo.
Nunca le había resultado tan difícil empezar una conversación.
―Sí. ―Guardó un breve silencio―. Y creo que os debo una explicación.
Las miradas se concentraron en ella.
Incluso Theo dejó la copa sobre la mesa.
―Antes de nada, quiero pediros disculpas.
Raimon frunció ligeramente el ceño.
―¿Disculpas por qué?
―Porque no he sido completamente sincera desde que llegué.
Nadie dijo nada.
Esperaban.
―Esta tarde habéis hablado del nuevo proyecto de carne Angus.
Raimon asintió.
―Sí.
―Y cuando lo he escuchado... me he dado cuenta de que no podía seguir ocultándoos quién soy.
Inspiró profundamente.
―Mis padres son los propietarios del Clarke Mountain Horse.
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Parecía que las palabras todavía no habían terminado de encontrar su sitio.
Fue Jesse quien rompió el silencio.
―Espera... ¿el Clarke Mountain Horse de Texas?
―Sí.
―¿El mayor productor privado de Angus del estado?
Lindsey asintió despacio.
―Ese.
Jesse silbó por lo bajo.
―Vaya...
June permanecía inmóvil. No había sorpresa en su expresión. Había preocupación por Lindsey.
―Continúa, cariño.
Aquellas dos palabras le dieron el valor que necesitaba.
―Cuando terminé la carrera, mis padres esperaban que regresara para trabajar con ellos. Era algo que llevaban años dando por hecho.
Miró un instante sus manos antes de continuar.
―Pero yo no quería esa vida. Quería construir mi propio camino.
Hubo quien bajó la mirada.
Otros permanecieron completamente atentos.
―Cuando rechacé incorporarme al rancho, decidieron cortar cualquier relación conmigo. Me bloquearon las tarjetas, cancelaron mis cuentas, dejaron de pagar el apartamento donde vivía y me retiraron el coche.
El silencio se hizo todavía más espeso.
Jesse dejó lentamente el tenedor sobre la mesa.
Raimon apoyó los antebrazos sobre la madera sin apartar la vista de Lindsey.
Y Theo sintió una punzada de rabia difícil de explicar.
―Lo siento muchísimo ―dijo June con una dulzura que casi hizo tambalear la serenidad de Lindsey.
Ella sonrió con esfuerzo.
―No os cuento todo esto para dar pena. Lo hago porque necesito que sepáis una cosa. ―Miró directamente a Raimon―. Si mis padres descubren que estoy trabajando aquí, es posible que intenten perjudicar vuestro proyecto.
Raimon no dijo nada.
La dejó terminar.