Capítulo 4 #2
Lindsey se encontró sonriendo varias veces durante el proceso. Aquello era agotador, pero también divertido. Y hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto trabajando.
Muy lejos de allí, Theo observó cómo la nueva veterinaria conseguía devolver al novillo rebelde al grupo sin alterarse lo más mínimo. Sin recurrir a la fuerza y sin gritar. Simplemente leyó la situación y reaccionó antes de que el animal pudiera complicar las cosas.
Aquello le llamó más la atención que cualquier otra cosa. Porque la experiencia podía enseñarse, incluso la técnica, pero tener instinto era otra cosa. Y Lindsey parecía tenerlo de sobra.
Robert se acercó hasta él guiando un pequeño grupo de vacas rezagadas. Este era el más joven de los tres vaqueros. Apenas había cumplido veinticinco años, pero llevaba trabajando en el rancho desde que era un adolescente y conocía aquellas tierras tan bien como cualquiera de los Vaughan.
―La nueva monta bien ―comentó.
―Sí. Lo cierto es que sí ―contestó Theo sin dejar de mirar a Lindsey.
―Puede que luego la invite a una cerveza.
Theo lo miró de pronto con expresión seria.
―No en ese sentido, amigo. ―Levantó una mano en señal de paz―. Es una compañera más en el rancho.
Robert sonrió.
―¿No tienes nada más que hacer? ―preguntó en tono seco.
―Vale, lo pillo. Menudo humor de perros que tienes hoy.
Robert soltó una carcajada y espoleó su caballo antes de alejarse.
―Idiota ―murmuró Theo.
A unos cien metros, Hank y Mike avanzaban por el flanco contrario del rebaño.
Hank era un hombre enorme, de pocas palabras y casi cincuenta años de experiencia acumulada entre ganado y caballos. Era corpulento, curtido por décadas de sol y viento. Hablaba poco y parecía reservar las palabras para cuando realmente eran necesarias.
Mike, en cambio, era todo lo contrario. Tendría unos cuarenta años, llevaba un enorme bigote y poseía la extraordinaria capacidad de mantener una conversación incluso cuando nadie se la había pedido.
―He perdido veinte dólares ―gritó de pronto Mike.
Theo ni siquiera se giró.
―¿Y eso?
―Porque aposté con Hank a que la nueva veterinaria aguantaría una hora antes de arrepentirse de haber venido.
Lindsey escuchó aquello desde varios metros de distancia.
―Qué voto de confianza tan conmovedor.
―No te lo tomes a mal ―respondió Mike―. Los vaqueros apostamos literalmente a todo. Es nuestra forma de divertirnos.
―Me gustan las apuestas, sobre todo porque no suelo perder ―contestó Lindsey divertida.
― Oohhh, ¿eso es una apuesta? ―preguntó Mike.
―Es una apuesta. ¿Qué tal una carrera de barriles cuando terminemos? ―Lindsey sonreía con picardía.
―Cuidado, Lindsey. No sabes lo que estás haciendo. Estos dos están locos ―la advirtió Theo.
―Cuidado deben de tener ellos; todavía no me han visto correr.
―¿Ves? ―dijo Mike señalándola con un dedo―. Ya me cae bien.
Las carcajadas recorrieron el grupo mientras continuaban empujando al ganado hacia el corredor natural que conducía al cercado principal.
Era un trabajo paciente, pues las vacas no entendían de horarios. Intentar obligarlas solo generaba problemas. Había que anticiparse y saber leer el comportamiento del grupo. Corregir desviaciones antes de que se convirtieran en una estampida.
Y Lindsey parecía que había nacido para ello.
Theo la vio colocarse varias veces exactamente donde debía estar. Ni demasiado cerca para poner nerviosos a los animales ni demasiado lejos para perder el control del grupo.
Cuando el terreno comenzó a estrecharse cerca de un pequeño arroyo, apareció el primer problema serio. Una de las vacas más jóvenes decidió que el plan colectivo no era de su agrado.
Giró bruscamente y salió disparada hacia una zona boscosa.
―Mierda ―murmuró Mike.
―La tengo ―dijo Lindsey.
Ni siquiera esperó respuesta.
Dakota reaccionó en el mismo instante que ella.
La yegua salió al galope atravesando la pradera con una rapidez que dejó atrás a los demás en cuestión de segundos.
Theo observó cómo desaparecían entre los árboles. No le preocupaba la vaca. Le preocupaba el terreno. Había varias zonas con desniveles ocultos entre la hierba alta.
―Robert, ocúpate del grupo.
―Voy.
Theo giró su caballo.
―¿Dónde vas? ―preguntó Hank.
―A asegurarme de que no se mata en su segundo día.
―Ah.
Hank sonrió.
―Qué considerado eres.
Theo decidió ignorarlo.
La vaca avanzó varios metros colina abajo antes de darse cuenta de que ya no estaba sola.
Lindsey no intentó alcanzarla directamente.
Eso solo habría conseguido que siguiera corriendo.
En lugar de eso, describió un amplio arco sobre la pradera, utilizando el terreno a su favor hasta colocarse ligeramente por delante de ella.
La res redujo el paso y dudó. Y esa pequeña duda fue todo lo que Lindsey necesitaba. Dakota avanzó unos metros más cerrándole la salida hacia el bosque. La vaca giró entonces en dirección contraria. Justo donde Lindsey quería.
Poco a poco fue empujándola de regreso hacia el grupo principal hasta que finalmente el animal volvió a integrarse entre las demás reses como si nunca hubiera intentado escapar.
Solo entonces Lindsey aflojó las riendas.
Dakota resopló satisfecha.
―Buena chica ―murmuró acariciándole el cuello.
Fue en ese momento cuando percibió otro caballo acercándose.
Levantó la vista.
Theo avanzaba hacia ella al trote.
―Dime que has venido a felicitarme.
―No.
―Qué sorpresa.
―He venido a asegurarme de que no te habías roto nada.
―¿Tan mal me has visto?
―Todavía te estoy evaluando.
―Pues acabas de presenciar una actuación impecable.
Theo observó al ganado que volvía a avanzar agrupado hacia el corredor principal.
―Todavía no conoces el terreno. Puedes encontrarte con algún desnivel, piedra o vallado que te ponga en peligro. Debes ser más comedida. La próxima vez que ocurra algo así deja que los vaqueros se encarguen, ¿de acuerdo?
―No ha pasado nada. Era una situación sencilla. Aunque si te quedas más tranquilo tendré más cuidado de aquí en adelante.
A Lindsey no le gustó que la reprendiera. Ella era igual o mejor que cualquier vaquero del rancho. Aunque Theo todavía no lo supiera.
Ella había montado desde que tenía uso de razón.
Había llevado ganado en trashumancia desde Texas a Montana infinidad de veces, y dormido al raso junto a su caballo Mustang en pleno invierno.
Nadie le podía hablar de los peligros que acechaban en un rancho.
Pero no deseaba contárselo a nadie, y mucho menos a Theo.
No deseaba que nadie supiera que era una de las herederas del rancho Clarke.
Lindsey miró al horizonte por un momento, siendo consciente de donde estaba. Desde allí, podía verse gran parte del rancho. Los prados, las cercas, las montañas elevándose a lo lejos y el ganado desplazándose como una enorme mancha oscura sobre el terreno.
Theo la observó en silencio siendo consciente de que algo le pasaba.
El viento movía suavemente la hierba y la cola de los caballos. Dakota bajó la cabeza para mordisquear unas matas cercanas.
―Esto sí que lo echaba de menos ―admitió Lindsey.
Theo la miró con atención.
―¿El qué?
―Todo esto.
Ella hizo un gesto amplio con la mano.
―El campo. Los caballos. Pasar horas enteras al aire libre. Acabar agotada al final del día por algo que realmente merece la pena.
Había algo sincero en aquellas palabras. Algo que Theo entendió perfectamente. Porque él sentía exactamente lo mismo.
―Sí ―contestó―. Para mí esto no tiene precio. No concibo otra forma de vida.
Lindsey sonrió con cierta nostalgia en el rostro.
―Algún día tendré mi propio rancho. No será como este, desde luego. Será pequeño. Con unas cuantas cabezas de ganado y algunos caballos. Y le pondré de nombre «El Rancho de Dave». En honor a mi abuelo.
―Vaya, eso es un gran sueño.
Lindsey lo miró como si se acabara de dar cuenta de que había hablado de más, y fue a decir algo, pero de pronto se escuchó a lo lejos el silbido de Mike.
Lindsey ajustó las riendas entre los dedos.
―Supongo que deberíamos volver.
Theo siguió la dirección de su mirada.
―Deberíamos, sí.
Lindsey sonrió y giró a Dakota hacia el rebaño.
Theo hizo lo mismo.
Durante unos segundos cabalgaron uno junto al otro colina abajo, dejando atrás la tranquilidad de aquel rincón apartado para regresar al ruido, al polvo y al trabajo que los esperaba.