No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Apuesta a que sí

Cuando el último grupo de reses atravesó el corredor y entró en el cercado central, comenzó la parte más laboriosa de la jornada. Desde fuera podía parecer sencillo, pero no lo era.

Las vacas avanzaban una a una por una manga metálica que conducía hasta el cajón de manejo. Allí quedaban inmovilizadas durante unos minutos mientras se realizaban las revisiones correspondientes.

Robert se encargaba de comprobar los números de identificación y anotar cualquier incidencia en las fichas. Mike y Hank movían los animales desde los corrales de espera para que el flujo no se detuviera. Y Theo y Lindsey trabajaban directamente con el ganado.

El calor empezaba a hacerse notar. El sol ya estaba alto y una fina capa de polvo cubría botas, pantalones y sombreros.

La siguiente novilla avanzó por la manga resoplando con evidente descontento.

―Esta viene enfadada ―comentó Mike.

―Como todas las de tu especie ―contestó Lindsey.

Mike se llevó una mano al pecho.

―Eso ha sido cruel.

Theo negó con la cabeza mientras abría la ficha del animal.

La novilla quedó inmovilizada en el cajón, y Lindsey se acercó inmediatamente. Comprobó ojos, mucosas, respiración y estado general antes de deslizar las manos por una de las patas traseras.

―Tiene una pequeña herida aquí.

Theo se aproximó para verla.

―¿Del vallado?

―Eso parece.

―Habrá que vigilarla unos días ―comentó Robert.

Lindsey asintió mientras Robert anotaba la observación.

Cuando terminaron, liberaron al animal y la siguiente res ocupó su lugar. Y después otra. Y otra más. El trabajo era casi mecánico: revisar, anotar, marcar, liberar y repetir.

Pero también exigía concentración constante. Porque bastaba un descuido para pasar por alto una infección, una cojera o cualquier problema que más adelante pudiera convertirse en algo serio.

A media mañana, una ternera especialmente nerviosa decidió demostrar que no estaba de acuerdo con el procedimiento. Nada más entrar en el cajón comenzó a revolverse.

Mike dio un paso atrás.

―No me gusta esa mirada.

―Porque tienes instinto de supervivencia ―dijo Theo.

La ternera lanzó una coz.

Mike retrocedió otros dos pasos.

―¿Veis? Supervivencia.

Lindsey no pudo evitar reírse.

Y fue justo entonces cuando el animal volvió a moverse bruscamente.

Ella intentó apartarse. Pero el suelo estaba cubierto de tierra removida y una de sus botas resbaló. No llegó a caer. Una mano firme se cerró sobre su antebrazo antes de que perdiera completamente el equilibrio.

Theo la sujetó con firmeza. Solo fue un segundo. Lo justo para estabilizarla.

―¿Estás bien?

―Sí ―contestó ella sintiendo que se ruborizaba.

―Perfecto.

La soltó inmediatamente y volvió a centrarse en la res. Como si no hubiera ocurrido nada, y como si aquello formara parte del trabajo. Y probablemente lo fuera. Aun así, Lindsey tardó unos segundos más en recuperar la concentración.

―¿Seguimos? ―preguntó Theo sin levantar la vista de la ficha.

―Claro ―contestó Lindsey.

La siguiente vaca ya estaba entrando en la manga. Y todavía quedaban muchas por revisar. El día prometía que iba a ser largo.

Cuando el último animal quedó marcado y la documentación fue archivada, Mike se quitó el sombrero y lo agitó en el aire.

―¡Por fin!

―¿Cansado? ―preguntó Lindsey.

―No. Los vaqueros no nos cansamos. Somos tipos duros.

Lindsey no pudo evitar carcajearse.

―Conozco a los vaqueros, y no dirían que están muertos ni el mismo día de su entierro.

Ambos rieron.

Robert apareció sonriendo.

―Ahora viene lo importante.

―¿El qué? ―preguntó Lindsey.

―La carrera.

Robert señaló hacia unos barriles que alguien ya estaba colocando cerca de uno de los corrales.

―La apuesta es la apuesta ―confirmó Mike.

Theo cerró los ojos un segundo.

―Esto es una pérdida de tiempo.

―Lo dice porque nunca gana ―replicó Mike.

―He ganado más veces que tú ―contestó Theo, fingiendo molestia.

―¿Queréis callaros de una vez? ―preguntó Hank―. Eso solo se demuestra montando.

Los barriles quedaron colocados formando el clásico trébol. Varios trabajadores comenzaron a acercarse, y las apuestas aparecieron casi tan rápido como los caballos.

―Cincuenta dólares por cabeza ―anunció Mike.

―¿Cincuenta? ―preguntó Robert.

―¿Tienes miedo?

―No.

―Entonces paga.

Lindsey observó los billetes cambiar de manos.

Cincuenta dólares. No era una cantidad enorme. Pero en su situación actual tampoco era despreciable. Con las tarjetas bloqueadas, y las cuentas congeladas, apenas disponía de dinero en efectivo y cualquier ingreso extra le venía de maravilla.

―Sigues a tiempo de retirarte, Lindsey ―le dijo Mike.

―Y tú también. No deseo humillarte.

Mike sonrió.

―Eso ya lo veremos.

La propuesta de Mike acabó reuniendo a medio rancho alrededor del improvisado circuito.

Robert abrió la competición. No estuvo mal. Derribó un barril por apenas unos centímetros y culpó inmediatamente al caballo.

Mike aseguró que iba a demostrar cómo se hacían las cosas de verdad, aunque su caballo parecía tener una opinión diferente. Cuando terminó, tardó varios segundos en recuperar la dignidad.

―No ha sido tan malo ―aseguró Mike.

―Ha sido terrible ―dictaminó Hank.

―Nadie te ha preguntado ―escupió Mike.

Theo permaneció al margen durante todo el espectáculo. Realmente estaba disfrutando de todo aquello como espectador. Además, era el encargado de controlar los tiempos de cada uno.

Y entonces llegó el turno de Lindsey. Ella sonrió, y por un momento a Theo se le encogió algo por dentro.

Lindsey apretó las riendas con fuerza. Dakota pareció percibirlo antes incluso que ella.

La yegua elevó la cabeza y movió las orejas hacia delante.

Atenta y preparada para cualquier cosa. Lindsey acarició brevemente su cuello.

No estaba nerviosa. Hacía años que no competía, pero confiaba en su experiencia.

Colocó a Dakota en posición y esperó la señal.

La yegua parecía tan concentrada como ella, con las orejas erguidas y los músculos tensándose bajo la silla.

Cuando Mike dio la salida, Dakota arrancó con una potencia que arrancó una nube de polvo bajo sus cascos.

Durante los primeros metros apenas parecía tocar el suelo.

El primer barril apareció frente a ellas en cuestión de segundos.

Lindsey desplazó ligeramente el peso del cuerpo y Dakota respondió de inmediato, inclinándose en el giro con una precisión impecable.

Pasó tan cerca de la madera que varios de los presentes contuvieron el aliento convencidos de que terminaría derribándolo.

Pero no ocurrió.

La yegua salió del giro con la misma velocidad con la que había entrado y encaró el segundo barril sin perder impulso. Allí fue todavía más rápida. Más ajustada. Más limpia. Cada movimiento parecía perfectamente calculado, como si caballo y amazona compartieran un mismo pensamiento.

Poco a poco las conversaciones se fueron apagando alrededor del circuito. Nadie bromeaba ya. Nadie discutía. Incluso Mike había dejado de hacer comentarios. Todos observaban. Porque aquello había dejado de parecer una apuesta improvisada entre vaqueros.

Era una exhibición.

Cuando alcanzaron el tercer y último barril, Lindsey apenas tuvo que tocar las riendas.

Dakota giró con una elegancia asombrosa, clavando los posteriores en la tierra antes de impulsarse de nuevo hacia delante.

Al salir de la curva aceleró todavía más, estirando el cuello mientras ambas cruzaban la recta final envueltas en polvo y velocidad.

El viento arrancó algunos mechones rubios que escaparon de la coleta de Lindsey mientras ambas atravesaban la línea improvisada de llegada.

Durante un instante reinó el silencio.

―¡Joder! ―dijo alguien.

―¡Me cago en la puta! ―exclamó Mike.

―Muy elocuente ―comentó Robert.

―No, en serio. Ha sido impresionante.

Hank negó lentamente con la cabeza.

―Ahora entiendo por qué estaba tan tranquila.

Theo no dijo nada. Pero tampoco apartó la vista de Lindsey.

Estaba demasiado impresionado. No era solo que montara bien.

Era que encima de un caballo parecía encontrarse exactamente donde debía estar.

Como si todo lo demás desapareciera. Como si aquel fuera el único lugar del mundo donde nada pudiera alcanzarla.

Lindsey desmontó intentando aparentar normalidad. Aunque la sonrisa que luchaba por quedarse en su rostro la traicionaba.

―Bueno ―dijo mientras extendía una mano hacia Mike―. Creo que me debéis dinero.

Mike sacó varios billetes con evidente sufrimiento.

―Eres una caja de sorpresas, muchacha. La próxima vez me lo pensaré antes de apostar contigo.

Robert empezó a reír.

―Ha sido precioso verte perder ―se jactó.

―Te recuerdo que tú también has perdido.

Lindsey guardó el dinero en el bolsillo de su pantalón vaquero, mientras reía por el intercambio de palabras de los vaqueros.

Fue entonces cuando el sonido de un motor atrajo varias miradas hacia el camino principal. Una camioneta acababa de aparecer.

Raimon y Amaya regresaban de una reunión en la ciudad, y Amaya bajó del coche justo a tiempo para escuchar las protestas de Mike.

―¿Qué me he perdido? ―preguntó Raimon.

―La humillación pública de dos vaqueros ―contestó Robert.

―¿Habéis estado apostando? ¿Qué ha sido esta vez? ―se interesó Amaya.

―Carrera de barriles ―contestó Robert.

―¿Y quién ha ganado? ―preguntó Raimon.

Entonces todos miraron a Lindsey que sonreía triunfal.

―No puedo creerlo ―dijo Raimon―. Habrá sido doloroso, Mike.

―Esta ha sido especialmente dolorosa ―contestó el aludido.

Amaya se acercó hasta Lindsey.

―¡Enhorabuena! Me hubiese gustado verlo.

Ambas rieron.

Mientras los demás seguían discutiendo sobre los resultados, Theo se acercó a Raimon.

―La reunión ha ido bien.

―¿Sí?

―Muy bien.

Amaya escuchó la conversación y sonrió.

―Ya es oficial.

Lindsey giró la cabeza.

―¿Qué es oficial?

―Vamos a poner en marcha la nueva línea de Angus.

Durante un instante, todo pareció desdibujarse a su alrededor. Las voces de los vaqueros, las bromas de Mike e incluso las felicitaciones por la carrera quedaron relegadas a un segundo plano en cuanto escuchó aquella palabra.

Angus.

Para cualquiera de los presentes solo era una nueva línea de negocio. Una raza de ganado con enorme prestigio y un mercado en pleno crecimiento.

Para Lindsey significaba mucho más.

Era el corazón del rancho Clarke. El legado que había construido su abuelo con años de esfuerzo y que, tras su muerte, se había convertido en el símbolo de todo aquello de lo que había decidido alejarse. Dinero. Poder. Ambición sin límites.

Sintió un nudo en el estómago.

No porque el proyecto de los Vaughan le pareciera una mala idea. Al contrario. Sabía que era una decisión inteligente.

Lo que le inquietaba era otra cosa.

―Es una gran noticia ―dijo finalmente.

Nadie tuvo motivos para dudar de aquellas palabras. Robert ya estaba preguntando cuándo empezarían las primeras compras de ganado, Mike bromeaba con que esperaba una prima por el aumento de trabajo y Raimon respondía a las preguntas de todos.

La conversación siguió su curso.

Pero Theo no.

Mientras los demás hablaban, él desvió la mirada hacia Lindsey apenas un instante.

Había sonreído.

Sin embargo, sus ojos contaban una historia distinta.

Solo fue un destello. Algo tan breve que probablemente nadie más habría reparado en ello. Una ligera rigidez en los hombros, un silencio demasiado largo antes de intervenir, una forma distinta de mirar al suelo mientras los demás celebraban la noticia.

No sabía qué había provocado aquel cambio.

Solo sabía que, de repente, la mujer que unos minutos antes se reía con los vaqueros parecía haberse marchado muy lejos, aunque siguiera allí, delante de todos.

No dijo nada.

Pero cuando unos minutos después anunció que iba a la cabaña a asearse antes de la cena, Theo tuvo la sensación de que algo no encajaba. Y aquella sensación no desapareció cuando la vio alejarse por el sendero. Al contrario. Se hizo más fuerte.

―¿Qué pasa? ―preguntó Amaya, apareciendo a su lado.

Theo siguió observando la dirección que había tomado Lindsey.

―No lo sé. Ha cambiado de humor de golpe. Creo que a Lindsey le sucede algo.

Amaya guardó silencio unos segundos.

―Hablaré con ella.

Theo desvió la mirada hacia ella.

―¿Y si simplemente quiere estar sola?

Amaya sonrió ligeramente.

―Entonces me lo dirá.

Y antes de que pudiera añadir nada más, echó a andar en dirección a la cabaña, dejando a Theo con una sensación extraña en el pecho.